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Angoixa a Beirut

Perro hundido en la arena. Goya. Museo del Prado

Perro hundido en la arena. Goya. Museo del Prado

 Cuatro horas antes de la explosión que dejó aturdido y casi ciego al perro de patas semihundidas, se oyó el chiquichaque de la cerradura, y entró el padre de Faiuruz. Su mujer salió a la puerta y le indicó con un gesto que no hiciera ruido, para no despertar a la niña. Cuchichearon en la cocina, con la puerta cerrada, sobre la angustia vivida con las sirenas de media mañana, e intercambiaron impresiones sobre la marcha de los acontecimientos.

Él puso agua al fuego para preparar un té, mientras ella colocaba la tetera y las tazas. Por suerte, tenían provisiones para más de una semana, y las garrafas de agua estaban llenas. Nunca se sabía cuándo se podía cortar el suministro. Peor era que faltasen el gas, o la electricidad, se dijeron sin decirse nada.

 

GÓMEZ, Ricardo (2009): “El perro de Goya en Beirut”, en Cuentos Crueles, Madrid, SM, Gran Angular, 278, p. 15.

 

Poques provisions

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Pero el problema más grave ha surgido a la hora de preparar la cena. Después de dos días y medio de marcha, nuestras provisiones comienzan a agotarse. Cuando hemos reunido los alimentos que quedaban en los macutos hemos comprobado que apenas alcanzaban para acallar los rugidos de nuestros estómagos.

-¡Qué incautos somos! –he dicho en voz alta-. Los viajes de los antiguos exploradores duraban meses, y en algunos casos llegaban a prolongarse durante años. Y nunca los iniciaban sin disponer de un gran número de provisiones.

-Ellos no buscaban a tu madre –me ha replicado Sengar riéndose-. Nosotros sólo tenemos que aguantar unos pocos días y, además, pronto llegaremos a algún lugar donde podremos comer hasta hartarnos.

-Bastará con que bajemos a las carreteras del otro lado y busquemos una aldea –ha dicho Leo fingiendo seguridad.

-De todas formas, Berta tiene razón –ha intervenido Mulu-. Será mejor que administremos con prudencia lo poco que tenemos. Por esta noche nos conformaremos con sopa de sobre y el poco maíz que nos queda.

Hemos decidido hacerlo así, aun sabiendo que eso significaba pasar hambre, y hemos masticado con calma la pasta de maíz. Ha sido bastante duro: después de la marcha del día, nos sentíamos desfallecidos.

La noche había caído muy deprisa sobre nuestras cabezas, y la majestuosidad de esta selva resulta mucho más oscura y amenazadora que todos los bosques que hemos atravesado.

 

 

MARÍN, Francisco M.(2000): Las Montañas de la Luna, Barcelona, Alba, (Mapamundi), p. 107-108.