Category Archives: Amèrica

Huevos fritos con panceta

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Pocas veces vi caras tan desilusionadas como esas cuatro. Me hubiera sentido mejor pegándole a una viejita. Al fin y al cabo, nos habían dado su casa, la habitación de sus hijos, su computadora, sus bicicletas, Jo cocinaba todos los días riquísimos huevos fritos con panceta para el desayuno, pollos magníficos al horno al mediodía y siempre había algún bizcochuelo o galletas recién horneadas al regresar a la tarde. Trevor padre nos acercaba con el auto a donde quisiéramos ir como si fuera nuestro padre. Mejor que cada uno de nuestros tres padres. Y nosotros éramos tan ingratos, tan malas personas que no íbamos a ir a la iglesia con ellos. 

 

Olguín, Sergio S.: Vivir en Springfield, Madrid, Siruela, 2008. (Las Tres Edades, 164), pág. 42.

 

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El “boucan”

boucan

 

Su aspecto ciertamente aterraba. Además, eran casi todos herejes, ya anglicanos, ya hugonotes, ya anabaptistas. Muchos de ellos provenían de ejércitos licenciados, aunque los había también desertores, exiliados por cuestiones religiosas, plantadores arruinados, jugadores con deudas y hasta reos escapados de los presidios.

Asaban sus cochinos, tras despellejarlos, cortarlos en tiras y untarlos con sal, en unas parrillas tejidas con ramas verdes, que los caribes llamaban barbacoa, y que se ponían sobre hogueras también alimentadas con leña verde, para que produjera abundante humo. Así, conseguían una carne salada y ahumada que, también en lengua caribe, se denominaba boucan. De ahí viene el nombre de bucanero.

Este boucan, que se comía bien crudo, como nuestro jamón, bien guisado, tras ablandarlo en agua, era un alimento codiciadísimo por cuantas naves surcaban esos mares tropicales, dado que se conservaba en las húmedas y calientes bodegas más tiempo que ninguna otra carne, y aseguraban que, consumiéndola, se alejaba el temido escorbuto.

 

FERNÁNDEZ-PACHECO, Miguel: Siete historias para la Infanta Margarita, Madrid, Siruela, 2001. Las Tres Edades, 84, pp. 75-76.

Ficha bibliográfica

 

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La riquesa del panís a Guatemala

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Es van trobar, doncs, els ajiip* com ho havien acordat. Van pujar tots a l`aldea, que és molt amunt de la muntanya. S`havia adobat la casa on ens reuníem, un sostre sense parets. Vam compartir l`olla de nixtamal*, gallina rostida, batates, que són com moniatos; mel, coques, panades, pebrots, patates al caliu i un chumpipe* que va dur el Benicio; es va beure guaro*, el nostre aiguardent, tothom va dur alguna cosa. Compartir és el que fem els pobres.

Després van parlar els ajiip, van parlar tots, un rere l`altre. Van donar gràcies al cel. L`àvia va estar agraïda als avantpassats, a la terra, als dèus, que els va anomenar tots: Tlatcolt, el de la pluja; Kukultcán, el del vent; Yum Kay, el de la terra, les collites, la vegetació; Quetzacóalt, que va ensenyar als avantpassats de cultivar el panís, el kakawa, el kaapeh, ell ens va ensenyar com s`havien de fer les coses abans de pujar a guarnir el cel convertit en estrella. Van mencionar Ixzul, la deessa dels parts; Ac Puch, el dèu de la mort, Itzamné, de la saviesa; es va pregar Ixpiyacoc i Ixmucané, el Guarda del Món, el Déu Creador… Vam recordar els nostres orígenes, les nostres llegendes, sempre ho fèiem en una cerimònia.

L`àvia em va cedir la paraula. Jo havia de començar el relat. No havia de començar el relat. No havia parlat mai davant de la comunitat, era un gran reconeixement, això. El cor em saltava.

Però vaig parlar.

Vaig relatar la creació dels homes fets de panís, la nostra riquesa. El panís, on cada part té un nom: tuza és la fulla; milpa és el panís, també el camp, el gra; eloe, la panotxa; xilote, l`ull quan encara no té gra.

La veu em va sortir forta i segura.

 

BOGUNYÀ, M. Àngels: Les veus protectores. Barcelona. Baula, 2004. La llum del far, 43, pp. 58-57.

 

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* Bruixot, sanador, vell savi.

* Panís cuit en aigua i calç; un cop mòlt, se`n fan les coques

* Gall dindi

* Aiguardent de canya

L`ARRÒS AMB LLET DE LA MARE

 

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VIAJE 

Hay una estación de trenes 

que tiene un viejo vagón

cubierto de enredaderas  

y mil flores de malvón. 

Enroscadas en las rejas

de todas las ventanillas

asoman blancas y azules 

y violetas campanillas. 

Adentro hay largos asientos

de madera humedecida

tapizada en musgo verde 

y hongos de cualquier medida. 

Yo viajo en él cada tarde,

al regreso de la escuela,

mientras mamá me prepara 

arroz con leche y canela.

MARIANIDIS, Carlos: Viaje. Incluido en “Recetario de juegos” (Ed. Libros & Libros, Bogotá, 2010). Ilustradora. Lorena Álvarez

 

 

 

 

 

Aires de don Aire

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En los hornos

de la tarde

ya están cocinando

estrellas

de ajonjolí,

de canela,

de anís

y de yerbabuena.

 

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El hombre de los helados

le ofrece su mercancía

le pone en los labios gotas

de amaranto, de alegrías.

Obleas que dicen historias,

barquillos que no navegan

galletas heladas, romas,

bocados de la sorpresa.

 

 

GARCÍA ESPERÓN, María: Aires de don Aire, México, 2007.
http://www.scribd.com/doc/15676028/Aires-de-Don-Aire-Poesia-para-nins. Ilustraciones Lorde

 

El moo`, un bolet molt gustós

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Ja em ve al cap una altra vegada l`ocellot negre, tinc com una angoixa a dins, un pes, però sé esborrar els pensaments dolents. La Teresa era tossuda en això que havia de posar-me al cap postaletes, paisatges bonics, pensar en el que més m`agradava. I jo veia l`àvia i la mare ballant, i ja oloro la terra molla, busco el moo`, un bolet molt gustós que sembla carn, i tinc traça a trobar-lo, i n`omplo el cistell per vendre`n a mercat; penso en quan ens trobàvem tots i explicàvem llegendes i menjàvem coques de panís; veig quan vaig trobar aquell ou de quetzal, que ni sabia de quin ocell era i amb les gallinetes e vaig posar; veig els color de la selva, del mercat d`Alto Tajuná, i veig la María Bendita i el pare, i ja ho veig tot…

 

BOGUNYÀ, M. Àngels: Les veus protectores. Barcelona. Baula. 2004, (La llum del far, 43), pàg. 13.

 

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Una sirena a la sopa!!!

 

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María Concepción, decía –de aquí en adelante, Conchita-, revolvía con la cuchara el plato hondo de talavera donde le habían servido la sopa.

¡Y qué sopa! Muy aguada, en la que entre zanahorias y jitomates deshilachados nadaban seres de apariencia sospechosa, ni pescados ni camarones, sino mezcla de ambos.

-Son acociles, niña –dijo Ceferina, su nana, a la que, como ustedes, ella también acababa de conocer.

(…)

Mientras revolvía la dichosa sopa de acociles con su cuchara, pensaba que se había vuelto loca porque en el centro del plato, donde había una preciosa flor amarilla, acostada de espaldas con los ojos cerrados y la cabellera desperdigada en forma también de flor… estaba una sirena.

 

GARCÍA ESPERÓN, María: Berenice, la sirena. Bogotá. Libros&Libros, 2010, pp. 10 y 11

 Primera parte de Berenice

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En casa de María García Esperón

Blog de María García Esperón

 

¿En dónde quedaron las haches?

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 como si la escuela no fuera todo un martirio, de paso hay que cargar este mochilón por más de cuatro cuadras. Si mi mamá supiera lo que significa todo esto entendería por qué me enfurruño.

Lo bueno es que al abrir la puerta los deliciosos aromas que salían de la cocina actuaron como antídoto.

Al percibirlos, automática los dolores y hasta los malos recuerdos se esfumaron. Tenía tanta hambre que me hubiera comido un búfalo.

¿Qué se llevará bien con el búfalo? ¿Una ensalada de verduras? No, porque conociendo a mamá le pondría chayote. ¡Hmmmm, ya sé, debe ir bien con puré de papas! Todo va bien con puré de papas o con papas fritas o con guacamole o hasta con simples y frescas rodajas de jitomate.

No esperé a que mamá comenzara, como siempre a dar órdenes y recordarme cosas que una “jovencita con buenos modales” hace automáticamente cuando llega a su casa y fui a cambiarme el uniforme y a lavarme las manos.

¡No había búfalo! Pero en cambio vi la sopera con una deliciosa y humeante sopa que nos esperaba sobre la mesa, un platón rebosante de pollo en salsa verde con papas en cubos y un chiquigüite que mantenía bien calientitas las tortillas. ¡Qué mexicanismo tan chistoso: chiquigüite!* 

* Chiquigüite: cesto o canasto de mimbre en donde se conservan calientes las tortillas.

Sopa de lletres

Sopa de lletres

MENDOZA, María Eugenia: Peligro en la Aldea de las Letras. México. Edición de  la autora y coedición con la Secretaría de Educación Pública para Biblioteca de Aula 2009-2010

Para consultar la actividad de aula, CLICAD AQUÍ.

Honduras y el mondongo

 

Baleada
Baleada

Baleadas, poporolos, mondongos, tajaditos, arepas, tacachos. También Roque se reía, “Que alguien me lo explique, porfa”,  he suplicado yo. “El pobre sólo tenía hambre y sed”, me han contado, “el mondongo es una receta muy popular en Honduras, una especie de plato nacional, que se hace con estómago de vaca de verdura; Salvavidas es una marca de cerveza, Con un nombre muy apropiado, por cierto”. No me han entrado ganas de probar el mondongo después de esta definición. “Yo prefiero las tajaditas o las baleadas”, ha dicho Irving. “¿Y eso qué es?” “Las tajaditas son como los tostones; las baleadas, como las quesadillas”. Se me ha puesto cara de interrogante. “¿Aún no lo entiendes?”, Irving se divertía con mi ignorancia. Pues no, eso no era ninguna explicación y no tenía la menor gracia que se estuviera riendo de mí. “Una cosa es parecida a las arepas, pero más fina. Lo otro es exactamente lo mismo que el tacacho, sólo que sin trocear”. “Te toma el pelo”, ha dicho Roque. Vaya, como si yo no lo hubiera notado. Dejando aparte que a nadie le gusta que le tomen el pelo, debo reconocer que me tenía alucinada la cultura latinoamericana de Irving.

Santos, Care (2000): La ruta del huracán. Barcelona: Alba, pp. 109-111

Un bife texà

bife

El restaurante era de mejor nivel que los que solíamos ir en esos días. Formaba parte de un complejo que incluía hotel, estación de servicio y un pequeño shopping para los que visitaban el lugar. La mayoría de los que andaban por ahí parecían escapados de una película de vaqueros. Usaban sombreros como Clint Eastwood y caminaban cansinamente, tal vez por causa del sol que a esa hora pegaba fuerte. Como ratones de dibujitos animados que no quieren despertar al gato, cruzamos rápido y en puntas de pie la ruta 40 y nos metimos en el restaurante.

El atractivo de The Big Texan era su bife de 72 onzas, un poco más de dos kilos de pura carne vacuna texana. Si uno era capaz de comerse tamaño bife en menos de una hora, la consumición era gratuita.

-Yo me lo como en veinte minutos –dijo Ezequiel, a quien yo había visto devorar con una dedicación asombrosa los asados que hacía su tío.

Como el hombre de la recepción pensó que dudábamos, nos ofreció una ganga: si uno de nosotros se comía ese bife, todo lo que se consumiera en la mesa iría sin cargo. Era lo que necesitábamos escuchar para tomar asiento en esa parrilla a la texana. Tenía un salón enorme y fresco con mesas en reservados, muchos mozos y demasiados turistas. Definitivamente, estábamos fuera de lugar con nuestro aspecto de tipos sucios, rotosos y cansados de recorrer mil y pico kilómetros en menos de dos días. Al menos, al cabo Polonio no se lo veía en ninguna de las mesas.

Cuando Ezequiel pidió el bife de 72 onzas fue anunciado por micrófono y la gente aplaudió. Lo único que nos faltaba: convertirnos en número vivo. Una moza nos contó que desde 1960 más de treinta mil personas lo habían intentado. Sólo unas seis mil habían logrado la hazaña. Nos aconsejaba comer lentamente, ya que había una hora de tiempo para consumirlo.

OLGUÍN, Sergio S.: Vivir en Springfield, Madrid, Siruela, 2008. (Las Tres Edades, 164), pp. 159-164.

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