Carlos Santos

La supervivencia del latín

Un grupo de profesores del área de lenguas fueron al Teatre Nacional de Catalunya a disfrutar de “Ricardo i Elena”, una pieza de teatro cantada en latín que se representa en Barcelona a cargo de la compañía de Carlos Santos. El fin que se persigue es que los alumnos entre doce y dieciocho años asistan, se familiaricen con el teatro y, por partida doble, con la cultura clásica, porque para la Enseñanza Secundaria sería aconsejable la existencia de, al menos, un año en el que se impartiese como crédito común obligatorio la asignatura de Cultura Clásica. Los profesores conspiradores definían como necesidad la enseñanza del latín aunque, conscientes del empuje de otras disciplinas ahora en boga en algunos planes de estudio de los llamados transversales -caso por ejemplo de créditos variables mucho más divertidos como jardinería o el parchís-, admitirían que pudiera ser opcional.

Estaba claro que se trata de profesores conspiradores. Que Atenea les proteja. En todo caso, la obra de Cales Santos les trazó un puente entre el latín y la estética combativa de un músico al que no le gusta grabar discos y que empezó a tocar el piano a los cinco años. Apenas pasada la adolescencia era un virtuoso del instrumento, con el que interpretaba a los clásicos. Poco tiempo después se convirtió en intérprete de los compositores de vanguardia europeos, pero a la vez fue uno de los primeros, a este lado del Atlántico, en interesarse por los compositores americanos. Y luego pasó a la dirección musical, en su trabajo con el Grup Instrumental Català, con sede en la Fundación Miró de Barcelona.

A mitad de los setenta, decide tocar sólo su propia música, extiende sus intereses hacia el vídeo y la escritura y realiza trabajos en ese estilo difícil de clasificar en el que ya brillan los poemas visuales de Joan Brossa. Durante algunos años, en el aspecto musical, centra su interés en la voz, componiendo e interpretando solos vocales, trabajo del que queda el disco “Voice Tracks”. Después volvió al piano, que en realidad nunca había abandonado. Pero es al final de los ochenta cuando Santos da un nuevo giro a su carrera, que es en el que se centra últimamente: la unión de elementos teatrales y musicales; se dedica a la creación de espectáculos en los que música, teatro y danza, con protagonismo especial del vestuario y la iluminación, se unen creando un género nuevo, destinado además sólo a su visionado en directo. En ello está con “Ricardo i Elena” en el Teatre Nacional de Catalunya. Entre mujeres que tocan el piano con los pies y crucifijos que sobrevuelan el escenario, Carles Santos ha conseguido que los profesores conspiradores tengan su músico y que la ironía sea capaz de derrotar a la peor de las tragedias.

Sin duda la dinamización de los procesos creativos está en la base que sustenta la catedral gótica que es el trabajo de este genio del piano que tuvo unos padres, Ricardo y Elena, unos de tantos padres, en blanco y negro, que llenaron nuestras vidas durante toda una época y que con trabajo han pasado de los tonos grises al color. Dentro del espectáculo son un pretexto metafórico que sirve para ordenar una serie de elementos en apariencia salvajemente puesto en escena. Tal vez la supervivencia del latín dependa de la indecente energía de la furia de un pianista, de una exuberante impertinencia sexual en un mundo lleno de tecnología y canciones de amor espantosas.

 

   J. A. Aguado

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