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Microcuentos de amor, lluvia y dinosaurios (selecc.)

Si tuviera que quedarme solo con una palabra, me quedaría «contigo». (Carlos Aymí)

Convencidos de que el amor es ciego, pactaron jamás volver a verse. (Lenin Pérez Pérez)

La conoció en un sueño y la perdió en un abrir y cerrar de ojos. (Víctor Pérez)

Si no suena el teléfono, soy yo. (Ana Luelmo)

Él le pidió la prueba de amor. Ella lo dejó libre. (Livia Hernández)

Música

Curiosa la música, ¿verdad? Notas que van cayendo una a una, gota a gota dentro de tus dañados oídos de tanto escuchar electrónica. Esta que te ayuda a olvidarte del mundo cuando subes el volumen de tus auriculares hasta el punto de no escuchar ni lo que estás pensando. Y toda esa música está muy bien.

Pero no escuchas la música que deberías escuchar; ella siempre está allí para ti y tú ni te das cuenta de su presencia.

Esa está en el sonido de la suave y fresca brisa marítima los dulces días de primavera. O en el aroma a perfume que deja alguien cuando pasa por tu lado.

También está en las palabras de un buen amigo cuando el silencio que te envuelve es tan abrumador que no puedes respirar o en las sonrisas de esa persona especial que suenan cuando estás en completo silencio. Sin embargo, como ya te he dicho, ese tipo de música no parece importarnos cuando los auriculares echan raíces en nuestros oídos.

A veces, poner los pies en la tierra y escuchar la melodía del día a día nos puede salvar la vida.

 Neus Gómez, 2018

Y la he vuelto a guardar

A menudo encuentro sonrisas por los pasillos y por las calles. Incluso tengo comprada una matinal sonrisa de gitana con pañuelos de papel, en el semáforo de las esperas de volante y sueño. Y no hace mucho hallé de nuevo tu sonrisa; vino a mí con su verdad ya no velada tras el alevoso cendal liviano de los kilómetros y los días; vino a mí con su verdad despeinada al aire.

Y la he vuelto a guardar, tu sonrisa, donde guardo tus letras y tus besos, tus buenos días y tus buenas noches amor hasta mañana —sea un mañana de calendario o de corazón—… Donde siempre te guardé a ti, la he guardado.

Gonzalo Montesierra

La palabra María

Yo sé que la palabra María bien podría parecer un conjunto de cinco letras que se dan la mano, un nombre propio muy común. Nada de eso. Es una palabra que encierra quinientas noches ajenas al insomnio, una palabra que tiene un cuerpo frágil y perfecto como las alas que le salen a los niños.

Detrás de la palabra María se encuentra la boca que borra todas las cicatrices, la cara que atiende directamente las instrucciones que le da el verano. Es una palabra que castiga a la melancolía, que la saca al primer beso de mis cuadernos y que anula a otras palabras como decepción, condena, sed, ausencia, venganza. Las borra todas cuando acerca su boca hasta mi sexo y asciende preguntando si me gustó.

Esa palabra suele pasar las vacaciones conmigo, me dio la mano por París, voló a mi lado en las Galápagos, me besó sobre las baldosas de Dubrovnik.

La palabra María vive en la misma dirección que yo, duerme cada noche en mi cama y no veas el hambre feroz que trae al desayuno cada mañana. Es una palabra que tiene sueños incompletos, que cocina conmigo y que vuelve maldiciendo del trabajo cuando el Gobierno anuncia nuevos recortes en sanidad, porque es una palabra experta en pediatría, una palabra que cuida de los niños.

La palabra María mide casi uno setenta, tiene el pelo negro, la boca roja y los pies mirando hacia los treinta. Es una palabra que odia a los políticos, que disfruta cuando estás feliz, que te coge la mano cuando conduces y te dice: ya verás, ya verás cómo todo va a salir bien.

La palabra María es el verso definitivo que persiguen los poetas porque lo tiene todo, porque siempre es verdad, porque enciende las habitaciones donde llora mi niñez y la coge en brazos hasta calmarla.

Esa palabra es mi cable a tierra y, aunque realmente no le guste que la llamen así, así se llama mi amor.

 Marwan