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Si puedo

Si puedo

cuando acabe de llegar
a mi verso
lo que ya está en él
desde siempre
porque una mañana te vi

si puedo
cuando tú estés aquí escrita
sin ropas desnuda
como en los amaneceres de verano
como en la humedad de mis sueños

si puedo
escribiré el punto final
que es siempre punto y seguido
cuando te pongo en papel
en la línea
y en la entrelínea

cuando sin rímeles
te pinto de mí
en tinta azul
o en carboncillo
o en grafito
o en pensamiento huidizo que
escapa para poder volver

si puedo…

Gonzalo Montesierra, 2008

Y qué más da que no me entiendas

Y qué más da que no me entiendas
lo que yo quiero es decir
no que me digas

que mi voz toque tu oído
roce tu piel
penetre tu pecho selénico
deja en silencio que te diga

hace tiempo que se me acumulan
tequieros en el esófago
caídos de la laringe
y necesito respirar diciéndotelos
mucho más que callándotelos
los entiendas o no.

Gonzalo Montesierra, 2018

Hojas muertas

Lo había conocido una tibia tarde de otoño, a la hora mágica en que el sol doraba, malheridas en los árboles o muertas en las aceras, las hojas caducas de los plataneros del vecindario. Se enamoró enseguida de sus ojos de hombre y su boca de hombre, de sus pies de hombre y sus manos de hombre. Luego vendrían la mirada y los susurros, el andar y las caricias, y ese cuidado exquisito que él iba a poner en todo lo que fuese destinado a ella.

Siete otoños habían acontecido desde entonces. Y siete inviernos, siete primaveras y seis veranos. Y algunas discusiones. Y algunas manos alzadas también. Resultaba difícil ahora saber en qué estación de qué año se alzó la primera antes de caer con violencia y lacerar su rostro asustado. «Con lo que yo te quiero», le dijo aquella primera vez y las que la sucedieron.

«Con lo que yo te quiero», le había oído decir también ahora, mientras notaba cómo le faltaba el aire, cómo se comprimían sus carótidas y se aplastaba su tráquea bajo la presión animal de aquellas manos, las mismas de las que ella se había enamorado una vez, durante cierto otoño de hojas muertas en las aceras.

Gonzalo Montesierra, 2018

Y la he vuelto a guardar

A menudo encuentro sonrisas por los pasillos y por las calles. Incluso tengo comprada una matinal sonrisa de gitana con pañuelos de papel, en el semáforo de las esperas de volante y sueño. Y no hace mucho hallé de nuevo tu sonrisa; vino a mí con su verdad ya no velada tras el alevoso cendal liviano de los kilómetros y los días; vino a mí con su verdad despeinada al aire.

Y la he vuelto a guardar, tu sonrisa, donde guardo tus letras y tus besos, tus buenos días y tus buenas noches amor hasta mañana —sea un mañana de calendario o de corazón—… Donde siempre te guardé a ti, la he guardado.

Gonzalo Montesierra

Carmencita

CarmencitaCarmencita olía a canela cuando yo ni siquiera sabía aún qué era la canela. Carmencita fue la primera emoción de mi vida; me fascinaba sin saber bien por qué. Carmencita es también el primer recuerdo de que soy capaz. Teníamos tan solo tres o cuatro años y nos colábamos uno en el piso contiguo del otro cada vez que nuestras respectivas madres coincidían puerta con puerta. Corríamos pasillo adentro y nos escondíamos bajo cualquier cama para no ser vistos y, sobre todo, para no ser separados. Nos mirábamos a oscuras y lográbamos vernos como hay que verse, con el corazón de los principitos. Yo enseguida empezaba a toser. Cuando uno se esconde bajo las camas, la alergia severa al polvo juega malas pasadas.

En más de una ocasión, estuve a punto de morir de amor por Carmencita.

Gonzalo Montesierra, 2015