Author Archives: Jnj

About Jnj

Profesor de lengua y literatura castellanas, y amante de la una y la otra.

No me pidas

Imagen de 024-657-834 en Pixabay

Si pudiera atrapar
nuestro último adiós,
lo metería en una botella
y lo lanzaría al mar
para que se convirtiera
en mariposas con la ilusión de ser gaviotas,
ángeles de los marineros,
vuelo azul de las olas.
Si pudiera
lo haría.
Créeme.

Si supiera escribir nuestro final
para que entendieras
que siempre fuiste el principio,
no mentiría
a pesar de la verdad.
Y lo haría
sin dudar.
Lo haría.

Si quisiera volver a ti,
acunaría nuestra historia
y le concedería una duda
sin márgenes ni puntos aparte.
Le daría a nuestra vergüenza
su sitio
y a nuestro pudor
un largo beso.

Si me dejaras
de nuevo conquistar con la boca
cada parte de ti,
sabiéndola explorada
pero no vencida,
hondearía nuestra victoria
con los dientes
y arañaría todos los sueños
para que volvieran nuevos,
en silencio,
a nuestras sábanas,
con una guirnalda de luces.

Y si nos pidiéramos perdón,
te diría que es lo único
que debimos hacer por los dos.

Pero no puedo ganarle más al tiempo
para perderme a mí
ni quiero
volcar mi beso
y lamer heridas
que no son mías.
Ser una lengua muerta,
sin una queja,
cuando no escuchas.

Y ya no sé traer de vuelta
el polvo,
las grietas,
la piel de gallina,
el precipicio.

Sin embargo,
tendrás un lugar en mis pulmones,
en el hueco que vive justo
entre tu pie izquierdo y mi escalera.

Pero no me pidas
que te quiera como ayer.

No me pidas
ni una sola respuesta,
ni una sola coartada,
que vuelva a ser yo
junto a ti, pero no contigo.

Porque te he tendido
todos los brazos del mundo
y me he quedado sola,
abrazada a la nada,
y cuando creo que me mantengo viva
me sigues doliendo.

Idoia Montero, 2019

Hemos de procurar no mentir

Imagen de David Mark en Pixabay

Hemos de procurar no mentir mucho.
Sé que a veces mentimos para no hacer un muerto,
para no hacer un hijo o evitar una guerra.

De pequeña mentía con mentiras de azúcar,
decía a las amigas: —Tengo cuarto de baño—,
mi casa era pobre, con el retrete fuera.
—Mi padre es ingeniero— y era solo fumista,
¡pero yo le veía ingeniero ingenioso!

Me costó la costumbre de arrancar la mentira,
me tejí un vestido de verdad que me cubre,
a veces voy desnuda.

 Gloria Fuertes, 1962

Desde entonces me quedo sin hablar muchos días.

Poema V

Imagen de StockSnap en Pixabay

Para que tú me oigas
mis palabras
se adelgazan a veces
como las huellas de las gaviotas en las playas.

Collar, cascabel ebrio
para tus manos suaves como las uvas.

Y las miro lejanas mis palabras.
Más que mías son tuyas.
Van trepando en mi viejo dolor como las yedras.

Ellas trepan así por las paredes húmedas.
Eres tú la culpable de este juego sangriento.

Ellas están huyendo de mi guarida oscura.
Todo lo llenas tú, todo lo llenas.

Antes que tú poblaron la soledad que ocupas,
y están acostumbradas más que tú a mi tristeza.

Ahora quiero que digan lo que quiero decirte
para que tú las oigas como quiero que me oigas.

El viento de la angustia aún las suele arrastrar.
Huracanes de sueños aún a veces las tumban.

Escuchas otras voces en mi voz dolorida.
Llanto de viejas bocas, sangre de viejas súplicas.
Ámame, compañera. No me abandones. Sígueme.
Sígueme, compañera, en esa ola de angustia.

Pero se van tiñendo con tu amor mis palabras.
Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas.

Voy haciendo de todas un collar infinito
para tus blancas manos, suaves como las uvas.

  Pablo Neruda, 1924

Primera evocación

Imagen: silueta de GDJ sobre fondo de TheDigitalArtist.

Recuerdo
bien
a mi madre.
Tenía miedo del viento,
era pequeña
de estatura,
la asustaban los truenos,
y las guerras
siempre estaba temiéndolas
de lejos,
desde antes
de la última ruptura
del Tratado suscrito
por todos los ministros de asuntos exteriores.

Recuerdo
que yo no comprendía.
El viento se llevaba
silbando
las hojas de los árboles,
y era como un alegre barrendero
que dejaba las niñas
despeinadas y enteras,
con las piernas desnudas e inocentes.
Por otra parte, el trueno
tronaba demasiado, era imposible
soportar sin horror esa estridencia,
aunque jamás ocurría nada luego:
la lluvia se encargaba de borrar
el dibujo violento del relámpago
y el arco iris ponía
un bucólico fin a tanto estrépito.

Llegó también la guerra un mal verano.
Llegó después la paz, tras un invierno
todavía peor. Esa vez, sin embargo,
no devolvió lo arrebatado el viento.
Ni la lluvia
pudo borrar las huellas de la sangre.
Perdido para siempre lo perdido,
atrás quedó definitivamente
muerto lo que fue muerto.

Por eso (y por más cosas)
recuerdo muchas veces a mi madre:
cuando el viento
se adueña de las calles de la noche,
y golpea las puertas, y huye, y deja
un rastro de cristales y de ramas
rotas, que al alba
la ciudad muestra desolada y lívida;

cuando el rayo
hiende el aire, y crepita,
y cae en tierra,
trazando surcos de carbón y fuego,
erizando los lomos de los gatos
y trastocando el norte de las brújulas;

y, sobre todo, cuando
la guerra ha comenzado,
lejos-nos dicen- y pequeña
-no hay por qué preocuparse-, cubriendo
de cadáveres mínimos distantes territorios,
de crímenes lejanos, de huérfanos pequeños…

 Ángel González

Tàctica y estrategia

Imagen de PIRO4D en Pixabay

Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos.

Mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible.

Mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos.

Mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos
no haya telón
ni abismos.

Mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple.

Mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites.

 Mario Benedetti, 1974

Te quiero

Imagen de Jnj (colec. personal)

Te quiero.

Te lo he dicho con el viento
jugueteando tal un animalillo en la arena
o iracundo como órgano tempestuoso;

te lo he dicho con el sol,
que dora desnudos cuerpos juveniles
y sonríe en todas las cosas inocentes;

te lo he dicho con las nubes,
frentes melancólicas que sostienen el cielo,
tristezas fugitivas;

te lo he dicho con las plantas,
leves caricias transparentes
que se cubren de rubor repentino;

te lo he dicho con el agua,
vida luminosa que vela un fondo de sombra;
te lo he dicho con el miedo,

te lo he dicho con la alegría,
con el hastío, con las terribles palabras.
Pero así no me basta;
más allá de la vida
quiero decírtelo con la muerte,
más allá del amor
quiero decírtelo con el olvido.

 Luis Cernuda, 1933