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En comisaría

(Completar el diálogo. En el texto original Tiempo de silencio, de L. Martín Santos sólo aparecen las intervenciones del policía en negrita.)

—¡Buenos días!

¿Por quién pregunta?

—Por Antonio, mi Toño. Yo soy Sole, su novia. ¡Ay, Dios mío, la de veces que le habré dicho que no robe! ¿Me dejaría usted pasar un momentito?

No. No se puede.

—Sería solo un minuto.

¿Usted qué es de él?

—Se lo acabo decir señor…, me llamo Soledad Jiménez. Soy su pareja. Mire, usted déjeme pasar un momentito de nada, yo entro, le dejo este bocadillo de jamón, el paquete tabaco y me voy por donde he venido. Seguro que ahí dentro no dan ni las migas de pan, ¿sabría usted qué ha comido hoy mi Toño?

No. No puedo decirla nada.

—Pero regístreme, si ya ve usted, que solo llevo e tupper y unos ahorrillos.

¿Usted qué es de él?

—¿Pero usted no me escucha o qué? ¡Soy Solé! ¡La novia! ¿Cuánto tiempo va a estar ahí metido? ¿Lo van a sacar ya? ¡Dígame algo ya, por favor!

No se apure señorita. Todo acaba siempre arreglándose… Se lo digo yo que las he visto de todos los colores.

—Pues mira, ya esta, solucionado. Le dejo a usted, que es un buen hombre, el bocata, el tabaco y ya se lo dará usted a él ahora. Ah y otra cosa, dígale si puede, que a su madre le ha ido muy bien la operación de varices, que ya está en casa y que la mujer no da para más disgustos.

No puedo pasarle ningún recado.

—Vale, pues nada hombre. Pero dígame, ¿qué van hacer con él? No se lo llevaran a Alcalá Meco, que tal y como están las cosas…

No, no es grave.

—¿Cuándo saldrá?

Todos están incomunicados las setenta y dos horas.

—¿¿¿¡¡¡Tantas, 72???!!!

Sí, setenta y dos horas.

—¡Pobrecito mío, llevará todo el día sin comer, me lo vais a devolver en los huesos! Vaya noche más mala habrá pasado ahí dentro.

Lleva sólo tres horas.

—Mentira, lleva desde las 11 de la noche pasada.

¿Quién se lo ha dicho?

—Pues… una señora del barrio, que lo vio todo anoche. Bien lo sabe usted.

No, yo no lo puedo saber.

—Señor… —Sole mira la placa—, señor Fernández, no se imagina cómo lo estoy pasando.

Ya le he dicho que no puedo ayudarle. Lo siento.

—¡Ay Dios mío! Me va a dar algo.

Usted no se preocupe.

—¿Cómo que no me preocupe? ¡Claro, como no le pasa a usted!

Usted váyase tranquila y a dormir.

—¿Y qué haré esta noche yo sin él? ¡A saber si ahí dentro le van a torturar o algo!

Usted no debe llorar con esos ojos.

—¿Y si le enganchan otra vez a la droga? Que ya tuvimos muchos problemas, y ahí dentro hay de lo malo!

No se lo tome tan a pecho.

—Seguro que le pegan, como tiene esa cara de angelico.

Ya le digo yo que es imposible. Si no fuera imposible…

—Mire, yo… esto que quede entre nosotros. Le invito aquí, al bar de mi cuñao y luego usted le pasa el tupper a mi Toño.

¡No faltaba más!

—Pero ¿por qué no? Si será un momento, el bar está en esta esquina.

Absolutamente imposible.

—Bueno, pues nada, muchas gracias por toooda su ayuda…Ya volveré mañana.

Claro que sí. Puede usted volver mañana.

—Pues nada, ya volveré. ¡Acuérdese de mí! Que no me gustaría tener que explicarle todo esto a otro guardia.

¿Cómo dijo que se llamaba usted?

—¡Sole, señor, Soledad Jiménez!

Cristina Leiva, 3r C


La ciudad

Brillan las cosas, en los días oscuros

como las velas iluminan

los caminos sombríos a los que

la vida nos conduce. No existe guía.

Allí estás tú: debajo de ese puente,

repleta de júbilo y alegría,

un sol resplandeciente que desprende

cantidades inmensas de energía.

Y de pronto no estás, y todo oscurece

como si se hubiese apagado el día.

Nada queda de ti. La ciudad gira:

Gira y gira hasta volver a encenderse de ira

y desconsuelo porque te has ido,

sin tan siquiera una despedida.

Saúl González, 3r B

Rubia (invertir el texto original)

Te­nía el pelo rubio y largo sujeto en un moño sobre la nuca. Sus brazos desnudos eran pálidos. Los gestos con que co­gía la plancha, la guiaba y la volvía a dejar, y luego dobla­ba y apartaba las prendas, eran lentos y concentrados, y se movía, se encorvaba y se incorporaba con la misma lentitud y concentración. Sobre su rostro de entonces se han ido depositando en mi imaginación sus rostros ulte­riores. Cuando la evoco tal como era entonces, la veo sin rostro. Tengo que reconstruírselo. Frente alta, pómulos altos, ojos azul pálido, labios gruesos y de contorno sua­ve, sin arco en el labio superior, mentón enérgico. Un rostro ancho, áspero, de mujer adulta. Sé que me pareció hermosa. Pero no consigo evocar su hermosura.

Bernhard Schlink, El lector

Un rostro ancho, áspero, de mujer adulta. Frente alta, pómulos altos, ojos azul pálido, labios gruesos y de contorno suave, sin arco en el labio superior, mentón enérgico. Tengo que reconstruirle el rostro que no veo cuando la evoco tal y como era entonces. En mi imaginación sus rostros ulteriores se han ido depositando sobre su rostro de entonces. Se incorporaba con la misma lentitud y concentración con la que se encorvaba, se movía, apartaba las prendas, las doblaba y con que cogía la plancha, la guiaba y la volvía a dejar. Pálidos eran sus brazos desnudos. En un moño sobre la nuca tenía sujeto el pelo rubio y largo.

Carla Bertomeu, 3r C

Ciudad

Brillan las cosas. Y aunque parezca mentira

el cielo retorna, azul chispeante.

Pero no resuelve el enigma

por el que he decidido esperarte.

Ahí estás tú: debajo de negra incertidumbre,

debajo de todas estas nubes,

pensando por qué el río chirría.

Por qué no queda rostro de tu imagen.

Por qué no hay más luz en la oscuridad.

Por qué irrita el sol ardiente

Y de pronto, no estás. Un adiós en tu blanca sonrisa.

En tus ojos se deshace

un mundo de amor negro.

Ya te fuiste, te esfumaste.

Nada queda de ti. La ciudad gira:

son ahora gestos habituales.

Patricia Ortín, 3r B

ARREBATO

Brillan las cosas. Los coches conducen

de forma estridente,

el cielo gris, el viento me choca

violentamente.

Ahí estas tú: debajo de la luna

que te abraza y te acuna.

Pero estás lejos, no llego a alcanzarte,

la calle es larga y parece interminable.

Los pasos suenan fuertes y audibles

impasibles en medio de la oscuridad.

Y de pronto, no estás,

me has abandonado

me has arrebatado la felicidad.

Nada queda de ti. La ciudad gira:

y yo me pierdo, ya sin vida.

Irene Miràs Guillén, 3r C

Un regal inesperat

calentres

Li havia fet molta il·lusió aquell regal. Ja feia molt de temps que l’havia vist mentre passejava en un aparador d’una petita botiga en un carreró de Barcelona. Des de llavors, cada vegada que passava pel davant se’l quedava mirant una bona estona. Havia pensat estalviar una mica de diners, però va arribar a la conclusió que reuniria els diners més de pressa treballant. Així, va començar a treballar a la botiga de la seva tieta a les tardes. A més, la botiga era molt a prop del carreró aquell, i cada dia veia més lluny el dia en què podria reunir els diners suficients. De cop, una setmana abans del seu aniversari, va desaparèixer de l’aparador. No ho sabia, però en arribar a casa, la mare l’hi havia comprat! “Perquè puguis escriure les teves històries i pensaments, així les tindràs totes juntes i les podràs conservar”, li havia dit la mare, farta de recollir els fulls amb els esborranys de les seves històries tirats per terra.. Ara el tenia sobre el seu escriptori, un llibre de fulls blancs i gruixuts, amb tapes dures, blaves i rugoses, una mica brillants. Semblava antic, per això li havia agradat. Per això i perquè era com els que tenia el seu avi a la casa d’estiu, els que havia escrit de jove i que havia passat tantes hores fullejant. Al costat hi havia posat la ploma estilogràfica que li havia regalat el pare. Semblava que per una vegada el pare i la mare s’havien posat d’acord. Si en tens cura, segur que hi podràs escriure durant molt de temps. Com sempre donant consells. Des que li havien regalat aquella llibreta, els seus pares, la tieta, el seu avi i fins i tot els seus companys de classe, que coneixien la seva passió per l’escriptura, li demanaven diàriament que els deixés llegir alguna cosa. Però ara, davant d’aquells regals tan desitjats, no sabia per on començar. Semblava que la imaginació s’havia esvaït.

Irene Bujalance, 3r B

Recuerdos

Brillan las cosas. Las ventanas transparentes,

el agua que se halla en el suelo intrascendente.

Ramas que albergan, caídas cabe al árbol,

sus hojas de otoño que en su día amortiguaron.

Ahí estás tú: debajo de ese sentimiento de furor,

que te aferra junto al susurro intenso del viento.

La lluvia que yacía en tus labios hoy penetra en ti,

como aquello que ese día dejamos,

como aquello que ya nunca encontramos.

Puedo sentir tu aroma punzante en mí,

te veo igual que en esa primera vez en que te vi.

Y de pronto no estás. Vuelve el sentimiento

de desesperación y el doloroso recuerdo,

que hoy ya se halla en el olvido.

Nada queda de ti. La ciudad gira:

el recuerdo formó parte de lo nuestro.

Anna Aparicio, 3r C

4 de noviembre

CONTINUAR (de Pío Baroja, Cuentos)

Al día siguiente se levantaron temprano y sa­lieron del pueblo; tomaron la carretera, y des­pués, siguiendo veredas, atravesando prados cu­biertos de altas hierbas y de purpúreas digitales, se internaron en el monte. La mañana estaba hú­meda, templada; el campo, mojado por el rocío; el cielo, azul muy pálido, con algunas nubecillas blancas que se deshilachaban en estrías tenues. A las diez de la mañana llegaron a Arnazábal, un pueblo en un alto, con su iglesia, su juego de pelota en la plaza y dos o tres calles formadas por caseríos.

Era un pueblo con pocos habitantes, tenía una iglesia gótica, dos supermercados con poca variedad de alimentos, un cementerio con pocas flores y dos casas rurales cerradas, que ya llevaban así hacía más de cinco años.

A lo alto del pueblo se hallaba la montaña pequeña acorde con todo el pueblo. Tenía campos de pastos preciosos, donde las vacas u otros animales podían pasar el día comiendo y durmiendo plácidamente. Justo al lado se encontraba una de las pocas casas de ese hermoso pueblo. La casa era pequeña, aunque acogedora y muy bonita. Tenía una chimenea para el frío invierno y un lago para refrescarse en verano. La casa estaba constituida básicamente por madera de roble. La cocina americana le daba un toque diferente al gran comedor que juntaba ambas partes de la casa. Toda una maravilla para aquellas personas que adoran la vida en las afueras de las grandes ciudades, una gran maravilla para aquellas personas que adoran el silencio, la tranquilidad y el zumbido de las abejas revoloteando por el cielo. En esa casa fue justo donde se criaron los dos hermanos, Pedro y Juan.

Los dos hermanos se dirigían de luto en un Renault un poco viejo a ese diminuto pueblo. El viaje se hizo largo comentando el partido de la noche anterior.

– ¿¡Pero viste ese gol?! –dijo Pedro chillando un poco demasiado.

– Si… Ya te he dicho dos veces que lo vi –respondió Juan con pocas ganas.

– Solo intento animarte, sé que hoy es un día duro, pero ambos tenemos que poner de nuestra parte y darle sentido a este día, que nos une cada 4 de noviembre.

Juan no dijo nada, se quedó contemplando el paisaje, que justo hacia un año que no veía. Se mordió la parte izquierda del labio como solía hacer cuando se reprimía. El largo camino fue agradable, pero los recuerdos que los llenaban de nostalgia hicieron duro el trayecto de ida al pueblo de su padre, el que falleció hacía apenas un par de años. Su madre nunca quiso saber nada de su padre, ni de ellos. Ellos innumerables veces preguntaron a su padre la razón por la cual su madre nunca se había hecho cargo de ellos, pero él nunca quiso decir nada sobre el tema ni sobre madre. Cuando padre murió se fue con él el secreto de un abandono, de esa falta de cariño materno. Pese a todo Juan y Pedro querían con locura a su padre, por eso cada año iban al pueblo donde se crío y murió su padre, y donde los dos hermanos pasaron muchos de sus mejores momentos.

Mientras Pedro recordaba con nostalgia los queridos y ansiados abrazos de su padre, esos abrazos que daban tanto apoyo, Juan bostezó mostrando cansancio.

Ya estamos llegando aunque si quieres dormir aún queda una media hora de trayecto.

Intentaré descansar, últimamente me cuesta mucho conciliar el sueño -dijo Juan con cara de insomnio.

Poco a poco sus párpados fueron cayendo desiguales sobre sus pupilas, tapando así sus ojos verdes que según su padre heredó de su madre.

Un golpe seco del viejo Renault despertó a Juan, que ya estaba en el séptimo sueño. Salto sobresaltado de su asiento al ver a Pedro mirándole fijamente. Después de ese incidente y los nervios acumulados, unas carcajadas forzadas salieron de ambos.

Pedro seguía los pasos de su hermano pequeño, el cual iba ante él dejando en el barro medio húmedo la marca de sus zapatos. Éste le miraba con aires de padre, de ese padre que ya no estaba. Juan llevaba con él tres margaritas, dos rosas y cinco amapolas, las favoritas de su padre, sin embargo el mayor de los hermanos llevaba unos poemas y unas fotos en mano.

Al abrir la puerta de la entrada al cementerio, un ruido estridente llenó el silencio. Junto al único árbol del cementerio había una señora mayor, tenía el pelo corto de un color tenue que reflejaba el tinte de un color marrón oscuro. Tenía una mirada penetrante, sus ojos desprendían pequeñas lágrimas que caían lentamente por su rostro ya deteriorado por la vejez. Pedro vio en ella a su hermano, esos ojos, esas expresiones que tanto lo caracterizaban. Para ya acabar de concretar se mordió el labio, justo la parte izquierda al igual que Juan. No supo cómo reaccionar, y cuando quiso advertir a su hermano de esa imagen, la señora desapareció. Nada quedaba ya de ella, ni sus lágrimas que cayeron por su rostro y acabaron en el suelo húmedo.

Entre lágrimas y fuertes abrazos pasaron las dos horas que estuvieron admirando la tumba en la que se encontraba su querido y tan extrañado padre. Dejaron las pertenencias que con tanto cariño compraron pare él y partieron hacia la casa que se encontraba en la única montaña. Para ello tuvieron que volver a coger el Renault, pero esta vez ninguno dijo palabra hasta llegar a la puerta de la casa.

¿Has cogido las llaves? –dijo Pedro mientras buscaba por sus bolsillos y las maletas que llevaba consigo.

¡Pero si me dijiste que las llevabas tú! –contestó exaltado y furioso Juan.

Se habían quedado en la calle a más 400 km de su casa, en un pueblo que no tenía ni un simple hostal, y dos casas rurales cerradas hacía más de cinco años. Así que como ya empezaba a oscurecer y a lloviznar decidieron ir a buscar algún refugio más seguro que la montaña donde poder descansar, aunque la última alternativa era hacerlo en el coche.

Fueron en busca de algunos viejos amigos del pueblo pero todos sus amigos marcharon de allí de jóvenes. Vieron una residencia de ancianos a lo lejos y como no querían dormir en el coche se decidieron a preguntar. Juan llamó decidido, harto ya de tantas emociones juntas. Una señora mayor les abrió la puerta con una sonrisa un poco forzada, pues habían despertado a todos los ancianos de su sueño.

Hola. Buenas noches señora. Venimos en busca de un lugar donde poder pasar la noche. No tenemos ningún lugar donde poder hospedarnos y nos preguntábamos si sería mucha molestia acogernos tan solo por una noche…

Claro, no es problema joven. Aunque tendréis que dormir en el sofá cama del comedor, es de matrimonio, así que supongo que dormiréis bien -dijo la anciana contenta de un poco de visitas. -Aunque sí os advierto de que mañana pronto deberéis partir. Eso se debe a que a primera hora de la mañana estarán aquí las enfermeras y no les gusta que traigamos gente de fuera.

Ambos estuvieron de acuerdo y entraron, se acomodaron y fueron a ponerse los pijamas y a lavarse los dientes. Pedro del comedor al lavabo vio una puerta abierta, donde se hallaba una señora durmiendo. Pues resultaba que esa misma mujer fue la que estaba esa mañana apoyada en el árbol llorando sus penas. Entró decidido y encendiendo la luz de la mesita de noche, le hizo la pregunta más obvia:

¿ Señora, le importaría decirme nombre y apellidos?

La mujer sobresaltada por el susto del intruso en su plácido sueño, le miró con cara de pocos amigos, aunque no extrañada de lo ocurrido.

Pues verás… Me llamo María Felisa Rodríguez y tú te llamas Pedro Vilches Rodríguez, tienes un hermano pequeño que se llama Juan Vilches Rodríguez. Resulta que soy tu madre y…

Pedro no dejó que dijera una palabra más. Se lanzó a abrazarla, pues sabía que pese a que ella nunca había estado junto a él ni junto a su hermano, esa mujer, de una cierta edad, le quería, quizás era simple intuición pero en un día como ese necesitaba cariño y más él, que toda la vida llevaba esperando el de su preciada madre, la cual no había dejado de estrecharle entre sus brazos como hacía ya 38 años que no hacía. Al cabo de pocos minutos pasó por ahí Juan, miró al igual que Pedro dentro de esa habitación donde ahora las emociones, lo sentimientos y las palabras eran lo más valioso. Juan se unió a ellos, su madre les contó toda la historia. Justo después de tener a Juan tuvo que marcharse de ese pueblo porque la destinaron a África para ofrecer servicios sanitarios, ya que ella ejercía de doctora en el pueblo. Se negó, pero en esa época o iba o la muerte acabaría siendo la consecuencia. Su padre no pudo aguantar ese golpe de quedarse solo con dos hijos y de perder a la mujer que amaba, así que nunca se lo perdonó y todas las cartas que envió María Felisa a sus hijos quedaron retenidas bajo el poder de su padre. Los hijos lograron entenderlo y con el tiempo ganaron confianza en aquella madre que tanto necesitaban y que vieron por primera vez ese 4 de noviembre.

Anna Aparicio, 3r C

Clementina Arderiu

Em dic Clementina i quan era petita, era un xic temorega, perquè el nom m’era llarg igual que una queixa i em punyia el cor, quan les amigues per fer-me enutjar me’l retreien, dient que era bonic, però no m’esqueia perquè és nom de princesa, i moltes em deien que el nom era molt estrany, i jo al fons de tot sentia l’enveja dels seus noms tan clars de Maria o Pepa.

Però un any se’n fuig i un altre se’n governa. Aquell nom que abans era la causa de la meva timidesa, ara era un honor, sobretot quan el meu estimat me’l deia a l’orella. El nom que abans m’avergonyia, ara em lluïa.

Saúl González, 3r B