Monthly Archives: gener 2010

Corazón en la arena

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Le gustaba una chica y el chico no sabía cómo expresarle su amor y sus sentimientos por ella. Entonces coincidió que fueron a pasar un día a la playa con todo el grupo de amigos y pensó que podría decírselo en algún momento del día. Llegó la tarde y tuvo la situación perfecta: el atardecer, solos y en un lugar romántico. Pero el chico no era especialmente bueno a la hora de expresar sus sentimientos y decidió hacerlo de una manera más original. Empezó a expresarle lo que sentía, pero se quedó sin palabras en el momento cumbre y decidió escribirlo en la arena, pero no con letras sino con un símbolo muy significativo en el amor, un corazón.

Sergi Abajo

4t D

DOS NIÑOS ESCRIBIENDO

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Dos niños, ya sean hermanos o no, con diferente manera de pensar, de expresarse pero al fin y al cabo haciendo lo mismo. A juzgar por las expresiones faciales de los niños, parece que estén haciendo cosas diferentes; uno, el niño, le pone muchas ganas, ímpetu y energía, en cambio la niña es más delicada, pensativa y cuidadosa.

Historias, deseos y sueños diferentes con ese toque de fantasía y magia que todos los niños tienen en sus mentes: princesas, unicornios, castillos, dinosaurios, espadas…

Siempre con un final feliz en sus cuentos, aunque claro, siempre con la personalidad de cada cual, ya que muchas veces hemos querido ser malos y saber qué ocurriría si por una vez el malo se saliera con la suya.

En fin, mil y una historias, leyendas y cuentos que hay en cada una de las personas, vidas ocultas detrás de personajes de todo tipo, apariencias que parecen simplemente lo que se ve.

Montse Abajo Tubau

4t D

Culpable convencido

CONTINUAR (de Robertson Davies, El quinto en discordia)

[…] alrededor de las cuatro en punto de la mañana del lunes 4 de noviembre de 1968 se extrajo su Cadillac descapotable de las aguas del puerto de Toronto, al que había caído a una velocidad tan elevada que se hundió a unos seis metros del muelle de cemen­to. Su cadáver estaba en el asiento del conductor, y las manos aferraban el volante con tal fuerza que la policía tuvo verdaderos problemas para sacarlo del vehículo. Las ventanillas y la capota estaban cerradas, de modo que debió de pasar cierto tiempo antes de que el coche se llenara de agua. Pero lo más extraño de todo fue que la policía le descubrió una piedra —un pedrusco común de granito rosa, del tamaño de un huevo pequeño— en la boca, que no podía haber llegado allí de ningún modo salvo que lo hubiera puesto él mismo u otra persona.

La policía investigó e investigó. Era la investigación más difícil que habían realizado nunca. Descartaron la opción de que hubiese sido un suicidio, porque las pruebas indicaban todo lo contrario. ¿Quién se hubiera querido suicidar tan lentamente? La pregunta más difícil que había que resolver para saber lo que pasó realmente era: ¿por qué esa piedra en la boca, ese tipo en concreto de piedra, granito rosa? Todo apuntaba a un asesinato.

Un día, el que estaba al cargo de la investigación vio en el diario un anuncio que decía: “Tienda de piedras preciosas, vendemos todo tipo de piedras a buen precio”. El jefe decidió ir a investigar a esa tienda por si acaso. Le preguntó al vendedor si alguien le había comprado granito rosa no hacía mucho tiempo y el vendedor dijo que sí. Dijo que era un hombre que parecía muy alterado y le dio el nombre al policía. A partir del nombre supieron dónde residía el supuesto asesino. El coche de policía camuflado hizo guardia delante de la casa, pero no vieron a nadie salir ni entrar hasta al cabo de dos semanas. Vieron a un hombre de aspecto forzudo que iba a entrar en la casa. La foto de los archivos de la policía coincidía con su cara, así que lo detuvieron. Él se declaró culpable y empezó a explicar los hechos:

«El hombre que encontrasteis en el coche era el verdadero asesino. Él mató a mi hija y a mi mujer, así que me quise vengar. Él me había arrebatado mi vida y lo iba a pagar. Sabía que él también estaba casado y tenía una hija, así que cogí el coche de su mujer, que ella se había comprado con los ahorros de toda su vida, y una piedra de granito rosa, la preferida de su hija. Un día que salía de su casa le cogí por banda y le metí en el coche de su mujer; él intentaba escapar pero no podía conseguirlo, estaba destinado a pagar por lo que hizo. Conduje hasta el acantilado y lancé el coche al mar. Mientras el coche se hundía cogí la piedra y se la metí en la boca con el propósito de que se ahogara antes, de que sufriera igual que lo hice yo en su debido momento. La piedra era tan grande que no se la podía sacar, así que mientras él hacía esfuerzos para quitársela yo le dije: “Te hundirás y te morirás con los objetos más queridos por tu mujer y tu hija, no las mataré a ellas puesto que no soy un asesino como tú.” Cuando vi que ya no respiraba, abrí la puerta del coche y salí, la cerré y nadé hasta la superficie. Eso es todo lo que tengo que declarar.»

El juez lo condenó a estar en la cárcel el resto de su vida, pero él fue con la cabeza bien alta por considerar que había hecho justicia por su familia.

Laura Gómez, 3r C

Emociones inesperadas

CONTINUAR (de Pío Baroja, Cuentos)

Al día siguiente se levantaron temprano y sa­lieron del pueblo; tomaron la carretera, y des­pués, siguiendo veredas, atravesando prados cu­biertos de altas hierbas y de purpúreas digitales, se internaron en el monte. La mañana estaba hú­meda, templada; el campo, mojado por el rocío; el cielo, azul muy pálido, con algunas nubecillas blancas que se deshilachaban en estrías tenues. A las diez de la mañana llegaron a Arnazábal, un pueblo en un alto, con su iglesia, su juego de pelota en la plaza y dos o tres calles formadas por caseríos.

Javi y yo salimos del coche. Me vino un agradable olor a aire fresco y tierra húmeda. Me espabilé un poco, ya que el viaje en coche había sido largo y pesado. Tenía ganas de conocer aquel pueblo del que tanto había oído hablar y nunca había pisado hasta ese momento. Tenía miedo al rechazo por parte de mi abuela. Mis padres no compartían la misma ideología política de mis abuelos y huyeron del pueblo durante la dictadura de Franco. Esto marcaría el final de su relación.
Ni siquiera sabía si mi abuela seguía viva, esperaba poder encontrarla en el mismo caserío del que me hablaron mis padres. Sabía que debía haber venido muchísimos años antes, pero tenía miedo de lo que me podía encontrar. La inesperada muerte de mis padres en un accidente de coche precipitó mi decisión.
—¿Lucía, estás bien? Si quieres podemos volver atr…
—¡No! —le corté bruscamente—. ¡Estoy bien, tranquilo, va, vamos!
Le tiré del brazo aparentando seguridad, pero él sabía perfectamente que por dentro me estaba muriendo de nervios. Seguimos el camino de piedras desgastadas por el tiempo y que nos llevaba a la parte alta del pueblo. Algunas vecinas curiosas y bastante madrugadoras se asomaban al balcón y nos miraban con desconfianza.
Llegamos al último caserío, todo encajaba; número, dirección, calle… Tenía que ser esa casa seguro. Me empezaron a sudar las manos. ¿Qué me esperaría detrás de esa puerta? Javi me cogió del brazo y me transmitió confianza. Golpeé la puerta, pasaron unos segundos y volví a golpearla. Se oyeron unos pasos lentos y unas voces de fondo. De pronto se abrió la puerta y sonó un gran crujido que me puso los pelos de punta. Detrás de la puerta, asomó la cabeza de una mujer de unos cuarenta años, aquella no era mi abuela.
—¡Dias onak!
—¡Eh… dias onak!
—Mire… estoy buscando a la Sra. Alatz Ainguru, viuda de Agosti Baladi.
En ese momento la mujer se quedó callada, con cara de sorpresa.

—¿Sabe si vive en esta casa?

—¡Y tanto que sí! Esta es su casa. ¿Quién pregunta por ella?

—Soy Lucía Aranzábal Ainguru, la nieta de Alatz.

La mujer se lanzó encima de mí con los brazos abiertos y con lágrimas en los ojos, me dio un abrazo tan fuerte que casi me deja sin aire. Después me soltó y me dio dos besos. Entonces se acercó a Javi y le dio otros dos besos, no tan efusivos como los míos.

—¡Pasad, pasad chicos! —dijo con emoción.

—Muchas gracias, pero… y ¿usted quién es?

—¡Ayi! Perdonad, mirad me llamo Begoña Domeko y soy quien cuida de tu abuela. Hace unos 2 años que me trasladé a esta casa, tu querida abuela ya no se vale por sí misma. Es mayor y su cuerpo le juega malas pasadas. No sé muy bien cómo decirte esto…, mira querida, tu abuela sufre demencia senil.

En ese momento no supe qué pensar, tenía tantas ganas de estar con ella, de recuperar el tiempo perdido y ahora… ¿Por qué no habría venido antes? Me odiaba a mí misma. Me giré y vi a Javi con un reflejo de mi misma expresión.

—¿Pero cómo está? ¿Está despierta? ¿La puedo ver? —pregunté con nerviosismo.

—Sí, sí, claro que sí. Seguidme.

Subimos por unas grandes escaleras de madera. Y nos condujo por un pasillo largo hasta llegar a la habitación. Abrió la puerta y allí estaba ella. Sentada en un sillón delante de la ventana con aquellos rayos de luz que se colaban por las cortinas e iluminaban su rostro. Parecía tranquila, sin problemas, relajada, mirando más allá de aquellos cristales. No se inmutó con nuestra llegada y Begoña se acercó a hablarle.

—¡Alatz, mira quién ha venido! Tu nieta de Barcelona y su pareja, Lucía y Javi. ¡Mírales Alatz, están en la puerta! —dijo tocándole el brazo para que reaccionara.

Mi abuela… me parecía raro pensarlo. Aquella mujer a la que había imaginado mil veces en aquellas noches en vela, ahora estaba ahí, sentada, con su mirada dulce pero sin decir nada. Me armé de valor y decidí acercarme a ella.

—Hola abuela dije con cuidado y fijándome en ella para percibir cualquier cambio de expresión en su rostro.

Me miró con ojos de emoción y una sonrisa en la cara. La abracé con toda la emoción del mundo y para cuando me quise dar cuenta ya tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Sé que no sabes quién soy, mis padres se fueron de aquí hace mucho tiempo abuela… he venido a buscarte.

—¿Quién eres? —preguntó desconcertada.

—Soy tu nieta Lucía, de Barcelona. Mira, él es Javi, es mi pareja —le dije señalando a Javi con el índice.

—Tranquila, Lucía, no te preocupes, ya no sabe dónde tiene la cabeza. Muchos días no se acuerde ni de mí —dijo Begoña con su mano en mi hombro.

—¿Pero… cómo puede ser que no me reconozca? ¿Qué voy a hacer yo ahora? Está tan cerca… pero a la vez tan lejos ya de mí.

Definitivamente solo tenía a Javi en este mundo, tanto tiempo esperando este momento… Aquella mujer mayor, de mirada serena y dulce no me reconocía, no sabía quién era yo, no se acordaba ni de mamá. ¿Qué podía hacer? No creo que pudiera volver a Barcelona sabiendo que la dejaba sola aquí.

—¿A dónde vas Lucía? —me dijo Javi cuando vio que abría la puerta.

—Voy a salir un momento afuera —le dije con tono convincente.

—¿Quieres que te acompañe?

—No, gracias, quiero estar sola.

Necesitaba salir de aquella habitación, de aquel ambiente tan cargado que me angustiaba y me nublaba la mente. Salí a la calle y noté cómo se me despejaba la mente. Me senté en aquel bordillo lleno de musgo y hundí la cara en mis manos. Empecé a llorar desconsoladamente. La situación me estaba desbordando; el cuerpo de mi abuela allí sentada sin decir nada, ajeno a cualquier realidad, el recuerdo de mis padres, lo que me esperaba en Barcelona, la sensación de sentirme sola en el mundo, sin ningún lazo protector que me anclara a cualquier miembro de mi familia.

Oí unos pasos rápidos que se acercaban hacia mí. Levanté la cabeza y me sequé las lágrimas con la manga de la camisa. Era una chica joven, alta y esbelta, seguramente de unos veinticinco años; llevaba una coleta alta y se dirigía hacia mí con cara de preocupación.

—¿Te encuentras bien? ¿Puedo ayudarte en algo?

—No, gracias, sólo necesitaba un poco de aire fresco —le dije sin dar muchas explicaciones.

—Bueno, yo voy aquí en frente, a casa de mi abuela. Si necesitas algo puedes entrar —dijo señalando la casa de la que había salido huyendo hacía escasos minutos.

—¿Tú… tú, tú vives ahí? —dije titubeando.

—Bueno, en realidad vivo con mis padres en aquella casa de allí abajo, pero vengo a verla todas las mañanas antes de ir a la universidad.

—No me lo puedo creer… ¡Eres mi prima! —me levanté de un salto y me tiré encima de ella a abrazarla. Ella empezó a reírse y a dar saltos de alegría, no se preguntó si aquella chica que la estaba abrazando estaba loca, ni si sería verdad, simplemente me estrechó fuertemente.

Fuimos incapaces de verbalizar nada. En aquel preciso momento las dos supimos que entonces empezaba una nueva etapa en nuestras vidas, en la que no había lugar a los reproches.

Cristina Leiva, 3r C

Obsesión

En cualquier momento se me pudo ocurrir aquella idea y no pude dejarlo escapar; cogí rápidamente mi libreta y empecé a escribir y escribir.octubre1

En cuestión de segundos se me acabo la libreta. No podía creérmelo. En aquel instante me subí la manga de la camisa y seguí escribiendo en mi brazo. Llegué a los dedos y no cabía nada más, me subí la manga de la otra camisa y seguí. Estaba convirtiendo mi cuerpo en una obra de arte literaria. Llegué a la mano con que sujetaba la libreta, la dejé al lado, me desabroché rápidamente los botones de mi camisa y seguí escribiendo; tenía que acabar con el desenlace y no había más sitio para escribir. Me subí las perneras de los pantalones y seguí y seguí escribiendo. Al final, cuando casi llegué a los pies, acabé. Sentí una gran satisfacción y a la vez vergüenza, ya que en ese momento recordé que había escrito toda la historia sentado en uno de los asientos del tren. Todo el mundo había estado observándome todo el rato. Justo en la siguiente parada me bajé y volví a casa. En casa me quité la ropa menos los boxes y me tiré encima de la sábana blanca, y ahí quedó plasmada mi historia.

Raül Mozo, 3r B

Perderlo todo

CONTINUAR (de Robertson Davies, El quinto en discordia)

[…] alrededor de las cuatro en punto de la mañana del lunes 4 de noviembre de 1968 se extrajo su Cadillac descapotable de las aguas del puerto de Toronto, al que había caído a una velocidad tan elevada que se hundió a unos seis metros del muelle de cemen­to. Su cadáver estaba en el asiento del conductor, y las manos aferraban el volante con tal fuerza que la policía tuvo verdaderos problemas para sacarlo del vehículo. Las ventanillas y la capota estaban cerradas, de modo que debió de pasar cierto tiempo antes de que el coche se llenara de agua. Pero lo más extraño de todo fue que la policía le descubrió una piedra —un pedrusco común de granito rosa, del tamaño de un huevo pequeño— en la boca, que no podía haber llegado allí de ningún modo salvo que lo hubiera puesto él mismo u otra persona.

Horas antes del brutal accidente, Eduardo se encontraba en casa, con un gran plan para aquel lunes que quién iba a decir que acabaría en tal tragedia. Después del trabajo iba a pedirle matrimonio a su novia de los últimos seis años, iba a regalarle una piedra de granito rosa, pero no era una piedra cualquiera: si encontrabas el lugar correcto, la piedra se abría en dos y su interior contenía un anillo de oro cubierto de minúsculos diamantes. Tenía que ser un día perfecto, pero es extraño como las cosas pueden cambiar tanto en tan poco tiempo.
Eduardo cogió el coche para ir a trabajar como todos los días y al llegar a la oficina se dio cuenta de que se había olvidado el disco con la presentación en casa. No tenía tiempo de volver a buscarlo y antes de que pudiera idear alguna solución, se cruzó con su jefe, que al enterarse de que no tenía la presentación, sin pensarlo dos veces, le echó.
Se quedó muy abatido, en esos tiempos no podía permitirse estar sin trabajo. Lo único que le alegraba era pensar en Melani, su novia.
Cuando llegó a casa no había nadie, sólo una carta de Melani. Se había marchado para siempre, le habían ofrecido un puesto de trabajo en Nueva York, pero no tenía fuerzas para despedirse de su amado, así que le dejó la carta ahí, sin más, sin un adiós siquiera.
Eso sí que destrozó por completo a Eduardo: sentía que no podía más, se echó a llorar y se dirigió al coche para dar una vuelta y despejarse. Media hora más tarde, después de pasear sin rumbo entre lágrimas y con la música a todo volumen, se dio cuenta, aunque ya era demasiado tarde, de lo que estaba pasando a su alrededor en aquellos instantes. Se había saltado un semáforo en rojo y un coche venía en su dirección, el choque era inevitable. Apenas tuvo tiempo de reaccionar. Se metió la piedra que contenía el anillo en la boca para que no se perdiera, agarró con fuerza el volante mientras derrapaba de una manera increíble y se tiró por el puente. En esos momentos ya no tenía nada que perder; aun así, perdió la vida.

Sarah Long, 3r C

Love you

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Sólo pensaba en él, simepre escribía las dos palabras más importantes y que podían significar tanto para mí.
Algunas veces me enfadaba conmigo misma porque no sabía lo que me estaba pasando; ¡era una sensación tan extraña, tan diferente de otros sentimientos que había tenido hacia él..!
No paraba de escribir esas 7 letras tan insignificantes para cualquiera pero tan significativas para mí.

Laura Tello, 3r B


Escritura indispensable

La escritura forma parte de nuestras vidas. Nos ayuda a comunicarnos y sin ella relacionarnos sería mucho más complicado.
Nunca me había parado a pensar el papel tan importante que ocupaba en nuestro día a día, hasta el día en que le conocí.
Le vi, estaba apartado de todos los otros chicos y no entendía por qué. Sin pensármelo dos veces me acerqué a él para presentarme. Le hablé de quién era, lo que me gustaba y qué me había llevado a ese lugar. Pero él no me respondió y entonces fue cuando lo entendí. Él era diferente a todos ellos, incluso era diferente a mí. Él no me hablaba porque no podía oírme, era sordo. Estaba indecisa y me quedé sin saber qué hacer. Le apunté mi número de móvil y mi nombre en la mano. Él me sonrió y yo le devolví la sonrisa. Me encaminé hacia el metro. Iba pensano en si me llamaría o no, cuando entonces caí en ello. Él no me llamaría jamás, pues no podríamos tener una conversación si él no podía oírme. Me sentí muy mal por no haber pensado en ello antes. ¿Qué habría pensado él de mí? ¡Qué estúpida! Mi mente se cerró por completo y me cabreé mucho conmigo misma. Tonta, tonta, tonta…

calencinc1 Al salir del metro, un sms llegó a mi móvil citándome para el siguiente jueves. No me lo podía creer, me había cerrado tanto en mí que no había pensado en las miles de oportunidades que te dan las nuevas tecnologías. A partir de entonces, la escritura fue algo indispensable para los dos.

Núria Lite, 3r B

¿Por dónde empiezo?

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Muchas veces, cuando escribimos, no sabemos por dónde empezar. ¿Debería escoger primero los personajes o bien, una vez tenga un relato en sucio, adaptarlos al argumento? A veces, también sucede que un día empezamos escribiendo una historia, y cuando nos ponemos a escribirla otra vez, sin darnos cuenta, cambiamos los hechos que habíamos puesto anteriormente. Por eso, lo que empieza siendo una hoja con el escrito en sucio, acaba siendo sólo una hoja llena de borrones que indican el orden de cada suceso en la historia. Luego, hay que volverla a escribir, y leerla, modificarla y releerla hasta que nos convence del todo.

Patricia Ortín, 3r B

Un bon ajut

L’escriptura pot tenir diversos temes, però tots els escrits tenen una cosa en comú: es fan mitjançant paraules que totes juntes formen un text.

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Antigament els escrits i llibres només estaven a l’abast dels més rics, però els avenços realitzats en els últims temps, com per exemple l’ordinador que es veu a la fotografia, permeten que avui dia els processos d’escriptura i edició d’un llibre o de qualsevol altre escrit siguin molt més ràpids, fàcils i barats, i per tant tothom pugui gaudir dels llibres.

I és que quan hem de fer un escrit sempre pensem en el tema de l’escrit, en com començar-lo, etc. Però és gràcies als ordinadors, que ens fan la meitat de la feina, que podem concentrar-nos plenament a crear un bon escrit.

Saúl González, 3r B