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Parecía un día más

Por aquel entonces, yo trabajaba en una pequeña sucursal financiera de un barrio céntrico de Barcelona. Una tarde, mientras me encontraba encerrada entre las cuatro paredes de mi despacho con el papeleo rutinario, alcé la vista por encima de mis anteojos y pude ver entrar a un hombre alto, apuesto y bien vestido. Tenía un cierto aire hostil y parecía estar buscando a alguien con la mirada así que decidida me levanté de mi silla y me acerqué a él con mirada severa, contoneándome cual pantera sigilosa, para poder verle de cerca. Parecía que aquel desconocido surgido de la nada tenía clase y llevaba a las vecinas locas, las pude escuchar cuchicheando a cerca de él mientras yo seguía avanzando con paso firme.

En cuato me vio aparecer se puso bastante nervioso y cuando le pregunté qué es lo que deseaba sacó un pañuelo del bolsillo para secarse las gotas de sudor que corrían libremente por su frente desde hacía ya un buen rato. No me supo responder con claridad, se le mezclaban las ideas en los labios y no pudo salir de su enjambre de explicaciones, así que le pedí de buenas maneras que, por favor, fuese tan amable de abandonar la sucursal si no deseaba ninguna ayuda ni información que le pudiéramos ofrecer ahí. No me daba buena espina.

El director del banco se acercó a mí nada más traspasar la puerta de salida aquel misterioso hombre. Nos había estado observando durante toda la conversación. Me invitó a pasar a su despacho y una vez allí me explicó que aquel hombre de buen ver era uno de los tantos nuevos trabajadores de la competencia y que sólo había venido hasta nuestra sucursal para tratar de atrapar clientes. Me felicitó por mi trabajo y mi rápida capacidad de reacción ante la presencia de aquel chico. Me dedicó una sonrisa.

La visita inesperada de la competencia a nuestra humilde sucursal había traído resultados formidables.

Maria Llauradó, 4t C

La ciudad

Brillan las cosas, en los días oscuros

como las velas iluminan

los caminos sombríos a los que

la vida nos conduce. No existe guía.

Allí estás tú: debajo de ese puente,

repleta de júbilo y alegría,

un sol resplandeciente que desprende

cantidades inmensas de energía.

Y de pronto no estás, y todo oscurece

como si se hubiese apagado el día.

Nada queda de ti. La ciudad gira:

Gira y gira hasta volver a encenderse de ira

y desconsuelo porque te has ido,

sin tan siquiera una despedida.

Saúl González, 3r B

ARREBATO

Brillan las cosas. Los coches conducen

de forma estridente,

el cielo gris, el viento me choca

violentamente.

Ahí estas tú: debajo de la luna

que te abraza y te acuna.

Pero estás lejos, no llego a alcanzarte,

la calle es larga y parece interminable.

Los pasos suenan fuertes y audibles

impasibles en medio de la oscuridad.

Y de pronto, no estás,

me has abandonado

me has arrebatado la felicidad.

Nada queda de ti. La ciudad gira:

y yo me pierdo, ya sin vida.

Irene Miràs Guillén, 3r C

Recuerdos

Brillan las cosas. Las ventanas transparentes,

el agua que se halla en el suelo intrascendente.

Ramas que albergan, caídas cabe al árbol,

sus hojas de otoño que en su día amortiguaron.

Ahí estás tú: debajo de ese sentimiento de furor,

que te aferra junto al susurro intenso del viento.

La lluvia que yacía en tus labios hoy penetra en ti,

como aquello que ese día dejamos,

como aquello que ya nunca encontramos.

Puedo sentir tu aroma punzante en mí,

te veo igual que en esa primera vez en que te vi.

Y de pronto no estás. Vuelve el sentimiento

de desesperación y el doloroso recuerdo,

que hoy ya se halla en el olvido.

Nada queda de ti. La ciudad gira:

el recuerdo formó parte de lo nuestro.

Anna Aparicio, 3r C