Perderlo todo

CONTINUAR (de Robertson Davies, El quinto en discordia)

[…] alrededor de las cuatro en punto de la mañana del lunes 4 de noviembre de 1968 se extrajo su Cadillac descapotable de las aguas del puerto de Toronto, al que había caído a una velocidad tan elevada que se hundió a unos seis metros del muelle de cemen­to. Su cadáver estaba en el asiento del conductor, y las manos aferraban el volante con tal fuerza que la policía tuvo verdaderos problemas para sacarlo del vehículo. Las ventanillas y la capota estaban cerradas, de modo que debió de pasar cierto tiempo antes de que el coche se llenara de agua. Pero lo más extraño de todo fue que la policía le descubrió una piedra —un pedrusco común de granito rosa, del tamaño de un huevo pequeño— en la boca, que no podía haber llegado allí de ningún modo salvo que lo hubiera puesto él mismo u otra persona.

Horas antes del brutal accidente, Eduardo se encontraba en casa, con un gran plan para aquel lunes que quién iba a decir que acabaría en tal tragedia. Después del trabajo iba a pedirle matrimonio a su novia de los últimos seis años, iba a regalarle una piedra de granito rosa, pero no era una piedra cualquiera: si encontrabas el lugar correcto, la piedra se abría en dos y su interior contenía un anillo de oro cubierto de minúsculos diamantes. Tenía que ser un día perfecto, pero es extraño como las cosas pueden cambiar tanto en tan poco tiempo.
Eduardo cogió el coche para ir a trabajar como todos los días y al llegar a la oficina se dio cuenta de que se había olvidado el disco con la presentación en casa. No tenía tiempo de volver a buscarlo y antes de que pudiera idear alguna solución, se cruzó con su jefe, que al enterarse de que no tenía la presentación, sin pensarlo dos veces, le echó.
Se quedó muy abatido, en esos tiempos no podía permitirse estar sin trabajo. Lo único que le alegraba era pensar en Melani, su novia.
Cuando llegó a casa no había nadie, sólo una carta de Melani. Se había marchado para siempre, le habían ofrecido un puesto de trabajo en Nueva York, pero no tenía fuerzas para despedirse de su amado, así que le dejó la carta ahí, sin más, sin un adiós siquiera.
Eso sí que destrozó por completo a Eduardo: sentía que no podía más, se echó a llorar y se dirigió al coche para dar una vuelta y despejarse. Media hora más tarde, después de pasear sin rumbo entre lágrimas y con la música a todo volumen, se dio cuenta, aunque ya era demasiado tarde, de lo que estaba pasando a su alrededor en aquellos instantes. Se había saltado un semáforo en rojo y un coche venía en su dirección, el choque era inevitable. Apenas tuvo tiempo de reaccionar. Se metió la piedra que contenía el anillo en la boca para que no se perdiera, agarró con fuerza el volante mientras derrapaba de una manera increíble y se tiró por el puente. En esos momentos ya no tenía nada que perder; aun así, perdió la vida.

Sarah Long, 3r C

One thought on “Perderlo todo

  1. Anna A

    Sarah el final és sec però impactant! Molt maco, bé ja el vas llegir a classe, però de totes formes saps que m’encanta 🙂

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