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DIARIO DE UN BOLÍGRAFO

Querido diario:

Cada día es un infierno, no aguanto más. Me estoy muriendo, siento que pronto dejaré de existir y nadie me recordará, seré sustituido por otro ¿Qué será de mí? La respuesta es simple: seré desechado, iré a la basura y después de ahí ya no sé qué me espera. Siento que cada día me queda menos sangre… hoy, como cada día, me han sacado de mi casa de tela y me han estrujado para que saliese mi sangre azul. Con mi sangre se escribe, es una crueldad. Además, solo escriben faltas ortográficas. ¡Por Dios! ¡¿Qué clase de inculto escribe “había” sin “h”?!

¡Oh! ¡Cuán feliz era yo en el sitio donde vivía antes! Estaba situado delante de una gran ventana por la que veía a la gente pasar, y nadie me estrujaba para escribir con mi sangre. Sí, lo sé, sé que cada día escribo lo mismo pero, ¿qué le voy a hacer?

Mis días felices acabaron cuando aquel demonio bajito le entregó unas extrañas piezas redondas brillantes a la mujer que vivía allí de día salvo los domingos. A cambio, ella me sacó de aquel sitio en el que había vivido desde que mi memoria alcanza y me entregó al demonio.

Tengo de dejarte, creo que me van a volver a sacar la sangre. ¿Por qué diablos tuve que nacer?

Esther Q. Vallès, 4t B

Diario de una agenda escolar

Domingo 25 de octubre

Hoy ha sido un día muy aburrido ya que sólo me ha sacado de la mochila para poder ver si tenía deberes y exámenes anotados en mí. Aunque la cosa no pintaba mal, mi dueña como de costumbre ha empezado a pintarme y todo lo que me suele hacer; madre mía, un día de estos me cansaré y me romperé; a ver si así me deja tranquila.

Lunes 26 de octubre

Vaya día el de hoy, si no fuese porque estoy más que acostumbrada diría que el día de hoy ha sido de los peores… deberes a montones, exámenes ni te cuento y para rematar el día, de repente a mi dueña le da por poner encima de mí unas hojas de papel blanco enganchado y fotos… sé que soy fea, pero no para tanto… o sí? En resumen, el día de hoy ha sido ajetreado. Ah, sí, y lo peor, lo peor, lo peor de todo ha sido cuando llegamos ya a casa y voy y me pierdo; vaya día el de hoy, si no han pasado cinco horas al menos antes de encontrarme no ha pasado ninguna, y al final, ¿dónde estaba? Pues como siempre en la estantería…, si es que no hay peor dueño que un adolescente.

Martes 27 de octubre

El día de hoy, cómo describirlo… ha sido de lo más raro, ha habido de todo desde deberes y exámenes hasta dibujos, pero lo mejor es que hoy me ha dejado durante todas las horas en la mesa y he podido enterarme de todos los chismes de la gente de clase; he podido por fin conocer a las otras agendas y me han estado contando su vida, y vaya vida la suya al lado de la mía, de lo mas aburrida; si al final esto de tener una dueña como la mía no va a estar tan mal…

Miércoles 28 de octubre

Madre mía, vaya día, vaya día… hoy ha pasado algo muy raro: de repente me encontraba en la mesa donde suelo pasar casi todas las horas de mi vida junto a mi amigo el ordenador y las gemelas lámparas hablando de cómo había ido nuestro día; me estaban contando las gemelas que por la mañana habían tenido una discusión muy fuerte con sus maridos los libros de castellano y catalán, cuando de repente me he dado un golpe… supongo que me he caído de la mesa o más bien me han tirado. Cuando he despertado estaba en un lugar nuevo para mí, si no recuerdo mal el lugar se llamaba gimnasio y allí la diversión nunca acaba; mi dueña no paraba de reír todo el rato, sus otros compañeros adolescentes tampoco y para remate, todo el mundo ha pintado sobre mí; al final me he puesto colorada; claro, es normal, tantos chicos pintando sobre mí nunca había pasado y yo he intentado estar lo más guapa posible.

El día por desgracia ha acabado, querido diario, y te aseguro que en todos los días que tengo de vida hoy ha sido de los mejores, aquel lugar era increíble y espero que me vuelva a llevar…

Macarena López, 4t B

Memorias de un paraguas (11)

«Domingo 13 de septiembre del 2009.

»Querido diario,

»Hace mucho que ya no escribía pero últimamente no he tenido mucho tiempo, ni motivos para hacerlo…»

Mientras seguía releyendo esas líneas me vinieron a la cabeza algunos momentos de ese mismo día. A las siete de la mañana ya me había levantado, estaba en pie apoyado al lado de la mesita de noche de mi ama. Emma era una niña de unos ocho añitos, menuda y bonita, con los ojos claros y algo grandes. El pelo le reposaba sobre sus hombros, como una delicada cortina amarilla. En resumen, una niña preciosa. Entonces entró la madre de Emma, Ángela, y le dijo que se levantara que tenían muchas cosas que hacer. Emma me cogió en brazos y me llevó con ella hasta la cocina. Allí me sentó, a su lado, en una sillita especialmente hecha a mi medida y empezó a tomarse su rutinaria leche con cereales. Por lo que yo había visto, Emma me trataba más como un amigo que como un paraguas. Se levantó de la silla y me llevó de nuevo a la habitación; cerró lentamente la puerta para poderse vestir. Puede que tener conversaciones con un paraguas no fuera de lo más normal, pero ella no paraba de repetirme que era el mejor regalo de cumpleaños que jamás le habían hecho. Me roció agua y jabón por encima de mi rojiza capa y me limpió. Poco después salimos a la calle para comprar todo el marisco que nos hiciera falta para la paella familiar e ir a buscar la tarta que íbamos a comer de postre. Entramos en la pescadería y Ángela cogió número. A los 5 minutos de espera ya compró el pescado y cogimos rumbo hacia la panadería. Cuando nos dirigíamos hacia la salida vi lo que hacía una semana había estado esperando. Lluvia. Grandísimas gotas de agua caían del cielo, la gente llevaba los paraguas abiertos y éstos disfrutaban de la agradable ducha. Sin duda alguna, era mi día de suerte. Emma me miró con sus bonitos ojos y apretó el botón situado justo debajo de mi boca, entonces, mi roja capa se abrió de golpe y pude sentir la frescura del agua.

Al llegar a la entrada de la panadería, Emma me puso en el paragüero y se quedó a mi lado mientras Ángela decidía qué tarta comprar. Entonces llamó a Emma para ver cuál era su opinión. Ella, muy entusiasmada, se enamoró a primera vista de la tarta de triple chocolate, pues era una fanática del chocolate. Empezó a insistir a Ángela para que se la comprara y así lo hizo. Vi cómo pasaban por mi lado dirección a casa y entonces empecé a preocuparme. ¿Qué hacían? ¡Yo estaba allí dentro! No podía creer lo que estaba pasando. Se alejaban lentamente, con la tarta en las manos y me dejaban a mí solo, en el paragüero. No podía estar ocurriendo de verdad. Pegué un salto e intenté alcanzarlas, pero no pude; por más que saltaba, no las cogía ni por asomo. Me senté al lado de un árbol y esperé media hora para ver si volvían y se acordaban de mí, pero por allí no aparecía nadie más que gigantes desconocidos. Anduve horas y horas por esas calles, una y otra vez. Siempre pasando por los mismos lugares, pero no veía a Emma. Empecé a maldecirme a mí mismo. «Sólo soy un objeto, no me tendría ni que haber hecho ilusiones con una humana…» Si hubiera sabido dónde estaba mi hogar, sabría como volver, pero estaba completamente perdido, los nervios y el estrés me habían hecho perder la calma. Entonces, en lo más oscuro de la noche, vi una silueta de una persona más bien bajita, que gritaba Leonard. ¡Leonard! ¡Sí! Ése era mi nombre, estaba seguro que sería ella pues tenía el mismo hilo de voz. Se acercó y me vio allí tumbado al suelo, medio moribundo. Me cogió en brazos y me apretó contra su cuerpo como jamás lo había hecho. Ahora, por suerte, ya no estaba sólo. Y noté que cuanto más rato pasaba sin ella, más dura se me hacía la vida. Me besó y me susurró que me había echado muchísimo de menos y que lo sentía por lo que había pasado. Siguió abrazándome, aunque yo estuviera mojado, a ella le daba igual, era un cielito de niña.

Patricia Ortín

Memorias de un paraguas (10)

Como cada mañana, sólo despertarme miré a mis compañeros, todos metidos a presión en un escaparate. Me pasaba cada día mirando fuera cómo muchas personas entraban y salían para comprar paraguas nuevos, sí, esos que están hechos de acero inoxidable, con una tela especial… Yo, en cambio, he pasado la mayor parte de mi vida (sólo tengo dos años y medio) dentro de la tienda; eso es mucho pensando que la esperanza de vida es de tres años, y aún menos en la calle.

Pasé varios días pensando siempre en lo mismo: ¿por qué había nacido?, ¿y si dentro de poco me reemplazaban por otro más nuevo y a mí me desguazaban? ¿y…?

Era uno de aquellos días de gota fría en que siempre había alguna persona mayor que se olvidaba el paraguas o se le rompía. Un hombre de unos setenta años entró en la tienda, empezó a mirar pero no encontraba un paraguas que le hiciera el peso. Me cogió a mí, sí, lo habéis oído bien, a mí, de cientos y cientos de paraguas de la tienda me escogió a mí, por una vez en mi miserable vida me sentía un poco más importante al ver que se iba a cumplir mi sueño: salir de esa polvorosa y mugrienta tienda.

Al salir de esa tienda una fuerte ventolera se me llevó y pasó lo que había soñado durante mi vida: yo seguí volando hasta que mi tela cedió, años y años volando, viendo paisajes inolvidables. Se me resquebrajó la tela, caí en mitad del océano y mis últimos segundos de vida los pasé mirando el precioso fondo marino, otra de las maravillas del mundo que quería ver antes de morir.

Raúl Mozo

Memorias de un paraguas (9)

Llevaba cinco días en la tienda y ya me había hecho amiga de casi todos los paraguas. Era divertido estar en esa tienda de zapatos. Cada una me explicaba sus vivencias. Me hacía mucha gracia la gente que pasaba por la tienda y le pedía los zapatos del escaparate, pero nunca pedían paraguas.

Ese día llovía bastante. De repente entró una chica de unos 15 años y le dijo que necesitaba un paraguas; entonces María, que era la dependienta, le dijo que cogiera el que quisiera. Me cogió a mí, me hizo bastante ilusión, aunque un poco de tristeza por dejar a mis compañeros. Me encantaba estar con Anna, que era la chica que me compró. Yo le ayudaba con sus problemas de adolescentes y ella me cuidaba muy bien, nunca jugaba conmigo estirándome del mango o simplemente no me hacía daño.

Un día me sacó de casa porque llovía mucho y hacía un tiempo horrible. Salimos y cuando doblamos la esquina una fuerte ráfaga de viento me rompió. Pero Anna me cuidó y me reparó. Es difícil saber cómo una chica puede querer a un paraguas pero me hace feliz estar con ella y yo también le tengo mucho cariño; espero que no nos pase nada.

Laura Tello

MEMORIAS DE UN PARAGUAS (8)

Era lunes, un aburrido lunes. Hacía 24 días que mi dueña no me sacaba al exterior; los días pasaban lentos en mi paragüero. Me sentía solo, a pesar de estar con un paraguas viejo y deteriorado que no hacía más que protestar, el pobre estaba medio loco, no lo sacaban desde hacía por lo menos un año.

Me acuerdo del día en que mi dueña me compró; yo estaba expuesto en una vitrina juntamente con Rayo, mi mejor amigo; él era un paraguas bastante sencillo, tenía redondas estampadas en su piel y los diferentes colores que lo componían hacían de él un paraguas alegre. En mi vitrina había otro paraguas, Luz, una paraguas preciosa; su perfecta piel decorada a mano y sus preciosos colores suaves transmitían calidez.

Pero de lo que quiero hablaros es de cómo conocí a mi dueña. Su nombre es Rosalinda y ese día entró en la tienda precipitadamente y empapada a más no poder. La verdad es que encontré estúpido que viniera a comprar un paraguas cuando ya no le serviría de nada. Preguntó educadamente al vendedor dónde estaban los paraguas y éste nos señaló. Rosalinda se acercó y después de echarnos una larga ojeada, me escogió a mí.

Por una vez me sentía útil, aunque por otra parte sentía cómo la nostalgia empezaba a circular por mis varillas. Sería difícil no volver a ver nunca más a Rayo y a Luz. Rosalinda pagó mi precio y salimos al exterior. Cuando la puerta de la tienda se abrió, sentí como el viento helado me envolvía y me invitaba a danzar con él, así que desplegué mis brazos y dejé que las gotas cayeran y se deslizaran suavemente por mi piel impermeable. De vez en cuando venía una ventolera que me hacía perder el equilibrio.

La primera vez que me metieron en el paragüero me sentí muy reconfortado. Pero de eso ya hace tres meses. Entonces, cuando pensaba que ese lunes no podía ir peor y el sueño empezaba a poseer mi cuerpo, la mano de Rosalinda me envolvió dulcemente y me llevó consigo. Abrió la puerta y después de un corto suspiro me abrió, y es así como la felicidad volvió a brotar en mi interior.

Irene Miràs

Historia de un paraguas (7)

Domingo, otro horroroso domingo. No había nubes en el cielo y por tanto no había señales de lluvia. Seguía en el balcón, en la posición exacta en la que me encontraba hace tres semanas, esperando esas gotas de lluvia que me sacaran a pasear. Hacia las seis de la tarde, una chispa de esperanza alcanzó mi vista, una inmensa nube de un color gris oscuro se acercaba rápidamente hacia nuestro hogar. La señora Rita iba hacia la puerta, pero ni siquiera me miró. Oí cerrar la puerta tras sus pasos. Cuando al cabo de dos horas regresó, me quedé sin habla. Me sentía abandonado, la señora Rita ya no me necesitaba. Llevaba un paraguas nuevo, precioso, de unos colores muy bonitos, de un rosa chillón con rayas negras de la marca más de moda.
A partir de aquel día nada volvió a ser lo mismo. Rita me encerró en un lugar que para nosotros, los paraguas, es una especie de basura, al que Rita llama paragüero; ahí no hay más que paraguas viejos o sencillamente esos que por algún motivo aún no ha tirado. Vi pasar a Rita día tras día sin tan solo dirigirme una mirada.
Un año más tarde pasó lo inesperado, mi vida sufrió un cambio radical. La mirada de una niña lo cambió todo. La vi entrar con Rita y pedirle con voz tímida: “¿me lo puedo quedar?” Al escuchar un “sí”, se produjo una sonrisa de oreja a oreja en la pequeña. Su nombre era Alicia, la persona más dulce y cariñosa que jamás he conocido. Pasé con ella el resto de mi vida y me dio más cariño del que yo jamás creí que existía.

Sarah Long

Memorias… (6)

Una fuerte luz me despertó de mi largo sueño. Mi dueña me sacó bruscamente del armario y me llevó consigo escaleras abajo hasta llegar a la puerta.  Ahí estaban ya preparadas sus maletas. Salió fuera de casa y me abrió. Era de noche y llovía fuertemente. Caminó apresuradamente hasta el taxi que la esperaba en la acera y me cerró, pasa luego entrar cuidadosamente en el coche. Le dijo algo al conductor, no supe qué porque no entendía su lenguaje, y seguidamente el coche empezó su trayecto. Llegamos al aeropuerto después de mucho rato. Aún llovía, así que me tenía encima de ella, recibiendo los golpes de las gotas de agua. Afuera había muchas personas corriendo arriba y abajo, cada una con si paraguas. Los había de muchos tipos y colores. Todos nos saludábamos encantados y sonrientes, ya que pocas veces podíamos ver a otro paraguas. Dentro de la terminal, me dejó en un banco y ella se sentó a mi lado, esperando. Después llegó un chico, se saludaron y se fueron andando, con las maletas en la mano, olvidándose de mí. Al rato, una niña de coletas y con un vestido de colores muy chillón me cogió y me llevó arrastrando. Iba cogida de la mano de su madre, y caminaron rápidamente fuera del aeropuerto, andando por calles. Me gustaba esa niña; era alegre y parecía feliz conmigo. Al llegar a un parque, su madre me cogió y me echó en una papelera, haciendo llorar a la pobre niñita… Ahí me quedé yo, descansando, pensando en mi triste y aburrida vida, sin nada más interesante que hacer que no fuera mojarme, observar a la gente y sonreír a los otros paraguas. Me sorprendí cuando una mujer morena, delgada y muy maquillada me cogió y se refugió debajo de mí. Iba mojada y muy ligera de ropa. Anduvo lentamente a través del parque hasta llegar donde estaba un hombre. Le saludó y se acercó, para luego besarle. Se juntaron y se pusieron debajo. Era una escena no muy agradable de ver, sinceramente. Pero no duró mucho porque me soltaron y caí al agua del lago que había en el medio del parque. A la mañana siguiente un señor de la limpieza me recogió y acabé en su bolsa. Ésa fue mi última aventura antes de acabar en la chatarrería municipal.

Carla Bertomeu, 3r C

Memorias de un paraguas (5)

Lunes día 4 de septiembre.

Hoy me he sentido bastante bien, simplemente porque los días de veranos fueron muy secos. Pero venía el peor mes del año: Septiembre. Cuando las nubes desprenden esas gotas de agua que suavemente o todo lo contrario, mojan a la gente. Por eso mismo me inventaron para que esas minúsculas y pesadas gotas cayeran sobre mí y no sobre las personas. Muchas veces me siento un poco mal, porque en el momento en el que mi dueña, una señora más bien mayor de pelo oscuro, con la cara un poco demacrada por los años y menuda, me saca de su bolso de piel marrón, sé que acabaré mojado. Esa idea no es que me quite el sueño, pero sí que en algunas ocasiones no me hace sentir demasiado bien. Ella no obstante, es bastante considerada conmigo, normalmente me trata con suavidad y no me suele dejar en sitios muy fríos. Estoy viendo las nubes como se empiezan a oscurecer, me parece que mañana le seré útil a alguien. Además he visto como mi dueña se preparaba el chubasquero y las botas para mañana, señal de que saldrá de casa. Así que por hoy lo dejaré que mañana será un día duro.

Martes día 5 de septiembre.

Después de un día tan cansado como hoy, como ya era de esperar, me encuentro aquí, escribiendo de nuevo. Os haré un breve resumen de lo que me ha ocurrido. Muy pronto por la mañana, no sé exactamente a qué hora, me cogió rápidamente y me arrojó a su bolso marrón de piel como de costumbre. Solo salir a la calle pude percibir, y a la vez oler, ese aroma que desprende la hierba mojada y que contrasta con el suelo húmedo. Sin dudarlo a penas, me cogió de nuevo y me abrió. Cuando estuve ya centrado encima de su cabeza empezaron los saludos matinales con la gente del pueblo, que si la frutería, ahora el quiosco y ¡cómo no! Me iba chocando innumerables veces con otros paraguas, y se oía de fondo, disculpe, lo siento y así infinitas veces. Pero yo me pregunto: ¿No somos nosotros quienes nos chocamos? Parece ser que los dueños no lo ven así. Mientras reflexionaba sobre el tema, un golpe frío me sacó de mis pensamientos. Ella, me cerró y entramos en un banco y me dejó junto a los otros paraguas en un sitio donde nos reunimos todos, me parece que se llama paragüero. Después de una media hora de espera, observe que ya estaba de vuelta. Así que me preparé para las gotas de nuevo, pero esa vez no, las gotas no cayeron, así que me mantuvo en su mano a la espera de que lloviera, pero las nubes no se decidieron. Abrió la puerta de casa y como ya estaba seco me puso en mi sitio de siempre, su armario al que yo suelo llamar cama. Hasta ahora que me encuentro escribiendo encima de una bufanda y rodeado de ropa. ¿Qué haré mañana? Todo depende de las gotas y las nubes.

Anna Aparicio 3r C

Memorias de un paraguas (4)

Hoy ha sido un día bastante duro y con muchas cosas que explicar: esta mañana amanecía tranquila, un simple día más. Poca gente se ha fijado en mí en estos dos meses que llevó metido en este antro. Para que me sienta mejor, mis compañeros se pasan el día diciendo que la gente no me compra porque estoy en una esquina, no se me ve mucho, bueno… ¡chorradas! Yo creo que no me compran porque soy feo, mi mango es de madera oscura y tengo la cabeza negra, soy bastante soso.

A las 12 de la mañana apareció por aquel pasillo estrecho una chica muy elegante, de unos treinta años, que iba con unos altos tacones negros y un vestido muy ceñido. Vi como se acercaba, pero no me quise hacer ilusiones porque ya me había pasado otras veces. De golpe se paró delante de la estantería y levantó el brazo. Noté su mano en mi mango, me agarró con firmeza y me abrió. Entonces dijo:

—Es elegante… ¡Me lo quedo!

No me lo podía creer, estaba muy contento y seguro que aquella mujer me sacaría a la calle todos los días, ¡aunque hiciese sol! Afuera estaba lloviendo. Me sacó de la bolsa que le había dado la dependienta y estiró de las varillas. Me sentí libre, con seguridad, elegante, llevado al ritmo de los pasos de aquella hermosa mujer. Sentí las gotas frías de lluvia en mi cabeza. De golpe vino un vendaval, el viento me traicionó y me volcó de manera inesperada. ¡Las varillas se partieron en dos! ¡Qué desgracia! Oí cómo mi dueña gritaba como una histérica… y no decía cosas muy buenas ni bonitas de mí y de mi familia. Me dobló e intentó cerrarme bruscamente. No tuvo ningún miramiento por mis sentimientos. Vi cómo me volvía a meter en aquella horrible bolsa de plástico y me dejó caer en la basura. Me dejó allí tirado como un perro sucio, solo, abandonado, hecho pedazos. Esa mujer no tenía corazón.

Me quedé sumergido en una tristeza enorme. Mi único consuelo en aquel momento era que estaba en el recipiente de reciclaje, quién sabe, a lo mejor me esperaba una vida mejor…

Cristina Leiva 3r C