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4 de noviembre

CONTINUAR (de Pío Baroja, Cuentos)

Al día siguiente se levantaron temprano y sa­lieron del pueblo; tomaron la carretera, y des­pués, siguiendo veredas, atravesando prados cu­biertos de altas hierbas y de purpúreas digitales, se internaron en el monte. La mañana estaba hú­meda, templada; el campo, mojado por el rocío; el cielo, azul muy pálido, con algunas nubecillas blancas que se deshilachaban en estrías tenues. A las diez de la mañana llegaron a Arnazábal, un pueblo en un alto, con su iglesia, su juego de pelota en la plaza y dos o tres calles formadas por caseríos.

Era un pueblo con pocos habitantes, tenía una iglesia gótica, dos supermercados con poca variedad de alimentos, un cementerio con pocas flores y dos casas rurales cerradas, que ya llevaban así hacía más de cinco años.

A lo alto del pueblo se hallaba la montaña pequeña acorde con todo el pueblo. Tenía campos de pastos preciosos, donde las vacas u otros animales podían pasar el día comiendo y durmiendo plácidamente. Justo al lado se encontraba una de las pocas casas de ese hermoso pueblo. La casa era pequeña, aunque acogedora y muy bonita. Tenía una chimenea para el frío invierno y un lago para refrescarse en verano. La casa estaba constituida básicamente por madera de roble. La cocina americana le daba un toque diferente al gran comedor que juntaba ambas partes de la casa. Toda una maravilla para aquellas personas que adoran la vida en las afueras de las grandes ciudades, una gran maravilla para aquellas personas que adoran el silencio, la tranquilidad y el zumbido de las abejas revoloteando por el cielo. En esa casa fue justo donde se criaron los dos hermanos, Pedro y Juan.

Los dos hermanos se dirigían de luto en un Renault un poco viejo a ese diminuto pueblo. El viaje se hizo largo comentando el partido de la noche anterior.

– ¿¡Pero viste ese gol?! –dijo Pedro chillando un poco demasiado.

– Si… Ya te he dicho dos veces que lo vi –respondió Juan con pocas ganas.

– Solo intento animarte, sé que hoy es un día duro, pero ambos tenemos que poner de nuestra parte y darle sentido a este día, que nos une cada 4 de noviembre.

Juan no dijo nada, se quedó contemplando el paisaje, que justo hacia un año que no veía. Se mordió la parte izquierda del labio como solía hacer cuando se reprimía. El largo camino fue agradable, pero los recuerdos que los llenaban de nostalgia hicieron duro el trayecto de ida al pueblo de su padre, el que falleció hacía apenas un par de años. Su madre nunca quiso saber nada de su padre, ni de ellos. Ellos innumerables veces preguntaron a su padre la razón por la cual su madre nunca se había hecho cargo de ellos, pero él nunca quiso decir nada sobre el tema ni sobre madre. Cuando padre murió se fue con él el secreto de un abandono, de esa falta de cariño materno. Pese a todo Juan y Pedro querían con locura a su padre, por eso cada año iban al pueblo donde se crío y murió su padre, y donde los dos hermanos pasaron muchos de sus mejores momentos.

Mientras Pedro recordaba con nostalgia los queridos y ansiados abrazos de su padre, esos abrazos que daban tanto apoyo, Juan bostezó mostrando cansancio.

Ya estamos llegando aunque si quieres dormir aún queda una media hora de trayecto.

Intentaré descansar, últimamente me cuesta mucho conciliar el sueño -dijo Juan con cara de insomnio.

Poco a poco sus párpados fueron cayendo desiguales sobre sus pupilas, tapando así sus ojos verdes que según su padre heredó de su madre.

Un golpe seco del viejo Renault despertó a Juan, que ya estaba en el séptimo sueño. Salto sobresaltado de su asiento al ver a Pedro mirándole fijamente. Después de ese incidente y los nervios acumulados, unas carcajadas forzadas salieron de ambos.

Pedro seguía los pasos de su hermano pequeño, el cual iba ante él dejando en el barro medio húmedo la marca de sus zapatos. Éste le miraba con aires de padre, de ese padre que ya no estaba. Juan llevaba con él tres margaritas, dos rosas y cinco amapolas, las favoritas de su padre, sin embargo el mayor de los hermanos llevaba unos poemas y unas fotos en mano.

Al abrir la puerta de la entrada al cementerio, un ruido estridente llenó el silencio. Junto al único árbol del cementerio había una señora mayor, tenía el pelo corto de un color tenue que reflejaba el tinte de un color marrón oscuro. Tenía una mirada penetrante, sus ojos desprendían pequeñas lágrimas que caían lentamente por su rostro ya deteriorado por la vejez. Pedro vio en ella a su hermano, esos ojos, esas expresiones que tanto lo caracterizaban. Para ya acabar de concretar se mordió el labio, justo la parte izquierda al igual que Juan. No supo cómo reaccionar, y cuando quiso advertir a su hermano de esa imagen, la señora desapareció. Nada quedaba ya de ella, ni sus lágrimas que cayeron por su rostro y acabaron en el suelo húmedo.

Entre lágrimas y fuertes abrazos pasaron las dos horas que estuvieron admirando la tumba en la que se encontraba su querido y tan extrañado padre. Dejaron las pertenencias que con tanto cariño compraron pare él y partieron hacia la casa que se encontraba en la única montaña. Para ello tuvieron que volver a coger el Renault, pero esta vez ninguno dijo palabra hasta llegar a la puerta de la casa.

¿Has cogido las llaves? –dijo Pedro mientras buscaba por sus bolsillos y las maletas que llevaba consigo.

¡Pero si me dijiste que las llevabas tú! –contestó exaltado y furioso Juan.

Se habían quedado en la calle a más 400 km de su casa, en un pueblo que no tenía ni un simple hostal, y dos casas rurales cerradas hacía más de cinco años. Así que como ya empezaba a oscurecer y a lloviznar decidieron ir a buscar algún refugio más seguro que la montaña donde poder descansar, aunque la última alternativa era hacerlo en el coche.

Fueron en busca de algunos viejos amigos del pueblo pero todos sus amigos marcharon de allí de jóvenes. Vieron una residencia de ancianos a lo lejos y como no querían dormir en el coche se decidieron a preguntar. Juan llamó decidido, harto ya de tantas emociones juntas. Una señora mayor les abrió la puerta con una sonrisa un poco forzada, pues habían despertado a todos los ancianos de su sueño.

Hola. Buenas noches señora. Venimos en busca de un lugar donde poder pasar la noche. No tenemos ningún lugar donde poder hospedarnos y nos preguntábamos si sería mucha molestia acogernos tan solo por una noche…

Claro, no es problema joven. Aunque tendréis que dormir en el sofá cama del comedor, es de matrimonio, así que supongo que dormiréis bien -dijo la anciana contenta de un poco de visitas. -Aunque sí os advierto de que mañana pronto deberéis partir. Eso se debe a que a primera hora de la mañana estarán aquí las enfermeras y no les gusta que traigamos gente de fuera.

Ambos estuvieron de acuerdo y entraron, se acomodaron y fueron a ponerse los pijamas y a lavarse los dientes. Pedro del comedor al lavabo vio una puerta abierta, donde se hallaba una señora durmiendo. Pues resultaba que esa misma mujer fue la que estaba esa mañana apoyada en el árbol llorando sus penas. Entró decidido y encendiendo la luz de la mesita de noche, le hizo la pregunta más obvia:

¿ Señora, le importaría decirme nombre y apellidos?

La mujer sobresaltada por el susto del intruso en su plácido sueño, le miró con cara de pocos amigos, aunque no extrañada de lo ocurrido.

Pues verás… Me llamo María Felisa Rodríguez y tú te llamas Pedro Vilches Rodríguez, tienes un hermano pequeño que se llama Juan Vilches Rodríguez. Resulta que soy tu madre y…

Pedro no dejó que dijera una palabra más. Se lanzó a abrazarla, pues sabía que pese a que ella nunca había estado junto a él ni junto a su hermano, esa mujer, de una cierta edad, le quería, quizás era simple intuición pero en un día como ese necesitaba cariño y más él, que toda la vida llevaba esperando el de su preciada madre, la cual no había dejado de estrecharle entre sus brazos como hacía ya 38 años que no hacía. Al cabo de pocos minutos pasó por ahí Juan, miró al igual que Pedro dentro de esa habitación donde ahora las emociones, lo sentimientos y las palabras eran lo más valioso. Juan se unió a ellos, su madre les contó toda la historia. Justo después de tener a Juan tuvo que marcharse de ese pueblo porque la destinaron a África para ofrecer servicios sanitarios, ya que ella ejercía de doctora en el pueblo. Se negó, pero en esa época o iba o la muerte acabaría siendo la consecuencia. Su padre no pudo aguantar ese golpe de quedarse solo con dos hijos y de perder a la mujer que amaba, así que nunca se lo perdonó y todas las cartas que envió María Felisa a sus hijos quedaron retenidas bajo el poder de su padre. Los hijos lograron entenderlo y con el tiempo ganaron confianza en aquella madre que tanto necesitaban y que vieron por primera vez ese 4 de noviembre.

Anna Aparicio, 3r C

Deducciones acertadas

CONTINUAR (de Robertson Davies, El quinto en discordia)

[…] alrededor de las cuatro en punto de la mañana del lunes 4 de noviembre de 1968 se extrajo su Cadillac descapotable de las aguas del puerto de Toronto, al que había caído a una velocidad tan elevada que se hundió a unos seis metros del muelle de cemen­to. Su cadáver estaba en el asiento del conductor, y las manos aferraban el volante con tal fuerza que la policía tuvo verdaderos problemas para sacarlo del vehículo. Las ventanillas y la capota estaban cerradas, de modo que debió de pasar cierto tiempo antes de que el coche se llenara de agua. Pero lo más extraño de todo fue que la policía le descubrió una piedra —un pedrusco común de granito rosa, del tamaño de un huevo pequeño— en la boca, que no podía haber llegado allí de ningún modo salvo que lo hubiera puesto él mismo u otra persona.

Cuando el inspector de policía llegó al lugar del accidente, se quedó helado al reconocer aquel Cadillac pintado de un inconfundible color rojo y con las lunas tintadas de negro. Sin embargo, no comentó nada de esto al resto de policías e hizo ver que hacía su trabajo como siempre. Después de estar rato observando el coche, descubrió que tenía unas pequeñas rayaduras en la parte trasera, justo al lado de la matrícula. También examinó la piedra de granito rosa y el cadáver, pero no encontró nada. Todo parecía apuntar a que los autores del crimen habían intentado que pareciera un suicidio. Todo aquello parecía muy extraño, y como en aquel momento no se le ocurría nada, decidió volverse a casa y por la tarde ya seguiría con la investigación.
El día anterior por la noche, el inspector de policía había pasado por una sala de baile con un antiguo amigo del colegio con el que se había encontrado, y a la salida de la sala de baile había visto como justo detrás de él salían corriendo tres personas, de las cuales la primera tenía el mismo aspecto que el actual cadáver. Había visto como se subía en el Cadillac rojo y los dos individuos que iban detrás, se subían en una ranchera negra, casi inapreciable ya que no encendieron las luces, y le perseguían. Así que el inspector decidió ir de nuevo a la sala de baile, y al entrar reconoció el rostro de los dos persecutores del cadáver; preguntó quiénes eran a la camarera que había en la barra y ella le respondió que eran dos mafiosos que solían frecuentar aquel lugar. Además, solían prestar dinero a ludópatas a los que, si no les devolvían el dinero, les embargaban propiedades o bien les mataban, en caso de no poderles dar nada a cambio del dinero prestado. La habilidad del inspector para sacar información a la gente le permitió averiguar que el día anterior uno de los ludópatas había intentado engañarles dándoles un cuarzo común como si fuera una piedra semipreciosa de un valor medio, y ellos, al darse cuenta del engaño, se habían enfadado mucho. Finalmente el inspector llamó a sus compañeros de la policía, que detuvieron a los mafiosos, los interrogaron y les sonsacaron que ellos habían embestido al ocupante del Cadillac, hasta que paró, al bajar del vehículo le golpearon hasta dejarlo inconsciente y entonces le metieron la piedra en la boca, le pusieron las manos en el volante y el pie apretando el acelerador, encendieron el coche y dejaron que el coche cayese al río.

Saúl González, 3r B

Culpable convencido

CONTINUAR (de Robertson Davies, El quinto en discordia)

[…] alrededor de las cuatro en punto de la mañana del lunes 4 de noviembre de 1968 se extrajo su Cadillac descapotable de las aguas del puerto de Toronto, al que había caído a una velocidad tan elevada que se hundió a unos seis metros del muelle de cemen­to. Su cadáver estaba en el asiento del conductor, y las manos aferraban el volante con tal fuerza que la policía tuvo verdaderos problemas para sacarlo del vehículo. Las ventanillas y la capota estaban cerradas, de modo que debió de pasar cierto tiempo antes de que el coche se llenara de agua. Pero lo más extraño de todo fue que la policía le descubrió una piedra —un pedrusco común de granito rosa, del tamaño de un huevo pequeño— en la boca, que no podía haber llegado allí de ningún modo salvo que lo hubiera puesto él mismo u otra persona.

La policía investigó e investigó. Era la investigación más difícil que habían realizado nunca. Descartaron la opción de que hubiese sido un suicidio, porque las pruebas indicaban todo lo contrario. ¿Quién se hubiera querido suicidar tan lentamente? La pregunta más difícil que había que resolver para saber lo que pasó realmente era: ¿por qué esa piedra en la boca, ese tipo en concreto de piedra, granito rosa? Todo apuntaba a un asesinato.

Un día, el que estaba al cargo de la investigación vio en el diario un anuncio que decía: “Tienda de piedras preciosas, vendemos todo tipo de piedras a buen precio”. El jefe decidió ir a investigar a esa tienda por si acaso. Le preguntó al vendedor si alguien le había comprado granito rosa no hacía mucho tiempo y el vendedor dijo que sí. Dijo que era un hombre que parecía muy alterado y le dio el nombre al policía. A partir del nombre supieron dónde residía el supuesto asesino. El coche de policía camuflado hizo guardia delante de la casa, pero no vieron a nadie salir ni entrar hasta al cabo de dos semanas. Vieron a un hombre de aspecto forzudo que iba a entrar en la casa. La foto de los archivos de la policía coincidía con su cara, así que lo detuvieron. Él se declaró culpable y empezó a explicar los hechos:

«El hombre que encontrasteis en el coche era el verdadero asesino. Él mató a mi hija y a mi mujer, así que me quise vengar. Él me había arrebatado mi vida y lo iba a pagar. Sabía que él también estaba casado y tenía una hija, así que cogí el coche de su mujer, que ella se había comprado con los ahorros de toda su vida, y una piedra de granito rosa, la preferida de su hija. Un día que salía de su casa le cogí por banda y le metí en el coche de su mujer; él intentaba escapar pero no podía conseguirlo, estaba destinado a pagar por lo que hizo. Conduje hasta el acantilado y lancé el coche al mar. Mientras el coche se hundía cogí la piedra y se la metí en la boca con el propósito de que se ahogara antes, de que sufriera igual que lo hice yo en su debido momento. La piedra era tan grande que no se la podía sacar, así que mientras él hacía esfuerzos para quitársela yo le dije: “Te hundirás y te morirás con los objetos más queridos por tu mujer y tu hija, no las mataré a ellas puesto que no soy un asesino como tú.” Cuando vi que ya no respiraba, abrí la puerta del coche y salí, la cerré y nadé hasta la superficie. Eso es todo lo que tengo que declarar.»

El juez lo condenó a estar en la cárcel el resto de su vida, pero él fue con la cabeza bien alta por considerar que había hecho justicia por su familia.

Laura Gómez, 3r C

Emociones inesperadas

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Al día siguiente se levantaron temprano y sa­lieron del pueblo; tomaron la carretera, y des­pués, siguiendo veredas, atravesando prados cu­biertos de altas hierbas y de purpúreas digitales, se internaron en el monte. La mañana estaba hú­meda, templada; el campo, mojado por el rocío; el cielo, azul muy pálido, con algunas nubecillas blancas que se deshilachaban en estrías tenues. A las diez de la mañana llegaron a Arnazábal, un pueblo en un alto, con su iglesia, su juego de pelota en la plaza y dos o tres calles formadas por caseríos.

Javi y yo salimos del coche. Me vino un agradable olor a aire fresco y tierra húmeda. Me espabilé un poco, ya que el viaje en coche había sido largo y pesado. Tenía ganas de conocer aquel pueblo del que tanto había oído hablar y nunca había pisado hasta ese momento. Tenía miedo al rechazo por parte de mi abuela. Mis padres no compartían la misma ideología política de mis abuelos y huyeron del pueblo durante la dictadura de Franco. Esto marcaría el final de su relación.
Ni siquiera sabía si mi abuela seguía viva, esperaba poder encontrarla en el mismo caserío del que me hablaron mis padres. Sabía que debía haber venido muchísimos años antes, pero tenía miedo de lo que me podía encontrar. La inesperada muerte de mis padres en un accidente de coche precipitó mi decisión.
—¿Lucía, estás bien? Si quieres podemos volver atr…
—¡No! —le corté bruscamente—. ¡Estoy bien, tranquilo, va, vamos!
Le tiré del brazo aparentando seguridad, pero él sabía perfectamente que por dentro me estaba muriendo de nervios. Seguimos el camino de piedras desgastadas por el tiempo y que nos llevaba a la parte alta del pueblo. Algunas vecinas curiosas y bastante madrugadoras se asomaban al balcón y nos miraban con desconfianza.
Llegamos al último caserío, todo encajaba; número, dirección, calle… Tenía que ser esa casa seguro. Me empezaron a sudar las manos. ¿Qué me esperaría detrás de esa puerta? Javi me cogió del brazo y me transmitió confianza. Golpeé la puerta, pasaron unos segundos y volví a golpearla. Se oyeron unos pasos lentos y unas voces de fondo. De pronto se abrió la puerta y sonó un gran crujido que me puso los pelos de punta. Detrás de la puerta, asomó la cabeza de una mujer de unos cuarenta años, aquella no era mi abuela.
—¡Dias onak!
—¡Eh… dias onak!
—Mire… estoy buscando a la Sra. Alatz Ainguru, viuda de Agosti Baladi.
En ese momento la mujer se quedó callada, con cara de sorpresa.

—¿Sabe si vive en esta casa?

—¡Y tanto que sí! Esta es su casa. ¿Quién pregunta por ella?

—Soy Lucía Aranzábal Ainguru, la nieta de Alatz.

La mujer se lanzó encima de mí con los brazos abiertos y con lágrimas en los ojos, me dio un abrazo tan fuerte que casi me deja sin aire. Después me soltó y me dio dos besos. Entonces se acercó a Javi y le dio otros dos besos, no tan efusivos como los míos.

—¡Pasad, pasad chicos! —dijo con emoción.

—Muchas gracias, pero… y ¿usted quién es?

—¡Ayi! Perdonad, mirad me llamo Begoña Domeko y soy quien cuida de tu abuela. Hace unos 2 años que me trasladé a esta casa, tu querida abuela ya no se vale por sí misma. Es mayor y su cuerpo le juega malas pasadas. No sé muy bien cómo decirte esto…, mira querida, tu abuela sufre demencia senil.

En ese momento no supe qué pensar, tenía tantas ganas de estar con ella, de recuperar el tiempo perdido y ahora… ¿Por qué no habría venido antes? Me odiaba a mí misma. Me giré y vi a Javi con un reflejo de mi misma expresión.

—¿Pero cómo está? ¿Está despierta? ¿La puedo ver? —pregunté con nerviosismo.

—Sí, sí, claro que sí. Seguidme.

Subimos por unas grandes escaleras de madera. Y nos condujo por un pasillo largo hasta llegar a la habitación. Abrió la puerta y allí estaba ella. Sentada en un sillón delante de la ventana con aquellos rayos de luz que se colaban por las cortinas e iluminaban su rostro. Parecía tranquila, sin problemas, relajada, mirando más allá de aquellos cristales. No se inmutó con nuestra llegada y Begoña se acercó a hablarle.

—¡Alatz, mira quién ha venido! Tu nieta de Barcelona y su pareja, Lucía y Javi. ¡Mírales Alatz, están en la puerta! —dijo tocándole el brazo para que reaccionara.

Mi abuela… me parecía raro pensarlo. Aquella mujer a la que había imaginado mil veces en aquellas noches en vela, ahora estaba ahí, sentada, con su mirada dulce pero sin decir nada. Me armé de valor y decidí acercarme a ella.

—Hola abuela dije con cuidado y fijándome en ella para percibir cualquier cambio de expresión en su rostro.

Me miró con ojos de emoción y una sonrisa en la cara. La abracé con toda la emoción del mundo y para cuando me quise dar cuenta ya tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Sé que no sabes quién soy, mis padres se fueron de aquí hace mucho tiempo abuela… he venido a buscarte.

—¿Quién eres? —preguntó desconcertada.

—Soy tu nieta Lucía, de Barcelona. Mira, él es Javi, es mi pareja —le dije señalando a Javi con el índice.

—Tranquila, Lucía, no te preocupes, ya no sabe dónde tiene la cabeza. Muchos días no se acuerde ni de mí —dijo Begoña con su mano en mi hombro.

—¿Pero… cómo puede ser que no me reconozca? ¿Qué voy a hacer yo ahora? Está tan cerca… pero a la vez tan lejos ya de mí.

Definitivamente solo tenía a Javi en este mundo, tanto tiempo esperando este momento… Aquella mujer mayor, de mirada serena y dulce no me reconocía, no sabía quién era yo, no se acordaba ni de mamá. ¿Qué podía hacer? No creo que pudiera volver a Barcelona sabiendo que la dejaba sola aquí.

—¿A dónde vas Lucía? —me dijo Javi cuando vio que abría la puerta.

—Voy a salir un momento afuera —le dije con tono convincente.

—¿Quieres que te acompañe?

—No, gracias, quiero estar sola.

Necesitaba salir de aquella habitación, de aquel ambiente tan cargado que me angustiaba y me nublaba la mente. Salí a la calle y noté cómo se me despejaba la mente. Me senté en aquel bordillo lleno de musgo y hundí la cara en mis manos. Empecé a llorar desconsoladamente. La situación me estaba desbordando; el cuerpo de mi abuela allí sentada sin decir nada, ajeno a cualquier realidad, el recuerdo de mis padres, lo que me esperaba en Barcelona, la sensación de sentirme sola en el mundo, sin ningún lazo protector que me anclara a cualquier miembro de mi familia.

Oí unos pasos rápidos que se acercaban hacia mí. Levanté la cabeza y me sequé las lágrimas con la manga de la camisa. Era una chica joven, alta y esbelta, seguramente de unos veinticinco años; llevaba una coleta alta y se dirigía hacia mí con cara de preocupación.

—¿Te encuentras bien? ¿Puedo ayudarte en algo?

—No, gracias, sólo necesitaba un poco de aire fresco —le dije sin dar muchas explicaciones.

—Bueno, yo voy aquí en frente, a casa de mi abuela. Si necesitas algo puedes entrar —dijo señalando la casa de la que había salido huyendo hacía escasos minutos.

—¿Tú… tú, tú vives ahí? —dije titubeando.

—Bueno, en realidad vivo con mis padres en aquella casa de allí abajo, pero vengo a verla todas las mañanas antes de ir a la universidad.

—No me lo puedo creer… ¡Eres mi prima! —me levanté de un salto y me tiré encima de ella a abrazarla. Ella empezó a reírse y a dar saltos de alegría, no se preguntó si aquella chica que la estaba abrazando estaba loca, ni si sería verdad, simplemente me estrechó fuertemente.

Fuimos incapaces de verbalizar nada. En aquel preciso momento las dos supimos que entonces empezaba una nueva etapa en nuestras vidas, en la que no había lugar a los reproches.

Cristina Leiva, 3r C

Perderlo todo

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[…] alrededor de las cuatro en punto de la mañana del lunes 4 de noviembre de 1968 se extrajo su Cadillac descapotable de las aguas del puerto de Toronto, al que había caído a una velocidad tan elevada que se hundió a unos seis metros del muelle de cemen­to. Su cadáver estaba en el asiento del conductor, y las manos aferraban el volante con tal fuerza que la policía tuvo verdaderos problemas para sacarlo del vehículo. Las ventanillas y la capota estaban cerradas, de modo que debió de pasar cierto tiempo antes de que el coche se llenara de agua. Pero lo más extraño de todo fue que la policía le descubrió una piedra —un pedrusco común de granito rosa, del tamaño de un huevo pequeño— en la boca, que no podía haber llegado allí de ningún modo salvo que lo hubiera puesto él mismo u otra persona.

Horas antes del brutal accidente, Eduardo se encontraba en casa, con un gran plan para aquel lunes que quién iba a decir que acabaría en tal tragedia. Después del trabajo iba a pedirle matrimonio a su novia de los últimos seis años, iba a regalarle una piedra de granito rosa, pero no era una piedra cualquiera: si encontrabas el lugar correcto, la piedra se abría en dos y su interior contenía un anillo de oro cubierto de minúsculos diamantes. Tenía que ser un día perfecto, pero es extraño como las cosas pueden cambiar tanto en tan poco tiempo.
Eduardo cogió el coche para ir a trabajar como todos los días y al llegar a la oficina se dio cuenta de que se había olvidado el disco con la presentación en casa. No tenía tiempo de volver a buscarlo y antes de que pudiera idear alguna solución, se cruzó con su jefe, que al enterarse de que no tenía la presentación, sin pensarlo dos veces, le echó.
Se quedó muy abatido, en esos tiempos no podía permitirse estar sin trabajo. Lo único que le alegraba era pensar en Melani, su novia.
Cuando llegó a casa no había nadie, sólo una carta de Melani. Se había marchado para siempre, le habían ofrecido un puesto de trabajo en Nueva York, pero no tenía fuerzas para despedirse de su amado, así que le dejó la carta ahí, sin más, sin un adiós siquiera.
Eso sí que destrozó por completo a Eduardo: sentía que no podía más, se echó a llorar y se dirigió al coche para dar una vuelta y despejarse. Media hora más tarde, después de pasear sin rumbo entre lágrimas y con la música a todo volumen, se dio cuenta, aunque ya era demasiado tarde, de lo que estaba pasando a su alrededor en aquellos instantes. Se había saltado un semáforo en rojo y un coche venía en su dirección, el choque era inevitable. Apenas tuvo tiempo de reaccionar. Se metió la piedra que contenía el anillo en la boca para que no se perdiera, agarró con fuerza el volante mientras derrapaba de una manera increíble y se tiró por el puente. En esos momentos ya no tenía nada que perder; aun así, perdió la vida.

Sarah Long, 3r C