Monthly Archives: octubre 2009

Més… “memorias” (3)

Hacía muchos años que no veía la luz del sol. Creo que me metieron en uno de esos lugares oscuros donde la gente suele almacenar sus trastos viejos. Llegó el gran día en que quizás me sacarían de allí. Por una parte temía acabar en un vertedero, pero por otra, esperaba, ya que con suerte podría sustituir alguna nueva adquisición de la familia, esos con despliegue automático, de colorines y algunos hasta de diseño, que se habría escacharrado.

Acabé en uno de esos contenedores para la gente pobre y en unos días me pareció haber recorrido medio país hacia el norte. En poco tiempo fui donado a una familia numerosa, con la que volví a recordar lo que era un paragüero. Llegó el mejor día de mi vida en mucho tiempo, me sacaron a la calle. Era un día de precioso, se podían observar unas nubes de color negro y no había ni rastro del sol. Por fin me abrieron, sonó un “clac” algo raro, pero no me dolió y la niña pequeña que me llevaba se asustó un poco. Sentí las primeras gotas frescas, y al poco sentí chorreones bajando por mis varillas. La chica sonrió al ver que había llegado al colegio sin calarse de agua. En la entrada quiso sacudirme abriéndome y cerrándome varias veces consecutivas. En una de ellas sonó otro “clac”, pero esta vez más fuerte. Sentí un inmenso dolor, al parecer, dos de mis varillas se habían roto. Se podría decir que me había convertido en un invertebrado. Al acabar las clases, la chica me llevó de vuelta a casa, donde empezó a hacer pucheros mientras la madre, histérica, no paraba de gritarle. Al fin llegó el padre, que hizo el papel de mediador. La verdad es que no me parecía muy molesto pero sí pensativo. Entonces sonrió, me cogió y salió corriendo del piso. Llegamos a una casa un tanto extraña y muy antigua. Por lo que oí de la conversación entre los dos hombres, el cabeza de familia le debía un favor a un viejo amigo suyo, y me regaló a aquel hombre. Suena extraño que no me tirase, ¿os preguntaréis por qué? Resultó que el viejo era un coleccionista de antigüedades y yo pasé a ser la gran pieza que le faltaba en el recibidor! Así que pagó a un hombre para que me arreglase y me cogió con mucho cariño; es más, me puso en el mejor sitio de su recibidor, donde aun puedo ver todo lo que sucede fuera y quién entra o sale de casa. Sin duda, un detallazo de mi dios de las lluvias.

Cristina Márquez 3C

Memorias de un paraguas (2)

Era un día un poco extraño, o a lo mejor era mi sensación de ansia por salir y ver el mundo exterior. Siempre había estado encerrado en una tienda de juguetes esperando a que alguien me viniera a comprar, por eso esa ansia cada vez se hacía mayor y crecía a cada día que pasaba. Pero hoy, hoy era distinto, estaba seguro de que me comprarían. Esperé todo el día hasta que por fin una niña bastante maja de un aspecto más bien fino se encaprichó de mí. La madre, que no se podía resistir a los dulces ojitos de su hija, sin prensárselo dos veces me compró. Acabé saliendo de una vez por todas por esa inmensa puerta que me había atrapado todos estos años. La niña, que se llamaba Mireia, no paraba de abrirme y cerrarme todo el rato, nunca pude imaginar que podría ser tan feliz. En uno de los momentos en que estaba abierto pude observar que el cielo poco a poco se iba poniendo gris y pensé que a lo mejor se estaba habiendo de noche, pero de pronto sentí como unas gotitas empezaban a resbalarme por la cabeza. Al cabo de unos minutos esas pequeñas gotas se multiplicaron hasta llegar al punto de empaparme entero; era una sensación un tanto rara, nunca pensé que podría contemplar tal suceso en mi vida.

Estaba disfrutando tanto que me olvide de todo por unos instantes. De pronto escuché un portazo y me di cuneta de que esas dotas que me cubrían ya no estaban, y me sentí con tanta energía que supongo que me debí quedar dormido, porque no recuerdo nada más de ese día; pero nunca olvidaré la sensación que experimenté el primer día que empezó mi libertad.

Paola Páez 3C

Memorias de un paraguas (1)

Era un día de tormenta. Yo me encontraba entre un montón de mi especie, en el fondo de una caja enorme. Sólo veía oscuridad y algunos rayos de luz que penetraban entre todo el montón.

Mi aspecto era simple, yo sólo era de un color, rojo pálido, y no tenia ningún adorno. Ni siquiera era estable, tenía las varillas medio rotas y un mango de madera vieja.
De pronto distinguí unos gritos que venían de fuera de la caja. Aún no sabía qué me encontraría en el exterior, tenía una curiosidad enorme por salir fuera y ver lo que me rodeaba. Quería vivir fuera de esta sucia caja.
Calculé que los gritos provenían de una humana de edad avanzada. La voz decía algo como: “¡Madre mía, qué chaparrón está cayendo, necesito urgentemente un paraguas!” En ese preciso momento el montón donde me encontraba se empezó a mover. Las manos de la mujer removían impacientes para encontrar a uno de nosotros que le gustase. Noté como me agarró. Dijo: “¡Rojo, mi color favorito!”
Entonces vi la luz. Me encontraba en un “todo a cien” muy grande. La mujer me sacó a la calle. Llovía a cántaros. La intensidad de la lluvia aumentó y yo no podía resistir más. Me rompí. La señora gritó de nuevo como si se tratara de una histérica y me tiró con todas sus fuerzas a la primera papelera que encontró. Allí acabó mi corta vida.

Laura Gómez, 3r C