Culpable convencido

CONTINUAR (de Robertson Davies, El quinto en discordia)

[…] alrededor de las cuatro en punto de la mañana del lunes 4 de noviembre de 1968 se extrajo su Cadillac descapotable de las aguas del puerto de Toronto, al que había caído a una velocidad tan elevada que se hundió a unos seis metros del muelle de cemen­to. Su cadáver estaba en el asiento del conductor, y las manos aferraban el volante con tal fuerza que la policía tuvo verdaderos problemas para sacarlo del vehículo. Las ventanillas y la capota estaban cerradas, de modo que debió de pasar cierto tiempo antes de que el coche se llenara de agua. Pero lo más extraño de todo fue que la policía le descubrió una piedra —un pedrusco común de granito rosa, del tamaño de un huevo pequeño— en la boca, que no podía haber llegado allí de ningún modo salvo que lo hubiera puesto él mismo u otra persona.

La policía investigó e investigó. Era la investigación más difícil que habían realizado nunca. Descartaron la opción de que hubiese sido un suicidio, porque las pruebas indicaban todo lo contrario. ¿Quién se hubiera querido suicidar tan lentamente? La pregunta más difícil que había que resolver para saber lo que pasó realmente era: ¿por qué esa piedra en la boca, ese tipo en concreto de piedra, granito rosa? Todo apuntaba a un asesinato.

Un día, el que estaba al cargo de la investigación vio en el diario un anuncio que decía: “Tienda de piedras preciosas, vendemos todo tipo de piedras a buen precio”. El jefe decidió ir a investigar a esa tienda por si acaso. Le preguntó al vendedor si alguien le había comprado granito rosa no hacía mucho tiempo y el vendedor dijo que sí. Dijo que era un hombre que parecía muy alterado y le dio el nombre al policía. A partir del nombre supieron dónde residía el supuesto asesino. El coche de policía camuflado hizo guardia delante de la casa, pero no vieron a nadie salir ni entrar hasta al cabo de dos semanas. Vieron a un hombre de aspecto forzudo que iba a entrar en la casa. La foto de los archivos de la policía coincidía con su cara, así que lo detuvieron. Él se declaró culpable y empezó a explicar los hechos:

«El hombre que encontrasteis en el coche era el verdadero asesino. Él mató a mi hija y a mi mujer, así que me quise vengar. Él me había arrebatado mi vida y lo iba a pagar. Sabía que él también estaba casado y tenía una hija, así que cogí el coche de su mujer, que ella se había comprado con los ahorros de toda su vida, y una piedra de granito rosa, la preferida de su hija. Un día que salía de su casa le cogí por banda y le metí en el coche de su mujer; él intentaba escapar pero no podía conseguirlo, estaba destinado a pagar por lo que hizo. Conduje hasta el acantilado y lancé el coche al mar. Mientras el coche se hundía cogí la piedra y se la metí en la boca con el propósito de que se ahogara antes, de que sufriera igual que lo hice yo en su debido momento. La piedra era tan grande que no se la podía sacar, así que mientras él hacía esfuerzos para quitársela yo le dije: “Te hundirás y te morirás con los objetos más queridos por tu mujer y tu hija, no las mataré a ellas puesto que no soy un asesino como tú.” Cuando vi que ya no respiraba, abrí la puerta del coche y salí, la cerré y nadé hasta la superficie. Eso es todo lo que tengo que declarar.»

El juez lo condenó a estar en la cárcel el resto de su vida, pero él fue con la cabeza bien alta por considerar que había hecho justicia por su familia.

Laura Gómez, 3r C

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