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Notas, apuntes… (de registre formal a col·loquial)

La verdad es que estos apuntes míos están re­sultando demasiado desordenados, y hasta se me ocurre que caóticos, tal vez a causa del desarreglo general en que todo se encuentra hoy, del ner­viosismo que padecemos y de la incertidumbre con que se trabaja. Cuando, con más sosiego y en condiciones más normales, pueda yo redactar el texto definitivo de mi libro, habré de vigilarme y tener mucho cuidado de presentar los aconte­cimientos, no revueltos, como ahora, sino en su debido orden cronológico, de modo que aparez­can bien inteligibles y ostenten el decoro formal exigido en un relato histórico. Después de todo, no importa: estos papeles no son sino un ejer­cicio, como el de los músicos cuando templan su instrumento, o a lo sumo recolección de materia­les, borrador y anotación de detalles para no olvidarme luego de lo que se me ocurre y debo retener. Por lo demás, solo yo tengo que manejarlos.

Francisco Ayala, Muertes de perro

Sinceramente estos apuntes son un desastre, hasta caóticos. Tal vez sea porque el mundo en el que vivimos está hecho una mierda por la inseguridad con la que trabajamos. Cuando tenga tiempo y esté más tranquilo, escribiré mi libro, tendré que vigilar cómo lo presento, ordenado, para que la historia de lo que pasa tenga sentido. Pero bueno, ¿qué más da? Son sólo apuntes para mí, para tener más recursos cuando no tenga ninguna inspiración.

Adrià Pérez, 4t C

Rubia (invertir el texto original)

Te­nía el pelo rubio y largo sujeto en un moño sobre la nuca. Sus brazos desnudos eran pálidos. Los gestos con que co­gía la plancha, la guiaba y la volvía a dejar, y luego dobla­ba y apartaba las prendas, eran lentos y concentrados, y se movía, se encorvaba y se incorporaba con la misma lentitud y concentración. Sobre su rostro de entonces se han ido depositando en mi imaginación sus rostros ulte­riores. Cuando la evoco tal como era entonces, la veo sin rostro. Tengo que reconstruírselo. Frente alta, pómulos altos, ojos azul pálido, labios gruesos y de contorno sua­ve, sin arco en el labio superior, mentón enérgico. Un rostro ancho, áspero, de mujer adulta. Sé que me pareció hermosa. Pero no consigo evocar su hermosura.

Bernhard Schlink, El lector

Un rostro ancho, áspero, de mujer adulta. Frente alta, pómulos altos, ojos azul pálido, labios gruesos y de contorno suave, sin arco en el labio superior, mentón enérgico. Tengo que reconstruirle el rostro que no veo cuando la evoco tal y como era entonces. En mi imaginación sus rostros ulteriores se han ido depositando sobre su rostro de entonces. Se incorporaba con la misma lentitud y concentración con la que se encorvaba, se movía, apartaba las prendas, las doblaba y con que cogía la plancha, la guiaba y la volvía a dejar. Pálidos eran sus brazos desnudos. En un moño sobre la nuca tenía sujeto el pelo rubio y largo.

Carla Bertomeu, 3r C

Canvi de narrador…

Andrés se acercó a un tartanero, le preguntó cuánto le cobraría por llevarle al pueblecito, y, después de discusiones y de regateos, quedaron de acuerdo en un duro por ir, esperar media hora y volver a la estación. Subió Andrés, y la tartana cruzó varias calles de Valencia y tomó por una carretera. El carrito tenía por detrás una lona blanca, y, al agitarse ésta por el viento, se veía el camino lleno de claridad y de polvo; la luz cegaba. Pío Baroja, El árbol de la ciencia

Me acerqué al tartanero y le pregunté:

– ¿Cuánto me cobraría por llevarme al pueblecito de aquí al lado?

– Unos dos duros.
– Dos duros? -me quedé con la boca abierta y seguí-. ¡Eso es mucho!
– Uno y medio le parecería mejor?
– No, si acaso ya me encontraré a otro tartanero.
– Bueno, espere, espere. Le cobro un duro por ir, esperar media hora y volver a la estación.
– Vale -le dije con una sonrisa en los labios por haber conseguido lo que quería.

Subí y la tartana cruzó varias calles de Valencia y tomó por una carretera. El carrito tenía por detrás una lona blanca, y al agitarse ésta por el viento, veía el camino lleno de claridad y de polvo; la luz me cegaba.

Cristina Márquez, 3r C

Canvi de narrador i diàleg

Andrés se acercó a un tartanero, le preguntó cuánto le cobraría por llevarle al pueblecito, y, después de discusiones y de regateos, quedaron de acuerdo en un duro por ir, esperar media hora y volver a la estación. Subió Andrés, y la tartana cruzó varias calles de Valencia y tomó por una carretera. El carrito tenía por detrás una lona blanca, y, al agitarse ésta por el viento, se veía el camino lleno de claridad y de polvo; la luz cegaba.              Pío Baroja, El árbol de la ciencia

Me acerqué al primer tartanero que vi y le dije:

-¿Cuánto me cobraría usted por llevarme al pueblecito?

El hombre me echó una ojeada corta y me dijo:

-Dos duros.

-¿Dos duros? Venga, déjemelo por uno, usted sólo tendrá que llevarme, esperarse media hora y volver a la estación.

-Dos duros –anunció solemne.

Me miré los bolsillos y pude observar que en ellos sólo había un duro; se lo mostré.

-Sólo llevo un duro.

Está bien, le llevo por un duro –dijo con desgana.

Me subí a la tartana vieja y desgastada y empezamos a cruzar calles de Valencia y el tartanero tomó una carretera. El carrito tenía por detrás un lona blanca, que agitada por el viento, llenaba el camino de claridad y de polvo; la luz me cegaba.

Irene Mirás 3r C