4 de noviembre

CONTINUAR (de Pío Baroja, Cuentos)

Al día siguiente se levantaron temprano y sa­lieron del pueblo; tomaron la carretera, y des­pués, siguiendo veredas, atravesando prados cu­biertos de altas hierbas y de purpúreas digitales, se internaron en el monte. La mañana estaba hú­meda, templada; el campo, mojado por el rocío; el cielo, azul muy pálido, con algunas nubecillas blancas que se deshilachaban en estrías tenues. A las diez de la mañana llegaron a Arnazábal, un pueblo en un alto, con su iglesia, su juego de pelota en la plaza y dos o tres calles formadas por caseríos.

Era un pueblo con pocos habitantes, tenía una iglesia gótica, dos supermercados con poca variedad de alimentos, un cementerio con pocas flores y dos casas rurales cerradas, que ya llevaban así hacía más de cinco años.

A lo alto del pueblo se hallaba la montaña pequeña acorde con todo el pueblo. Tenía campos de pastos preciosos, donde las vacas u otros animales podían pasar el día comiendo y durmiendo plácidamente. Justo al lado se encontraba una de las pocas casas de ese hermoso pueblo. La casa era pequeña, aunque acogedora y muy bonita. Tenía una chimenea para el frío invierno y un lago para refrescarse en verano. La casa estaba constituida básicamente por madera de roble. La cocina americana le daba un toque diferente al gran comedor que juntaba ambas partes de la casa. Toda una maravilla para aquellas personas que adoran la vida en las afueras de las grandes ciudades, una gran maravilla para aquellas personas que adoran el silencio, la tranquilidad y el zumbido de las abejas revoloteando por el cielo. En esa casa fue justo donde se criaron los dos hermanos, Pedro y Juan.

Los dos hermanos se dirigían de luto en un Renault un poco viejo a ese diminuto pueblo. El viaje se hizo largo comentando el partido de la noche anterior.

– ¿¡Pero viste ese gol?! –dijo Pedro chillando un poco demasiado.

– Si… Ya te he dicho dos veces que lo vi –respondió Juan con pocas ganas.

– Solo intento animarte, sé que hoy es un día duro, pero ambos tenemos que poner de nuestra parte y darle sentido a este día, que nos une cada 4 de noviembre.

Juan no dijo nada, se quedó contemplando el paisaje, que justo hacia un año que no veía. Se mordió la parte izquierda del labio como solía hacer cuando se reprimía. El largo camino fue agradable, pero los recuerdos que los llenaban de nostalgia hicieron duro el trayecto de ida al pueblo de su padre, el que falleció hacía apenas un par de años. Su madre nunca quiso saber nada de su padre, ni de ellos. Ellos innumerables veces preguntaron a su padre la razón por la cual su madre nunca se había hecho cargo de ellos, pero él nunca quiso decir nada sobre el tema ni sobre madre. Cuando padre murió se fue con él el secreto de un abandono, de esa falta de cariño materno. Pese a todo Juan y Pedro querían con locura a su padre, por eso cada año iban al pueblo donde se crío y murió su padre, y donde los dos hermanos pasaron muchos de sus mejores momentos.

Mientras Pedro recordaba con nostalgia los queridos y ansiados abrazos de su padre, esos abrazos que daban tanto apoyo, Juan bostezó mostrando cansancio.

Ya estamos llegando aunque si quieres dormir aún queda una media hora de trayecto.

Intentaré descansar, últimamente me cuesta mucho conciliar el sueño -dijo Juan con cara de insomnio.

Poco a poco sus párpados fueron cayendo desiguales sobre sus pupilas, tapando así sus ojos verdes que según su padre heredó de su madre.

Un golpe seco del viejo Renault despertó a Juan, que ya estaba en el séptimo sueño. Salto sobresaltado de su asiento al ver a Pedro mirándole fijamente. Después de ese incidente y los nervios acumulados, unas carcajadas forzadas salieron de ambos.

Pedro seguía los pasos de su hermano pequeño, el cual iba ante él dejando en el barro medio húmedo la marca de sus zapatos. Éste le miraba con aires de padre, de ese padre que ya no estaba. Juan llevaba con él tres margaritas, dos rosas y cinco amapolas, las favoritas de su padre, sin embargo el mayor de los hermanos llevaba unos poemas y unas fotos en mano.

Al abrir la puerta de la entrada al cementerio, un ruido estridente llenó el silencio. Junto al único árbol del cementerio había una señora mayor, tenía el pelo corto de un color tenue que reflejaba el tinte de un color marrón oscuro. Tenía una mirada penetrante, sus ojos desprendían pequeñas lágrimas que caían lentamente por su rostro ya deteriorado por la vejez. Pedro vio en ella a su hermano, esos ojos, esas expresiones que tanto lo caracterizaban. Para ya acabar de concretar se mordió el labio, justo la parte izquierda al igual que Juan. No supo cómo reaccionar, y cuando quiso advertir a su hermano de esa imagen, la señora desapareció. Nada quedaba ya de ella, ni sus lágrimas que cayeron por su rostro y acabaron en el suelo húmedo.

Entre lágrimas y fuertes abrazos pasaron las dos horas que estuvieron admirando la tumba en la que se encontraba su querido y tan extrañado padre. Dejaron las pertenencias que con tanto cariño compraron pare él y partieron hacia la casa que se encontraba en la única montaña. Para ello tuvieron que volver a coger el Renault, pero esta vez ninguno dijo palabra hasta llegar a la puerta de la casa.

¿Has cogido las llaves? –dijo Pedro mientras buscaba por sus bolsillos y las maletas que llevaba consigo.

¡Pero si me dijiste que las llevabas tú! –contestó exaltado y furioso Juan.

Se habían quedado en la calle a más 400 km de su casa, en un pueblo que no tenía ni un simple hostal, y dos casas rurales cerradas hacía más de cinco años. Así que como ya empezaba a oscurecer y a lloviznar decidieron ir a buscar algún refugio más seguro que la montaña donde poder descansar, aunque la última alternativa era hacerlo en el coche.

Fueron en busca de algunos viejos amigos del pueblo pero todos sus amigos marcharon de allí de jóvenes. Vieron una residencia de ancianos a lo lejos y como no querían dormir en el coche se decidieron a preguntar. Juan llamó decidido, harto ya de tantas emociones juntas. Una señora mayor les abrió la puerta con una sonrisa un poco forzada, pues habían despertado a todos los ancianos de su sueño.

Hola. Buenas noches señora. Venimos en busca de un lugar donde poder pasar la noche. No tenemos ningún lugar donde poder hospedarnos y nos preguntábamos si sería mucha molestia acogernos tan solo por una noche…

Claro, no es problema joven. Aunque tendréis que dormir en el sofá cama del comedor, es de matrimonio, así que supongo que dormiréis bien -dijo la anciana contenta de un poco de visitas. -Aunque sí os advierto de que mañana pronto deberéis partir. Eso se debe a que a primera hora de la mañana estarán aquí las enfermeras y no les gusta que traigamos gente de fuera.

Ambos estuvieron de acuerdo y entraron, se acomodaron y fueron a ponerse los pijamas y a lavarse los dientes. Pedro del comedor al lavabo vio una puerta abierta, donde se hallaba una señora durmiendo. Pues resultaba que esa misma mujer fue la que estaba esa mañana apoyada en el árbol llorando sus penas. Entró decidido y encendiendo la luz de la mesita de noche, le hizo la pregunta más obvia:

¿ Señora, le importaría decirme nombre y apellidos?

La mujer sobresaltada por el susto del intruso en su plácido sueño, le miró con cara de pocos amigos, aunque no extrañada de lo ocurrido.

Pues verás… Me llamo María Felisa Rodríguez y tú te llamas Pedro Vilches Rodríguez, tienes un hermano pequeño que se llama Juan Vilches Rodríguez. Resulta que soy tu madre y…

Pedro no dejó que dijera una palabra más. Se lanzó a abrazarla, pues sabía que pese a que ella nunca había estado junto a él ni junto a su hermano, esa mujer, de una cierta edad, le quería, quizás era simple intuición pero en un día como ese necesitaba cariño y más él, que toda la vida llevaba esperando el de su preciada madre, la cual no había dejado de estrecharle entre sus brazos como hacía ya 38 años que no hacía. Al cabo de pocos minutos pasó por ahí Juan, miró al igual que Pedro dentro de esa habitación donde ahora las emociones, lo sentimientos y las palabras eran lo más valioso. Juan se unió a ellos, su madre les contó toda la historia. Justo después de tener a Juan tuvo que marcharse de ese pueblo porque la destinaron a África para ofrecer servicios sanitarios, ya que ella ejercía de doctora en el pueblo. Se negó, pero en esa época o iba o la muerte acabaría siendo la consecuencia. Su padre no pudo aguantar ese golpe de quedarse solo con dos hijos y de perder a la mujer que amaba, así que nunca se lo perdonó y todas las cartas que envió María Felisa a sus hijos quedaron retenidas bajo el poder de su padre. Los hijos lograron entenderlo y con el tiempo ganaron confianza en aquella madre que tanto necesitaban y que vieron por primera vez ese 4 de noviembre.

Anna Aparicio, 3r C

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