Parecía un día más

Por aquel entonces, yo trabajaba en una pequeña sucursal financiera de un barrio céntrico de Barcelona. Una tarde, mientras me encontraba encerrada entre las cuatro paredes de mi despacho con el papeleo rutinario, alcé la vista por encima de mis anteojos y pude ver entrar a un hombre alto, apuesto y bien vestido. Tenía un cierto aire hostil y parecía estar buscando a alguien con la mirada así que decidida me levanté de mi silla y me acerqué a él con mirada severa, contoneándome cual pantera sigilosa, para poder verle de cerca. Parecía que aquel desconocido surgido de la nada tenía clase y llevaba a las vecinas locas, las pude escuchar cuchicheando a cerca de él mientras yo seguía avanzando con paso firme.

En cuato me vio aparecer se puso bastante nervioso y cuando le pregunté qué es lo que deseaba sacó un pañuelo del bolsillo para secarse las gotas de sudor que corrían libremente por su frente desde hacía ya un buen rato. No me supo responder con claridad, se le mezclaban las ideas en los labios y no pudo salir de su enjambre de explicaciones, así que le pedí de buenas maneras que, por favor, fuese tan amable de abandonar la sucursal si no deseaba ninguna ayuda ni información que le pudiéramos ofrecer ahí. No me daba buena espina.

El director del banco se acercó a mí nada más traspasar la puerta de salida aquel misterioso hombre. Nos había estado observando durante toda la conversación. Me invitó a pasar a su despacho y una vez allí me explicó que aquel hombre de buen ver era uno de los tantos nuevos trabajadores de la competencia y que sólo había venido hasta nuestra sucursal para tratar de atrapar clientes. Me felicitó por mi trabajo y mi rápida capacidad de reacción ante la presencia de aquel chico. Me dedicó una sonrisa.

La visita inesperada de la competencia a nuestra humilde sucursal había traído resultados formidables.

Maria Llauradó, 4t C

Deixa un comentari

L'adreça electrònica no es publicarà Els camps necessaris estan marcats amb *