“Con las cosas de comer se juega, pero se juega bien”

“El jueves Rossend Domènech publicó un artículo sobre comida y, como era época de vacaciones, pues quizá reparó en él menos gente de lo que merecía. Y me sabe mal, porque dice cosas sensatas, de las que no se acostumbran a oír sobre asuntos gastronómicos. Apareció en El Periódico, se titulaba “En Italia se come mejor” y empezaba con una frase inapelable: “En Catalunya se come mal”.

   Domènech tiene razón. Aparte de excepciones tan honrosas como escasas, en Catalunya se come mal, digan lo que digan los que viven de manejar el botafumeiro. Y, en cambio, el papanatismo de la religión gastronómica –que se venera en los altares de las televisiones y los suplementos dominicales– hace que muchos crean lo contrario: que vivimos en el paraíso de la buena mesa. Reconoce Domènech que en Catalunya hay “cocineros de gran calidad”, pero aclara que “se come mal en el día a día, en las casas y en la mayoría de restaurantes: mala materia prima, malos aceites, peores vinagres… y engaño”.

   Yo, el artículo de Domènech –claro y conciso–, lo imprimiría en forma de bando. Y lo daría como primera lectura obligatoria a todos esos niñatos que sus padres han educado a base de Tele Pizza y frankfurts aceitosos, y que, ahora, como ven por la tele que las nuevas estrellas del rock son los cocineros, pues quieren ser cocineros. Escribe Domènech que, en Catalunya, “la gastronomía compite en superficialidad con Gran Hermano. Cuanto más evanescente, más venta y más simposios”. Totalmente de acuerdo. Escribe Domènech: “¿Alguien ha visto acaso en un menú de restaurante catalán una simple lista de verduras, como en Italia?” Pues no. “¿Una simple lista de verduras?”, pensarán todos los cocineros que no se ponen el delantal por menos de un carpaccio de bacalao con espuma de kiwis (o, por la banda baja, por algo mejor que una merluza congelada y freída en aceite refrito mil veces). Domènech acaba el artículo con la frase: “Tal vez sea hora de preocuparse en serio por una educación de la gastronomía”.

   Y ahí es donde no lo veo yo claro: “educación de la gastronomía”, ¿cómo y a cargo de quién? ¿De los padres, la mayoría de los cuales ha perdido ya el norte del paladar y confunde gastronomía con impostura pretenciosa? ¿De los educadores, que tres cuartosde lo mismo? Estas últimas décadas, en Catalunya se ha roto la cadena que en lugares como Italia y el País Vasco hace que la tradición culinaria (la que es motor de toda evolución realmente creativa) pase aún de padres a hijos. Domènech es el corresponsal en Roma de su periódico, y se nota. Sólo alguien que, al vivir en Italia, percibe que la cocina real no tiene por qué ser una estafa es capaz de darse cuenta de lo mal que estamos aquí y, además, de escribirlo “.

Quim Monzó . La Vanguardia. Dijous 27 de Març del 2008

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