¿Cómo es ser un murciélago?
David Lodge, “Pensamientos secretos”, Anagrama, Barcelona, 2002, 397 páginas, 19 €.
“Pensamientos secretos” es un eslabón más en esa larga cadena de novelas que llevan como título: “Terapia”, “Trapos socios” y “La caída del Museo Británico”. Novelas que tienen en común el estilo, una prosa caracterizada por el humor típicamente inglés y la temática cercana al mundo de los universitarios. El protagonista de la novela es Ralph Messenger es un profesor célebre y científico glamouroso cuyas investigaciones se centran en los procesos de la mente. También es un notorio donjuán, casado con Carrie, una americana muy rica que tolera las aventuras de su marido. Hasta que llega al campus de la universidad Helen Rees, una atractiva escritora y tan anticuada en su literatura que ya es casi experimental. Ralph intentará seducirla pero también convencerla de que la mente humana es un conjunto complejo de operaciones lógicas, y no el territorio misterioso que cree Helen, que sólo puede ser explorado desde las iluminaciones de la literatura y, tal vez, de la religión. Esta desternillante sátira del mundo del pensamiento artificial está repleta de jugosos guiños literarios, capaz de resquebrajar la más inquebrantable flema británica y de provocar las carcajadas del más ortodoxo informático.
Posiblemente dentro de 30 años habremos creado una criatura cibernética más inteligente que nosotros mismos. En realidad, nuestras conexiones son muy lentas, pero consideradas en conjunto son de una complejidad que hoy supera mil millones de veces a cualquier ordenador construido. Nuestros ordenadores hoy son muy estúpidos y cualquiera que trabaje con ellos se lo puede explicar.
David Loge parece ser, simultáneamente, el heredero de los intelectuales británicos, los polis de las películas Keystone, Graham Greene, Danny Kaye, Orson Welles, Ernest Hemingwa, James Joyce y la revista oficial de la casa Microsoft. “Pensamientos secretos” es una nueva traducción de un escritor cuya línea es la comedia en la que la piedad y la compasión se combinan con la farsa, el resultado son unas horas de buena lectura.
J. A. Aguado