DESTINO

Jugar a ser Dios

 

Luke Rhinehart, “El hombre de los dados”, Destino, Barcelona, 2003,475 páginas, 19 €.

 

 

 

¿Es incapaz de decidirse a dejar a su novio, cambiarse de casa o vender su coche? La respuesta podría encontrarla con una sola jugada a los dados. Este juego que deja muy lejos cualquier juego virtual de nuestros días se le ocurrió al psiquiatra, novelista, guionista y dramaturgo Luke Rhinehart (1932) en su novela “El hombre de los dados”. Se trata de jugar a ser Dios y tomar decisiones que afectan a la vida de otros y a la propia.

Novela de culto publicada por primera vez en 1971 que propone una filosofía de vida basada en las supuestas virtudes adivinatorias de los dados. Un psiquiatra cansado de una vida vacía, en un ejercicio de sublime inteligencia, decidió tomar cada decisión de su vida al dictado de los dados… Una novela con humor, sexo, crimen y suerte: “Se llama el juego del hombre de los dados. ¿Y qué hay que hacer?…Se juega de la siguiente forma: primero hay que escribir seis cosas que uno podría hacer, y luego se tira un dado y hay que hacer lo que toque”.

En el mundo hay una misteriosa fuerza que no podemos atribuir a los frutos de la coincidencia.El azar no es el único jugador, pero sí un jugador con el que hay que contar, por lo que por esta poderosa razón el protagonista de esta novela, un psiquiatra llamado Luke Rhinehart, decide guiar su vida a golpe de dados como si se tomaran las decisiones cotidianas en función de este juego. Uno se plantea tantas posibilidades como caras tiene el dado, se lanza y la libertad del azar decide qué opción debemos tomar. En multitud de casos las decisiones tomadas son increíblemente valientes. Recomendamos su lectura a quienes piensen que “Gran hermano” o “Crónicas marcianas” es el no va más.

J. A. Aguado

 

Noche de Reyes

 

Durante muchos años los premios literarios parecieron el patito feo de la literatura. El escritor era brillante y el ganador de un premio literario un personaje práctico que se hacía un plan de pensiones pero que no sabía de literatura de la misa la mitad. El escritor que ganaba un premio literario escribía a destajo y el escritor se demoraba en la filigrana. El trabajo hecho de encargo suponía caducidad, si la literatura era vocación perenne. Afortunadamente hoy en día estos tópicos están donde siempre debieron estar, en el culo de las papeleras.

El primero de todos los premios literarios de este año es el tradicional Premio Nadal de la editorial Destino que este año cumple 60 años. Los Reyes Magos han sido este año muy generosos con tres escritores: Antonio Soler (Ganador del Premio Nadal con su novela “El camino de los ingleses”), Javier Puebla (Finalista con “Sonríe Delgado”) y Robert Saladrigas (Ganador del Premi Josep Pla con “La llibreta groga”).

La ceremonia empezó a eso de las nueve de la noche en uno de los salones, la prensa y los invitados disfrutaron de un cóctel al calorcito de la chimenea encendida para la ocasión, mientras la “gente guapa” de Barcelona iba llegando a la cena. En el Hotel Ritz se reunieron para cenar juntos el President de la Generalitat Jordi Pujol, Josep Maria Pou, Joan Gaspar, José Manuel Lara, Miquel de Palol, Baltarsar Porcel, Carmen Riera, Silvia Bastos, Marta Robles, José Luis Sampedro (homenajeado por los cocineros)… Terrassa estuvo representada por los libreros que regentan el Cau Ple de Lletres desde que yo tengo uso de razón, que ya es decir. Entre todos los asistentes se obsequió a unas mesas determinadas un viaje al Caribe, un fin de semana de esquí en Núria, otro fin de semana en pleno Montseny y algunos lotes de libros de José Luis Sanpedro y Josep Pla, pero la fortuna no estuvo con los pobres esta vez.

Las mareas de las modas literarias unas veces llegan teñidas del color rosa de las grandes historias de amor, otras con el gris de la novela histórica, pero este año, aprovechando que el chapapote está en la portada de los informativos la marea literaria viene teñida de negro. Entre las novelas presentadas abundan las obras de serie negra, ya sean de corte policíaco o de intriga psicológica, siempre con un misterio cuya resolución persigue el lector a lo largo de toda la novela.

Tanto Andrés Trapiello (ganador del Premio Nadal), como David Torres, Vicente Álvarez o Hèctor Bofill -todos ellos galardonados en la noche de los Reyes Magos- tuvieron un muerto sobre su escritorio a la hora de ponerse a escribir. La noche se iba llenando de conceptos tales como la venganza, los golpes, la decadencia de Occidente, la muerte del cristianismo, intrigas palaciegas en una Venecia del Siglo de Oro, boxeadores, … en fin, toda esa cosmovisión que ahoga a los derrotados por la existencia, esos perdedores que el escritor en un acto de justicia y desde su rincón o atalaya recuperar para sus tramas argumentales. Desde aquel invierno de 1944 cuando Carmen Laforet presentó su novela “Nada” mucho ha llovido, nombres que han quedado en la historia de la literatura y otros que ha barrido el tiempo, pero todos ellos escribieron para un premio y el hecho de escribir de encargo les supuso forzarse a ellos mismos como lo hace un publicista o un guionista de televisión, a los cuales les dan un esqueleto y tienen que rellenarlo con carne. Los premios, como las zanahorias, son vitaminas que agudizan la vista.

J. A. Aguado

 

 

 

 

 

Noche daliniana

 

 

Durante muchos años los premios literarios parecieron el patito feo de la literatura. El escritor era brillante y el ganador de un premio literario un personaje práctico que se hacía un plan de pensiones pero que no sabía de literatura de la misa la mitad. Se suponía que el escritor que ganaba un premio literario escribía a destajo y se demoraba en la filigrana. El trabajo hecho de encargo suponía caducidad, si la literatura era vocación perenne. Afortunadamente, hoy en día estos tópicos están donde siempre debieron estar, en el culo de las papeleras.

El primero de todos los premios literarios de este año es el tradicional Premio Nadal de la editorial Destino que este año cumple 60 años. Los Reyes Magos han sido este año muy generosos con tres escritores: Antonio Soler (ganador del Premio Nadal con su novela “El camino de los ingleses”), Javier Puebla (finalista con “Sonríe Delgado”) y Robert Saladrigas (ganador del Premi Josep Pla con “La llibreta groga”).

Como es tradicional, el roscón de Reyes encerraba figuritas canjeables por un viaje al Caribe para dos personas, un fin de semana de esquí en Núria (Hotel Husa Vall de Núria), un fin de semana en el Montseny, cuatro lotes de libros de la colección Pompeu Fabra y una obra completa de Josep Pla. El Hotel Ritz se vistió de Salvador Dalí, las mesas estaban adornadas con grandes panes, huevos sobre copas, erizos de mar y varios elementos dalinianos; la cena también fue de autor y con Dalí como fondo temático, seis cocineros prepararon desde un Cóctel Salvador Dalí a unas espinas de anchoa rebozadas. La ceremonia empezó a eso de las nueve de la noche en uno de los salones, la prensa y los invitados disfrutaron de la conversación agradablemente mientras llegaban Lucía Etxebarría, Javier Tomeo, Jorge Herralde, Josep María Pou, Andrés Trapiello, Carme Riera, Baltasar Porcel, y un largo etcétera. Al final llegó el Presidente de la Generalitat el honorable Joan Maragall que brindó con José Manuel Lara, y ambos posaron para los medios.

El ganador del Premio Nadal camina por los senderos de la lírica, la trascendencia filosófica y las metáforas del tipo un paisaje igual a un individuo. El camino recorrido por Antonio Soler es largo y a sus espaldas tiene una consolidada obra literaria; este premio relanzará o no su carrera con una novela centrada en el mundo de los adolescentes. El finalista del premio Nadal, Javier Puebla, toma como método de trabajo el alejamiento de él mismo, cuanto menos se parezca al autor o al estilo del autor mejor, por ello en vez de complicarse con lenguajes barrocos, nos ofrece una novela de frases cortas lanzadas contra el lector como los lazadores de cuchillos contra la chica atada al panel. Cabe destacar del finalista su sombrero de caza verde, los catorce años que ha tardado en escribir la novela y la sonrisa Profident. De Robert Saladrigas, ganador del “Josep Pla”, hay que señalar el despojamiento de un catalán literario, para bajar al nivel de la calle y atrapar la lengua viva.

Desde aquel invierno de 1944 cuando Carmen Laforet presentó su novela “Nada”, mucho ha llovido. Nombres que han quedado en la historia de la literatura y otros que ha barrido el tiempo, pero todos ellos escribieron para un premio y el hecho de escribir de encargo les supuso forzarse a ellos mismos como lo hace un publicista o un guionista de televisión, a los cuales les dan un esqueleto y tienen que rellenarlo con carne. Los premios, como las zanahorias, son vitaminas que agudizan la vista.

J. A. Aguado

 

 

 

 

 

LA CENA DEL PREMIO NADAL

 

 

 

La temporada literaria da su pistoletazo de salida esta Noche de Reyes en el Hotel Ritz de Barcelona, bajo la luz amarilla de las farolas de la Gran Vía los convidados llegan con una puntualidad británica a la cena a las nueve de la noche. Conecto el ordenador para escribir y me encuentro que para tener Wi-Fi tengo que pedir las contraseñas en la recepción del hotel. Uno se pregunta cuál es la razón por la que un Macdonald´s o un Starbucks ofrezcan gratis el acceso a internet y un hotel de cinco estrellas tenga su acceso codificado. Enigmas kafkianos que pueblan nuestra existencia. Consigo las claves y me pongo a investigar sobre el premio más antiguo y el primero del año.

Descubro que el premio está marcado por el año 1948 cuando Miguel Delibes gana el Nadal por “La sombra del ciprés es alargada” a partir de este momento la novela de postguerra ya se escribe con mayúsculas. El otro nombre que marca el premio en sus inicios es Carmen Laforet quien ganó la primera edición del Premio Nadal con “Nada”, una novela que nos habla de una calle Aribau y una joven llamada Andrea cuya vida seguimos con la devoción del peregrino. Con estos dos nombres como padre y madre del premio, ahora que ya tiene una edad avanzada podemos decir que el premio ha servido para que nuevas plumas aparezcan dentro del panorama de las letras. Este año no ha sido el caso porque un corredor de fondo como Álvaro Pombo la persona más anciana en la sala ganaba el premio después de descubrirse los seudónimos, porque en estos premios los escritores importantes siempre ponen un nombre falso y un título falsos, otras de esas cuestiones kafkianas que tiene la vida que nunca entenderé por mucho que me expliquen los agentes literarios y los jefes de prensa de las editoriales.

Discutía con mis comensales el escritor y crítico Xavier Borrell y con el jefe de prensa de Proa Xavier Gafarot sobre el papel mediático de los escritores. Como no hace muchos años había programas, económicos de producir, donde había unos cuantos invitados, algunas actuaciones de artistas en directo y entre los invitados algún escritor que venía a hablar de todo un poco y también de su libro. Pero ahora ese tipo de programas ha desaparecido. Los espectadores del 2012 no buscan cultura en la televisión, buscan básicamente entretenimiento. La espectador no busca desafíos intelectuales que acostumbra a asociar con el aburrimiento, de ahí el éxito de programas como “Sálvame Deluxe”, que es otra de esas cuestiones incomprensibles y kafkianas que tiene la vida.

Desde aquel invierno de 1944 cuando Carmen Laforet presentó su novela “Nada” mucho ha llovido, nombres que han quedado en la historia de la literatura y otros que ha barrido el tiempo, pero todos ellos escribieron para un premio y el hecho de escribir de encargo les supuso forzarse a ellos mismos como lo hace un publicista o un guionista de televisión, a los cuales les dan un esqueleto y tienen que rellenarlo con carne. Sin duda Álvaro Pombo con su novela “El temblor de héroe” nos dará horas de entretenimiento, pero también de alimento para la inteligencia, cosa que en estos tiempos de crisis ha sufrido serios recortes.

J. A. Aguado

 

 

 

 

K.O. de Juan Bas al mundo del boxeo

 

 

Juan Bas, “La cuenta atrás”, Editorial Destino, Barcelona, 2004, 268 páginas,

 

 

 

Es una mutación genética. Para unos, tierna; para otros, temible. Son los boxeadores. Mirada de niño bueno y cuello de toro, parcos en palabras y músculos aceitosos, que ejercen de héroes. Juan Bas (Bilbao, 1959) describe la vertiginosa vida de José Luis Arriola, alias Segalari, un aldeano vasco, levantador de piedras que llegó a ser campeón de Europa de los pesos pesado, para convertirse después en un despojo de sí mismo hasta perder la dignidad y la vida.

Los mismos ojos, idéntico cráneo rasurado, enorme corazón, José Luis Arriola desafía las leyes elementales de la biología. Nunca tuvo la portentosa capacidad de concentración anímica de un Rocky Graziano, y si no poseyó la habilidad estratégica de un Joe Louis, la magia de un Mohamed Alí o la pegada letal de un Tyson, condensó un cúmulo de virtudes que le llevaron a ser campeón: “El público arrecia en sus gritos para que José Luis Arriola sienta que toda España está con el y que no ha pasado nada. El Roble de Baquio se ha levantado como lo que es, una inquebrantable fuerza de la naturaleza. ¡Qué coraje! Eso es bravura”.

El héroe de Juan Bas es un mesías platicando en la Babilonia del boxeo español, aunque sea un hombre aislado, acorralado, como casi todos los deportistas de elite que en un momento dado decidieron mezclar la moral con sus vidas. La obra, que se desarrolla en la década de los sesenta y principios de los setenta, refleja el final del franquismo, con una España en pleno cambio.

De estructura cinematográfica y dividida en diez capítulos que simulan la cuenta atrás en un combate de boxeo, la novela descubre al lector que el abrazo del boxeador nos reconcilia con lo mejor y más noble de la condición humana, a pesar de los golpes que se estén propinando en ese momento. La novela tiene un cierto aire de guión cinematográfico: “San Sebastián de los Reyes, Madrid. Madrugada del 23 de febrero de 1990. Balcón de un apartamento del piso décimo de un bloque”. Para el argumento de su novela, el escritor bilbaíno ha utilizado pinceladas de la vida del fallecido boxeador José Manuel Ibar, “Urtáin”, y también se ha inspirado en películas como “Más dura será la caída” o cuentos del escritor norteamericano Ernest Hemingway. Esta novela, que quizá sea el libro de prosa más simple y fluido, el más liso y desnudo de toda la producción del autor, es también el más ambicioso de todos ellos; el que aspira a dar un mensaje más trascendental extrayendo de su propio pesimismo una esperanza fundada con el material con que se forjan los sueños.

J. A. Aguado

K.O. de Juan Bas al mundo del boxeo

 

 

Juan Bas, “La cuenta atrás”, Editorial Destino, Barcelona, 2004, 268 páginas,

 

 

 

Es una mutación genética. Para unos, tierna; para otros, temible. Son los boxeadores. Mirada de niño bueno y cuello de toro, parcos en palabras y músculos aceitosos, que ejercen de héroes. Juan Bas (Bilbao, 1959) describe la vertiginosa vida de José Luis Arriola, alias Segalari, un aldeano vasco, levantador de piedras que llegó a ser campeón de Europa de los pesos pesado, para convertirse después en un despojo de sí mismo hasta perder la dignidad y la vida.

Los mismos ojos, idéntico cráneo rasurado, enorme corazón, José Luis Arriola desafía las leyes elementales de la biología. Nunca tuvo la portentosa capacidad de concentración anímica de un Rocky Graziano, y si no poseyó la habilidad estratégica de un Joe Louis, la magia de un Mohamed Alí o la pegada letal de un Tyson, condensó un cúmulo de virtudes que le llevaron a ser campeón: “El público arrecia en sus gritos para que José Luis Arriola sienta que toda España está con el y que no ha pasado nada. El Roble de Baquio se ha levantado como lo que es, una inquebrantable fuerza de la naturaleza. ¡Qué coraje! Eso es bravura”.

El héroe de Juan Bas es un mesías platicando en la Babilonia del boxeo español, aunque sea un hombre aislado, acorralado, como casi todos los deportistas de elite que en un momento dado decidieron mezclar la moral con sus vidas. La obra, que se desarrolla en la década de los sesenta y principios de los setenta, refleja el final del franquismo, con una España en pleno cambio.

De estructura cinematográfica y dividida en diez capítulos que simulan la cuenta atrás en un combate de boxeo, la novela descubre al lector que el abrazo del boxeador nos reconcilia con lo mejor y más noble de la condición humana, a pesar de los golpes que se estén propinando en ese momento. La novela tiene un cierto aire de guión cinematográfico: “San Sebastián de los Reyes, Madrid. Madrugada del 23 de febrero de 1990. Balcón de un apartamento del piso décimo de un bloque”. Para el argumento de su novela, el escritor bilbaíno ha utilizado pinceladas de la vida del fallecido boxeador José Manuel Ibar, “Urtáin”, y también se ha inspirado en películas como “Más dura será la caída” o cuentos del escritor norteamericano Ernest Hemingway. Esta novela, que quizá sea el libro de prosa más simple y fluido, el más liso y desnudo de toda la producción del autor, es también el más ambicioso de todos ellos; el que aspira a dar un mensaje más trascendental extrayendo de su propio pesimismo una esperanza fundada con el material con que se forjan los sueños.

J. A. Ag

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