Aromas de leyenda
Manuel Leguineche, “El último explorador”, Seix Barral, Barcelona, 2004, 375 páginas, 19 €.
El ser humano se ha planteado a lo largo de los siglos la aventura de explorar lo desconocido, para ello ha concebido el viaje como una forma de conocimiento que en ocasiones, como en el caso de Wilfred Thesiger, rezuma aromas de leyenda. La capacidad de fabulación del ser humano es paralela al impulso que lo conduce hacia lo desconocido; se trata de un motor espiritual, el viaje no es nunca la manera de traslación en el espacio, sino la tensión de búsqueda y de cambio que determina el movimiento y la experiencia que se deriva del mismo. En consecuencia, estudiar, investigar, buscar, vivir intensamente lo nuevo y profundo son modalidades de viajar o, si se quiere, equivalentes espirituales y simbólicos del viaje.
El veterano viajeroManuel Leguineche, (1941) rescata la biografía de quien no duda en llamar el primer explorador del siglo XX y el último de la Historia. En ella conjuga el reportaje con la reflexión y recrea la vida deWilfred Patrick Thesiger. Nació en Addis Abeba en 1910, su padre era el embajador británico en Abisinia, hoy Etiopía, y su tío fue el vizconde de Chelmsford, virrey de la India. Wilfred Thesiger era uno de esos exploradores de características victorianas, aquellos que pretendían compaginar todas las formas posibles de conocimiento, y que solían ser tan interesantes por sus biografías como por sus viajes. Wilfred Thesiger tal vez sea el último de estos personajes de leyenda. Se instaló durante cinco años en la Arabia del Territorio Vacío; vivió ocho años con los árabes de los pantanos en Irak. Sir Wildred Thesiger no fue un mero espectador del paisaje: escaló los montes del Tibesti en el Sáhara, fue el primer extranjero que entró en el oasis de Liwa, el primero que se acercó a las arenas movedizas de Umm as-Samin, que dejaron de ser una fábula. Vivió siete años (entre 1951 y 1958) en las marismas de los ríos Tigris y Eufrates, en el sur de Irak. En este paraíso natural, habitado por árabes que aprendían antes a navegar que a caminar, se sumergió en un fascinante mundo perdido.Su amor por los grandes desiertos no tenía que ver con anhelos de soledad. Los mejores recuerdos de su vida serían los de sus camaradas, amigos y compañeros de fatigas, casi hermanos, que le guiaron por el Rub al Khali enseñándole a conocerlo y respetarlo, y que salvaron su vida en numerosas ocasiones, tanto ante una naturaleza terrible como ante beduinos de otras tribus que no aceptaban de buen grado su presencia, aun yendo disfrazado o haciéndose pasar por pariente de sus compañeros. Deseó siempre explorar los lugares más recónditos, allí donde las gentes fueran capaces de conservar sus tradiciones, sus costumbres y su cultura. Y nunca se sintió atraído por los habitantes, las ciudades o los paisajes de Europa, y menos aún por los de EEUU, Australia o Nueva Zelanda. Él fue el último explorador con aromas de leyenda, anterior a la llegada del petróleo y el progreso, que tanto ha cambiado el estilo de vida de los nómadas. Testigo del paso de varias culturas llenas de tradiciones hacia una vida moderna más o menos uniforme, sus obras conservarán siempre un enorme valor histórico y humano.
La biografía de Manuel Leguineche nos abre las puertas a la lectura de las obras de Wilfred Thesiger, sobre todo su “Arenas de Arabia”. Manuel Leguineche nos lo describe de esta forma: “Wilfred Patrick Thesiger, el último aventurero, el último explorador, el último nómada, el primer viajero del siglo XX, era un señor inglés alto, enjuto, de leonina cabeza, enorme nariz romana con joroba en medio como sus amados dromedarios y unas orejas más grandes y alargadas que las del actor Clark Gable”. Thesiger fue, tal vez, el último representante de esa tradición británica que aunaba la literatura con la exploración, la biología con la lingüística, la historia con la etnografía; un heredero directo de Burton y de Lawrence. Ahora que se acerca la época en que preparamos las maletas para las vacaciones convenga leer un libro como el de Manuel Leguineche para comprender una filosofía del viaje distinta a la habitual. No hay propósito más noble para un viaje que el propio gusto.
J. A. Aguado