TUSQUETS EDITORES

El estercolero emocional de las buenas personas

 

 

Mercedes Abad, “Amigos y fantasmas”, Tusquets editores, Barcelona, 2004, 217 páginas, 14 €.

 

El cuento, ese género peculiar que ha conocido mejores tiempos, es el protagonista en la producción literaria de Mercedes Abad (Barcelona, 1961). La escritora catalana considera el cuento como un laboratorio de pruebas apasionante en el que puedes cambiar de registro, de persona y de estilo cada pocas páginas. Mercedes Abad pertenece al delgado grupo de los escritores que buscan una visión particular de la realidad, aparte de ser una de las pocas escritoras de relatos breves. Ha publicado libros de cuentos y novelas, entre las que destaca “Ligeros libertinajes sabáticos”, ganadora del Premio La Sonrisa Vertical en 1986. Es también autora de varios guiones de radio y de textos y montajes teatrales (valga mencionar la adaptación del Marqués de Sade para La Fura dels Baus).

Abad ha publicado “Amigos y fantasmas”, una colección de doce relatos que debería ser calificada de historia y los relatos una serie de fragmentos de variada intención que servirían para dar entidad al propio texto. Para ello Abad, escritora muy hábil a la hora de presentar los estados anímicos de sus personajes, muestra una galería de ellos que podrían ser tomados como representativos de algún momento sociológico pero que precisamente brillan por su más o menos rabiosa individualidad. La autora ha evitado el camino fácil y trillado, podría haber caído con pasmosa previsión en la recreación de la extravagancia o de la rara complejidad psíquica de los personajes y, sin embargo, ha actuado justamente como menos se esperaba, otorgando carácter cotidiano a aquello aparentemente fuera de lo normativo y restándole carga dramática pero no en verosimilitud. Este es el caso de “Viaje con turbulencias”, donde una lectora decide emprender un viaje en tren para poder leer una novela, cosa que no consigue por la presencia de un inoportuno compañero de viaje. El humor irónico, un cierto distanciamiento verbal con rasgos fantásticos y surrealistas y saber súbitamente detener la mirada del lector en los planos paralelos que rodean a sus personajes, son quizá las características más destacadas de estos cuentos: “No señor: uno nunca se conforma con lo que le toca en herencia. Yo heredé de mi madre su permanente y noble aspiración a ser moralmente intachable. Habría preferido heredar su elocuencia, o sus ojos verdes, o su gracia para cantar, que ahora me haría mucha compañía, o su dentadura perfecta e impolutamente blanca”.

El recurso que Mercedes Abad adopta como idóneo para llevar a cabo ese distanciamiento es el de la ironía y hay que decir que consigue su propósito con largueza: “¿Te gusta la carne? Acompañó su pregunta con una mirada intensa y llena de significado, la clase de mirada que, desde hacía años, yo sólo había visto en versión celuloide”.

Los temas tratan sobre lo que se dice, lo que se escucha o lo que se calla:los nervios ante una primera cita en la que hay que impresionar a la otra parte; el secreto mayúsculo que a un personaje insignificante le toca en suerte compartir; la presencia obsesiva de un antiguo rival de infancia; o la hipócrita y a ratos cruel relación entre un grupo de amigos. Con esos planteamientos Abad nos conduce a un desenlace inesperado, en el que se rompe la lógica o lo convencionalmente esperado. Abad entiende que cualquier cosa que te ocurre, lo vivido, no tiene sentido hasta que no lo explicas. Así, en “Un excelente comienzo”, un encuentro, que puede dar lugar a una aventura sentimental y que es largamente temido, cambiará totalmente por un terremoto que, al obligar a la protagonista a retorcer el cuello a una oca, le permitirá mostrar una encomiable y seductora figura de mujer fuerte y atrozmente seductora.

Las víctimas de sus relatos son los personajes mismos, no hacen daño a los demás, son honestos ciudadanos que se castigan cometiendo perversidades inconfesables, en las que a menudo todo sucede en sus mentes: “Ella ha luchado contra eso, ha tratado de disimularlo, se dejaría torturar hasta entregar el último suspiro antes que confesarlo y se ha sentido siempre vagamente culpable, pero el hecho está ahí, tan cruel como ineluctable”.En “Servicios de caballeros”, un hombre anodino que recibe la confesión del Ministro de Interior en los servicios de un gran hotel, un poco antes de que éste sea asesinado por una complicada conjura, se ve de pronto convertido en alguien que sabe un gran misterio, lo que le hará triunfar en la vida y que los demás jamás le vuelvan a ver insignificante: y todo ello ocurrirá precisamente por no contar jamás ese secreto.

Mercedes Abad coloca a su lector en un estado de completa empatía con personajes y situaciones totalmente inscritos en la cotidianeidad de una realidad que no es ni gris ni rosa, sino de un color cambiante, a medio camino entre la depresión y la alegría, entre la mezquindad y la compasión.

J. A. Aguado

 

Un nuevo caso del inspector Wallander

 

 

 

Henning Mankell, “Los perros de Riga”, Tusquets Editores, Barcelona, 2002, 334 páginas, 16 €.

 

 

 

Henning Mankell nació en Estocolmo en 1948. Inició su carrera literaria en los años setenta como dramaturgo. Es autor de una veintena de novelas, a las que hay que sumar obras de teatro y narraciones infantiles. Sin embargo, lo que le ha convertido en un autor de fama mundial es la serie protagonizada por el inspector Kurt Wallander. En España se han publicado, hasta el momento, tres protagonizadas por él: “La quinta mujer”, “Asesinos sin rostro” y “La falsa pista”. Ahora llega a las librerías “Los perros de Riga”, en la que el bueno de Wallander tendrá que desentrañar un extraño caso que le llevará hasta la ciudad que aparece en el título. Algunas obras suyas le han situado en ese peldaño que ocupan ciertos escritores de culto, quizá porque ha sabido hurgar en el estereotipado género de la novela negra con una mirada más incisiva, como un vendaval de aire nuevo. Y lo confirma con “Los perros de Riga”. Para ello cuenta con su personaje fetiche, el detective, Kurt Mankell habla poco y despacio, quizá porque prefiere dejar correr a sus criaturas y seguir en ese estado de agitación disimulada que tanto le complace.En Wallender hay más sustancia de antihéroe que de sabueso enterado. Es decir, un afán de análisis sobre el Mal, una necesidad de crítica universal, de arrojar luz sobre la podredumbre de ciertos rincones de la sociedad.

 

Una de las pasiones de Henning Mankell, además de las novelas aparentemente de intriga, es el teatro. A ello dedica unos seis meses al año, ese mismo periodo en el que reside en Mozambique y dirige el Teatro Nacional. Allí el tiempo fluye de otra manera, y Kurt Wallander tiene tiempo para ver cómo su creador pergeña nuevas misiones en las que siempre habrá un motor moral, una cañería íntima por la que viajan las muchas insatisfacciones del escritor.

 

J. A. Aguado

 

 

 

 

 

 

La visión de la hermana pequeña

 

Isabel García Lorca, “Recuerdos míos”, XV Premio Comillas, Tusquets editores, Barcelona, 2003, 303 páginas, 15 €.

Lorca es hoy un mito y un mito abusado. Pero como todos los mitos grandes es también un surtidor continuo de fábula y enigma. Este libro tiene un carácter póstumo. Por este libro pasan los recuerdos vivos de un pasado lleno de intensas peripecias vitales. Isabel era diez años menor que su hermano Federico, a quien siempre vio bajo la luz de la magia. Esa magia de la poesía de Lorca radica en un embrujo sensorial, sensualista, carnal, abrevado en el surrealismo, el simbolismo y la canción popular. El Lorca mágico es quizá el mejor Lorca, si entendemos que la magia del lenguaje siempre quiere penetrar en los terrenos de la muerte. Quien se acerque al mundo lorquiano a través de esta biografía encontrará una voz perturbadoramente sensual e irracionalista, un genio o un niño. Isabel recorre la vida de su hermano mayor pasando cuidadosamente por todos los personajes que le influyeron, que le causaron impresión: es muy interesante el capítulo dedicado a Manuel de Falla, o a Juan Ramón Jiménez, quien le dedicó el poema: “Generalife”; a Dolores la Colorina, o a Jorge Guillén. Conmovedor resulta ser el capítulo en el que cuenta cómo recibe la noticia de la muerte de su hermano, algo que no pudo superar en toda su vida. Siempre es grato retornar a la magia de Federico, aunque sea por persona interpuesta, su hermana Isabel que nos trae ecos de una voz propia, hechizada y profunda pero que sigue sabiendo a desasosiego.

J. A. Aguado

Uno de los incombustibles del verano

 

 

 

John Updike, “Conejo en el recuerdo y otras historias”, Tusquets Editores, Barcelona, 2003, 346 páginas, 18 €.

 

 

 

Conejo ha vuelto a las librerías, si es que algún día las abandonó. El principal personaje surgido de la pluma de John Updike (Pensilvania, 1932), novelista y autor de cuentos -recopilados en “Museos y mujeres” (1973)-, que en sus obras ofrece una imagen hiperbólica y deformada de la sociedad americana, que adereza con un humor ágil y corrosivo. Autor de “Corre, conejo” (1960), “Cásate conmigo” (1971) o “El golpe” (1979), el año pasado publicó “Brasil”,una trágica historia de amor entre una joven blanca y rica pero independiente y rebelde, y un joven negro, pobre y chulo pero guapo y noble. Una novela que encontró el rechazo de los editores brasileños, quienes la consideraron una ofensa.

Updike lanza en estas memorables historias una mirada retrospectiva a la vida norteamericana en los años cincuenta y sesenta, una época marcada por la sexualidad tumultuosa, la efervescencia literaria y artística, y la mezcla de hedonismo y angustia ante el vacío vital. Narra el reencuentro casual y fugaz de dos antiguos amantes casi veinte años después del final de su romance, ironiza sobre los rígidos códigos que entonces regían el adulterio, retrata a unos padres excéntricos y generosos; y, por último, nos devuelve al mundo de Harry Conejo Angstrom con la inesperada aparición de Annabelle, una mujer que dice ser su hija.

John Updike es uno de esos dinosaurios de la narrativa anglosajona que piensa que un escritor debe ser molesto y debe decir cosas que preocupen a la gente. Sus libros son aquellos que leemos antes de acostarnos y nos hacen pensar.

J. A. Aguado

 

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