SIRUELA

 

Confesiones de un poeta cosmopolita

 

 

Jesús Ferrero, “Las noches rojas”, Editorial Siruela, Madrid, 2004, 88 páginas, 13 €.

 

 

La noche es el espacio elegido por el novelista y poeta Jesús Ferrero (Zamora, 1953) en el que recitarnos de tú a tú, con la complicidad de la oscuridad. El autor de novelas imprescindibles en la narrativa de los ochenta y de los noventa es un personaje de novela negra, que con su sombrero y gabardina nos recuerda aquellos héroes épicos del cine negro de los años cuarenta y cincuenta. No sólo comparte la estética con los héroes del cine en blanco y negro sino que además utiliza su mejor arma: la ironía. Pareciera que la vida representada en estos versos ejerciera sobre el sujeto poético un gran poder de seducción y a menudo se sorprende atónito contemplando el teatro del mundo.

En un marco vampiresco el sujeto poético inicia un viaje espiritual que le lleva desde Berlín a China pasando por Barcelona en su afán de transmitir al lector lo que hay más allá de las emociones. La forja de un poeta que busca su voz interior, el aprendizaje de la vida, el combate con las ciudades, la búsqueda de un territorio personal íntimo. Temas que están urdidos con unos elementos que dan ritmo interno al poemario: el dolor, la violencia, la muerte y los sueños.

No es la primera vez que Jesús Ferrero se adentra por los caminos del verso; ya había publicado dos poemarios en los años ochenta, con lo que de hecho en sus novelas hay un sustrato poético que envuelve siempre la narración. Jesús Ferrero nos hace sentir todo el peso de la existencia y toda la responsabilidad de la imaginación humana, adentrándonos en claridades cada vez más hondas. En este poemario, el sujeto poético habla con la conciencia puesta en los labios para crear una complicidad con el lector a modo de telaraña, un tejido construido con los hilos de la sensibilidad de un maestro de la palabra: “Hay un silencio expectante,/ hay una sonrisa en el aire/ que incita a vivir/ y que se siente en la piel/ como un leve estremecimiento./ Los tranvías circulan muy despacio,/ las miradas se cruzan silenciosas./ La hora más roja es también la más suave/ y el aire sabe a cerveza y carmín”.

Jesús Ferrero cursó estudios de bachillerato en Zumárraga y Pamplona y universitarios en París, en cuya Escuela de Altos Estudios se graduó en Historia Antigua referida al mundo griego. En 1980 escribió la novela “Bélver Yin”, y en 1982 obtuvo, con Salvador Espriu, el premio Ciudad de Barcelona de narrativa. Después vino “Opium” y así hasta completar una carrera brillante en la narrativa de finales de siglo. Como a Jaime Gil de Biedma, la peripecia vital acompaña al poeta y sin duda los poemas están escritos con una reflexión mayor que la prosa. Así “Río Amarillo” su primer poemario fue comenzado en Montreal en 1976 y concluido en Barcelona diez años después. De su primer poemario siempre releo “Confesiones de una concubina”, uno puede permitirse el lujo de la relectura cuando la palabra del poeta nos incita a descubrir un lado oculto de la realidad.

Ferrero, se dirige a un tipo de lector que busca establecer una verdadera relación con el texto, un verdadero diálogo, lleno de silencios y jalonado por una implacable reflexión a la manera de los sabios antiguos. Los libros del creador de “El secreto de los dioses” construyen una propuesta literaria tan perversa como rigurosa, que recrea, con ironía e inusual fuerza de convicción las visiones de la tradición hermética, desde antiguo vinculadas a nuestro estupor ante el eterno misterio de la existencia. A la manera de los poetas orientales, Jesús Ferrero busca en la esencialidad de una lírica narrativa las fuentes del conocimiento espiritual.

“Las noches rojas” ha obtenido el último Premio Barcarola entregado por la revista del mismo nombre. El libro está escrito a la manera de una autobiografía, y la geografía existencial marca esta poesía de la experiencia que parte de una anécdota para construir diecinueve historias que atrapan al lector y dan sentido estructural al conjunto. El viaje a la deriva, el amor, el arrebato místico y el color rojo como revelación: formas de la trasgresión proyectándose hacia la memoria: “¿Estamos solos en una noche/ llena de galaxias que se devoran/ como el olvido/ y la memoria?”.

Si considerásemos el plano puramente mental como un espejo en el que se refleja nuestro mundo y viceversa, nos hallaríamos ante una operación especular en las antípodas del esperpento. Pues no se trata de ver el mundo desde un espejo altamente deformante, sino de verlo a través de un espejo tan complejo y tan preciso que, de pronto, las cosas más que aparecer deformadas se muestran a nosotros en toda su complejidad íntima, en toda su locura molecular, en toda su interioridad geométrica, matemática y también métrica. Perder, precipitarse, equivocarse mil veces. Encarnar sin proponérselo esa quebradiza autoridad que depara la experiencia de un viajero impenitente, tanto por el mundo exterior como por los mundos interiores. Esta preocupación por el equilibrio entre la vida interior y la exterior le viene al autor de “Débora Blenn” por la fascinación que siempre ha ejercido en su persona el exotismo oriental. La noche y el color rojo son dos fuentes de obsesiones para un personaje noctámbulo que se deja llevar por la Estrella Polar y busca su alma en hoteles, jardines y en los más extraños senderos de los sueños.

Quien busque la palabra por la palabra o el adjetivo que mate los versos de “Las noches rojas” no encontrará más que la tradición anglosajona de la poesía que cuenta, no que describe. Hay amores, intrigas, sucesos fantásticos, traiciones feroces castigos,… todo ello en versos excelentes.

  1. A. Aguado

 

 

Mucho más que cuentos

“Los cuentos de la esfinge”, Siruela, Madrid, 2003, 360 páginas, 20 €.

 

Uno de los cuentos que más me impresionaron en mi breve juventud fue para mí un enigma sin solución hasta hace seis meses. No sabía cuál era su título, ni quién lo había escrito, ni en qué idioma, ni en qué antología lo había leído. Necesité cuarenta y cuatro años de averiguaciones para saberlo todo. Pero ése no fue el final: ahora que he podido leerlo de nuevo me ha parecido tan impresionante como lo recordaba, en efecto, pero por motivos distintos. Y todo gracias a una antología que acaba de editar Siruela.

En 1990 apareció esta colección infantil-juvenil, cuyo nombre está basado en el conocido enigma de la esfinge griega sobre las tres etapas de la vida humana.
Nació con la aspiración de dirigirse a un público de todas las edades: de 8 a 88. Es la colección más popular de Siruela con éxitos como “Caperucita en Manhattan” de Carmen Martín Gaite, “El mundo de Sofía” de Jostein Gaarder o “El diablo de los números” de Hans Magnus Enzensberger, entre muchos otros. Con “Los cuentos de la Esfinge”, la colección Las Tres Edades llega a su número 100, y lo celebra con esta edición especial donde, cuidadosamente, se han escogido 40 historias, las que más han entusiasmado a lectores de todas las edades y a las que se añaden algunas inéditas, escritas especialmente para esta conmemoración.

 

Ciertamente son muchos los escritores que han señalado desde hace siglos el impacto que tienen los buenos libros, que cautivan, seducen y logran que el lector se olvide del mundo que lo rodea, y que han insistido en la necesidad de leer mucho desde pequeños para poder afrontar mejor las dificultades del mundo adulto. Teorías que apoyan los especialistas científicos: según sus últimos descubrimientos, lo mejor para estimular la inteligencia y la creatividad es la lectura, ya que es un ejercicio activo que contrasta con el ejercicio pasivo que supone ver la televisión.

Sería, por lo tanto, muy conveniente plantear la educación dando más peso al placer de la lectura y ofreciendo pautas para hacer de ella un hábito. Aunque, por supuesto, estas pautas deberían ser recomendaciones y no mandatos, pues la fascinación por los libros no se aprende como la tabla de multiplicar. Pero no sólo es tarea de la escuela, lo es sobre todo de la familia. Y ¿qué pueden hacer los padres para que sus hijos lean? No hay soluciones mágicas, pero sí actitudes y costumbres que provocan curiosidad y acercamiento a los libros, como, por citar una, entrar en una gran librería y pasear como quien pasea por unos grandes almacenes, aunque uno acabe saliendo sin ninguna compra, hay algo que queda en el inconsciente que nos hace volver y picar aquí y allí.

Julio Cortázar comparó el acto de escribir narrativa con un combate de boxeo. Las novelas son combates largos que duran doce asaltos, sin embargo el relato breve o cuento tradicional es un combate que termina con un golpe fulminante y en el primer asalto. Dos virtudes son esenciales para quien escribe relatos breves: capacidad de observación y sentido de la economía de medios. Estas son las dos características comunes a todos los relatos breves recogidos en esta antología, que nos ofrece una visión panorámica del cuento en la literatura universal. El volumen lo abre un relato de Bernardo Atxaga sobre el método para escribir un cuento a modo de poética general. Podrá parecer excesivo conjurar modos de cocinar narrativa para hablar de una de las formas más simples y rápidas: el cuento. Ya se sabe que el cuento no está hoy de moda, que su comercialización es escasa y difícil, pero en realidad no es un inconveniente para esta antología, sino todo lo contrario, supone esa gloriosa excepción que confirma la regla.

La amplitud de la selección exige un lector atento a una multitud de sensibilidades, puntos de vista y estilos. La palabra de los narradores viene acompañada por una cuidada selección de imágenes que convierten el libro en una pequeña joya bibliográfica. “Los cuentos de la esfinge” es una antología por su amplitud y generosidad, con una singular fuerza imaginativa y además opta por el cuento más actual por sensibilidad y cronología. Ojalá la lectura o relectura de estos cuentos de distinta factura y condición sirva para crear amantes de los libros y ciudadanos de un mundo más comprensible.

J. A. Aguado

 

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