SEIX BARRAL

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Refugiados y Europa

 

Cristina Cerrada, Europa, Seix Barral, Barcelona, 2017, 206 páginas, 18€.

 

 

Cristina Cerrada trata en esta apasionante novela el drama de los refugiados que escapan de la guerra. En la Europa de hoy hay muchas familias como la de Heda. Unas familias que son refugiados en un país extranjero hostil, si el pasado es terrible y el presente incierto, el futuro se presenta como un lugar sin identidad donde un lugar en el que se lucha por volver a ser una persona. Luchan por tener una tierra nueva donde plantar las raíces y crecer para ser felices: “Afuera, el viento golpeará los postigos de las ventanas y hará oscilar el cartel luminoso de la pensión. Europa. Óxido. Luz de neón. Un zumbido eléctrico bajo la constante lluvia. Sentirá tanto odio agolpado en el pecho que le costará respirar”.

En Europa desde hace muchos siglos se suceden los conflictos, este lugar geográfico tiene un correlato objetivo en una pensión, un edificio lleno de habitaciones con vidas cruzadas: “No le gustará, no. Nunca le habrá gustado sentir miedo. Vestir ropa usada. Llevar zapatos viejos. Pero sospechará que nunca dejará de ser lo que es. No podrá. No se lo permitirá. Sería incluso un pecado mortal, pensará. Una iniquidad. Otros habrán muerto. Ella no”.

Las guerras tienen nombres distintos en Europa, pero todas se parecen porque en todas hay verdugos y víctimas. La crueldad humana no parece tener límites, homo homini lupus que dijera Thomas Hobbes parece que la Historia de la da razón. Heda y su familia escapan de la guerra en un país sin nombre pero que podría ser Bosnia, la Alemania nazi, la España franquista, Bosnia, Siria, Irán, … hay tantos nombres en nuestra Historia, que este carácter de innombrable sirve como símbolo de todos los conflictos armados donde población civil muere inocentemente o escapa hacia un incierto futuro: “El rótulo luminoso de la pensión Europa acabará de encenderse. Él jurará en voz tan alta que los demás inquilinos de la pensión lo habrán tenido que oír. Se abalanzará sobre ella. Tirará de Heda hacia sí. Sin fuerza. Aun así, apoyará la cabeza en su regazo y ella enredará los dedos en su cabello y con las manos frías se lo masajeará. Él se dormirá”.

Heda -como las mujeres de la antigüedad griega, del gran teatro de las tragedias marcadas por la Fortuna – verá su vida quebrada, entonces con paso tembloroso entrará en la pesadilla, el trauma psicológico, el daño, el lenguaje de la víctima, el victimario de las circunstancias. Como en los grandes daños la víctima se niega a explicitar lo ocurrido, la novelista juega como en una partida de billar con el lector, la bola negra no cae en el agujero hasta la última página. Esta novela nos recuerda a las grandes novelas de Marguerite Duras: “Las cuatro mujeres se acercaron entre sí. Unas botas golpearon la tarima de entrada al barracón. El primer soldado se llevó a la anciana y a la mujer mayor. Quedaron la chica y ella. Hasta ese momento no había oído su voz. Sin embargo, cuando más tarde comenzaron los gritos, ya no paró de oírla. Durante toda la noche. No la olvidaría jamás, en toda su vida. Esa voz. Aún se despierta por las noches oyéndola”.

Escrita con frases cortas. Una lengua poética. Una sensibilidad a flor de piel. Una forma de capturar la vida que hace que el lector como en la grandes novelas no pueda dejar de leer y se sienta atrapado hasta saber todos los pormenores de la vida de esta familia, de cada uno de sus miembros y por supuesto de su protagonista: la fábrica, la huelga, el hotel y sobre todo el tren. Ese tren que ha marcado a ciento de refugiados, a cientos de víctimas en esta masacre continua que parece ser ese caos desordenado que los historiadores se empecinan en ordenar que es la Historia: “No es más que un chico de su país. O sabe por su miedo. Por los ojos entrecerrados apuntando al suelo. Odio y miedo”.

La novela es muchísimo más interesante en sus silencios, en las cosas que no se dicen, en las elipsis que el lector reconstruye, como le ocurría al teatro donde se explicaban todas las cosas en largos monólogos hasta que aparecieron los rusos y comenzaron a no explicar, a dar por sabidas las cosas, la inteligencia y la sensibilidad del lector hace el resto del trabajo.

  1. A. Aguado

 

 

 

 

 

 

 

La lluita per la vida

 

Sam Savage, “El camí del gos”, Seix Barral, Barcelona, 2016, 150 pàgines 16 €.

 

Sam Savage (Carolina del Sud, EUA, 1940) és un singular professor de filosofia de Yale, pescador de crancs, mecànic de bicicletes i un narrador que busca les claus de la condició humana en els seus relats. La seva última novel·la és una reflexió sobre el temps viscut entre llibres i obres d’art plàstiques.

El protagonista d’aquesta història és un home que mira per la finestra. Un home que com en la pel·lícula d’ Aldred Hitchcock “La finestra indiscreta”, mira per escapar al tedi observant des de la finestra el que passa al seu barri. El nostre protagoniste experimenta el pes de la pèrdua, la mort ronda la seva vida, malgrat això, s’aferra a la vida. El gos de Harold Nivenson ha mort, tothom que té una mascota sap la situació emocional tan difícil que un passa quan la mascota amb la qual convius i manté unes rutines i unes converses mor: “Sempre vaig saber què fer mentre Roy va viure. Un passeig al matí, un tres ràpid al migdia, un passeig llarg a la tarda, sopar a les sis, una volta abans d’anar a dormir: una agenda que era com qui diu un programa existencial. Mai em despertava amb la paralitzant idea de no tenir pla. Quan sortíem junts, Roy solia marxar uns passos per darrere meu, fent parades per aixecar la pota o ensumar alguna cosa, i atrapar-me després en una carrereta; però en un sentit vital més ampli, era jo qui el seguia, era jo qui s’adaptava al seu programa existencial “.

El protagonista perd al gos i reflexiona. Harold Nivenson perd més al seu amic i rival intel·lectual Peter Mainenger. Malgrat que està en un moment de baixada total, però malgrat això la seva lliçó és la de “Carpe diem”, aquesta és la lliçó de vida que sembla donar-nos Sam Savage en la seva novel·la: “Ni tan sols és cert que es neix, es pateix i es mor. Fins i tot això és relat excessiu. La veritat és que tots els dies surt el sol i es posa. No hi ha temps per trobar la suma de la nostra bogeria. Segueixo viu “.

Com a artista plàstic el protagonista d’aquesta història analitza el món de la pintura i tot el que el que l’envolta per això als amants del món artístic gaudiran amb els raonaments d’aquest personatge que juga en un territori propi, aferrat a aquesta activitat individual i creativa, tan propera a la bogeria o al punt de vista fora de la quotidianitat: “Van Gogh va pintar alguns dels seus millors quadres després de tornar-se boig”.

El protagonista d’aquest llibre ens commou sempre amb la seva lliçó d’humanitat, que acosta la novel·la a manual d’autoajuda: “a la nevera, aquest matí, sota l’imant que subjectava la foto de Diamond, que he tirat: el secret de la felicitat és no entristir pel passat ni preocupar-se pel futur, no donar-li voltes a l’ahir ni atabalar pel matí, no avançar-se als problemes, sinó viure el moment present d’una manera savi i sincer “. Francament hem gaudit de la lectura d’una novel·la que ens apropa a la vellesa, a la mort, a la pintura, a la bogeria i a al valor d’una mascota com a guia en l’existència d’un ésser humà.

  1. A. Aguado

 

La lucha por la vida[youtube]https://www.youtube.com/watch?v=Oah03QcRxGY[/youtube]

Sam Savage, “El camino del perro”, Seix Barral, Barcelona, 2016, 150 páginas, 16 €.

 

Sam Savage (Carolina del Sur, USA, 1940) es un singular profesor de filosofía de Yale, pescador de cangrejos, mecánico de bicicletas y un narrador que busca las claves de la condición humana en sus relatos. Su última novela es una reflexión sobre el tiempo vivido entre libros y obras de arte plásticas.

El protagonista de esta historia es un hombre que mira por la ventana. Un hombre que como en la película de Aldred Hitchcock “La ventana indiscreta”, mira para escapar al tedio observando desde la ventana lo que ocurre en su barrio. Nuestro protagonistas experimenta el peso de la pérdida, la muerte ronda su vida, pese a ello, se aferra a la vida. El perro de Harold Nivenson ha muerto, todo el mundo que tiene una mascota sabe la situación emocional tan difícil que uno pasa cuando la mascota con la que convive y mantiene unas rutinas y unas conversaciones muere: “Siempre supe qué hacer mientras Roy vivió. Un paseo por la mañana, un pis rápido a mediodía, un paseo largo por la tarde, cena a las seis, una vuelta a la manzana antes de acostarnos: una agenda que era como quien dice un programa existencial. Nunca me despertaba con la paralizante idea de no tener plan. Cuando salíamos juntos, Roy solía marchar unos pasos por detrás de mí, haciendo paradas para levantar la pata u olfatear algo, y alcanzarme luego en una carrerita; pero en un sentido vital más amplio, era yo quien lo seguía, era yo quien se adaptaba a su programa existencial”.

El protagonista ya madero pierde al perro y reflexiona. Harold Nivenson pierde además a su amigo y rival intelectual Peter Mainenger. Vamos que está en un momento de bajón total, pero pese a ello su lección es la de “Carpe diem”, esta es la lección de vida que parece darnos Sam Savage en su novela: “Ni siquiera es cierto que se nace, se sufre y se muere. Incluso eso es relato excesivo. Lo cierto es que todos los días sale el sol y se pone. No hay tiempo para hallar la suma de nuestra locura. Sigo vivo”.

En tanto que artista plástico el protagonista de esta histórica analiza el mundo de la pintura y todo lo que lo que lo rodea por eso a los amantes del mundo artístico disfrutarán con los razonamientos de este personaje que juega en un territorio propio, aferrado a esta actividad individual y creativa, tan cercana a la locura o al punto de vista fuera de lo cotidiano: “Van Gogh pintó algunos de sus mejores cuadros después de volverse loco”.

El protagonista de este libro nos conmueve siempre con su lecciones de humanidad, que acercan la novela a manual de autoayuda: “En el frigorífico, esta mañana, bajo el imán que sujetaba la foto de Diamond, que he tirado: el secreto de la felicidad es no entristecerse por el pasado ni preocuparse por el futuro, no darle vueltas al ayer ni agobiarse por el mañana, no adelantarse a los problemas, sino vivir el momento presente de un modo sabio y sincero”. Francamente hemos disfrutado de la lectura de una novela que nos acerca a la vejez, a la muerte, a la pintura, a la locura y a al valor de una mascota como guía en la existencia de un ser humano.

  1. A. Aguado

L’art de no acabar res

 

Enrique Vila-Matas, “El viatger més lent”, Seix Barral, Barcelona, 2011, 222 pàgines, 12 €.

 

Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) presenta la malaltia de la malenconia, la que afligia a Charles Baudelaire i als escriptors francesos de finals del segle XIX. Malenconiós i original són els dos adjectius que podríem penjar de la seva gavardina. Galdós deia que hi ha dos tipus d’escriptors, aquells que nodreixen les seves històries del que passa al carrer i surten al món exterior per veure el que passa per després posar la seva obra com un mirall i reflectir-hi els que viuen dins d’una biblioteca alimentant-se d’altres escriptors morts o vius. Aquest segon cas és el de l’autor de títols com “Dona en el mirall contemplant el paisatge”, “El mal de Montano”, “París no s’acaba mai”, “Bartleby i companyia”, etc, una obra que es construeix barrejant contes, trobades amb escriptors, reflexions sobre cites llegides, situacions divertides o tragicòmiques. Es tracta d’una crònica sentimental vista amb ironia dels dies d’aprenentatge literari en què l’autor d’ “Història abreujada de la literatura portàtil” fica a la coctelera del seu ordinador autobiografia, ficció i filosofia de tocador. No és realista, tampoc és ficció, simplement alguna cosa versemblant.

Les seves obres estan escrites en primera persona a manera de diari personal i es converteix en la confessió literària d’un intel·lectual: “Tinc una tesi. No existeixen els llibres totalment acabats. Aquest concepte de llibre amb final té per a mi tant de arcaic com d’ il·lògic “.

En un temps fixat, detingut, nien i bateguen les anècdotes, descobriments i frustracions del futur escriptor, els processos de reconeixement del món: “Als que busquen originalitat caldria dir-los que buscar és una manera poc subtil de aconseguir-la, ja que per aconseguir-la tindrien prou amb ser ells mateixos. ”

L’avantatge d’aquest tipus de metaescritura és que un al final de la seva lectura acaba aprenent molt sobre la metodologia de l’ofici de novel·lista, tant per la forma d’actuar de l’ “alter ego” de l’autor com per la xafarderia contínua sobre la rebotiga literària que es va desgranant aquí i allà: “els llibres que un escrivia i perdia, perdia per sempre, perquè s’apoderaven d’ells els lectors, que els continuaven en l’espai i el temps, lluny ja de qui els escrivia. Són els llibres que funcionen com un organisme viu “.

L’escriptor modifica la realitat al seu caprici esborrant les fronteres entre realitat i ficció. Una nova lectura dels assaigs fundacionals d’Enrique Vila-Matas, amb dues peces inèdites. Un full de ruta per a identificar allò que es convertiria en capítols, històries i personatges dels seus llibres posteriors. Una perfecta carta de presentació per a nous lectors i una oportunitat de tornar a rellegir allò que teníem ple de teranyines. un mosaic itinerant de textos que recorren ciutats com Berlín, expressen el fervor de Barcelona i són un homenatge als autors que han confluït en la seva escriptura, en les seves afinitats i gustos de lector i en la seva mirada narrativa. Els cinc apartats en què s’articula el llibre són una immillorable introducció al món personal i narratiu d’Enrique Vila-Matas a través d’una recopilació que pren el seu títol d’un dels seus textos més memorables: “Un escriptor, doncs, ha de tenir la màxima ambició, i això comporta l’embolic més monumental. Explicava Truman Capote la gran sorpresa que es va dur de nen quan es va assabentar que calia distingir entre escriure bé i fer-ho “.

Tres geografies diferents (el viatge a l’estranger, el passeig pel barri de tota la vida i el rodamón literari), onze assaigs que l’autor anomena “shandys” en honor dels personatges d’un dels seus llibres, una mirada nostàlgica a la seva relació amb el cinema i, finalment, comentaris a llibres o autors que agraden a l’autor, componen aquest llibre de caràcter didàctic. Enrique Vila-Matas, com Plató amb els seus diàlegs, demostra en aquest llibre que és més un assagista que un narrador a l’ús, que la seva prosa destil·la un joc literari, d’autors i circumstàncies que van marcant el camí de la seva rica existència.

J. A. Aguado

Cuando la literatura es una tabla de salvación

 

 

Susanna Tamaro, “Todo ángel es terrible”, Seix Barral, Barcelona, 2013, 267 páginas, 18 €.

 

 

 

Susana Tamaro (Trieste, 1957) es la escritora italiana más leída en Europa; en su país arrasa en cada uno de sus nuevos lanzamientos al mercado del libro, la clave de su éxito está en que sabe conmover a sus lectores, que escribe desde el corazón, se analiza así misma para enseñarnos a los demás naturaleza de la condición humana. Lleva escritos una veintena de títulos y ha sido traducida a unos 50 idiomas, vendió más de diez millones de ejemplares en todo el mundo con su obra “Donde el corazón te lleve”. La escritora italiana pasó de ser una autora desconocida a encabezar las listas de éxito, y, sin embargo, no es una autora de una única gran novela; lo suyo es dosificarse en entregas porque tiene la virtud de llevar a los lectores por los caminos de la emoción.

En su último libro la escritora se desnuda. Estamos ante la autobiografía de una escritora que ha vivido desde el miedo y el dolor. Nació en uno de los días con menos luz de año, en el corazón profundo de la noche, este terrono romántico se extiende sobre su vida como una manta que la tapa hasta las rodillas. El libros nos responde a las preguntas de ¿Quién es Sussamma Tamaro? ¿De dónde viene Sussanna Tamaro?

¿Qué misterios se ocultan bajo su apariencia? “Todo ángel es terrible” encierra las respuestas. El libro repasa las casas donde Sussana Tamaro a vivido, las casas donde hemos vivido nos marcan la existencia, de alguna manera tienen nuestra alma. Y junto a los edificios sus habitantes como su padre, su madre y su hermano. La escritora se nos presenta como una superviviente en un mundo hostil. En ese mundo de decepciones de vez en cuando una luz como la de conocer al poeta Giuseppe Ungaretti.

La escritora se desnuda totalmente nos enseña las vidas que se esconden detrás de la suya. El insomnio es uno de los compañeros de muchos escritores como Echenique también se Sussana Tamaro quine adora los juegos de los niños porque en ellos está siempre la muerte y ésta es una garantía de verdad. En sus novelas busca la verdad, lo auténtico. La autenticidad va unida al dolor que siempre sintió la escritora por la mala relación de su padre alcohólico, con su mejor amiga –Marisa- y su madre con apariencia de intelectual. Susanna Tamaro se muestra como una mujer que siempre tuvo dificultades para la sociabilidad, sin embargo a los cinco años leía ya perfectamente, a los ocho leía novelas como “Guerra y paz”.

El libro está salteado de reflexiones sobre la literatura, un fenómeno que para le escritora que ya ha publicado veinte libros es algo absolutamente misterioso, de alguna manera en eso consiste la vida, de hecho si la escritora dice que si la literatura no tuviese algo de imprevisible dejaría de escribir. Todo empezó en su vida cuando estaba viendo una película con su abuela, la película era “Andréi Rubliov” de Andréi Tarkovski una película de 1966 en blanco y negro. La película y el hecho de que su padre en 1976 la matriculó en la escuela para ser director de cine, de Cinecittà a su casa donde leía novelas, así aprendió a contar historias Sussana Tamaro.

Durante los años de formación de la escritora lo último que pesó fue en escribir, su pasión estaba en aprender los nombres de todas las formas de vida. “Todo ángel es terrible” encierra también secretos de otros libros como “Donde el corazón te lleve” un libro según nos dice que es la búsqueda del propio ser más profundo. La gran depresión cultural de los últimos años ha terfiversdo el papel de la literatura, haciendo que muchos crean que un libro no es más que la transcripción de un hecho ocurrido realmente. O claves para conocer relatos como “Una infancia” del libro “Para una voz sola”. De esta forma el libro se convierte en una verdadera guía de lectura de otras novelas de la autora.Otro tanto ocurre con “Anima mundi” cuyas claves se encuentran al final del libro.

Al final de “Todo ángel es terrible” el lector descubre que escribir y comprender el sentido de la vida es un proceso de sufimiento humano en primer lugar, y luego, creativo. Vivimos en tiempos de una simplifiación masificadora, por lo que la inquietud es el más alto sentimiento y cuando hablamos de sentimientos Sussana Tamaro es una autoridad.

J. A. Aguado

Abrumado por el desastre del mundo

 

Ernesto Sabato, “Lo mejor”, selección, prólogo y comentarios del autor, Seix Barral, Barcelona, 2011, 333 páginas, 18 €.

 

 

La lectura es un hábito, una evasión, una parte extraordinariamente necesaria en nuestras vidas. Los libros nos enseñan las claves de nuestro desarrollo personal, cultura, profesional y vital. A través de ellos conocemos mejor el mundo que nos rodea. El escritor a punto de cumplir los cien años nos dejó, su compromiso ético con la realidad fue todo un ejemplo en Argentina. Ernesto Sabato (Rojas, 1911-Santos Lugares, 2011) se hizo conocido para la literatura cuando un jurado integrado, entre otros, por Adolfo Bioy Casares le dio por unanimidad el primer premio de prosa de la ciudad de Buenos Aires a “Uno y el universo” (1945), su primer libro, que agrupaba reflexiones ordenadas alfabéticamente. “Es el documento de un tránsito y, en consecuencia, participa de la impureza y de la contradicción, que son los atributos del movimiento”, escribía en las páginas iniciales de ese texto dedicado a Matilde Kusminsky-Richter, la mujer que había “raptado” cuando ella tenía 17 años, figura central en el mito Sabato, esposa y conjuro contra las depresiones, catalizador de su obra.

Toda la trayectoria de Sabato puede verse como un intento por conciliar la escisión entre el pensamiento mágico y el pensamiento lógico, entre el arte y la ciencia. Doctor en Física, había dejado en 1943 su oficio para dedicarse a la literatura. Atrás quedaban su militancia en el Partido Comunista y una beca otorgada en 1937 por Bernardo Houssay para investigar en París, ciudad en la que tomaría contacto con el surrealismo. Después del éxito de “El túnel” (que fue reeditado, agotando 20.000 ejemplares en una semana en la Argentina), siguieron los ensayos de “Hombres y engranajes” (1951), “Heterodoxia” (1953), “El escritor y sus fantasmas” (1963), entre otros. En 1974 publicó su última novela, “Abaddón”, el exterminador, que dos años después recibiría en Francia el premio al mejor libro extranjero.

El avance de una ceguera paulatina, declarada en 1979, lo reencontró con la pintura, pasión de adolescencia. Ese mismo año, Sabato se entrevistó con delegados de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y se convirtió en objetor abierto de la dictadura militar. En 1984, ya en democracia, presidió la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep) y escribió el prólogo del Nunca Más, informe emitido por ese organismo, donde se afirmaba que durante la década de 1970 la Argentina vivió convulsionada por un terror que provenía tanto de la extrema derecha como de la extrema izquierda.

Un hombre de otoño, o de invierno. En su autobiografía, “Antes del fin”, que apareció a finales de los años ochenta, Ernesto Sabato escribió: “De alguna manera, nunca dejé de ser el niño solitario que se sintió abandonado, por lo que he vivido bajo una angustia semejante a la de Pessoa: Seré siempre el que esperó a que le abrieran la puerta, junto a un muro sin puerta”.

Matilde Kusminsky-Richter, la esposa de Sabato, madre de sus hijos Jorge (que fue ministro de Educación de Alfonsín, y murió en accidente en 1995) y Mario, cineasta, escribió una vez en una carta al escritor Carlos Catania, que la colocó en la introducción de su libro de conversaciones con Ernesto: “… Sabato es un hombre terriblemente inestable, depresivo, con una lúcida conciencia de su valer, influenciable ante lo negativo y tan ansioso de ternura y de cariño como podría serlo un niño abandonado. Esta necesidad casi patológica de ternura hace que comprenda y sienta de tal manera a los desvalidos y desamparados”.

El volumen publicado por Seix Barral, editorial en la que se encuentran todos sus libros, está compuesto por “El túnel” de 1948, “Sobre héroes y tumbas” (1961), “El dragón y la princesa”, “Informe para ciegos”, “El escritor y sus fantasmas” (1963), “Pedro Henríquez Ureña” (1964), “Abaddón el exterminador” (1974), “El desconocido De Vinci” (1979”, “Palabras para el homenaje a Jorge Luis Borges” y un apéndice “Prólogo a Nunca más, Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas” (1984). En todos sus escritos Ernesto Sabato nos habla de un hombre que se convierte en ser, sus personajes en indicios metafísicos y sus tramas en itinerarios infernales. Para Sabato el hombre es un misterio que vale la pena indagar. Desde el misterio el hombre debe combatir el racionalismo. La novela, con todos los recursos compositivos que la modernidad le presta, le sirven al autor para acercarse al amor, la muerte, el mal y el más severo pesimismo. La lectura o la relectura de autores como Ernesto Sabato nos hace más completos y nos gratifica en este caos de la existencia como un tango de letra trágica y hermosa.

J. A. Aguado

 

Conversaciones con colegas de viaje

 

Philip Roth, “El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras”, Seix Barral, Barcelona, 2003, 221 páginas, 18 €.

Admitamos que la mayoría de los escritores sienten una aversión esencial hacia la política, consideran la entrada en ella como una traición a la propia independencia y por lo tanto la rechazan con el argumento de que el oficio del escritor consiste simplemente en escribir. He aquí el caso de un escritor que siempre ha estado comprometido con su entorno. Philip Roth (Newark, Nueva Yersey, 1933), hijo de emigrantes judíos, simboliza el liberalismo de esta tradición judía frente al fanatismo religioso. Su obra literaria, comenzada en 1959 con Goodbye, Columbus”, tiene como punto de mira el integrismo político-religioso. Roth pone en solfa el puritanismo americano y el de una persecución ideológica que se entromete en la vida íntima de las personas hasta alcanzar lo paródico. En los libros de Roth los personajes no tienen derecho a una vida íntima, el individuo deja de existir. Describe la complejidad de un país que al mismo tiempo que se presenta como el paraíso de las libertades individuales no deja de coartarlas en nombre de lo políticamente correcto. Dotado de un extraordinario sentido del humor y una notable capacidad de análisis, Roth es un ejemplo de la tradición liberal estadounidense.

Gracias a libros como éste nos enganchamos a la lectura. Philip Roth hace metaliteratura, indaga dentro de la vida de los escritores para descubrir qué les impulsó a practicar este oficio de la escritura. El libro se abre con Primo Levi instalado en la ciudad de Turín donde trabajó como químico durante largos años en una fábrica de pintura. Las preguntas y las respuestas como en un partido de tenis nos completan la figura del entrevistado pero al mismo tiempo nos dan pistas sobre el entrevistador. De la lectura del libro nos sorprende la entrevista que mantiene su autor con Isaac Bashevis Singer en el año 1976 en su piso de Maniatan, y no menos interesante resulta la conversación en Londres y Connecticut entre Milan Kundera y Philip Roth. Hay en éstas y otras entrevistas un hilo temático que hace del ovillo un conjunto con cierto sentido de unidad temática, la figura del judío errante. En todo caso, más allá de posibles temas recurrentes, de estas conversaciones extraemos la enseñanza de seres que se han entregado por completo al viejo oficio de la escritura.

J. A. Aguado

 

Una vida de película

 

Pier Paolo Pasolini, “Una vida violenta”, Seix Barral, Barcelona, 2003, 441, 11 €.

 

Hay textos que se convierten en polémicos por las circunstancias que rodean su aparición, que buscan el escándalo por un afán claramente comercial. Del mismo modo, existen escritores que husmean en las cloacas para lustrar sus páginas, a sabiendas de su éxito inmediato. Muchos de estos libros no son, en el fondo, más que extensos artículos periodísticos, sin apenas intención literaria, descuidados y de feo estilismo. Poco les importa. Existen, en cambio, a todo lo largo de la historia de la literatura, escritos y escritores que no han podido (ni querido) evitar los efectos -a veces perversos- de un discurso enraizado en la actualidad de la historia que les ha tocado vivir. Es el caso de Pier Paolo Pasolini (1922-1975).

Recordemos, para quién no lo sepa, que la noche del 2 de noviembre de 1975, Pier Paolo Pasolini fue asesinado en la playa de Ostia -junto a Roma- en un acto brutal nunca desvelado del todo. La aparente verdad es que Pier Paolo fue asesinado (golpeado y atropellado después, el coche le pasó por encima) por un muchacho de 17 años, Giuseppe -Pino- Pelosi, que hacía la carrera junto a la Estación Termini, lugar habitual de prostitución callejera masculina, que Pasolini (que no escondió sus aficiones mercenarias) conocía bien. Pelosi (moreno, de aire duro) era un chico de la calle, un chaval de barrio, un “ragazzo di vita”. Pelosi fue condenado -su historia no era muy creíble- y pasó ocho años en la cárcel.

La Europa de ahora mismo -oscura, cerrada, aturdida- echa de menos al gran provocador, al hombre que buscó poner las cartas boca arriba. Nos quedan sus películas y su obra literaria. Este mes de abril de rosas y libros, la editorial Seix Barral nos propone la relectura de “Una vida violenta”, publicada originariamente en Italia en 1959. Narra la vida de Tommaso, un joven delincuente de los suburbios romanos.

Solitario, a contracorriente, Pasolini trató de hacer literatura de clase (popular) cuando la sociedad literaria perseguía otros fines y tenía otros intereses; convertido en cineasta a partir de 1961, su objetivo fue dar cabida, en una estricta aplicación de las teorías gramscianas, a un cine nacional-popular que diera voz a los marginados. Escandalizó a medio mundo cuando rodó “El Evangelio según Mateo”, dedicándolo además a la figura del Papa Juan XXIII (un marxista hablando de Cristo y el Evangelio molestó igual a la derecha y a la izquierda); en 1965, “Uccellacci e uccellini” ponía el acento sobre la fagocitación del marxismo por la pequeña burguesía. Incluso después de una época en la que su impulso combativo parecía haber perdido su brío inicial (los años que median entre sus versiones del “Edipo” de Sófocles y “Medea” de Eurípides), volvió a la carga en 1971 con el proyecto de “El Decamerón”, “Los cuentos de Canterbury” y “Las mil y una noches”, al que siguió “Saló”, con la que recordaba a los italianos un fragmento del pasado reciente del país, estableciendo un paralelismo entre la Italia del Duce y la Italia del neofascismo industrial, apoyado, irónicamente además, sobre uno de los fetiches de la Gran Cultura Nacional: los círculos de Dante. En ocasiones la historia es irónica con el presente, llegando al sarcasmo, así Pier Paolo Pasolini nos dejó una obra póstuma sin terminar, “Petróleo”, una sátira de nuestro tiempo.

De toda su producción literaria es “Una vida violenta” la novela que mejor retrata la belleza insolente e ingenua de los pobres, inocente y bárbara, sin sentido de culpa. Tommaso el joven que vivía en Via dei Monti di Pietralata es en realidad el lado oscuro de su creador. La calle está presente a lo largo de estas casi quinientas páginas de realismo literario, diálogos descarnados donde como si de una película se tratase Pier Paolo Pasolini da rienda suelta a la lengua de sus personajes dejando al narrador en la sombra. Hay un fondo negro en la lectura entre líneas de “Una vida violenta”: la fractura entre Historia y biografía íntima. Algo que, paradójicamente, casi cincuenta años después de haberse escrito esta novela, parece flotar sobre nuestras cabezas como una metáfora del pasado cuya sombra, como la de un viejo fantasma, se proyecta sobre el presente.

J. A. Aguado

 

 

Catherine O´Flynn, “La vida en titulars”, Seix Barral, Barcelona, 2011, 350 pàgines,

 

Catherine O’Flynn necessita menys de tres-centes pàgines per reflectir amb una maduresa notable el món de Frank, amb qui coincideix en edat i algunes experiències professionals, amb l’ajuda de diversos membres d’un informatiu local de la BBC que la van submergir en el seu entorn quan va començar a documentar-se. L’autora dóna veu als diversos personatges retrocedint en el temps i ens mostra suficients aspectes de la seva vida per despertar el nostre interès. Al final, i al mateix temps que Frank, sabrem el necessari sobre la vida del mort al banc del carrer i sobre la mort del presentador popular, encara que no és la intriga el que mou la novel·la, sinó l’interès per vides, similars a les quals es creuen amb nosaltres diàriament. Un llibre entretingut, versemblant i atractiu per transformar en cinema: “La filla de Frank estava asseguda en el seient de l’acompanyant cantan la mateixa cançó una vegada i una altra. Les notes ascendien i després abruptament queia per tornar a ascendir de nou. Frank conduïa cap a la ciutat”.

Ofereix molta més realitat a les seves pàgines que la majoria de les novel·les amb el periodisme com tema de reflexió. Frank també es va sentir inspirat en pel·lícules nord-americanes amb periodisme com a tema quan va començar, però s’ha adonat fa temps que no eren molt reals, que va a haver de seguir endavant amb una sensació de fracàs que sembla inevitable en els temps que corren. La seva companya en pantalla, Julia, es resisteix en canvi a acceptar la inutilitat de bona part del seu treball, de la mediocritat i l’estupidesa que l’envolta: “Frank va començar a treballar en “Heart of England Reports” en 1989. Des de llavors havia après a somriure estoicament davant els comentaris sobre gats que es quedaven damunt d’arbres i després no hi havia forma que baixessin, presentadors amb peluquins que es movien i ànecs que circulaven amb patins. Ell sabia que existia la estesa idea que qualsevol que es passa la seva vida professional treballant en uns informatius regionals no té iniciativa o ha vist frustrades les seves ambicons, però també sabia que gens d’això era veridad en el seu cas. Ell sempre havia volgut treballar en un informatiu loca”.

 

 

El Chejov del siglo XXI

 

 

 

Antonio Muñoz Molina, “Nada del otro mundo”, Seix Barral, Barcelona, 2011, 314 páginas, 18 €.

 

 

 

Existen algunos escritores como Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956) a los que la literatura les sirve para comprender el mundo que les ha tocado vivir. La vivencias del creador de “Beltenebros” se han ido acumulando como las capas de una cebolla, cada nueva novela le ha servido para completar una visión particular, una cosmovisión de la realidad, que aparece en su obra en prosa de largo recorrido como en sus cuentos ahora recogidos bajo el título de: “Nada del otro mundo”.

La carrera literaria de Muñoz Molina, uno de los máximos triunfadores de lo que se llamó en su momento “nueva novela”, fue fulminante, pues ya con la segunda novela obtuvo dos de los grandes premios, el de la Crítica y el Nacional de Literatura, y un arrasador éxito de ventas que se repetiría con la tercera. La consagración le llegó a sus 35 años, con “El jinete polaco”, con la que obtuvo el Premio Planeta, uno de esos premio que une popularidad, éxito de ventas y calidad literaria. “Beatus ille” (1986) constituyó una verdadera sorpresa. Estilo que traía resonancias faulknerianas, como se dijo, lo que en sí no es una novedad pues Faulkner ha influido por doquier, desde García Márquez y Vargas Llosa hasta Benet o Claude Simeón o el propio Juan Carlos Onetti (otro gran modelo para Muñoz Molina), sí venía en este caso acompañado por un intenso deseo de claridad, de comunicabilidad. Las largas frases de Muñoz Molina, de quince a treinta líneas o más de punto a punto, se forman sobre todo mediante yuxtaposiciones encadenadas, sin entrar en otros laberintos, y así resultan de más sencillo acceso y comprensión. Su segunda novela, “El invierno en Lisboa” (1987) se colocó rápidamente en los primeros puestos de las listas de ventas y obtuvo el Premio de la Crítica -aunque acaso la anterior le hubiera hecho más justicia- y el Nacional de Literatura. Su prosa mostraba igual brillantez y fuerza, pero su tema le acercaba más a la cultura popular, al género policiaco, a la música “pop” y al jazz. Lo mismo podría decirse del siguiente, “Beltenebros” (1989), que asimismo fue un éxito de ventas irreprimible, anclado esta vez en la técnica de las novelas de espionaje y conspiraciones políticas, aunque desprovistas de toda suerte de intencionalidad realista. Después fue más de lo mismo con “Ardor guerrero” o “Los misterios de Madrid” hasta que llegó “Plenilunio” una novela eléctrica, llena de tensión, de rabia y ternura, en la que el relato y la reflexión se funden para hablarnos de lo que nos es más cercano: “El arte enseña a mirar: a mirar el arte y a mirar con ojos más atentos el mundo”.

“Nada del otro mundo” es un libro de relatos en el que el autor de “Beltenebros” recoge una docena de historias escritas a la vez que sus novelas, la mayoría por encargo.

Antonio Muñoz Molina ha vivido una larga temporada en Estados Unidos y bebe de cuentistas como Raimon Carver o Richard Ford, todos los escritores minimalistas han trabajado y trabajan intensamente el relato corto. Y antes que ellos, Scott Fitzgerald o el mismo Hemingway, tipos que se ganaban la vida con los relatos que publicaban en periódicos y revistas como hace Antonio Muñoz Molina.

El relato tiene esa cosa que seduce: la intensidad y la concentración. Tiene todos los artificios y dificultades técnicas de la novela, pero todo más comprimido. No cree Muñoz Molina que el relato sea el hermano menor de la novela, aunque él mismo confiese en el prólogo de su libro que las doce narraciones fueron escritas mientras hacía otras cosas, como sin darse, cuenta. “Puede que no se le tenga mucho respeto al género. Pero para mí es tan importante hacer novelas como escribir artículos o relatos, aunque el cuento te lo tomas más relajadamente que la novela. Con la novela estás en tensión. Cuando la empiezas es como si te metieras en una orden religiosa, sabes que vas a estar mucho tiempo y que, cuando lleves un año con ella, lo mismo fracasas. Eso te obliga a enfrentarte a ella con más respeto y rigidez que con un relato. Puedes tomarte una semana o quince días, pero nunca es un viaje demasiado largo. Y hay otro factor: a mí nadie me encarga las novelas, dejo que me surjan. Pero el relato es casi siempre producto de un encargo”.

No cabe duda de que la magia de Muñoz Molina, por encima de la fascinación que provocan sus narraciones largas o breves, estriba en que nos hacer ver las cosas con sus ojos como si fuese un Chejov del siglo XXI.

J. A. Aguado

Los caprichos del deseo

 

Vicente Molina Foix & Luis Cremades, “El invitado amargo”, Anagrama, Barcelona, 2014, 410 páginas.

 

Todo proceso de escritura no es más que una lucha estéril contra el tiempo. Los escritores en su afán de retener las horas escriben alegres y tristes historias llenas de amor. Pero cuando el ejercicio de escritura se une no a la ficción y la fantasía; sino a la memoria aparecen páginas llenas de melancolía y deseos de capturar un tiempo que se fue a través de su recuerdo. Los libros de memorias tienen una legión de seguidores porque con su lectura volvemos a un tiempo que fue y que ya no existe. Los escritores Vicente Molina Foix y Luis Cremades han escrito un libro de memorias donde repasan sus biografías intelectuales y sentimentales desde los años cincuenta hasta el presente: “No era, insisto, la enseñanza lo que me ligaba a él. Ni la lujuria, que en nosotros se manifestaba, sin ser castos, de un modo moderadamente animal. En Luis veía por vez primera un modelo que no había encontrado antes en mis predominantes historias homosexuales”.

A la manera de Marcel Proust los dos amigos tocan a cuatro manos una pieza cargada de memoria literaria, por este casi medio centenar de páginas pasan los intelectuales que han marcado a toda una generación de escritores que tuvieron su momento de máxima creatividad a finales de los sesenta y tuvieron su periodo de madurez en los setenta y ochenta, y que ahora como viejas glorias del pasado escriben sobre poesía, cine y literatura: “Pero si los sentimientos y las formas de amarse son genéricos, los modos de expresarlos son específicos. En las seis semanas que pasaron desde que descubrí las cartas de Luis esparcidas por los ladrones en su bienes fungibles, releí toas más de una vez, antes de proponerle nada, y al releerlas fue como si una imagen vicaria del amor, un simulacro, volviera a la casa donde una noche lejana, con la incertidumbre del primer beso y el tanteo de las primeras caricias, él y yo empezamos a idealizarnos. ¿O volvía el invitado en persona se fue haciendo esquivo hasta la amargura, aportando ahora palpablemente el dulce poso del ser original? Nunca he vuelto a recibir ridículas cartas de amor tan sublimes, ni las he escrito yo, ni me ha sido posible amar igual”.

No es frecuente que dos escritores escriban juntos momentos muy especiales de su vida, con personas muy especiales en la historia de la literatura última desde Vicente Aleixandre hasta Juan Benet pasando por Narcís Comadira y Dolors Oller: “La misma noche de su toma de posesión, en el Bocaccio de Madrid, Javier Marías y yo, suplantando las funciones de la Rúmor, la sociedad difusora de bulos fundada en sus horas de asueto por Benet y Hortelano”.

“El invitado amargo” es uno de esos libros repletos de literatura porque se ha escrito desde la relación de sus autores con sus colegas de profesión, de esta manera se convierte en una forma distinta de acercarse a los autores que todos hemos leído, no desde su obra escrita sino desde su lado humano y biográfico. Con la densidad de un Borges y la pasión en las cosas de la vida de un Terenci Moix, los dos escritores a cuatro manos capítulo tras capítulo van desgranando los caprichos del amor homosexual: “Nos habíamos conocido un par de semanas antes en un encuentro para crear una plataforma gay universitaria”. Con el paso del tiempo estos caprichos del amor se convierten en una epopeya sentimental que termina con una amarga reflexión final: “Mi amor por Luis fue un amor sin resguardo, el más cierto, el más excitante y desequilibrante de mi vida, y pese al devenir de los dos años felices y tormentosos, el más perdurable. Del suyo no puedo más que especular, dudar, creer, recordar los muchos momentos de dicha incomparable que me produjeron los trastornos que no lograron quitarme la voluntad de seguir amándole”.

“El invitado amargo” plantea una cuestión familiar, una manera de entender la ecuación que ha marcado a toda una generación que tenía como referente la cultura anglosajona y el concepto de la amistad: Luis Antonio de Villena, Jaime Gil de Biedma, Carlos Bousoño, Francisco Umbral, Francisco Brines, Claudio Rodríguez, Guillermo Carnero, Fernando Savater, José Luis Gómez, Javier Marías, Dolors Ollé, Narcís Comadira,… nombres de la cultura que sobrevuelan estas páginas juntos con los de Vicente Aleixandre, Federico Garía Lorca, o Luis Cernuda. Un mundo de cultura que va desde las lecturas de autores nacionales como internacionales. Momentos míticos que marcaron toda una ideología como los conciertos de los cantautores: “El de Raimon en mayo del 68 abarrotando el hall de la antigua facultad de Economía de Madrid, y del Luis Eduardo Aute en la plaza de toros de las Ventas”. Acontecimientos de la vida intelectual que jalonan la existencia de dos figuras clave en la historia portátil de la literatura reciente y todo ello en un proceso de selección selectiva de la memoria, hay mucho de en busca del tiempo perdido en este libro “El invitado amargo”. Como las canciones de Mecano que ahora vuelven, estos recuerdos de dos amantes en los años ochenta esconden otra realidad, la de los procesos intelectuales de dos personas entregadas a su trabajo literario.

“El invitado amargo” se lee como una autobiografía, pero también se lee como una novela al estilo de Enrique Vila-Matas, esas novelas cargadas de metaliteratura que nos ofrecen una realidad borgiana de la vida, una vida llena de pasiones sentimentales y trampas para poder sobrevivir.

J. A. Aguado

 

 

El millor del periodisme i la literatura

 

Juan José Millás, “articontes complets”, Seix Barral, Barcelona, 2011, 957 pàgines,

 

 

Aquest llibre que reuneix gairebé mil peces, breus relats, híbrids entre el conte i l’article periodístic, que Juan José Millás (València, 1946) ha anat escrivint al llarg de la seva ja dilatada vida. A aquest singular narrador comencem a llegir-lo amb l’arribada de la democràcia, és un d’aquests autors de la transició que amb el temps s’ha convertit en tot un clàssic, tant del periodisme com de la literatura. Molt lluny queda ja el seu primer llibre “Cèrber són les ombres” de l’any 1975, es tractava d’una original per a l’època proposta de creació de llenguatge, moltes de les seves obsessions i plantejaments posteriors ja estaven en aquesta obra, es diu que hi ha escriptors que sempre estan escrivint la mateixa obra amb diferents enfocaments.

Aquest recull és una forma molt interessant de conèixer la seva manera de fer, perquè d’alguna manera recull l’essència d’una forma d’escriure, d’una postura davant la realitat, una actitud moral presa amb la precisió d’un fuster i la mirada d’un bufó, moltes vegades tapada i oculta per la rutina quotidiana: “Al concebre aquest volum, vaig decidir eliminar els articontes que guardessin alguna relació amb un tipus d’actualitat perible ja que, en expirar aquesta actualitat, l’ articontes referit a ella s’havia quedat també una mica rígid” .

Juan José Millás reuneix en “articontes complets” els seus articles més enganxats a la ficció, un gènere molt personal que, en les seves mans, combina el millor del periodisme i la literatura. De l’ escriptor el que sempre sorprèn és el punt de vista, que segons quin lector atrapi el troba absurd, kafkià o estrany com a mínim. El seu és la realitat i l’aparença, una mirada que s’alimenta dels fets quotidians i del material de la vigília i els somnis. Un material que després plasma en els seus “articontes”, un gènere hereu de Mariano José de Larra. El cor de l’escriptor necessita creure alguna cosa, i creu mentides quan no troba veritats que creure.

Juan José Millás és un d’aquests observadors de la realitat minuciosos, potser es degui a la seva formació autodidacta. Va cursar la majoria dels seus estudis com nocturn mentre treballava a la caixa d’estalvis, després va passar a administratiu d’Iberia, per acabar vivint del periodisme i la literatura. En totes les seves novel·les es pot veure de forma més o menys intensa aquesta crònica del surrealisme quotidià dosificada en perles: “Assegut a la vora del llit, com cada dia a aquestes hores, va pactar amb la realitat els límits de la jornada i després es va dirigir a la cambra de bany per començar a complir la seva part del tracte “.

D’alguna manera el narrador explica la seva vida, es podria dir que aquests relats són part d’una autobiografia fictícia d’una persona interposada que porta el seu propi nom, un personatge que mai perd la mirada d’estranyament d’un nen i la reflexió d’un home que ha llegit molt, potser llegit més que viscut: “Sempre vaig creure que viure sol consistia en fer el que a un li donés la gana, però consisteix justament en el contrari.”

Tots aquests relats breus s’escriuen sempre des del conflicte, perquè si no hi hagués conflicte, no serien necessaris. D’aquesta lluita neixen històries amb finals inesperats, històries que les sentim moltes vegades com a pròpies. El recurs de reduir a l’absurd una situació límit i donar-li la volta s’utilitza una i una altra en aquest voluminós llibre summament atractiu, del qual el seu autor, Juan José Millás, se serveix per posar sobre la taula temes molt seriosos amb un to lleuger.

J. A. Aguado

Una cacera humana

 

Ricardo Menéndez Salmón, “La nit ferotge”, Seix Barral, Barcelona, 2011, 103 pàgines, 15 €.

 

Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) és un d’aquests narradors que brillen per la seva intensitat i brevetat a l’hora de plantejar-se una història. Com a escriptor reflexiona sobre unes quantes preguntes fonamentals: Per què hi ha el dolor i el mal en el món? Té la bellesa una capacitat redemptora? Com podem sobreviure al sense sentit de l’existència? Com Milan Kundera en les històries de Ricardo Menéndez Salmón hi ha unes gotes de filosofia, molta metàfora lingüística en la recerca d’una forma expressiva plàstica i una trama cruel d’una història que mereix ser explicada en forma de llibre en què queda reflectida la maldat entre la humanitat. En el món de les lletres es va presentar amb els seus relats “Els cavalls blaus”, “La llum és més antiga que l’amor”, “Astúries per Vera”, “El corrector”, “Enfonsament”, “L’ofensa”, “Els arrabassats “,” Panòptic “,” La filosofia a l’hivern “,” Les apologies de Sòcrates “i” Els desposseïts “.

La brevetat dels seus llibres, aquesta novel·la que presentem avui “La nit ferotge” va ser publicada l’any 2006 i ara es recupera per l’editorial Seix Barral. La novel·la té cent pàgines i que es llegeix d’una tirada obeeix a la seva forma d’escriure, equívoca en comptes de unívoca, connotativa abans que denotativa, pràcticament sense diàlegs, una escriptura que ho basa gairebé tot en el poder de la imatge i en la vida interior dels personatges, una literatura de la consciència, en una paraula, que confia en la capacitat del llenguatge per emocionar i revelar abans que en funcions més objectives.

La narració transcorre en un poble inventat asturià Promenadia, (un lloc com García Márquez amb Macondo) suspès en la rudesa del camp, aquesta és una història del tremendisme rural a la línia de “La família de Pascual Duarte” de Cela o els drames rurals del modernisme, que tenen el seu bressol en el naturalisme del segle XIX. En aquesta història és tan important l’espai com els personatges, la naturalesa es converteix en un tercer personatge sempre interposat entre els protagonista de la novel·la, el narrador omniscient que tot ho sap i el lector. “De manera que mentre frega el seu flac cos contra el tremolós costat de les vaques, mentre badalla mostrant la seva boca ja sense moltes dents i la seva gran llengua tumefacta als animals muts, mentre amara de gasolina dels jarrets d’aquests remugants tranquils” …

L’escriptor conjuga el seu gran talent per a la metàfora, ens parla per exemple de la lentitud de la mel, amb la vigorosa independència intel·lectual amb la qual reflexiona sobre la crueltat humana l’any 1936, en els albors de la Guerra Civil Espanyola: “De tots els plaers que coneix l’home, cap més gran que el de causar dolor. La contemplació de la bellesa o el tràngol de l’amor físic no poden comparar-se amb el gaudi de trencar un os. I el fet que els filòsofs no hagin trobat encara una raó convincent, decisiva, irrefutable, per justificar aquesta característica de la naturalesa humana, és un dels misteris més profunds que hi ha “.

Aquesta novel·la intensa és moltes coses, un examen de la solitud en l’experiència d’estar sol enmig d’enemics, com li passa a Homer, el mestre del poble que viu embolicat en nostàlgia i escriptura, la història d’una violació i un posterior assassinat d’una nena, la història d’una cacera humana, una reflexió sobre el dolor i els mecanismes que porten l’ésser humà a infringir dolor a l’altre. Ricardo Menéndez Salmón és un filòsof que medita sobre la condició humana de manera commovedora, per fer-nos comprendre la complexitat de les coses simples, l’estranyesa que s’oculta en el cor de l’ordinari: “A la paret, al costat d’un espartà Crist de fusta i un clau del qual pengen unes claus, un calendari d’una marca de sabons assegura que corre l’any 1936, però a Homer el turmenta tanta superstició. S’atreviria a jurar que són homes de l’Edat, o més antics fins i tot, homes que no saben “.

Un dels motors de l’acció són els trets i els seus efectes en el paisatge i en l’interior dels personatges, la violència és present en tot moment en un poble amb una estructura de poder clàssica: amo, capellà i mestre. El mestre encobreix als dos fugitius perquè simbolitza la raó enfront de la barbàrie. “La nit ferotge” és una obra mestra.

J. A. Aguado

El maestro Eduardo Mendoza se divierte

 

 

Eduardo Mendoza, “El último trayecto de Horacio Dos”, Seix Barral, Barcelona, 2002, 190 páginas, 16 €.

 

 

 

La última novela de Eduardo Mendoza es un divertimento que se mueve entre la chirigota y la creación quevediana de un lenguaje propio para el género de la ciencia ficción. Todos conocemos al Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) de novelas tan redondas como “La verdad sobre el caso Savolta”, “La ciudad de los prodigios”, “Una comedia ligera” o “El misterio de la cripta embrujada”. Pero existe otro Mendoza empeñado en experimentar con la gaseosa como en “Sin noticias de Gurb” o “La aventura del tocador de señoras”.

El maestro de la narrativa española contemporánea se divierte con sus hijos más asimétricos, en este caso “El último trayecto de Horacio Dos”. En un viaje espacial, en una nave se halla comprimida la historia inesperada e intrigante, disparatada y con un punto de parodia. Los personajes son caricaturas en una mente que juega a la libérrima fabulación que roza, tras lo esperpéntico, el área del prodigio surreal, como muestra el personaje de la señorita Cuerda.

Al comandante Horacio Dos le ha sido asignada una incierta misión, una farsa burlesca y una sátira de los diarios espaciales. La nave sale del planeta Tierra y se dirige a la Estación Espacial Fernat IV gobernada por Propercio Demoniaco, alias Flan de Huevo, y el comandante Horacio Dos tiene que sortear toda una serie de dificultades que se le colocan ante la misión encomendada; entre esas dificultades no podía faltar la rebelión a bordo. La acción se relata en un orden cronológico que empieza un martes 30 de mayo y termina un sábado 22 de julio, todos los sucesos acontecen bajo la perspectiva del personaje principal de la historia, Horacio Dos, comandante de la nave que navega por la zona helicoidal y que vive una aventura en la Estación Espacial Derrida. Con un punto de locura la acción nos habla del instinto de supervivencia física y moral de un grupo disparatado: “también en nombre de todas las Mujeres Descarriadas de a bordo, me informa de que se está acabando el champú y el colorete”. El ingrediente básico de este plato literario es el humor con que su autor maneja las situaciones, los personajes y el lenguaje y que dejan perplejo al lector, como cuando encuentran una gamba de goma en una paella.

“El último trayecto de Horacio Dos” es una narración delirantemente construida que divertirá a aquellos que busquen en una novela simple y dura evasión.

J. A. Aguado

El milagro de la vida

 

Ángeles Mastretta, “El cielo de los leones”, Seix Barral, Barcelona, 2004, 237 páginas, 15 €.

 

 

La novela de mayor impacto de la mexicana Ángeles Mastretta (Puebla, 1949) fue su ópera prima, “Arráncame la vida” (Seix Barral 1992), pese a que con “Mal de amores” (1995) alcanzó el premio Rómulo Gallegos, concedido por primera vez a una mujer.

Su nuevo libro no es una novela, sino un revoltijo de textos de diverso orden, lo que en los siglos XVIII y XIX se calificaba como “cajón de sastre”, aunque dominen los de carácter autobiográfico: historias familiares o amistades de las que la autora acostumbra a extraer una moraleja. El libro puede entenderse como una introducción a su personalidad, fruto de experiencias tan diversas como los paisajes, la familia, el amor, la infancia, la política, sus antepasados, el fútbol, su epilepsia, su admiración por Edith Wharton, por Cortázar y, en particular, por el poeta Jaime Sabines, por su ciudad natal, Puebla, o por Nueva York, su compañero, sus hijos. Los diversos temas provocan en el lector una suerte de desconcierto, porque no sabemos si nos encontramos ante la confesionalidad o ante el artículo periodístico inspirado en un tema abstracto.

Sabido es que el desencanto y la contemplación del mundo como lugar repleto de ruindad constituyen un material literario del que se han nutrido generaciones y generaciones de escritores modernos. Sin embargo, esa fascinación del desencanto no es el único resorte que mueve a la literatura contemporánea, y en ocasiones es precisamente la superación de tal desencanto la que impulsa el buen trabajo narrativo. En la línea de confianza en el mundo a partir de un sano escepticismo y una revalorización del poder de los sentimientos el libro apuesta por un punto de vista positivo. La vida puede ir bien o mal, pero de la lectura de los libros de Ángeles Mastretta se deduce que merece la pena vivirla. A todos nos tocan tiempos difíciles, pero lo importante es cómo los vamos afrontando y las acciones que emprendemos para salir adelante.

Ángeles Mastretta, una escritora de la estirpe de Rulfo, nos ofrece ahora una obra narrativa alentadora de la pasión, de las pulsiones de la vida, que viene a articularse a modo de defensa mesurada de la ilusión y la esperanza como fuerzas necesarias para el desenvolvimiento del individuo.El título de “El cielo de los leones” muestra que el paraíso está en la tierra: “los libros van siendo el testimonio de lo que somos y, en los últimos tiempos me han pasado los sueños por encima, me han tomado la vida como milagros inasibles, me han hecho el cada día de un modo tan intenso que nada de lo que imaginé me pesó tanto como la mentira inaudita de lo real”.

Hay en este libro el deseo repetido de contar el mundo para bendecirlo. Todo lo que sucede alrededor de quien lo escribe la sorprende en un canto que no transige con la desdicha como algo insondable. Andar en la vida es irse de parranda en busca de sus mejores instantes y de cada instante como el atisbo de un milagro. La autora de este libro cree en el sensato hábito de la locura, en el desafío diario que es mirar a otros vivir como quien delira: cielo hay para todos, dice, hasta para los leones debe haber un cielo. Por eso nos atrapa la seducción. ¿Qué es la bendita seducción, sino el sueño de que hay tal cosa como el cielo?

La evocación y los sueños son el culto preciso y continuo que cruza estas páginas, cuyo empeño es persuadirnos de cuán prodigiosa y arrebatada es la vida, de cuántos motivos diarios tiene para hacer que la veneremos: “¿Qué es primero, la seducción o el deseo? Quizás van alternando sus hallazgos y equívocos. ¿Tras cuánto tiempo de anhelar algo, llega hasta nuestros ojos y nos rinde como una sorpresa? Ya creemos olvidado un deseo, ya no lo acoge nuestra piel, desde hace siglos que no cerca nuestra inteligencia, y vuelve un día como un milagro”.

El libro está forjado de historias. Mastretta confiesa en las últimas líneas del libro: “tendré siempre pasión por soltar el tiempo como quien juega con arena entre las manos”. Pero lo que la define es “andar viva”. Sus marinas son intensas, como las de Cozumel o el recuerdo de un añejo Acapulco de pescadores. Los regresos a la fuente de la memoria, de donde procede la mayoría de sus materiales, se agradecen. “El cielo de los leones” es un libro sumamente ambicioso, de una voracidad pavorosa, caníbal que quisiera devorar todos los libros y todas las historias familiares. Una lectura ardua de definir. Practicando del ensayo y de la narrativa, no es una cosa ni otra. Su mayor acierto no es otro que el de servir como puerta de acceso a una escritora que toma conciencia de sí misma.

J. A. Aguado

 

 

 

Aromas de leyenda

 

Manuel Leguineche, “El último explorador”, Seix Barral, Barcelona, 2004, 375 páginas, 19 €.

 

El ser humano se ha planteado a lo largo de los siglos la aventura de explorar lo desconocido, para ello ha concebido el viaje como una forma de conocimiento que en ocasiones, como en el caso de Wilfred Thesiger, rezuma aromas de leyenda. La capacidad de fabulación del ser humano es paralela al impulso que lo conduce hacia lo desconocido; se trata de un motor espiritual, el viaje no es nunca la manera de traslación en el espacio, sino la tensión de búsqueda y de cambio que determina el movimiento y la experiencia que se deriva del mismo. En consecuencia, estudiar, investigar, buscar, vivir intensamente lo nuevo y profundo son modalidades de viajar o, si se quiere, equivalentes espirituales y simbólicos del viaje.

El veterano viajeroManuel Leguineche, (1941) rescata la biografía de quien no duda en llamar el primer explorador del siglo XX y el último de la Historia. En ella conjuga el reportaje con la reflexión y recrea la vida deWilfred Patrick Thesiger. Nació en Addis Abeba en 1910, su padre era el embajador británico en Abisinia, hoy Etiopía, y su tío fue el vizconde de Chelmsford, virrey de la India. Wilfred Thesiger era uno de esos exploradores de características victorianas, aquellos que pretendían compaginar todas las formas posibles de conocimiento, y que solían ser tan interesantes por sus biografías como por sus viajes. Wilfred Thesiger tal vez sea el último de estos personajes de leyenda. Se instaló durante cinco años en la Arabia del Territorio Vacío; vivió ocho años con los árabes de los pantanos en Irak. Sir Wildred Thesiger no fue un mero espectador del paisaje: escaló los montes del Tibesti en el Sáhara, fue el primer extranjero que entró en el oasis de Liwa, el primero que se acercó a las arenas movedizas de Umm as-Samin, que dejaron de ser una fábula. Vivió siete años (entre 1951 y 1958) en las marismas de los ríos Tigris y Eufrates, en el sur de Irak. En este paraíso natural, habitado por árabes que aprendían antes a navegar que a caminar, se sumergió en un fascinante mundo perdido.Su amor por los grandes desiertos no tenía que ver con anhelos de soledad. Los mejores recuerdos de su vida serían los de sus camaradas, amigos y compañeros de fatigas, casi hermanos, que le guiaron por el Rub al Khali enseñándole a conocerlo y respetarlo, y que salvaron su vida en numerosas ocasiones, tanto ante una naturaleza terrible como ante beduinos de otras tribus que no aceptaban de buen grado su presencia, aun yendo disfrazado o haciéndose pasar por pariente de sus compañeros. Deseó siempre explorar los lugares más recónditos, allí donde las gentes fueran capaces de conservar sus tradiciones, sus costumbres y su cultura. Y nunca se sintió atraído por los habitantes, las ciudades o los paisajes de Europa, y menos aún por los de EEUU, Australia o Nueva Zelanda. Él fue el último explorador con aromas de leyenda, anterior a la llegada del petróleo y el progreso, que tanto ha cambiado el estilo de vida de los nómadas. Testigo del paso de varias culturas llenas de tradiciones hacia una vida moderna más o menos uniforme, sus obras conservarán siempre un enorme valor histórico y humano.

La biografía de Manuel Leguineche nos abre las puertas a la lectura de las obras de Wilfred Thesiger, sobre todo su “Arenas de Arabia”. Manuel Leguineche nos lo describe de esta forma: “Wilfred Patrick Thesiger, el último aventurero, el último explorador, el último nómada, el primer viajero del siglo XX, era un señor inglés alto, enjuto, de leonina cabeza, enorme nariz romana con joroba en medio como sus amados dromedarios y unas orejas más grandes y alargadas que las del actor Clark Gable”. Thesiger fue, tal vez, el último representante de esa tradición británica que aunaba la literatura con la exploración, la biología con la lingüística, la historia con la etnografía; un heredero directo de Burton y de Lawrence. Ahora que se acerca la época en que preparamos las maletas para las vacaciones convenga leer un libro como el de Manuel Leguineche para comprender una filosofía del viaje distinta a la habitual. No hay propósito más noble para un viaje que el propio gusto.

J. A. Aguado

Memoria histórica o la escritura del exilio

 

Manuel Lamana, “Diario a dos voces”, prólogo de Manuel Rivas, Seix Barral, Barcelona, 2014, 300 páginas, 18 €.

 

 

Manuel Lamana nació en Madrid en el año 1922. Su padre, José María Lamana, militantes de Izquierda Republicana y funcionario de Hacienda, era en los años de la Guerra Civil Española 1936-39 Administrador General del Monopolio de Tabacos y Fósforos. Como tantos exiliados en febrero de 1939 cruzó la frontera con Francia desde Figueras (donde estaba instalado el Gobierno de la República) junto con su madre y sus dos hermanos menores. El mayor de la familia había caído prisionero de las fuerzas franquistas en la Batalla del Ebro. Pasaron algún tiempo en el campo de concentración de Perpignan y luego fueron acogidos en la localidad de Omans, casi al lado de Alemania. En 1941 regresa y participa en los movimientos de oposición y en el sindicato estudiantil clandestino FUE al régimen franquista por lo que estuvo encarcelado. Llevado lo lleva a construir el Valle de los Caídos, se fuga gracias a la hermana del escritor Norma Mailer. En 1989 Fernando Colomo llevó a la pantalla esta peripecia en la película “Los años bárbaros”. Tras pasar por Francia e Inglaterra termina en Argentina, donde se enfrenta al régimen de los generales argentinos. Muere en Buenos Aires en 1996. Veinte años después de su muerte Seix Barral ha publicado un libro que rinde justicia a la memoria histórica de un profesor, crítico y escritor desconocido para el gran público publicando “Diario a dos voces” que es un dietario doble escrito por el padre de Manuel, José María Lamana y la pluma de Manuel Lamana que completa el diario utilizando el recuerdo vivencial como materia o fuente de su inspiración. El resultado es una obra musculosa, caldeada por el fragor del pasado, por su ambientación histórica y su valor de testimonio.

Nos fascina por su mayúscula ambición pues enfrenta dos miradas en una especie de reflexión filosófica sobre los acontecimientos que estaban viviendo por separado pero en el mismo entorno: “Nos hicieron abandonar el convoy y nos formaron en grupos de cien hombres. Cada grupo había de alojarse en uno de los barracones de madera construidos previamente en el campo. La perspectiva que el campo y sus inmediaciones me produjeron fue francamente buenas. No cabía comparación con lo de Argelés”.

Los días del golpe de estado del coronel Casado los vive el padre de Lamana de manera dramática: enfermo, sin asistencia médica, hambriento, sin noticias de la catástrofe que se dibujan en el horizonte de la Historia: el paso por Argelés fue una barbarie que se extendió a todos los refugiados que venían de sufrir la masacre de la Guerra Civil. El lado de crueldad lo destaca Manuel enseñando a los lectores aquello que dijo el filósofo Hobbes que el hombre es un lobo para el hombre.

“La noche fue terrible, llovió copiosamente y tuvimos que pasarla amontonados en los espacios menos castigados, pero sin poder tumbarnos por falta de sitio ni ponernos de pie porque no lo permitiría la altura de la choza. El malhumor de algunos encontró ocasión propicia para exteriorizarse y las horas transcurrieron lentamente, recibiendo alguna ducha, tiritando de frío y escuchando palabras fuertes e imprecaciones de quienes no podían ser acallados por las palabras de prudencia y aliento de los demás”.

Manuel Lamana recibió este diario, entre las pertenencias de su padre, días después de su muerte, en 1952. Uno puede asomarse al balcón de este libro desde una doble perspectiva, por un lado desde la Historia y por el otro desde la literatura, las dos miradas son válidas hoy en los albores del siglo XXI, algo deberíamos aprender del pasado: “Catalunya ya está ocupada por el enemigo. Queda el Centro. De cualquier modo, nosotros hemos pasado a esta otra situación que es ser refugiados en un país que no es el nuestro. Ser refugiados como nueva identidad. Y además sin saber cuál es su límite, y no sólo su límite sino su conformación precisa. Es decir, no sabemos ni hasta cuando seremos refugiados ni lo que significa exactamente el serlo. Es difícil asumir una identidad que no se sabe cuál es”.

Manuel Lamana vivió intelectualmente un época marcada por el existencialismo, esta biografía novelada a cuatro manos es modelo del escritor refugiado, del exiliado que busca su lugar en el mundo.

J. A. Aguado

 

 

 

 

La literatura de McOndo y del Crack.

 

Varios autores, “Palabra de América”, Seix Barral, Barcelona, 2004, 236 páginas.

 

A mediados de los años sesenta hubo un brote literario que recorrió el mundo. Ocurrió entonces eso que se llamó el “boom”. El cataclismo literario empezó cuando Mario Vargas Llosa fue galardonado con el Premio Biblioteca Breve, de Seix Barral, por una novela titulada “La ciudad y los perros”.

Seix Barral reunió en Sevilla a todos, o aparentemente todos, los escritores jóvenes de América. Las sesiones de este congreso mínimo con aspiraciones máximas tuvieron lugar en tres días del mes de junio de 2003 en la ciudad hispalense. Según Jorge Volpi, el congreso celebrado en junio fue importante porque demuestra la continuidad de la literatura hispanoamericana tras la generación del “boom”, de la segunda mitad del siglo XX y la posterior encabezada por Roberto Bolaño, “nuestro hermano mayor”, fallecido recientemente. En el congreso se dieron cita escritores de la nueva novela actual, como Jorge Franco, Rodrigo Fresán, Santiago Gamboa, Gonzalo Garcés, Fernando Iwasaki, Mario Mendoza, Ignacio Padilla, Edmundo Paz Soldán, Cristina Rivera Garza, Iván Thays, Roberto Bolaño y Guillermo Cabrera Infante, como el invitado de la generación del “boom”.

Este libro es un arte poética de un grupo de escritores sudamericanos que se revela contra los clichés. Denuncian que la literatura latinoamericana no es Borges ni Macedonio Fernández ni Onetti ni Bioy ni Cortázar ni Rulfo ni Revuelta ni siquiera el duelo de García Márquez y Vargas Llosa. La literatura latinoamericana es, según explican en este volumen de conferencias, Isabel Allende, Luis Sepúlveda, Ángeles Mastretta, Sergio Ramírez, Tomas Eloy Martínez, Aguilar Camín y, por supuesto, todos los nombres que firman el libro.

La nueva literatura sudamericana trae un aire más fresco y menos fatídico, y está sazonada con la sal gorda del humor negro que se burla de sus condiciones presentes, tanto colectivas como personales, y que no hace otra cosa que confirmar el desencanto generalizado a través de la ironía.

Durante los tres días que duró el encuentro se habló de todos los aspectos que interesan a los escritores, entre los más destacados está el tema de la profesionalización de los escritores. Durante los últimos años la cultura ha dejado de ser una sensibilidad o la expresión de una sensibilidad, para convertirse en un negocio que cada día exige más imagen, diseño y publicidad, y bastante menos crítica, creación y conocimiento. En ese contexto, el papel de los medios de comunicación debería ser más formativo que informativo, aunque por desgracia en muchas ocasiones la crítica está al servicio de las políticas empresariales de las grandes editoriales. Por esta razón los suplementos culturales se parecen cada día más a esos complejos vitamínicos que pretenden suplir la alimentación o en todo caso complementarla.

El volumen viene a ser una especie de manifiesto, tal y como apunta el cronista del grupo Ignacio Padilla, autor de una historia del “crack” en tres capítulos y medio, así como un largo ensayo contra el realismo mágico. Se trata de exponer desde el interior del movimiento una manera nueva de leer y escribir la literatura en América Latina. La antología de “McOndo”, el manifiesto del “crack”, y todo cuanto ha ocurrido recientemente con la nueva novela latinoamericana está analizado con distanciamiento meridiano en el volumen. De agradecer es el análisis del fin del realismo mágico y la relación de amor y odio que mantiene con los autores del “boom”. Por otro lado destaca el carácter profundamente lúdico y contradictorio de los jóvenes escritores. En cuanto al nombre del movimiento, “McOndo” y “crack”, es una broma, una parodia que apuesta por el cosmopolitismo del escritor. Como afirma Ignacio Padilla en su conferencia, no hay una propuesta estética que unifique al “crack” y a “McOndo”, ni siquiera percibe una que vincule a sus miembros entre sí. El atractivo de estos grupos y de la generación en la que surgen es precisamente su diversidad, una pluralidad que no empobrece en modo alguno el carácter intensamente gregario de estos escritores. Lo que los ha consagrado de esta forma no es una estética, sino una actitud hacia la literatura y hacia el lector.

J. A. Aguado

 

 

 

 

Bajo el signo de la pluralidad cultural

 

Anna-Kazumi Stahl, “Flores de un solo día”, Seix Barral, Barcelona, 2003, 444 páginas, 22€.

 

Hija de una japonesa y de un norteamericano sureño descendiente de alemanes, Anna-Kazumi Stahl nació al norte de Luisiana, Estados Unidos, en 1962, y se crió en la colorida ciudad de Nueva Orleáns. Su experiencia familiar la hizo crecer con el dinamismo y vitalidad de la mezcla de culturas de distintos continentes. Comenzó a escribir de niña como un pasatiempo para los días de lluvia. A los dieciséis años viajó a Boston para estudiar, y luego a Tubinga, Alemania, desde donde recorrió Europa. Más tarde, en California, realizó un doctorado en Literatura Comparada. Cuando visitó por primera vez Buenos Aires, con una beca universitaria en el año 1988, sintió una gran atracción por la gente y su modo de ser, y quiso aprender el idioma. Se instaló en Argentina en 1995. Publicó en su segundo idioma, el español, su primer libro, una colección de cuentos titulada “Catástrofes naturales” (1997). Vive en Buenos Aires, donde escribe, trabaja como profesora de Letras y realiza traducciones.

“Flores de un solo día” es su primera novela. En una prosa compacta, densa y minuciosa, pero amable y sin trampas, “Flores de un solo día” nos cuenta una historia tan fascinante y misteriosa como la propia historia de Kazumi Stahl: la vida de dos mujeres que por una mezcla de azar y compromiso construyen su biografía en Buenos Aires, en la década del 90, y que viven de un negocio cuyas técnicas y habilidades forman parte de una herencia familiar, la floristería. La vida apacible de Aimée se trastorna el día que recibe una carta anunciándole que ha sido nombrada absoluta heredera de una fortuna. Su mundo de rutina feliz y sin cuestionamientos, su levedad como la de las flores con las que trabaja a diario, de pronto se quiebra. Aparecen las incógnitas del pasado, las dudas, la conciencia de los vínculos difusos en su historia personal. Y acepta el reto. El viaje será definitorio para comprender el origen de tantos e inesperables abandonos. La riqueza narrativa y la intensidad de los climas que logra la novela responden a la manera en que todo eso se potencia con los enigmas de un viaje inexplicado, con el dramatismo ajustado de una historia que proviene de la Segunda Guerra Mundial, con la sutil manera en que se deja ver el pasado en el presente, con la complejidad sin rebuscamientos de un personaje como Hanako, uno de los personajes más fascinantes de la literatura, (y su expresividad sin palabras) o como Aimée (oscilando entre su deseo de saber y su deseo de no saber qué es lo que se aloja exactamente en el pasado de su historia familiar). La novela funciona y emociona.

J. A. Aguado

Enric Juliana & Julià de Jòdar, “RadiacionsLa periferia de James Joyce

 

Julián Ríos, “Casa Ulises”, Seix Barral, Barcelona, 2003,269 páginas, 18 €.

 

Proverbialmente se cree en una tradición según la cual de un lado discurre la narrativa seria, la auténtica literatura, y de otro el exitazo popular, las listas de ventas y el circo móvil. Julián Ríos (Galicia, 1941) es uno de esos autores que se toman en serio eso de escribir de una forma personal e intransferible.Desde que se inició en esto de la escritura jamás ha abandonado el rumbo marcado por los juegos de palabras. Su literatura forma parte de una tradición en la que lo verdaderamente importante es la propia escritura.Pocos lectores pueden objetar el valor artístico de la obra narrativa de Julián Ríos, que mantiene su crédito a lo largo del tiempo pues no se hace tributaria del momento histórico en que aparece sino de la corriente estética defendida por el autor a la sombra de su maestro James Joyce. Cuando Julián Ríos publicó en 1982 “Larva” y dos años más tarde “Poundemónium” provocó un notable revuelo entre el colectivo de intelectuales, críticos y profesores. Sus obras iban más allá de la novela experimental: invocaban la potencia del lenguaje y recordaban que la gran literatura es una carrera de relevos en la que manda James Joyce.

Joyce es un autor que transforma en tarea baldía todo intento de traducir su obra. Se podría decir que el punto en que esa obra culmina su tensión no es otro que el resultado de un empeño por alcanzar y plantear una emoción intelectual básicamente incomunicable, a lo que hay que añadir el carácter caprichoso o de respeto al azar que en algunos momentos satura el trabajo de Joyce. La obra de Joyce es una experiencia en el lenguaje, y no en otro lenguaje que en el que Joyce escribió. Como toda experiencia lingüística, entraña todo el conocimiento y la memoria del que escribe y del que lee lo escrito, y así, su arquitectura se disuelve en cualquier intento de transferencia a otra lengua. Eso, que ocurre en cualquier traducción de una manera bastante llevadera, y que no merma en absoluto la función del traductor, adquiere un aspecto devastador en “Ulises” y alcanza un punto de imposibilidad fundamental. Pues bien, otro tanto ocurre con el gallego Julián Ríos.

“Casa Ulises” narra las peripecias de una lectora joven, un lector maduro y un crítico viejo, que recorren el laberinto de Ulises, sala a sala, tantas como capítulos tiene la novela de Joyce.Julián Ríos cumple el imperativo cervantino de que toda buena literatura debe ser crítica y suscitar incertidumbre.Más que experimentar, lo que Julián Ríos hace es forzar el lenguaje modificando frases hechas; desconstruyendo y recomponiendo las palabras y sus relaciones; aprovechando su polisemia, los dobles sentidos o juntando palabras de semejanza fonética. El resultado es una escritura cargada de significados que invita al lector a participar, cómplice y activo, en una lectura que deviene en juego y divertimento.

J. A. Aguado

 

Las entrañas de la narrativa breve

 

José María Merino, “Ficción continua”, Seix Barral, Barcelona, 2004, 380 páginas, 20 €.

 

La metaliteratura siempre ha sido un excelente ejercicio para los creadores. Desde el siglo XIX los artistas han buscado un cierto distanciamiento de su obra para reflexionar sobre los procesos de creación. Uno de los más prolíficos escritores contemporáneos, José María Merino (1941), analiza las claves del cuento en su último libro: “Ficción continua”.

En su primera novela, “La novela de Andrés Choz”, José María Merino sorprendía al lector por la habilidad con que construía una obra unitaria partiendo de elementos heterogéneos, pues la novela comprendía tres relatos distintos que muy bien podrían haberse desarrollado como otros tantos textos cortos independientes: una novela psicológica, una cuento de ambiente campesino y un relato de ciencia-ficción; pero estas tres posibles novelas cortas se implicaban mediante una estructura. Vemos, pues, que, ya en su primera novela el autor de “Las visiones de Lucrecia” plantea una serie de retos metaliterarios.

La primera parte del volumen recoge breves ensayos de carácter general –los que pueden denominarse teóricos–, mientras que la segunda comprende una serie de notas y reseñas acerca de obras concretas, algunas muy recientes. Merino ha explicado que a los niños les gusta Harry Potter porque se identifican con sus personajes, con la similitud de los escenarios que se describen en la obra y por la fantasía que envuelve las aventuras. Harry Potter les abre a los jóvenes el espectáculo interior que es la literatura: “Los lectores jóvenes, ignaros, sin criterio, con grandes dificultades para formar el gusto literario en un panorama asediado por todos esos divertimentos audiovisuales que están continuamente alejándolos de la lectura, son por lo general víctimas directas de ese abuso del mercado, en muchas de las lecturas de supuesto esparcimiento que se les ofrecen o se les imponen como complemento o apoyo a los programas educativos”.

Interesantes resultan las páginas dedicadas a dilucidar el problema de la distinción entre cuento, novela corta y novela, sobre todo porque están planteadas desde el punto de vista de un escritor que cultiva las tres modalidades y las conoce desde su mismo proceso de elaboración:“ Cuando se habla de que el cuento y la novela corta son géneros singularmente adecuados al tiempo fragmentario que vivimos, de prisas y escasos descansos, se ignora que para acercarse a la narrativa breve, como a la poesía, es necesaria una previa formación de la sensibilidad literaria. Ni la poesía ni la narrativa breve son en sí mismas productos literarios aceptados con facilidad por la mayoría”.

Y cabe señalar aún dos ensayos especialmente valiosos: el titulado “Los parajes de la ficción”, porque aborda un asunto insuficientemente tratado aún, y “El narrador narrado”, ensayo que abre el volumen y que constituye una profunda meditación sobre la literatura y, especialmente, sobre la propia literatura: “Empecé escribiendo poesía, y aunque mi inclinación hacia lo narrativo me apartó pronto de ella, para mí la poesía fue el taller literario en que aprendí que las palabras son piezas materiales, que cada palabra tiene su propio peso, y olor, y sabor, y que el oficio de ensamblarlas en conjuntos significativos tiene mucho de labor manual y de esfuerzo artesanal”.

Según cuenta José María Merino lectores tienen dificultades para orientarse debido a la presión publicitaria y piensa que los premios literarios no siempre sirven de guía para adquirir un libro. Antes, servían para descubrir nuevos autores, pero ahora, en muchos casos no son más que un reclamo publicitario o una operación de la casa editorial. El paso de los años sobre su pluma hace que discierna entre las churras y las merinas.

Ahora que se acerca el verano y disponemos de un mayor tiempo para las lecturas resulta de agradecer que “Ficción continua” nos dé pistas sobre posibles lecturas estivales, aquéllas que apasionan al creador de “50 cuentos y una fábula” -los cuentos de Clarín, “La desheredad”, “Oblomov”, “La saga-fuga de J.B.”-, y nos recuerda que la novela ha sido siempre un invento de libertad, y que ninguna de las nuevas técnicas de comunicación que nos invaden suplanta por ahora su fuerza de trampolín para la aventura interior. Para quienes no hayan leído nunca nada de José María Merino este libro es una perfecta introducción a una prosa extraordinaria por su lenguaje, por su música y por su tremenda y aterradora visión de la vida.

J. A. Aguado

 

Cuando todo se hunde a tu alrededor

Jean-Luc Seigle, “Al envejecer, los hombres lloran”, Seix Barral, Barcelona, 237 páginas, 18€.

Esta novela ocurre el 9 de julio de 1961, todo lo narrado se desarrolla en un día en el que un pueblo pequeño niega la idea del progreso. Choque entre la modernidad y la tradición. La modernidad entra de la mano de la televisión que muestra las imágenes de la guerra de Argelia, el escritor quiere explicar el muro de silencio de los soldados en la guerra, la enorme tristeza del ridículo y la vergüenza de la derrota. Un pueblo pequeño cambia sus costumbres cuando aparece el primer televisor. Será en casa de los Chassaing, que han sido avisados de que su hijo, destinado en Argelia, va a ser entrevistado en un reportaje televisivo sobre la Guerra de Argelia: “Giles era el único de los dos hijos Chassaing que había heredado la gran estatura de Albert, sus mismos ojos pardos, su misma cabellera espesa y negra, por eso nunca tuvo la impresión de haber salido de las entrañas de su madre, sino de las de su padre”.

Una guerra que se pelea en un diminuto pueblo galo de apenas setenta habitantes, en el interior de sus gentes, mientras pasean por sus calles los fantasmas de las dos guerras, la que ahora cumplimos 100 años, la Primera Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial que están dentro del imaginario francés: “Hablaban peor el francés que los negros del Senegal. Era el francés lo que les había unido a todos, lo que les había dado un espíritu combativo y los había convertido en patriotas. Antes, según él, no eran nada, menos que nada, sólo carne de cañón. Eso fue todo lo que tuvo que decir de aquella guerra mundial”.

Esta es la historia de una familia, del padre Albert, su protagonistas principal con los defectos y virtudes de su condición biológica de hombre, es un obrero de la Citroen, en torno a él se articula la historia, y como toda buena trama sistémica junto al padre la sombra del abuelo de la familia, ya fallecido, y uno de sus hijos en la guerra constituyen tres generaciones unidas por las balas de guerras distintas: el abuelo en la Primera Guerra Mundial, Albert en la Segunda Guerra Mundial y Henri-el hijo mayor de Albert- en la guerra de Argelia. A Albert le tocó en suerte servir en la Línea Maginot, llamada así en honor del Ministro de la Defensa francés André Maginot, la línea era una serie de fortificaciones permanentes construidas para proteger a Francia de Alemania y de Italia. Planeada en los años 20 y construida en los años 30, eran verdaderas ratoneras donde los franceses esperaban parar la invasión alemana, pero nada salió como ellos tenían previsto y fueron derrotados, así que el espíritu de este viejo soldado es el del perdedor: “Los grandes hombres no hacen la Historia, sino que, cómo decirlo…(Gilles sintió en su mano un leve temblor como si la búsqueda de una palabra exacta pudiera estremecer todo el edificio)…, la aspiran. Eso es, ellos aspiran la Historia”.

Junto al padre de familia tenemos a su mujer Suzanne, cuyo corazón se reparte por culpa de un matrimonio rutinario y los dos hijos Henri y Gilles. El escritor crea un personaje digno de un monólogo teatral Gilles, un feroz lector de Balzac, admirador de su padre y siempre puesto en el punto de mira de la escopeta de su madre y que pone un broche de oro al final de la historia. Como ocurre en las novelas de Balzac, en esta magnífica novela de Jean-Luc Seigle los problemas domésticos esconden otras tragedias humanas más grandes: el suicidio, la infelicidad, … en este mundo de perdedores la familia aparece como un gran flotador, un salvavidas al que cogerse como un clavo ardiendo: “Albert acababa de llegar cerca del río. Podría morir. Se preguntaba si, a fuerza de verlo trabajar en el jardín, cortar madera, prensar las uvas de la viña, dar de comer a los animales y matarlos, Gilles comprendería que su padre no había hecho durante toda su vida sólo lo que sabía hacer, que no se había contentado solamente con alimentar a la familia”.

Jean-Luc Seigle es un guionista de televisión y dramaturgo. Lo que tenemos entre las manos es la tercera novela de un hombre que es una verdadera máquina de la escritura, su compromiso con el teatro empezó en el año 1981 y desde entonces no ha parado. Con “Al envejecer, los hombres lloran” explica la historia de Europa desde otra perspectiva, no hay nada como leer la Historia viva de una época no muy lejana.

J. A. Aguado

 

 

 

 

 

 

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