HOMENAJE A MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN

HOMENAJE A MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN

 

Los que cubrimos la información cultural nos metemos como intrusos en un territorio de observación de la conducta de los profesionales de la pluma, y un servidor de ustedes lleva más de veinte años en esto de la crítica literaria. Por dicha razón de oficio somos testigos de vidas ejemplares, como la de Manuel Vázquez Montalbán (Barcelona, 1939-2003), que pasan ante nuestros ojos con su acreditada personalidad, construidas por con el esfuerzo de su pluma tanto en el periódico como en el mundo editorial. El autor de “A la sombra de las muchachas sin flor” siempre fue rojillo y escribía sus artículos para El País y publicaba sus libros en el grupo Planeta. Estoy seguro de que en el futuro siempre se tendrá en cuenta lo que escribió y muy pocas veces qué pensó o qué defendió.

El primer libro que leí de Manuel Vázquez Montalbán fue “Yo maté a Kennedy”, recuerdo que se lo compré al señor Grau junto con un gran fardo que extraje de una de las habitaciones de la librería. Durante unos años me dediqué a buscar los sábados por la mañana aquellos libros sepultados en la habitación que hay junto a patio de luces de la librería del señor Grau, allí fue donde descubrí joyas que me han acompañado siempre. A pesar de la lluvia que ha caído desde entonces no he dejado de leer cada una de las obras del poeta, ensayista, novelista y articulista.

Muchos premios adornan la carrera de Manuel Vázquez Montalbán -desde el Planeta, hasta el Raymond Chandler, el Prix de literatura policíaca francés, el Ennio Flaiano, etc.- debidos, en su mayoría, a su trabajo como narrador, y, en concreto, como padre de Pepe Carvalho, ese detective que, desde “Tatuaje”, es un privilegiado espectador de la transición española entre el franquismo y el final del milenio. Carvalho era el alter ego de un novelista que diseccionaba la realidad con el bisturí del pensamiento, todo un ejemplo para quienes hoy analizan la realidad desde el brillo de sus cuentas bancarias.

Frente a la clásica denuncia de Hobbes de que el hombre es un lobo para el hombre, Manuel Vázquez Montalbán nos vino a decir que el hombre se había convertido en un loco para el hombre. Todo el que tiene memoria, memoria crítica, lo sabe o puede llegar a intuirlo. La principal característica, lo que dio unidad a la vasta y variada obra de Vázquez Montalbán, fue su vocación por crear un gran fresco acerca de la época que el autor vivió intensamente. Podemos decir que la capacidad de este autor para la reproducción novelada de la realidad hizo que el escritor contara con más lectores que los clásicos americanos durante el “boom” -provocado en una buena medida por el éxito de las primeras narraciones protagonizadas por el detective gallego- que éstos vivieron entre los jóvenes españoles a comienzos de los años 1980. No hay que olvidar que en este reflejo de la realidad se encuentra una buena parte de la grandeza de este género literario, que ya desde sus albores vino a denunciar las corrupciones del sistema.

Me resisto a hablar de Manuel Vázquez Montalbán como algo crepuscular y acabado. Ahora lo recuerdo sentado con un vaso de whisky en la mano mientras repasaba las notas de la presentación de “Erec y Enide” (Editorial Areté), título tomado de la primera novela artúrica de Chrétien de Troyes, en la que se habla de la soledad y del amor en tiempo crepuscular. Del infatigable escritor guardo una memoria viva de presentaciones de libros y de mis lecturas, que son las lecturas de toda una generación.

Recuerdo, también, a Manuel Vázquez Montalbán presentando “El estrangulador”, novela publicada por Mondadori y Premio de la Crítica, una ácida crítica del mundo contemporáneo, donde el protagonista, el mismísimo estrangulador de Boston, ayuda al escritor a descuartizar una sociedad donde el cultivo de la soledad y la incomunicación conducen a la locura y a la violencia solapada; la obra fue saludada desde un primer momento por la crítica como un libro “difícil” y “sorprendente” en la trayectoria del escritor y como su entrega más “ambiciosa”. En aquella ocasión le hice un par de preguntas sobre “El pianista”, publicada por Seix Barral, una de las novelas que me han fascinado y a cuyo estudio dediqué largas horas.

En ocasiones fue un incomprendido por sus posturas políticas, ahora recuerdo una vez en Barcelona, cuando presentaba Manuel Vázquez Montalbán –categórico y brillante- su libro sobre Dolores Ibárruri (“La Pasionaria y los siete enanitos”), cómo los presentadores del acto mostraban su asombro ante la reivindicación que hacía el creador de Carvalho del mítico personaje político.

A raíz de una conversación mantenida con su editor en Italia, Manuel Vázquez Montalbán se decidió a escribir un libro que fuera un análisis sobre la situación política en Europa. El resultado final ha sido un ensayo que mantuvo la esencia del “Manifiesto subnormal” (1970). La obra, publicada por Crítica, se presentó con el título de “Panfleto desde el planeta de los simios”. Esta reflexión estaba dirigida, principalmente, hacia la izquierda, “porque tradicionalmente siempre ha sido la que ha creado debate, aunque no sirva de nada”. Palabra de Montalbán.

Un día se enfrascó en presentarnos a Jesús Galíndez, agente doble, hasta triple, que había sido decidido antifranquista que sirvió al PNV en el exilio, pero que colaboró con la CIA y el FBI en asuntos oscuros. Un héroe turbio, lo definía Manuel Vázquez Montalbán en la presentación de la novela, que resucitó una historia desconocida en una de sus novelas que más fortuna cinematográfica ha tenido.

También recuerdo cuando Ediciones B lanzó una colección sobre la cocina de Manuel Vázquez Montalbán; diez años se tardó en completar la colección de los diez libros de “Carvalho Gastronómico”. Lo del escritor con la cocina era un auténtico delirio y lo demostró en un libro de encargo, “La gula”, donde se aunaban pintura, literatura y crítica de arte, libro compuesto por un relato de Vázquez Montalbán, ilustrado por dieciocho cuadros comentados y reproducidos al detalle, de los siglos XVI al XX, que muestran el gusto por la comida, por la gula, a través de los tiempos.

Al menos una vez al año veía a Manuel Vázquez Montalbán, y esa ocasión fija era el Premio Planeta, en la que el escritor acudía, como miembro del jurado, a la rueda de prensa-almuerzo con los periodistas y al día siguiente a la cena. En medio de todo el espectáculo mediático yo lo veía como un poeta. De hecho, él se definió a sí mismo, ante todo, como poeta. En el ámbito de su vasta producción, éste fue su rincón más íntimo, quizá el menos divulgado y conocido por el gran público e, incomprensiblemente, a menudo poco considerado por la crítica. Quiero ahora aquí traer a colación unos versos suyos: “…siempre bajo aquel toldo/ tornasol sobre el que las lilas/ dejaron la huella de su huida/ nocturna/ perfume de canción con vocalista/ sobre tarimas repintadas/ agónicos músicos calvos/ tuberculosis/ de saxofón muy mal alimentado/ grosella granadina menta naranjada/ verano brisa burbujas en los labios/… te arreglaste las medias/ de marrón rayón tan racionado/ entre bostezos/ que perseguían nuestros regresos a las camas/ húmedos de relente porteños/ muchacha azul/ desafiante princesa cubierta de caramelo”.

A Manuel Vázquez Montalbán ya no lo vimos este año en el Premio Planeta porque estaba de gira por Australia, desgraciadamente su corazón de cornalina no resistió. Al menos nos queda el consuelo de su lectura, la lectura de un escritor que escribía con sentido del humor, tenía instinto periodístico y calidad narrativa, era un barcelonés polifacético que inventaba novelas, componía poesías, cultivaba el comentario de actualidad, votaba comunista, escribía en “El País” no siendo polanquista ni antipolanquista, y sabía preguntar y, sobre todo, escuchar. Descanse en paz.

J. A. Aguado

 

 

Un pensament sobre “HOMENAJE A MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN

  1. Compartimos admiración y cariño por Manuel. Personalmente desde la modestia del lector-imaginador-soñador, constituye para mí un modelo de humor agridulce y visión crítica tan certera y letal como una cerbatana jíbara. Nostalgia por su ausencia y esperanza por su mensaje, un tanto pesimista y desengañado, pero siempre lúcido. Hermoso y reconfortante artículo. Gracias por recordar a una persona que debería, a mi humilde juicio, crear ejemplo.

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