Un estudio de la Universidad de Cincinnati (EE UU) revela que las actividades placenteras, como el sexo o la comida, reducen el estrés inhibiendo la respuesta de ansiedad en nuestro cerebro. El efecto dura hasta siete días, según afirman los autores en el último número de la revista PNAS.
En sus experimentos, la investigadora Yvonne Ulrich-Lai y sus colegas del Laboratorio de Neurobiología del Estrés
suministraron una solución de agua con azúcar a un grupo de ratas durante dos semanas para, a continuación, estudiar su respuesta fisiológica y su comportamiento ante situaciones de estrés. En comparación con los roedores que no habían tomado azúcar, mostraban un ritmo cardíaco disminuido y menos nivel de hormonas del estrés en su sangre. Los mismos efectos aparecían cuando el agua estaba edulcorada con sacarina. “Son las propiedades placenteras de las comidas apetecibles, y no las calorías, las que reducen el estrés”, asegura Ulrich-Lai.
Los científicos registraron también la actividad de una estructura cerebral, el del eje hipotalámico-hipofisario-adrenal (HPA), que responde en situaciones de estrés. Y comprobaron que el cerebro de las ratas expuestas a actividades placenteras, como consumir bebidas dulces o practicar sexo, respondía con menos intensidad al estrés que el de sus compañeras.






Científicos en España y Estados Unidos han encontrado una forma de superar una de las mayores limitaciones de la imagen por ultrasonidos (la ecografía), que es su poca resolución.Todo el que ha pasado por una ecografía, incluidas las mujeres embarazadas, está familiarizado con la fuerza visual que tienen las imágenes, que, sin embargo, podrían ser más detalladas. Una de las limitaciones en la resolución de la imagen viene dictada por una ley fundamental de la física: el objeto más pequeño que se puede ver es del orden de la longitud de onda de la onda acústica que se utiliza en la técnica. En el régimen de ultrasonidos, por ejemplo, la frecuencia está típicamente entre uno y cinco megahercios, una frecuencia mucho más alta que la que el oído humano puede detectar, y que impone una resolución de alrededor de un milímetro. (
Dos gigantescas burbujas, de 25.000 años cada una, se extienden desde el centro de la Vía Láctea, al Norte y al Sur del plano galáctico. No se habían detectado hasta ahora y no se conoce su origen, pero los científicos especulan que podría tratarse del remanente de una erupción del entorno de un agujero negro supermasivo. Las dos burbujas podrían también haberse formado a partir del gas de procesos masivos de formación de estrellas gigantes cerca del centro galáctico hace varios millones de años. De momento los científicos que han descubierto esta insólita estructura, que puede tener millones de años de antigüedad, han anunciado su descubrimiento a la revista The Astrophysical Journal y están haciendo más análisis de los datos para intentar comprender cómo se formó. (