En el umbral

 

María Eugenia Mendoza
María Eugenia Mendoza

 

Mis pasos rompen hierbas aromáticas y su perfume se mezcla con el de la tierra húmeda. Llego a la plaza y saludo al grupo. El ponche de frutas que preparé temprano ayuda a entrar en calor. Hoy es jueves, noche de tertulia y tengo una historia que compartir.

Desde hace tres años nos reunimos las mujeres del pueblo para hablar de lo que se nos ocurra. Al principio nos concentrábamos en echar tijera y hacer trizas la reputación de los ausentes o nos quejábamos de nuestra suerte. Al final terminábamos todas amargadas. Ignoro si agotamos los chismes o descubrimos que era más sabroso y útil recuperar y, mejor todavía, construir nuevas historias y desde entonces cada quien trata de hacer mejor sus cosas para presumirlas el jueves.

Todas nacimos, crecimos, nos enamoramos y tuvimos hijos aquí, en este pueblo que ha expulsado a muchos pero que nosotras hemos decidido mantener vivo. Las tertulias han ayudado, así como a que cada quien cultive mejor su gracia.

Yo, por decir, soy buena para curar empacho, mal de ojo, susto y otros males comunes. Tengo un don, escucho a las plantas. Me revelan sus secretos para aliviar algunos dolores del cuerpo y del alma. De veras. Hasta mi hijo, que estudia medicina en la capital reconoce que soy atinada. Hasta me invitó a la universidad porque uno de sus maestros acostumbra invitar a los papás a una clase especial para hablar de medicina tradicional, que es la que yo practico, no es que sea doctora, pero…

Cuando me lo dijo creí que estaba vacilando pero cuando recibí la invitación de su profesor inmediatamente me puse a preparar mis remedios para llevar muestras de lo que aquí funciona para tratar a mi gente.

Estaba retefeliz porque la clase iba a ser en uno de los palacios de la capital.

Entrar a un palacio era un sueño. Imaginaba uno fantástico, como de cuento, enorme, con torres y vigías, jardines y fuentes, como los describe la poeta del pueblo.

Llegó el día. Ahí estaba emocionadísima. Con el orgullo latiendo en mi pecho, brincando de alegría.

Cuando me paré frente al portón no lo podía creer. Deseaba sonreír a la gente que se cruzaba en mi camino. Me contuve. Ni la ciudad ni la gente están preparadas para andar recibiendo sonrisas de una fuereña así porque sí.

 Segundos de contemplación, de prepararme para mi entrada triunfal y…

Me quedo estancada en el umbral. Ni siquiera advierto si interrumpo el paso.

Un escalofrío recorre mi cuerpo. Deseo ignorarlo pero es imposible.

Una voz interna me impele a pedir ayuda. No puedo hablar.

Mi pie derecho quedó en el aire, congelado, como si tuviese voluntad propia y se rehusara a completar ese primer paso.

Un oscuro murmullo me corta la respiración, amenaza arrancarme el alma si no desando mis pasos.

Cierro los ojos, tal vez habían visto demasiado desde que salí de la estación del tren y caminé por las embriagantes calles. Pero en vez de alivio mis sentidos se agudizan y comienzo a oír amargas palabras ininteligibles, gritos jóvenes a punto de extinguirse, ruidos enmarañados en dolor y odio. El amargo sabor del miedo combinado con súplicas estériles y tacto espinoso me confunden al tiempo que dan claridad a mi mente.

Ahora sé lo que es tener el alma en un hilo. Mi cuerpo es atacado por un hormigueo paralizante no sé si darme por vencida y dejarla volar libre, lejos de este sitio en donde la memoria de mi pueblo quiere hacerse escuchar.

¿Cómo vencer esta brutal embestida de sangre borboteando y copioso sudor frío? ¿Cómo lograré sofocar este fuego infernal que me abrasa?

Pienso en mi hijo, aprieto la carta y mis remedios, repaso conjuros y cantos que me ayuden a salir de este trance.

A punto de desvanecerme, confundida, sin saber si mi alma está lista para desprenderse, siento un tirón salvador.

Una mano firme, decidida me toma del brazo y me conduce al interior.

Un suspiro escapa de mi garganta. Reprimo las lágrimas. Como una visión descubro el rostro de un hombre joven, lleva una caja pletórica de flores y plantas.

El hombre señala un letrero: Santo Oficio.

El efecto es brutal pero me siento aliviada.

Veo a mi hijo acercarse. Mi alma me pertenece nuevamente.

Al dirigirnos al auditorio con mi salvador, su profesor, me susurra al oído: “experimenté algo similar cuando crucé por primera vez el umbral del Palacio. Es imposible acallar las voces de la oscuridad, pero ahora estamos aquí para sanar cuerpos y almas presentes y futuras”.

 

MENDOZA, María Eugenia (2010): incluido en  Entre gozos y rebozos. Nostalgias del campo, México, Palabras y Plumas Editores

 

Aldea de las Letras

 

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