En un tren

jeff baronne

[Foto: Jeff Baronee]

¡No se conocen de nada! Él se ha dormido y su mano ha ido a parar a la pierna de ella; la pobre chica es tan tímida que ni se atreve a moverse. Poco antes se había fijado en él pero ahora preferiría no haberlo visto siquiera. Verónica trabaja en una fábrica y no sabe cómo hará para bajarse ―solo le faltan dos paradas ―si él sigue ahí con la mano sobre su pierna. El chico se ha subido al tren temprano, cerca de Vic. Pronto llegará a Barcelona; no está acostumbrado a madrugar tanto, pero su hermana, a la que no ve desde hace dos años, llega hoy a la ciudad y ha ido a buscarla a la estación de Sants. Quién sabe, quizá se despierte a tiempo de ver a la hermosa joven que tiene delante, quizá se presenten, se den sus teléfonos y quién sabe, tal vez, lleguen a conocerse mejor.

Rosa María, GS

Pasó en un tren, texto narrativo de extensión libre.

Armas de fuego

Polly S.

[de Polly S., en Béhance]

Cuando era pequeño, mi abuelo me dejó una pistola, descargada, claro, que fue utilizada -decía- en la Guerra Civil. Recuerdo que aquel año me dediqué, durante mis vacaciones, a apuntar a todo aquel que frecuentaba la portería donde mis hermanos y yo pasábamos el verano con los abuelos. A más de uno se le paró el corazón al observar a un niño de seis años empuñando un revólver de verdad. La abuela me lo requisó y de aquella pequeña arma jamás volvimos a saber.

Alejandro-José Vázquez, GS

Relato, microrrelato, experiencia o anécdota con armas de fuego.

ochocientos euros

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Ilustración: Fumi Koike

Ricardo sospechaba que a su vida le faltaba un ingrediente, el mismo que le impedía llamar hogar al piso por el que pagaba ochocientos euros al mes. Por eso le disgustaba llegar sobrio a esas cuatro paredes o a una hora temprana y sentirse amenazado por aficiones tan contrarias a su persona como la lectura o los programas del corazón. Ricardo se dejaba caer en un sofá y contemplaba las blancas paredes en silencio, sosteniendo lánguido una copa de vino o el cuello de una botella de cerveza. Ricardo estaba convencido de que el mismo dinero que había comprado los muebles de edición limitada podía adquirir la felicidad.

Bill Jiménez, Varón de multiforme ingenio

Redacta un texto de ficción de entre 100 y 125 palabras donde aparezcan las palabras “ochocientos euros”.

Mi escritorio ahora

Andrea Mazati

[Ilustración Andrea Mazati]

Ahora en mi escritorio reina el caos; aunque no sé si alguna vez existió el orden o la escasez. Una mesa vieja donde el flexo es apenas un objeto decorativo, pues la luz del ordenador me resulta casi siempre suficiente, y casi que me he acostumbrado a trabajar en esa penumbra que a otros ojos resulta sospechosa. Me fijo en un ridículo y enano sillón de tacto gel que debería funcionar como reposo del móvil y que no sé por qué no lo  saco de aquí. Me lo compró mi hermanita, para un amigo invisible. Tengo papeles por todas partes: una etiqueta de carhartt de una chaqueta que perdí en una fiesta, un posavasos que robé en Nochevieja y que me gusta porque huele a cerveza, viejos justificantes de pago, notas de cuaderno con anotaciones que ya no sirven…Tengo pocos rotuladores o bolígrafos; los pierdo todos y acabo cogiéndoselos a mi padre, en la habitación de al lado. Veo clips y un imán de clips horrible pero que es regalo de una tía mía a la que echo en falta; una funda de gafas de óptica universitaria, vacía, unos auriculares rojos que a veces me pongo, un pendrive sin capucha, mi  cartera, las llaves. Un cuadrito con una foto tuya con Mónica. A veces paso semanas sin sentarme aquí, en esta mesa pequeña. Cojo el ordenador y me tiro en la cama, o me voy al comedor, a la galería. A veces a la biblioteca. Cuando encuentre un curro me compro una nueva, de esas de Ikea grandísimas.

Tu mesa de trabajo y algún detalle con alma. Descripción de extensión libre.

Raros

Lu Cong

Pintura: My name is Tabitha, Lu Cong, 2010

Soraya era la niña más rara de la clase, en quinto be. Yo me partía por dentro con ella, pues no tenía ningún pudor en mostrarse como ella quería ser: la mejor entre las mejores. Alta, fuerte, con unos brazos que daban miedo de largos, y unos andares… madre mía, qué risa. Nunca acababa ningún ejercicio, esperaba con ansia esos minutos finales de cada clase en los que ya todos habían bajado la guardia. “Venga, Soraya, ¡pasarela!”, gritaba alguien y Soraya se plantaba en mitad del pasillo, tiraba la cabeza hacia atrás y comenzaba a caminar con pasos de gigante hacia la mesa de los profes y a mirar a un lado y a otro, como si de un partido de tenis se tratara, desafiante. Que los niños y niñas ya la teníamos muy vista, ella se levantaba la falda… Que nadie la miraba, ella cantaba bien fuerte. No era nada curricular, nada congénito, nada enfermizo, nada. Ella había nacido para ser Soraya, por encima de nuestras burlas, por encima de los castigos, por encima de lo convencional. Ahora que la recuerdo, me doy cuenta de que la admiraba pero me mantenía lejos: eso de sentarse a su lado era de niñas sufridoras. Y yo no era de esas.

Chicos y chicas raros. Recuerda, tienes alguno en tu vida… Extensión: unas 150 palabras

Reencarnación

Panthére, Baccarat

[Foto: Panthére, para Baccarat]

Cuando aquel ente irreal me dejó claro que solo tenía dos días para escoger mi futuro en la nueva vida no me preocupé demasiado porque pensé que no había duda, que no tenía dudas. Al final de ese día comprendí que por muy bonito que sea volar, los pájaros tienen vida corta: no merece la pena, yo quiero vivir mucho. Poco después y descartados delfines, leones, caballos o perros,  pensé en un árbol, un roble lleno de vida, perenne y poderoso. Pero al poco llegué a la conclusión de que un roble solamente vive en un bosque, cambiante eso sí, pero solo en uno y punto. Y yo quiero ver mundo. Entonces, después de pensar y pensar, escogí dejar que el tiempo se agotara, escogí no decir palabra y así, vivir el vértigo del desconcierto: mejor no esperar nada. Que sea lo que sea. Cruzo los dedos, no quiero ave ni árbol. Ojalá me toque otra vez hombre, o mujer o nube. O libélula, o pantera inmortal.

Tu próxima vida, extensión libre

Perros que ya no están

PEPa

[Foto: PEPA, fotografiada por su amo o por alguien que también la quiso]

Mi madre no nos dejaba acercarnos a los perros y ese temor caló en mí hasta bien dentro y pasé la mitad de la vida evitándolos, ciego a ellos. De joven tuve en casa un terrier de yeso y cara triste, a tamaño real, que alguien solidario compró para regalármelo: los moldeaban unos presos y los vendían para pagarse los cigarrillos, supongo. Pero una vez tuve un amor con perro y se reveló todo lo que me había perdido hasta entonces. Recuerdo la primera vez que salimos de paseo, los dos solos, perro y yo; era un pastor alemán enérgico y terco, ávido de novedades. Medíamos nuestras fuerzas y me costaba ganar, no te creas. En ese tiempo feliz me fascinaba hablarle bajito, proponerle planes, cambiarle mil veces su nombre, hacernos fotos. Pero ese amor pasó y también su perro. Así, sin más, y me quedé transido.

Recuerdos con perro. Memoria personal, de unas cien palabras.

La otra ciudad

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[Foto: autor ninguneado]

Siempre hay otra ciudad a la que amamos. A la que volvemos casi disimulando, con excusas, pero solo para estar. El aire nos parece otro aire y proclamamos que nos encanta su luz, aunque sea un tópico o simple mentira. Y al estar, nos planteamos si será en verdad ese el lugar donde deberíamos vivir, quedarnos para siempre o para unos años, para no tener que volver ni buscar un motivo tonto para repetir. Pero a la vez nos entra el miedo y desconfiamos: “¿Y si viviendo allí, esa ciudad toma otro aire, nos hace menos curiosos, insensibles, solo figurantes?” Entonces pensamos si no será mejor solo volver. Sí, de verdad, solamente volver una y otra vez y soñar una nueva vida.

Otra ciudad, así, en general. Extensión libre.

Pero a ti…¿qué te pasa con Japón?


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[Foto: Samuele Schirò]

Me bajo del taxi, doy unos cuantos pasos. Todo marcha normal. Somos un grupo de amigos caminado por las calles de Kyoto tras un día de visitas a los sitios más emblemáticos de la ciudad. De pronto, entre risas, nos damos cuenta que nuestro taxista se gira, nos grita desde lejos y nos pide que nos detengamos, o al menos eso creemos, pues no entendemos lo que nos quiere decir. Parece apurado, así que nos miramos unos a otros, revisamos nuestros bolsillos verificando si habremos olvidado algún pasaporte, tarjeta de crédito u otro objeto de valor en el vehículo, pero no logramos identificar qué hemos perdido. Entre miradas cómplices, agradecemos el gesto de querernos devolver algo que aún no percibimos como pérdida o extravío. Por fin, llega a nuestro encuentro. Es un hombre mayor con una sonrisa cálida. Cuando estamos frente a frente nos entrega un paquete de kleenex que olvidamos en el asiento trasero. Sí, unos pañuelos desechables, que, como no eran suyos, el chofer de aquel taxi de Kyoto encontró imperativo regresarlos a su dueño. Sí, Japón es un país fascinante, y este es tan solo uno de los tantos ejemplos que puedo dar de por qué, sin quererlo, el país del sol naciente te recuerda que los valores son universales, y que a pesar de lo increíble que son los grandes avances tecnológicos, estos no son más importantes que aquello que nos pueden enseñar nuestros mayores.

Paulina Feltrin, en forbes.com.mx

Japón en tu cabeza: lo que sabes, lo que buscas, lo que te sugiere. Extensión libre.

Lo que (no) vi

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 [Foto de autor desconocido]

Fue en cinco minutos, quizás menos, en tres. El mes pasado, a mediados. La llamaré Ella, porque no supe su nombre, porque no me recordaba a nadie. Yo soy Luca y llevo seis meses pegado a la ventana de este nuevo apartamento, medicado y en paro, con mucho tiempo por delante. Sobre las ocho es cuando llegaba a su casa, y su salón y mi vida se iluminaban. Últimamente no venía sola: siempre con el mismo chico, rozando las nueve. Aquel día, me acuerdo, ella se movía deprisa por el salón, aparecía y desaparecía, a veces saltaba saltitos de cría. ¿Contenta? ¿Nerviosa? Vi solo las deportivas del chico, un modelo retro de Nike que me llamó la atención. Y luego, mucho tiempo nada. Solo el suelo claro y oscuro que reflejaba las imágenes del televisor y la luz de un pasillo al fondo, o de un cuarto pequeño fuera de mi alcance. De hecho, a ella ya no la vería nunca más. Ni salir, ni entrar. Algo me perdí. Algo que debió pasar y no vi. Quizás un beso y un abrazo, quizás un golpe seco, un disparo. ¿En qué me entretuve? Ahora es a él a quien veo. Llega solo, siempre un poco antes de las diez. No ha traído a nadie al piso hasta hoy, que yo sepa. Yo vi que saltaba, iba y venía, quizás contenta o asustada, y ya no la vi más.

Historias que se inventan al mirar por la ventana, extensión libre.