Perros que ya no están

PEPa

[Foto: PEPA, fotografiada por su amo o por alguien que también la quiso]

Mi madre no nos dejaba acercarnos a los perros y ese temor caló en mí hasta bien dentro y pasé la mitad de la vida evitándolos, ciego a ellos. De joven tuve en casa un terrier de yeso y cara triste, a tamaño real, que alguien solidario compró para regalármelo: los moldeaban unos presos y los vendían para pagarse los cigarrillos, supongo. Pero una vez tuve un amor con perro y se reveló todo lo que me había perdido hasta entonces. Recuerdo la primera vez que salimos de paseo, los dos solos, perro y yo; era un pastor alemán enérgico y terco, ávido de novedades. Medíamos nuestras fuerzas y me costaba ganar, no te creas. En ese tiempo feliz me fascinaba hablarle bajito, proponerle planes, cambiarle mil veces su nombre, hacernos fotos. Pero ese amor pasó y también su perro. Así, sin más, y me quedé transido.

Recuerdos con perro. Memoria personal, de unas cien palabras.

29 thoughts on “Perros que ya no están”

  1. Siempre hemos tenido perros en casa; a mi padre le encantaban y yo heredé desde niña esa afinidad suya con los canes. Hay mil anécdotas graciosas que explicar, momentos inolvidables, alegres y amargos también, como no… He sido afortunada al recibir su amor incondicional, todos ellos especiales y para siempre en mi memoria. Hace años que tengo conmigo a dos pequeños compañeros caninos, a los que me encanta mimar; adoro a mis perros, a los que están y a los que ya no, para siempre.

  2. Desde siempre me han encantado los perros pero hasta ahora solo he tenido gatos y no me arrepiento de ello. He vivido momentos divertidos, tiernos, dulces e inolvidables. Tenía tres fierecillas en casa, pero hace unos meses me quedé solo con dos de ellas. De aquel que ahora ya no está recuerdo la última vez que le vi la cara antes de que se fuera no verlo nunca más. Esos ojitos tristes, medio cerrados y algo trastornados debido a la enfermedad que llevaba tiempo acechándole. No olvidaré nunca ese momento y todo el llanto que me provocó su pérdida. Aquel adiós en la fría consulta de donde ya no regresó. Él fue el motivo de miles de sonrisas, el motivo a la vez de miles de enfados cuando rompía alguna figura al subirse por los muebles. Aquellas carreras de loco de punta a punta de la casa. Ese juego al que le gustaba jugar: perseguirme por todas partes, como cuando iba a la cocina por agua, cuando salía a la terraza a echar un cigarro e incluso, cuando iba a ducharme, se colaba al baño para no separarse de mí. Ese fiel amigo que estaba siempre a mi lado. Una pérdida irreparable: destino de todos, tristeza de algunos. Y aunque siempre quise un perro no cambiaría por nada el maullido de estos pequeños.

  3. No demoró en alcanzar su velocidad de crucero —13,41 nudos— mientras dejaba tras de sí una nube de tierra y arena; y es que, a pesar de sus cortas patitas, su largo cuerpo con forma de salchicha era el paradigma de la aerodinámica canina. Pero algo empezó a ir mal, muy mal: el centro de mando, situado entre sus grandes orejas que ondeaban ahora frenéticamente a causa de la velocidad, empezó a perder el control sobre las patas traseras, pues estas eran considerablemente más potentes que las delanteras, y el bólido perruno comenzó a ladearse peligrosamente. Había que parar aquello, así que activó los frenos e hincó sus extremidades anteriores en el arenoso suelo. Sobrevino la tragedia: la primera ley del movimiento de Newton, la de la inercia, se hizo notar irremediablemente, pues la retaguardia renunció a parar y arrastró consigo todo su cuerpo de salchicha en medio de un nubarrón de arena. A pesar de lo aparatoso del accidente, no hubo que lamentar daños personales, ni caninos.

  4. Hay una de esas viejas fotos amarillentas, de cuando aun no existía el Instagram, en la que estamos retratados, tumbados en el césped,mi abuelo y su hermoso setter irlandés color chocolate y yo, cuando tenía cinco años. Aunque haya pasado mucho tiempo, recuerdo claramente a mi abuelo cuando ponía en el hocico de su fiel compañero un trocito de comida y este esperaba una señal especial para comérselo; el resultado era un perro feliz, un abuelo orgulloso y una nietecita incrédula. Más tarde entró Mario en mi ida, un gran danés arlequín, el gigante más bueno que haya jamás conocido. Sus efusiones eran inmensas como él… un beso suyo era una lavada de cara, una meneo de cola un latigazo. Cuando murió fue una de las pocas veces en la que he visto llorar a mi madre. Decidimos comprar otro perro con un tamaño más fácil de gestionar y así fue como como en la perrera, entre todos los adorables cachorros que había, me enamoré de una carlina color crema de ojos saltones y demasiados grandes para su cabeza. Nina, ese es su nombre, es desde entonces un miembro más de la familia.
    La lejanía que me separa ahora de ella no ha hecho que la quiera menos:cuando voy de visita le traigo pequeños regalos. La última vez le traje una medalla con forma de hueso enmarcada con pequeños diamantes, con un grabado de su nombre; le encantan esas cosas…es muy coqueta. Con el tiempo se ha hecho más perezosa, más gorda y un poco sorda, pero para mí siempre será esa cosita con ojos de rana que me cautivó el corazón hace diez años y a quien desde entonces no puedo dejar de querer.

  5. Por los perros nunca he vivido una gran pasión, ni por el resto de animales. De pequeña siempre me asustaban, ciertamente me horrorizaban. No sé si es la edad o la madurez, o quizás el enfrentarte a tus miedos lo que hace que un día te decidas a hacer aquello que te paraliza: para mí era tocar a un perro, bastaba solo con tocarlo. A los diez años me decidí y lo hice. Aunque pueda parecer algo sencillo, para mí era un gran paso. Fue durante un verano que pasamos con unos grandes amigos de mis padres, y una preciosa husky era su perra. Le cogí mucho cariño: jugábamos y jugábamos y no me cansaba; ella sí. Estaba enferma y se le notaba bastante, pero aun así, mi sensación es que daba todo lo que podía por hacerme feliz.¡Ya no le tenía miedo! A la semana se marchó para ya no volver. Fue como si hubiera estado esperando el momento para irse, aquel en el que yo había decidido sacar mi miedo para así poder llevarse un buen sabor de boca.

  6. En mi casa no hemos tenido perros, pero sí gatos. Mi hermana mayor se encontró una bolita de pelo recién nacida que resultó ser una gatita preciosa y atigrada. Se llamaba Anabel, aunque siempre la llamábamos gordita. Para que no estuviera tan sola en casa (mientras nosotros trabajabamos) adoptamos lo que nosotros pensamos que era otra gatita y resultó ser…¡un gatito! Era negro, con manchas blancas y ojos verdes. Y desde entonces fueron pareja; tuvieron varias camadas de gatitos que regalamos a vecinos y amigos.
    Mi gato era lo más parecido a un perro, venía a buscarme a la puerta de casa, estaba encima de mí, y tenia que controlarlo cuando venía con comida porque al mínimo despiste se llevaba un trozo de carne o pescado. Era muy juguetón y travieso, pero también entrañable; si estabas enfermo, no se separaba de ti hasta que mejoraras. Así que os podéis imaginar cuánto lo echamos de menos en casa.
    Cuando ambos se fueron, dijimos que no volveríamos a tener más mascotas, pero hace un par de años adoptamos a otro lindo gatito, este blanco con ojos azules, y gracias a él, volvemos a disfrutar de un amor incondicional.

  7. Corría el año 1983 cuando, mientras estaba en la cocina, la puerta de casa se abrió y de repente oí unas pisadas diferentes a las habituales. Sonaban fuertes y hacían eco en un piso al que todavía le faltaban la mitad de los muebles. Me giré y vi a mi marido con un cachorro de pastor alemán que -según dijo- alguien había abandonado en la carretera. Yo no quería tener ningún perro: dos niñas pequeñas, trabajo por horas y una casa que sacar adelante eran suficientes obligaciones. Estaba decidida a no ceder, pero dos ojos grandes y tristes, como si adivinasen lo que estaba pensando, y las muestras de alegría de mis dos pequeñas me convencieron. Durante unos años, Doc -así le pusimos al perro- se convirtió en el compañero de juegos de mis hijas, y en un miembro más de la familia.

  8. Siempre he amado a los animales, de cualquier tipo; mis padres también, pero no fue hasta mis diez años cuando accedieron a adoptar uno de los comúnmente llamados animales domésticos;hasta entonces,la decisión de no hacer miembro de la familia a ningúno de ellos,fue totalmente altruista, ya que no teníamos posibilidad de ocuparnos de él adecuadamente. Pero cuando mis abuelos compraron una casita en las afueras del pueblo -con un pequeño jardín y en un entorno bucólico- decidieron hacer miembro de la familia a un cachorrito encantador del que todos, naturalmente, nos enamoramos. A partir de ese momento nació una gran amistad con diversos perros y gatos que han ido llenando nuestras vidas hasta el día de hoy. Lo sé, suena cursi, pero la verdad es que… ¡son y han sido la monda!

    1. Lo se,me repito con:miembro de la familia,pero ya no puedo corregirlo.La cuestión es:he desarrollado tan mal el texto que se ha tersiverjado su significado,tanto que un acto,por mi considerado,altruista,se ha convertido en egoista.Simplemente he intentado corregir esa parte pero,de nuevo,sin mucho exito.

    2. Hola, Samanta:
      No acabo de entender cómo entiendes tú “altruista”; lo que no entiendo exactamente ahora es “la decisión de no hacer miembro de la familia a ninguno de ellos fue totalmente altruista”… Yo entendí que era egoísta porque solo satisfacía a un deseo de la familia, cuando en realidad, al pobre perro no se le trataba o se le podía tratar tan bien como merecía (adecuadamente).
      En todo caso, lo comentamos cara a cara, ¿de acuerdo?

    3. Perdonad mi intromisión, pero es que me parece interesante esta cuestión. Creo entender el sentimiento que Samanta quiso expresar sobre la decisión de no tener animales; en tal caso, pienso que en el segundo texto sí está bien aplicado el término “altruista”. Según la RAE: “altruismo: Diligencia en procurar el bien ajeno aun a costa del propio”, es decir: “aunque me encantaría tener una mascota (un bien propio), no lo haré porque no tengo posibilidad de ocuparme de ella adecuadamente (bien ajeno)”.

  9. Cuando llegué al mundo, mis padres tenían una perrita preciosa; apenas puedo recordarla ya que murió cuando yo tenía cuatro años. Mi madre dijo que no volvería a tener animales en casa y en parte lo comprendo porque no es nada fácil sustituir a estos pequeños animalitos que llenan nuestras vidas. Pasaron varios años y yo seguía enamorada de la idea de tener un perro. Un día me quedé en casa, mientras mi madre, mi hermana y mi padre salían a visitiar a una tía a Mataró; el día fue de lo más normal, pero cuando llegaron, abrí la puerta y vi que mi madre traía una chaqueta enorme y tenía una mano dentro del abrigo, como si ocultara algo. Para mi sorpresa, de dentro sacó un cachorrito rubio, con los ojos saltones, pequeñito y precioso. Lleva con nosotros seis maravillosos años; hace poco lo llevamos al veterinario: mi pequeño tiene artrosis y necesita una operación en las dos patas delanteras. Es demasiado cara y no podemos operarlo, nos han dado unas pastillas para que no sufra de dolores, pero mi pequeñín se nos va. Cursi o no, un perro puede llegar a ser mejor que muchas personas, y yo intentaré disfrutar de su compañía hasta el ultimo momento.

  10. A vueltas con “altruismo”. Gracias Alex por tu comentario; me ha hecho ver algo que no vi en mi primera lectura, y es el tiempo en que se toma la decisión de no tener animales (antes de la compra de la casa por parte de los abuelos) para evitar maltrato debido a la imposibilidad de atenderlos adecuadamente.
    Ahora bien, a mí me parece muy forzado calificar de “altruista” una decisión. Yo entendería por altruismo, y centrándonos en el caso que nos ocupa, una adopción desde una perrera llevada efectivamente a cabo. Pero para mí, decidir no hacer algo por no tener condiciones, sería tomar una decisión “responsable, considerada, respetuosa, humanitaria”, más que “altruista”.

    1. Conclusión: el mío sigue estando considerado un acto egoísta. Aunque yo sigo pensando que, si no puedes ocuparte adecuadamente de una mascota que depende totalmente de tus cuidados, es mejor esperar. Esto haría que no hubiera tantos animalitos en las perreras, abandonados después de que quien se lleva uno a casa descubre que no es un peluche, sino un ser vivo que necesita determinados cuidados.

    2. Se me ocurre un episodio que contar. Me gustaría ver qué significado le dais ya que este (el significado ¿se entiende?),como ya hemos visto, puede cambiar según el punto de vista o el desarrollo del texto.
      Una chica que conozco, muy amante de los animales (siempre estaba rescatando alguno), robó (o mejor se llevó, para suavizar el acontecimiento) el loro de una vecina que estaba muy mal cuidado y, en consecuencia, en pésimas condiciones. La cuestión es que seguramente no fue un gesto muy ético, ni quizás altruista pero…¿es posible considerarlo bondadoso, o simplemente creéis que fue una ladrona, a pesar de que cuidó del loro con cariño y amor, lo que mejoró rápidamente el aspecto y el estado de ánimo del animal?

  11. El primer animal que tuve fue una gatita siamesa que me regalaron cuando vivía en Granada. En una de mis fotos preferidas con ella estamos sentadas en el gran ventanal de la casa donde vivíamos. Recuerdo que cuando el despertador sonaba, corría a maullarme al oído. El tiempo que pasamos juntas fue entrañable. Qué curioso estímulo de sensaciones producen las fotografías, tanto de alegría como de tristeza. Hace un año aproximadamente, entró en mi vida Buble, una bulldog francesa preciosa, blanca y negra. Adaptarme a ella no fue fácil, no porque no me gusten los perros o les tenga miedo, simplemente porque nunca había tenido uno; pero no tardé en hacerlo: su carisma de nobleza me ha conquistado totalmente.

  12. Siempre he vivido rodeada de perros, especialmente de pastores alemanes; cuando yo nací, mi primer perro tenía dos años, por lo que nos criamos juntos. Fue mi mejor amigo durante ocho años. Recuerdo que jugábamos al escondite, al pilla pilla, le quería enseñar a leer y lo curioso era que siempre seguía mi dedo. Hasta que un día de Semana Santa decidió abandonarme para siempre (escribo esto entre lágrimas). A los tres días mis padres adoptaron a mi niña y fue porque en ese año sufrimos la pérdida de mis abuelos y necesitábamos un aliciente. Así que decidieron traerme una cachorrita de pastor alemán cruzada con Schnauzer gigante, lo que significa que tengo una perra muy nerviosa. La verdad es que ella es y será mejor que mis mejores amigas. Sus ojitos marrones brillantes provocan en mí una sonrisa y un abrazo cuando me miran. ¡Es tan maravilloso salir en bicicleta con ella! Ves que te observa, mueve la cola y quiere continuar haciendo carreras y algo que quiero destacar son los momentos en los que se acerca y sabes que solamente quiere que le des mimitos y le digas cositas bonitas.
    En definitiva los perros son el mejor amigo del hombre y jamás un perro te traicionará. Lástima que mucha gente no se dé cuenta y cometa atrocidades con ellos.

  13. Cuando era pequeña nos fuimos de vacaciones y adoptamos un perro; era hermoso, se llamaba Paco. Cuando empezó a hacerse más grande yo no lo aguantaba porque era muy arisco y a partir de ahí me dejaron de gustar los animales. Al cabo de los años, cuando llegué a España, fuimos en busca de un perro para adoptar; esta vez era hembra y la llamamos Lola . Ella es superbuena, siempre te viene a saludar cuando llegas a casa . A partir de Lola me empezaron a gustar los perros y los gatos también. Todos ellos son fieles y no te abandonan nunca. Además, ellos saben cuándo estás de buen o de mal humor, lo perciben todo y siempre te provocan una sonrisa.

  14. Era una noche de otoño, con lluvia y mucho frío. Apenas se veía la calzada de la que estaba cayendo. Iba yo caminando por la calle después de una dura jornada de trabajo, cuando de repente en medio de la oscuridad topé con algo que emitía un sonido. A la vez, pegué un salto descomunal: había pisado a un cachorrillo. Apenas sin pensar intenté cogerlo rápidamente y consolarlo entre mis brazos para transformar la dura pisada en una caricia sin fin. El pobre perro había sido abandonado en medio de aquella lluvia infernal y ni siquiera podía gemir. Lo envolví en mis brazos y a un ritmo de vértigo lo dejé en casa no sé si sano, pero sí a salvo.
    Al día siguiente, un rayo de sol entraba por la ventana, se veían las calles un poco húmedas todavía. La gente empezaba a deambular con destino a sus trabajos y yo, de repente… ¡me acordé del pobre cachorro! Corrí a la cocina, la sala más cálida de la casa, y allí estaba, como dormido. Al poco me di cuenta de que no dormía: había traspasado el umbral al más allá. Me cayeron unas lágrimas y lo llevé a un veterinario. No sabía qué hacer con él.

  15. Un día se presentó mi hermano por casa con un precioso cachorro de rottweiler. De nombre le pusimos Koko. Nos enamoramos de él y creo que también él de nosotros. Se hizo grande y noble, siempre andaba detrás de nosotros para que lo mimáramos. Después de siete años, de repente, un día se quedó ciego. Lo llevamos al veterinario y le diagnosticaron cáncer. Unos días antes de navidad nos dejó para siempre, pero solo físicamente. Después de ocho años aún nos acordamos de él.

  16. Queen nació en Vielha, rodeada de montañas y falta de amor. Su madre, una preciosa husky, malvivía en un cuartel militar ya desaparecido. Su padre, que pasó un día por allí, les dejó a los cachorros, como herencia, el espectacular pelaje del pastor del Pirineo. El destino le quiso cambiar a Queen el paisaje limpio de las montañas por el de los grises edificios de Barcelona; pero para compensarla añadió a su vida las infinitas muestras de amor de su familia, que procuró mantenerla siempre conectada con la naturaleza de sus orígenes, y el calorcito de un hogar en el que durante catorce años Queen hizo honor a su nombre.

  17. Al girar la esquina de mi casa, había una tienda de animales y era costumbre estirar del pantalón de mis padres hasta convencerlos de entrar en la tienda… Me encantaba. Desde la calle siempre se podían ver los cachorros que tenían, y una de las muchas veces que pasamos por delante me enamoré de una perrita. Todos los cachorros me gustaban mucho pero esa era para mí la más bonita. Yo tenía siete años y como todos los niños era especialmente insistente y cada día les pedía al pasar que la compráramos, por favor, que yo la cuidaría. Ellos siempre me decían lo mismo.”¿Quién la va a pasear?, ¿quién le dará de comer?, ¿quién la limpiará y la peinará? ¿quién se gastará el dinero en la veterinaria?” Llegó un momento en que a mi madre la tenía medio convencida; ella también estaba un poco cautivada de esa perrita la cual, cada vez que entrábamos para verla, nos gritaba un por favor sacarme de aquí. Finalmente entre mi madre y yo convencimos a mi padre para comprarla. Ese día lo recordaremos siempre. Los perros tienen una complicidad especial con el pequeño de la familia: en ese momento era yo, al poco tiempo pasó a ser mi hermano y con los años mi hermano menor. Cuando eres pequeño les dedicas mucho tiempo, juegas mucho, estás por ellos, te hace ilusión llevar la correa cuando los paseas, te gusta ponerles la comida en su plato… y eso ellos lo notan. Yo, con los años, me distancié mucho de Rita. Estaba más preocupada de salir con mis amigos, de escuchar música. Estaba en ese mundo llamado adolescencia. Pero cuando esa distancia me entristece, pienso en que mis hermanos siempre estaban por ella.

  18. Mi madre siempre tenía un NO rotundo cuando de pequeña le pedía un perro para mi cumpleaños u otras fechas especiales. Muchas veces, mi abuelo, fiel admirador de los perros, siempre tenía algún que otro cachorrito para regalarnos. Pero ahí estaba mi madre, con su negativa. Hace cinco años, mi hermana estaba pasando por un momento muy duro, un problema psicológico que le impedía salir a la calle. El psicólogo que la llevaba le comentó a mi madre que una de las mejores curas para ello era tener un motivo para salir y que en la mayoría de los casos lo que mejor funcionaba era un perro. Mi madre, ante aquellas palabras, no lo pensó mas y adoptó un cachorro Yorkshire de dos meses, pequeño como un panecillo. Ahora aquí está, encantada con él y con la recuperación de mi hermana. A ambas, el perro las ha cambiado en muchos aspectos y también a mí: que gracias a él mi hermana se haya recuperado, ha sido y es motivo suficiente para que me hay convertido en activista contra el maltrato animal.

  19. En casa siempre tuvimos a nuestro lado a la mascota perfecta, o por lo menos así es como yo lo viví. Un día cualquiera entró mi padre por la puerta de casa; él sabía que en esa hora estaríamos todos en casa: mi madre, mis dos hermanas y yo. En la mano guardaba una caja de cartón del tamaño de un regalo. Qué misterio ocultaba entre sonrisas, convocando a la audiencia a reunirse en la mesa del comedor. Sobre esta, depositó la caja de cartón y una vez estuvimos todos ante aquella caja, mi padre hizo los honores: destapó el paquete y de él emanaron dos rayos de luz en forma de ojos, dulces y tiernos. Era un cachorro de Yorkshire que apenas tenía tres semanas de nacimiento. El cachorro giraba la cabeza contemplando a su nueva familia, con la que conviviría los trece años que duró su vida. Solo puedo decir que cuando vi esa imagen – yo no tenía ni seis años – emanó dentro de mí un punto de luz, una manera distinta de sentir las cosas. De la infancia vino la adolescencia y después la mayoría de edad. En ese momento, y debido a una enfermedad incurable, el veterinario, mi madre y yo decidimos sacrificar al animal. Durante la eutanasia mi mirada quedó fija ante la suya. Él se fue mientras observaba mi sonrisa. Yo le devolvía aquel espíritu que él, Jan, me enseñó sobre cómo vivir la vida. Como un secreto no escrito.

  20. En mi casa siempre hemos sentido mucho amor hacia los animales, sean del tipo que sean. Por allí han pasado desde roedores, aves y hasta reptiles. Sin dejar de lado, claro está, al mejor amigo del hombre o como así lo llaman, el perro. En mi casa estaba prohibido llamarlo perro: por algo le habíamos puesto un nombre y era uno más de la familia. Comíamos todos juntos, salíamos a pasear en familia , incluso nos acompañaba a mi padre, a mi hermano y a mí a comprar el periódico los domingos. Ahora bien, hay que tener muy claro a la hora de adoptar un perro, que tienen necesidades y unas costumbres vitales que les aseguran una vida saludable. Por eso hoy en día, que ya no tengo a ninguno de estos pequeños amigos conmigo, intento asesorar siempre a la persona que quiere tener cualquier tipo de animal sobre cómo procurarles una vida feliz.

  21. Pastora era vieja, muy vieja, cuando coincidimos. O quizá ya andaba por mi casa sin darme cuenta. Era un tiempo de soledad y silencio para mí, de largos paseos por la montaña y siempre con la sensación de ser observado, a pesar de no ver a nadie. Un día especialmente triste, estando tumbado y con lágrimas en los ojos, noté un calor a mi lado. Abrí los ojos, asustado, y era ella, Pastora, observándome con unos ojos negros y una tristeza infinita que parecía compartir mi dolor. Su presencia en ese momento nos unió de manera definitiva, hasta el final de su vida. Y todavía sigue.

  22. Lili

    Desde que mi memoria tomó forma, me he visto rodeada de perros. Siempre ha sido un habitual tener esos amigos peludos en la casa de mi familia y solo ahora, cuando he salido de Brasil y llevo una vida un poco nómada, me encuentro sin su compañía. El perro que más marcó mi vida se llamaba Lili. Era una mezcla de bodeguera, blanca y negra de tamaño muy pequeño. Sin duda fue la más especial de nuestra vida porque era muy amable, cariñosa y humilde. Nunca entraba en casa si no era invitada a entrar y además guardaba la casa con ganas. En casi todos los juegos de mi infancia participaba Lili. Ella era desde un carruaje para mis muñecas hasta un compañero para mayores aventuras. Recuerdo algunas veces en que la colocábamos dentro de una caja de papel y luego sobre un skate y bajábamos juntos la calle de casa. También fue una gran madre: tuvo tres partos y del último nos quedamos con una hembra, marrón y blanca. Y así, fue, hasta completar sus bien vividos dieciocho años, llenos de amor. Al final de su vida un tumor se alojó en su pecho y después de tres años sufriendo, aunque manteniéndose siempre muy amorosa, fue llevada al cielo de los perros. Lili es mi mejor recuerdo.

  23. Desde siempre me han encantado los perros, pero mi padres y abuelos nunca me dejaron tenerlos. Mi abuelo era muy viejo y murió primero. Pocos años después ocurrió una gran tragedia: mi padre murió inesperadamente. Mi hermano y yo nos quedamos solos con mi madre y mi abuela. Yo tenía doce años y mi hermano siete. Esto ocurrió poco antes de Navidad.¡Adivina qué regalo recibimos por Navidad! ¡Un perro, un joven y loco perrito! Un torpedo de energía y alegría. Lo llamamos Kajtek. ¡Nadie nunca se alegraba tanto al verme regresar a casa! Parece raro lo que voy a decir pero, de verdad, yo creía que en este perro vivía el alma de mi papá. Kajtek estuvo con nosotros quince años. ¡Qué tristeza cuando murió! Mi madre y mi hermano decidieron tener otro perro inmediatamente. Yo estaba un poco enfadada, creía que era demasiado rápido. Pero un día, Tuna apareció en nuestra casa.
    Una perrita de cinco años rescatada de un refugio de perros. Y al momento me robó el corazón. Tuna vive con mi madre y mi hermano en Polonia. ¡La echo mucho de menos! Este año he tomado una decisión importante: voy a adoptar mi perro. Sola.¡No puedo esperar más!

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