Pero a ti…¿qué te pasa con Japón?


samueles

[Foto: Samuele Schirò]

Me bajo del taxi, doy unos cuantos pasos. Todo marcha normal. Somos un grupo de amigos caminado por las calles de Kyoto tras un día de visitas a los sitios más emblemáticos de la ciudad. De pronto, entre risas, nos damos cuenta que nuestro taxista se gira, nos grita desde lejos y nos pide que nos detengamos, o al menos eso creemos, pues no entendemos lo que nos quiere decir. Parece apurado, así que nos miramos unos a otros, revisamos nuestros bolsillos verificando si habremos olvidado algún pasaporte, tarjeta de crédito u otro objeto de valor en el vehículo, pero no logramos identificar qué hemos perdido. Entre miradas cómplices, agradecemos el gesto de querernos devolver algo que aún no percibimos como pérdida o extravío. Por fin, llega a nuestro encuentro. Es un hombre mayor con una sonrisa cálida. Cuando estamos frente a frente nos entrega un paquete de kleenex que olvidamos en el asiento trasero. Sí, unos pañuelos desechables, que, como no eran suyos, el chofer de aquel taxi de Kyoto encontró imperativo regresarlos a su dueño. Sí, Japón es un país fascinante, y este es tan solo uno de los tantos ejemplos que puedo dar de por qué, sin quererlo, el país del sol naciente te recuerda que los valores son universales, y que a pesar de lo increíble que son los grandes avances tecnológicos, estos no son más importantes que aquello que nos pueden enseñar nuestros mayores.

Paulina Feltrin, en forbes.com.mx

Japón en tu cabeza: lo que sabes, lo que buscas, lo que te sugiere. Extensión libre.

4 thoughts on “Pero a ti…¿qué te pasa con Japón?”

  1. Vemos asomarse un vagón con algunos adornos rosas. Se abren las puertas y de repente miran solo a mi marido. Entonces nos miramos desconcertados: no sabemos qué hacer, si entrar o esperar al siguiente. Al lado hay un cartel en el que leemos “Women only”. Inmediatamente cojo a mi marido por el brazo y retrocedemos. Decidimos esperar al siguiente. Una vez dentro del vagón todo está en silencio. Miramos alrededor y vemos mucha publicidad en las paredes. Frente a mí leo un cartel en el que se prohíbe utilizar el teléfono móvil. Hablamos en susurros para no romper esa tranquilidad. A mi lado, los asientos reservados en el que solo hay una persona mayor. Nos sorprendemos porque en nuestro país las personas corren por ocupar cualquier sitio. Más tarde bajamos del tren. Ha sido un día caluroso. Tenemos sed. En la esquina vemos una máquina de bebidas que ofrece mucha variedad de ellas, frías o calientes. Escojo un té frío y a mi marido, por equivocación, le sale una bebida caliente. Mientras nos las tomamos hablamos del poco tiempo que llevamos en Japón y de las muchas comparaciones con respecto a España.

  2. Si hay algo que me apasiona de Japón, es el maqui de sushi: una combinación en perfecta armonía de arroz, pescado crudo o marinado y alga, mojado en salsa de soja, manchado de wasabi y acompañado de un trozo de jengibre encurtido. Quizás el shusi es una síntesis de lo más tradicional, útil y vello del país del sol naciente, donde los samuráis transmitieron los valores de justicia, pureza, modestia, honor y afecto, además de un gran sentido de la vergüenza, sus modales refinados… Todo ello dio lugar a las distintas escuelas de artes marciales como el Jiu-Jitsu, el Judo o el Karate-do, cuyos objetivos se traducen en poder y saber defenderse, en canalizar la agresividad de la persona a través de la actividad física o equilibrar cuerpo y mente. Hoy en día -una sociedad mucho más individualista- altera todos los valores, siendo fama, dinero y éxito los nuevos objetivos. Esta presión se ve reflejada en el alto índice de suicidios infantiles: veinte siete mil en el 2013; la televisión nipona -en su mejor versión educativa- emite programas donde el concursante tiene que reconocer a su pareja por sus glúteos, o cantar una canción mientras le masturban. El sintoísmo es la religión propia del país: adoran a los espíritus de la naturaleza, su símbolo es el torii; cuando se entra en alguno de estos santuarios se deja un torii, que simboliza la puerta de lo finito, el mundo de los mortales, para pasar a lo infinito, el mundo de los dioses. Quizás el país nipón sea en sí mismo, esa puerta torii donde convergen los valores tradicionales heredados de los samuráis y las consecuencias del nuevo orden mundial.

  3. Hace años, pasé por una etapa en la que la cultura japonesa me resultaba fascinante. La cultura japonesa anterior a la Segunda Guerra Mundial, en especial, el Japón feudal y las políticas de las diferentes dinastías que lo gobernaron. Dentro de estos episodios de devoción hacia una cultura radicalmente distinta (imagino que el fruto de mi consumo voraz de mangas y películas de animación) exploré la figura del samurái y todo ese imaginario de principios entre morales y filosóficos que los envuelve. Si bien deploro las figuras despóticas, y los samuráis, por lo general, lo fueron en grado sumo, ya fuera como ejecutores de una voluntad superior o de su propia ideología, sigo elogiando narraciones como la de aquellos samuráis que se encuentran en un puente y ambos se niegan a ceder el paso al otro, permaneciendo ad eternum frente a frente. La historia cuenta con diferentes desarrollos y resoluciones, y si me quedo con ella es por la relación que ambos hombres desarrollan con el espacio personal, un concepto que en una sociedad europea como la nuestra, con el matiz de ser mediterránea, se diluye con facilidad a causa de las aglomeraciones o, directamente, el incivismo. Imagino a esos samuráis en la puerta de un tren, aguardando a que se abran las puertas y les dejen abandonar el vagón ordenadamente; o siendo empujados por los que aprovechan la validación de nuestra tarjeta para colarse en el transporte público; o invadidos en la cola del supermercado por los alimentos de la persona que viene detrás, confiada en que sus prisas se transmitirán de cliente en cliente como una carga eléctrica. Pienso en esos pequeños momentos y las escenas se llenan de decapitaciones, de cercenamientos y otros desagradables incidentes con el filo de una espada que, claro está, en los tiempos en los que vivimos desembocarían en la cárcel. Aun así, qué valientes los samuráis por defender su espacio vital a capa y espada, o a kimono y espada, por ser históricamente exactos.

  4. La Nación del Sol Naciente no recibe su nombre porque sea la primera en recibir nuestro astro rey. Es sabido que el primer trozo de tierra habitado que se ilumina es la isla de Samoa, en el Océano Pacífico Sur. Entonces, ¿qué precede a su fama? La simbiosis de sus tradiciones milenarias y su cultura ancestral con la más moderna innovación. Vivimos en un mundo centralizado, occidentalizado. Toda la sociedad gira en torno a los EE.UU. y Europa. Oriente es una marca más para el sistema capitalista. Gasta tu salario en figuras y lienzos de Buda, ordena tu casa según dicta el fengshui y sobre todo, no dejes de invertir en el zen. Por un lado, la cultura zen es incompatible con el sistema capitalista y por el otro, Japón va mucho más allá. Así, contar con palabras que describen sentimientos y sensaciones que ni siquiera podríamos imaginar, ser pioneros en el campo de la domótica o disfrutar de una contradictoria liberación socio-sexual que permite dar rienda suelta a la imaginación, son realidades que elevan la cultura nipona al mejor ejemplo de adaptación social.
    Se trata de una sociedad marcada por un gran período feudal que ha sabido adaptarse al vertiginoso paso del tiempo. Trenzando folclore y novedad han tejido la pieza perfecta para el mundo del mañana.

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