Armas de fuego

Polly S.

[de Polly S., en Béhance]

Cuando era pequeño, mi abuelo me dejó una pistola, descargada, claro, que fue utilizada -decía- en la Guerra Civil. Recuerdo que aquel año me dediqué, durante mis vacaciones, a apuntar a todo aquel que frecuentaba la portería donde mis hermanos y yo pasábamos el verano con los abuelos. A más de uno se le paró el corazón al observar a un niño de seis años empuñando un revólver de verdad. La abuela me lo requisó y de aquella pequeña arma jamás volvimos a saber.

Alejandro-José Vázquez, GS

Relato, microrrelato, experiencia o anécdota con armas de fuego.

7 thoughts on “Armas de fuego”

  1. Un día mis hermanos y yo fuimos a una juguetería que tenía muchos juguetes maravillosos con los que siempre soñábamos. Pero nuestros padres no tenían dinero para comprar.Ese un día yo estaba empuñando mi pistola de juguete y de repente le dije a mis hermanos: ¨¡Creo que podemos conseguir nuestros juguetes favoritos!¨ ¨¿Cómo?¨, mis hermanos me miraron muy confundidos. ¨¿Cómo podemos hacer eso?, ¡no tenemos dinero!¨ -dijeron. “¡Tengo una idea!¨ – levanté mi mano derecha con la pistola.¨¡Seguidme!¨ Cuando entramos por la puerta de esta juguetería, vimos a un joven que empuñaba una daga en su mano derecha y estaba amenazando al dueño con ella. Le gritó:¨¡Dame el dinero!¡Todo el dinero!¨ El dueño se llama Juan, estaba muy nervioso y preocupado. Cuando nos vio, ¡se preocupó aún más! En dos segundos, cambié mi plan. Corrí rápidamente hacia Juan y me puse cerca de él. Después, me giré hacia el joven y apuntándolo con mi pistola le grité: ¨¡Mi arma de fuego es más rápida que la tuya!¨. El joven y Juan se sorprendieron. Por suerte, Juan reaccionó rápidamente. Me quitó la pistola y apuntó a ese joven:¨¡Sal inmediatamente! ¡O llamo a la policía!¨ El atracador se fue. Y nosotros fuimos unos héroes ese día. ¡Cada uno de nosotros tuvimos de regalo un juguete! Pero al día siguiente mi abuela me quitó la pistola y de aquella pequeña arma jamás volvimos a saber.

  2. Cuando estábamos en el instituto, mi amigo y yo tuvimos la curiosidad de saber cómo sería el sentimiento de tocar un arma de fuego. Decidimos ir a una tienda de armas donde, además, pudiéramos hacer prácticas de tiro. El precio por disparar era barato para el público. Recibimos un curso para aprender a manejar un arma y para saber unas reglas importantes para evitar los accidentes; por ejemplo, no podíamos apuntar el arma hacia nosotros, solamente podíamos disparar al suelo. Y era obligatorio activar el botón de seguridad cuando no disparásemos. Al final, el sentimiento de empuñar un arma era impresionante.

  3. Yo tenía tres años y mis hermanos Carmela y Antonio nueve y siete respectivamente, cuando mis padres dejaron atrás un pequeño pueblo del sur de Italia para mudarnos a los Estados Unidos, donde nos esperaban unos tíos que ya vivían allí desde hacía mucho tiempo. El hermano de mi padre hizo carrera aquellos años, tenía muchos negocios, así que no nos costó mucho empezar una nueva vida allí .
    Los padres trabajaban todo el día; las madres se dividían entre casa y trabajo y por lo tanto los niños teníamos mucha libertad y crecimos juntos como hermanos. Nuestra vida fue muy divertida y sin preocupaciones hasta el verano de mis diez años, en el que todo acabó. Una mañana mi hermano Antonio y mi primo Salvatore encontraron en un cajón del armario una pistola y se les ocurrió la idea de usarla para jugar a los pistoleros como veíamos en las películas del oeste .Todo el mundo sabía que en casa había una o más armas; cuando los padres se iban de fiesta entre ellos, al salir decían a las mujeres :”Si alguien se mete en casa ya sabéis dónde está la pistola”. Cuando Carmela – la chica que nos cuidaba tanto casi como una madre y que ya era una jovencita muy madura para su edad- se enteró de que estábamos manejando una arma de verdad, empezó a regañar a los mayores que en aquel momento se peleaban por empuñarla. De repente la pistola se disparó y vi llegar una bala hacia mí. Mi hermana me empujó para protegerme, cayó al suelo y allí se quedó. Desde entonces todos nosotros, niños y adultos, nos sentimos culpables; yo más que los otros, incluso dejé de hablar y de salir a jugar con los demás, me quedaba en mi cuarto y pasaba el rato leyendo.
    Con el paso del tiempo asumí que el problema radicaba en la sociedad; me daba mucha rabia que un país tan desarrollado, en aquella época el sueño de todo el mundo, siguiera permitiendo el libre mercado de armas. Empecé la carrera de Derecho, hoy día soy abogado y trabajo mucho en el ámbito de los derechos de los menores, he fundado una asociación que todavía lucha por leyes más estrictas contra el uso de armas . Lamentablemente aún no lo hemos logrado, ni siquiera con la presidencia de Obama , que presentó dos enmiendas que fueron rechazadas , el 70% del país se pronunció a favor y se demuestra que el lucro de los grupos de presión es todavía muy grande. Me siento muy orgulloso de los jóvenes que manifiestan por las calles y yo hasta que pueda haré de todo; sin embargo, de momento, sueño mucho con volver a aquel pueblecito natal y pasar allí mis últimos años de vida. En tranquilidad.

  4. Cuando desperté, él todavía estaba ahí. Ya no llovía pero el asfalto seguía mojado, y olía a hierro, eso lo recuerdo bien. Lo tenía a un par de centímetros de la nariz. Nunca me había desmayado por un susto pero ahí me encontraba, tendido en el suelo y empapado, algo confuso y solo, aunque rodeado de gente. Él me miraba desde lejos, parecía asustado y le acompañaba su abuela. Ya no tenía aquella cosa en la mano.

  5. Lo que voy a contar sucedió en un día de trabajo, normal como otros tantos. La mañana trascurrió con bastantes entregas, lo habitual a primera hora. Se realizaron sin incidencias; a mediodía nos dirigíamos a un punto para realizar una entrega a una dirección que no recordaré para evitar malos recuerdos. Tuvimos un percance en el camión, una avería. Al estar en una calle con una pendiente bastante considerable, dejamos caer el camión contra un muro. Avisamos a la central comunicándoles dicha incidencia y nos notificaron que enviarían al mecánico con un camión para seguir haciendo la ruta. En el tiempo de espera el chófer nos comenta que parece que el camión se va hacia abajo. Nos bajamos del camión y comprobamos si había un calzo para colocarlo en la parte trasera. Mi compañero abre la tapa donde está situada la rueda de repuesto e intenta coger la llave de ¨t¨. En ese instante se oye un estruendo que proviene del interior del camión. Miramos por la ventilla del vehículo y vemos en el suelo al conductor, víctima de un disparo que se ejecuta él mismo. Avisamos a la compañía, envían a una ambulancia, pero al estar muerto el compañero, no pueden actuar. Ha de acudir el forense. Fue un golpe muy duro tanto para mi compañero como para mí; nos dejó huella, es algo que cuesta asimilar y no se olvida, por mucho tiempo que pase. Después de esto cambié de puesto, no quería armas.

  6. Caminó durante horas por las calles de Barcelona y recordó cada uno de los momentos vividos. Su mano derecha acariciaba nostálgica la cálida piedra de los edificios buscando respuestas y algo oyó, sin escuchar las memorias que el viento le contaba. Un día alguien le había dicho que “creer” de “crear” estaban a tan solo una letra. Tragándose la aceptación de aquel vacío al que su sangre le había llevado, caminó decisivo hacia el mar. Llevaba un arma blanca por protección y seguridad. La luna reflejaba la destrucción en su cuerpo ya desnudo y el tiroteo de su vacío corazón impactaba acelerado y enérgico contra su pecho. Empuñó el revólver con su mano temblorosa y selló con un beso el fin de una vida que, aunque emocionante, le había llevado a la autodestrucción.

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