La otra ciudad

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[Foto: autor ninguneado]

Siempre hay otra ciudad a la que amamos. A la que volvemos casi disimulando, con excusas, pero solo para estar. El aire nos parece otro aire y proclamamos que nos encanta su luz, aunque sea un tópico o simple mentira. Y al estar, nos planteamos si será en verdad ese el lugar donde deberíamos vivir, quedarnos para siempre o para unos años, para no tener que volver ni buscar un motivo tonto para repetir. Pero a la vez nos entra el miedo y desconfiamos: “¿Y si viviendo allí, esa ciudad toma otro aire, nos hace menos curiosos, insensibles, solo figurantes?” Entonces pensamos si no será mejor solo volver. Sí, de verdad, solamente volver una y otra vez y soñar una nueva vida.

Otra ciudad, así, en general. Extensión libre.

3 thoughts on “La otra ciudad”

  1. Las ciudades sin ti doblan sus esquinas en busca de tu sonrisa,
    sin ti se pierden entre calles y se enredan.
    Sus plazas secan fuentes,
    los niños no juegan, los abuelos no toman el sol.
    Migran las palomas, migran otros pájaros.
    Las ciudades sin ti no tienen nombre.
    ¿Para qué?
    ¿Para qué recordarlas, pasearlas, dibujarlas?
    Mi memoria abrirá un hueco entre el cielo y la tierra
    y la nada reinará.
    Y así, las ciudades sin ti no tendrán pérgolas, ni catedrales.
    Y el suntuoso barroco, ¿para qué?
    ¿Para qué el gótico atrevido que pincha nubes creyéndose Dios?
    ¿Para qué arquivoltas y arbotantes,
    pequeñas iglesias, cúpulas o ábsides?
    Monasterios austeros, el pantocrátor, santos, columnas y capiteles.
    Barrios judíos o latinos, chinos o bajos.
    Sin ti, ¿para qué?

  2. La ciudad nunca duerme
    Estoy echando un vistazo a través de la ventana. La contaminación lumínica no deja brillar a las estrellas esta noche. Creo que este ha sido el hecho que me ha llevado a pensar en ti. ¿Realmente pensaste que tenías alguna oportunidad de ganar? Nunca dejarás de ser esa niña ingenua que llegué a adorar. Recuerdo el día en que llegaste. Eras electricidad, impregnabas de tu brillo todo cuanto te rodeaba. Eras un solo de Hendrix, una explosión de psicodelia y genialidad a partes iguales. Pero ahora la ciudad te ha hecho suya y esos colores que brotaban de tus palabras son solo reminiscencias de otra vida, lejanas imágenes en blanco y negro, sin sonido ni diálogo, solo las onomatopeyas subtituladas de los golpes que te ha dado la vida. ¿De veras creías que esta era la ciudad de las oportunidades? Muy pocos ganan la batalla contra la bestia de cemento y tú no ibas a ser distinta. Se necesita carecer de alma para sobrevivir aquí y tú, niña, nunca podrás ser ese autómata que la ciudad requiere. Porque tu siempre serás magia, siempre serás onírica y en esta jungla no hay espacio para ensoñaciones, solo puedes cazar o ser cazado y tú, pequeña, estás en el punto de mira. Huye mientras puedas, déjalo todo, rompe esas cadenas que tú misma forjaste y corre. No dejes que tu esencia se convierta en acero y hormigón. No dejes que te atrapen, vuela alto, como siempre y ante todo no mires atrás, no intentes salvarme, yo ya sucumbí a esto, solo recuérdame cuando puedas ver las estrellas. Yo estaré mirando en la misma dirección, esperando que algún día estas luces se apaguen y me dejen ver, aunque sea por última vez, el mismo cielo que tú.

  3. No tardé ni un segundo en decidir dónde iría a estudiar inglés un mes entero durante las vacaciones de verano de mi segundo año de universidad. Edimburgo, en Escocia. Esa ciudad había estado en mi cabeza desde que tenía uso de razón. Quizá por su ciudad vieja tan magnífica y misteriosa que vi en un libro sobre el patrimonio de la humanidad muchos años atrás. O tal vez a causa de que J.K. Rowling, la autora de Harry Potter, escribiera el primero volumen del gran éxito en una cafetería del centro de esa ciudad.O a lo mejor, solo como una hipótesis, habría sido yo una escocesa en mi vida anterior.

    Desde la infancia, he tenido casi siempre uno o dos pelos rojos justo encima de la cara, aunque yo sea morena en general. Inicialmente pensaba que estaba dañado, pero cuando uno se caía crecía otro. Siempre uno o dos, y no más. Escocia es famosa por sus pelirrojos. ¿Creería en la reencarnación solamente por esos pelos pelirrojos y mi obsesión por esa ciudad maravillosa? No sé, pero podría ser divertido saber qué pasó en realidad.

    Un mes en Edimburgo era un sueño. Todos los días paseaba por la Royal Mile, la calle principal en la ciudad vieja que empieza en el castillo y termina en el palacio, inundada por el aire y olor de la era medieval. Ni siquiera por un momento pude descubrir algún rastro que me indicara que mi hipótesis —poco realista pero romántica — fuera verdad, pero ¿quién sabe? Quizás la próxima vez que vuelva a estar allí, la cuidad me recordará algo de mi lejano pasado.

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