Teniendo una exclusiva, única y hermosa vista al mar y a la costa, he decidido darle un giro de 180º a mi visión y apreciar montañas con sus peculiares relieves dibujados en el horizonte, allá donde llega nuestra vista. Mientras la soledad y la individualidad reinan las calles ahora mismo, alzo la vista y me da envidia el compañerismo entre montañas. El Montseny, aún siendo la que más se eleva, no muestra superioridad ante las otras. Cuando la noche empieza a caer, nos hacen sombra y se mantienen firmes sin ningún tono de arrogancia. 

El cielo y su sol cegador se esconden tras ellas, formando una imagen y una especie de amistad abstracta. ¿Quién sabe qué nos espera detrás de ellas? Estoy seguro que a espaldas de esos colosos de miles de metros todos tenemos algún amigo, algún familiar, alguna ciudad o pueblo querido. 

Desde bien pequeño me ha atraído la geomorfología, solamente por curiosidad y por el disfrute de mi vista al apreciar accidentes geográficos tales como montañas, sierras, cordilleras…

Dejando de lado la parte abstracta de la imagen, no hemos de centrarnos en la creación de la naturaleza. Esta solamente es la mitad de la fotografía. También debemos fijarnos en esas construcciones hechas por la mano y, sobre todo, el ingenio humano. Tenemos zonas urbanizadas, tales como mi barrio. Aquí encontramos bloques de piso en su total mayoría. Alejándonos más de mi vista y acercándonos a los montes, hayamos factorías, responsables de tapar con una cortina de humo esas montañas que no tienen la suerte de destacar por su gran tamaño. Por último, divisamos campos. Kilómetros y kilómetros de campos que nos separan de los pueblos más cercanos, como Palafolls (visible en la imagen).

Después de estar tanto tiempo metido en casa, salir al terrado de mi edificio ha sido una gozada muy grata y sin duda un foco de inspiración, el cual me ha llevado a escribir todo este texto. 

Siento haberte ocupado un folio entero solamente para mi redacción. Es lo que hay Eva, igual que en la presentación: si me pediste 7 minutos y te hice 20, pues en una redacción no seré menos. 

Hoy, dos meses después, esas montañas siguen sin cambiar de sitio aunque sí de color. Ya no les adorna el frío ambiente de marzo, sino el calor del mayo, dando más vida y alegría. Mis ganas de surcar por esas olas verdes crecen cada día más y, cada vez que miro este paisaje, mis esperanzas crecen como la de aquel marinero que se despierta con la brisa mediterránea. Tengo la certeza de estar más cerca de lo que quiero aunque esas paredes naturales me lo impidan. No solo los montes se visten de fiesta, los barrios empiezan a ser azotados por más música y la gente ya comienza a salir en función a sus fases. Todo va volviendo a la normalidad, lentamente y con mucho sufrimiento y, aún así, todo este tiempo ha sido insignificante ante esas montañas… Ya pasaron pandemias, epidemias y guerras, no es su primera vez y, seguramente, tampoco la última.