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EL CHICO DEL PELO AZUL.


Me tiré al agua y sentí euforia dentro de mi cuerpo. El agua estaba fría, el Sol brillaba con intensidad. De repente, oscuridad. Solo oscuridad. Me di cuenta que estaba desapareciendo de mi mundo. Pero no pensé en eso. Pensé en nadar. En nadar hasta caer exhausto. Pensé en cómo me gustaba levantarme las mañanas cálidas de verano y tirarme por aquel precipicio en Blanes. Había gente que me miraba, cierto es, pero poco me importaba a mí. No me importaba que me miraran, estaba acostumbrado. En el instituto todos me miraban también. “¿Has visto al chico del pelo azul?” decían todos entre risas. Hasta que un día me cansé de ser “el chico del pelo azul”, quise ser alguien más. Quise ser popular y salir con chicas. Quise pasar esas tardes con ellos, riéndonos. Y lo intenté. Lo intenté y fracasé estrepitosamente. Así que me alejé de la sociedad aún más…
Enfrascado en mis pensamientos, no me di cuenta de que la negrura me envolvía y con un dulce perfume me embelesaba. “Vuelve a tu mundo.” Decía una dulce voz.
-No, no quiero. Se está muy bien aquí, todo es negro. No hay problemas, no hay nadie molesto, no hay clases, no hay grupos sociales, ni pobreza…-dije, convencido de mí mismo.
-Cierto.-dijo la voz- pero te pierdes muchas cosas si te quedas aquí.
La oscuridad desapareció y apareció una luz blanca y potente que me cegaba. Me fijé mejor. Estaba en un enorme teatro y mis padres, muertos hacía tres años, estaban sentados en primera fila. “¡Tú puedes, hijo!” gritó mi madre. Recordé de golpe todos aquellos momentos, sentado en mi habitación mirando la foto de mis padres, donde salían tan jóvenes, tan llenos de vida. Inspiré aire y empecé a recitar un monólogo que no sabía que existiera. En el monólogo hablaba de todo. De mis compañeros, de mi soledad, de la muerte de mis padres, de mis constantes cambios de imagen. De cómo pasé de ser Luis a ser el chico del pelo azul. Al final del monólogo, mis padres sonreían con lágrimas en los ojos. Parecía que estaban orgullosos de mí… La gente que aplaudía hacía del teatro una cálida estancia. Quise guardar ese momento dentro de mí.

Pero la maldita oscuridad volvió.
-¡No, quiero quedarme allí!-grité
-¿No decías que querías estar en la oscuridad?-dijo la voz, con un tono que me asustó.
-No. ¡Me equivoqué! Yo quiero estar con mis padres, con mis pocos amigos e incluso ver a los matones cada día…-supliqué.
-Tus padres están muertos.
Esa frase me sentó como una patada en el estómago. Todo se me revolvió y tuve ganas de callar a la maldita voz.
-Dijiste que te querías quedar aquí. Pues ahora te vas a quedar.-dijo la voz
La voz se desvanecía poco a poco, ya no oía su respiración que me hacía sentir vigilado. Tuve ganas de llorar, lo intenté, pero las lágrimas no querían salir de mis ojos. No tenía fuerzas suficientes. Grité, pero nadie me podía escuchar allí dentro. Me di cuenta de que nunca saldría de allí. Estaría sin nada, sin nadie. Y eso llevaría a la locura al chico del pelo azul.