Sense títol

Se escucha la suave brisa de la tarde que entra ondeando las cortinas de una habitación. Si se escucha bien se puede escuchar la historia de dos adolescentes que lucharon por su amor.

-¿Te acuerdas de cómo empezó esto?
– Siempre lo recordaré, fue aquella tarde que coincidimos en aquella discoteca.
– Sí, esa tarde que te vi por primera vez. Recuerdo que me atrajo a ti esa forma de bailar que tenias, y que si no llega a ser por mis amigos, ahora tú y yo no estaríamos a solas en esta habitación.
– Fue bonito ese día. Tú estabas en medio de la pista, abriéndote paso hacia el podium, donde estábamos mis amigas y yo. Nunca llegué a imaginar que te abrías el paso entre la gente por mí.
– La verdad es que me fijé en ti cuando estábamos en la cola para pagar, una luz radiante que caía en tu bella melena y que reflejaba unos diminutos destellos en tu piel morena. Me quedé embobado, y mis amigos empezaron a incitarme, a que fuese a por ti, a decirte algo, da igual lo que fuese. Lo que importaba era recibir una palabra de tu boca. Levanté la mirada una vez para volver a verte y ya no estabas.
Cuando mis amigos y yo entramos, ellos solo buscaban diversión, yo simplemente, buscaba tu cara entre la diversidad de la gente, perdido entre la multitud y el sonido de la música en medio de la pista, levanté la mirada y te vi.
– Te acercabas con gran apresuro hacía mi grupo, se apagaron las luces un momento y te perdí de vista. Miraba de lado a lado buscándote, fue en vano. De repente noté un brazo cogiéndome del brazo, me giré y ahí estabas tú. Con esa carita de niño bueno, y en voz baja me preguntaste si podía ir a un lugar donde la gente no estaba, que la música no se escuchaba tan fuerte.
– Tenía tanto miedo en el cuerpo a que me dijeses que no…
– Pero no fue así.
– Suerte de eso. Fuimos al rincón y con voz débil te pregunté cómo te llamabas y me sonreíste. Me cogiste de la mano y me llevaste fuera, todo estaba vacío, notaba que mi corazón se aceleraba cada vez más y más.
– Me interesaba estar tranquila, quería saber más de ti, que había detrás de esa carita angelical que tenías y sigues teniendo… Notaba una presión en mi pecho, un nerviosismo que jamás tuve.
– Cuando estuve seguro de mí mismo, que ya la conversación rompió el hielo, me atreví a preguntar cuál era tu teléfono, de dónde eras, si hacías algo al día siguiente.
– Era tal la atracción que causabas que te dije de quedar en frente de aquella discoteca.
Pasé la noche entera despierta, esperando con gran inquietud que llegase la hora para volver a verte.
– A mí, me pasó más o menos lo mismo. Al llegar el día siguiente no pude esperar a la hora. Llegué 30 minutos antes y el tiempo se hacía eterno.
Solo me calmé un poco cuando vi que te acercabas mientras cruzabas la calle y tu pelo ondeaba en el aire.
– Fue tenerte delante y no me pude resistir, necesitaba besarte, abrazarte. Me perdí en tus brazos mientras me besabas tan dulcemente que se me pasó el tiempo volando. Miré por una vez el reloj y llegaba a casa ya una hora tarde.
– Necesitaba tenerte más tiempo a mi lado y decidí acompañarte a casa. La gente que nos veía nos miraba por la calle hasta que estalló de la boca de alguien, que nos observaba, tu nombre. No sabía que pasaba, pero de una forma u otra aparecieron tus padres diciendo que yo no era el chico adecuado para ti. A pesar de ello yo quería estar a tu lado. Luchar por ti.
– Me dijeron que no te volviese a ver y desobedecí. Te volví a ver, eras esa droga que aún me tiene enganchada. Se percataron de ello y me castigaron, pero tu tan terco como siempre buscabas la forma de verme, te escapaste y me escapé contigo. No pensé en las consecuencias, me daban igual, sólo quería estar a tu lado. Lo necesitaba igual que lo necesito ahora.
– Es todo tan difícil… ¿No hay ninguna forma de que me acepte tu gente?
– No lo sé… Pero ahora será más difícil después de todo lo que hemos hecho.
– ¡Está en nuestro derecho querernos! No nos pueden obligar a dejar de querernos simplemente por que tú eres de barrios altos y yo de los barrios del extrarradio. Sólo por verme me juzgan, no saben cómo soy. Sólo tú me conoces.
– Ya… pero han pasado ya varios días y lo único que saben es que estoy contigo por aquella nota que dejamos en mi casa el día en que nos fuimos.
– Mañana les llamamos y decimos que volvemos, ¿De acuerdo?

Se hizo un silencio sepulcral. Silencio irrumpido en la habitación por una voz débil y rota. Ese silencio que hace perfecto ese atardecer. Que hace perfecta esa imagen que en los últimos momentos de luz, todo sea adornado por un color rojo pasión tintando así los malos momentos del día…

-¿No crees qué esto ha pasado demasiado rápido?
– Un poco, pero… no sé si ha sido un error nuestro o es que se ha de acabar.
– Un poco de las dos cosas, ¿…No?
– Supongo, no hemos aprovechado del todo el tiempo que hemos tenido. Hemos discutido, hemos sonreído, llorado… Se puede decir que hemos hecho infinidad de cosas, pero muchas no las hemos valorado y las perdimos por el camino.
– Ya cariño, pero no lo mires así, ¿Estás seguro de que lo hemos perdido, o simplemente lo hemos reservado?
– Todo puede ser, pero poco a poco falta menos, ambos sabemos que esto va acabar de un momento a otro…
– ¡Shh! ¡Calla, no pienses en eso! Solo… deja que pase, no nos preocupemos de eso, aprovechemos lo que tenemos ahora ya que dentro de poco no lo tendremos.
– Lo siento… Tienes razón. Bah, dejemos este tema.
¿En qué piensas?
– No sé… en qué hacer cuando no estés a mi lado.
– Eh, niña, ¿En qué habíamos quedado? Pero al fin y al cabo… Es verdad, yo no consigo desviar el pensamiento de ese tema. No soy nada sin ti, te necesito.
– Sabes de sobras que yo también.
– Los dos sabemos todo y no sabemos nada. Somos todo el uno con el otro y cuando no estemos juntos…
– ¡Seguiremos siendo todo!, ¿de acuerdo? Físicamente lo más seguro será que no estemos juntos, pero qué es de todo el tiempo que hemos vivido juntos, qué es de todo aquello que hemos sentido, hecho… ¿Qué es del camino que hemos construido?…
– Mi niña… Por favor, no llores. No hagas más duro de lo que es este momento para ambos. Sé que físicamente no estaremos uno al lado del otro, pero seguiré escuchándote, seguiré a tu lado a pesar de que tú no me veas.
– Gracias.
– ¿Porqué? No tienes que darme las gracias por nada. Hago esto por que quiero. Al fin y al cabo lo estoy haciendo por que yo también lo necesito. Por que ahora me estoy dando cuenta de que la vida se acaba si tú no estás a mi vera. Que fuiste ese segundo que tenia frente a mi y no lo podía alcanzar; lo escuchaba, lo notaba, me esforzaba por alcanzarlo, pero era en vano y ahora que lo he atrapado… No lo voy a dejar escapar, que me vaya la vida en ello, es igual. La vida no es vida si tú no estás aquí.
– Mi niño, por favor, ahora calla. Nos basta con una simple mirada, dame por última vez la sonrisa de aquel primer día, ese beso tan apasionado, ese abrazo y ese susurro. Nos sobran las palabras.
Acércate a mí, pega tu cuerpo junto al mío. Quiero volver a notar tu aliento en mi cuello, y escuchar ese te quiero tan dulce que sólo tú sabes decir, ese te quiero que me pone la piel de punta, que hace que me recorra un escalofrío por mi cuerpo.
– Vida mía, el tiempo apura. Shh, aprovechemos ahora que nadie nos observa. Bésame como si fuese la última vez.
– Es que será la última vez…
– No estés tan segura, todavía podemos hablarlo y que me acepten, si hemos pasado casi una semana solos tú y yo fuera de nuestras casas y estás bien, te he sabido cuidar. ¿No crees que me pueden aceptar?
– Sí, al fin y al cabo has demostrado que me quieres y yo a ti.
– Sólo dime que vas a estar de ahora en adelante siempre a mi lado.
-Te lo prometo.
¿No es precioso este momento?
–Es precioso por que puedo ver tu rostro, iluminado por un diminuto claro de luna que entra por la ventana iluminando esta habitación oscura.

Vuelve a crearse un silencio sepulcral. De fondo podemos escuchar un sollozo…

– Jamás me abandones.
– Sabes de sobras que no lo haré.

Adrias Hortas
Guanyador premis Sant Jordi, prosa en castellà, segon cicle