Monthly Archives: noviembre 2016

Nuestra palabra del año

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En las postrimerías del año, la Fundéu (Fundación del Español Urgente), organismo patrocinado por la agencia de noticias Efe y el BBVA, y asesorada por la RAE, elige, de entre sus más de 200 recomendaciones lingüísticas anuales, la palabra del año en España. En 2013, por ejemplo, la palabra escogida fue escrache; en, 2014, el calco por adaptación selfi; y el año pasado, la aún vigente (y candente) refugiado.

Por su parte, el diccionario Oxford hace lo propio en el Reino Unido. Y lo hace antes, de modo que ya tenemos la palabra del año 2016 en inglés: post-truth ‘posverdad’. El término es relativo a aquellas «circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la opinión pública que las emociones y las creencias personales». De hecho, acontecimientos tan recientes como el brexit o el advenimiento inminente de Trump a la presidencia de los EE. UU., en los que, sin duda, la posverdad se ha revelado y seguirá revelándose tan crudamente, han jugado un papel importante en la elección de esta palabra.

Os invito, apreciados alumnos, a que propongáis y justifiquéis, en forma de comentario a esta entrada,  cuál podría ser, según vuestro parecer, la palabra del 2016 en español.

Bautizo químico

iupacEn esta Semana de la Ciencia en que nuestro centro se halla inmerso, nada más oportuno para hermanar dos ciencias tan dispares como la química y la lingüística que la noticia de que, durante estos días, la IUPAC (Unión Internacional de Química Pura y Aplicada) está finalizando el proceso de revisión de las propuestas de nombres para los elementos químicos de número atómico 113, 115, 117 y 118. En inglés, los nombres propuestos son nihonium, moscovium, tennessine y oganesson. De ser estos los sancionados, como parece ser, ¿cuáles deberán ser sus respectivas traducciones al castellano?

Según defiende la Fundéu (Fundación del Español Urgente), organismo patrocinado por la agencia de noticias Efe y el BBVA, y asesorada por la RAE, los elementos nihonium moscovium podrían adaptarse como nihonio y moscovio, respectivamente, según la norma general de dar la terminación en –io, de modo similar a laurencio. En cambio, las adaptaciones para tennessine y oganesson suponen casos especiales de adaptación.

En el primer caso la grafía más cercana por calco sería tenesino. No obstante, así como en inglés el sufijo –ine corresponde a los elementos del grupo de los halógenos (chlorine, astatine, iodine…), en español tal correspondencia se efectúa con la terminación -o (cloro, astato, ástato, yodo), por lo que el nombre más adecuado para este elemento habría de ser teneso o téneso .

En el segundo caso, el del elemento oganesson, el calco resultante debería implicar un cambio en la tonicidad de la palabra, pues lo más acertado sería llamarlo oganesón, voz aguda con el sufijo –ón, como corresponde a los gases nobles (neón, xenón…).

Asimismo, la IUPAC sancionará los símbolos correspondientes que serán, respectivamente, Nh, Mc, Ts y Og (recuérdese que los símbolos, contrariamente a lo que sucede con las abreviaturas, no rematan su escritura con un punto).

Por último, cabe destacar que los cuatro nombres propuestos son epónimos. En concreto, tres se originan en topónimos: Tenesse, estado norteamericano; Moscú, capital rusa; y Nihon, ‘Japón’ en la lengua propia de ese país. El cuarto elemento se origina en un antropónimo y recuerda al físico ruso Yuri Oganessian.

Roald Dahl 100

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Roald Dahl junto a Walt Disney, quien adaptó “Los Gremlins”, publicado en 1943.

Tal día como hoy, en 1990, murió Roald Dahl. Es posible que su nombre no os resulte conocido o que os suene vagamente; pero seguro que si citamos dos de los títulos que conforman su producción literaria, ya os sonará más: Charlie y la fábrica de chocolate Matilda, novelas ambas que, además cuentan con adaptaciones cinematográficas.

Si hiciésemos la prueba con los mayores, por ejemplo con la generación de vuestros padres, seguramente sucedería lo mismo: los títulos les resultarían más fácilmente reconocibles que el nombre de su autor. Aunque ahora cabría añadir dos títulos más: Historias extraordinarias y Los Gremlins. De esta última, también el cine ha dado cuenta, aunque no fiel, sino como motivo de inspiración: primero, en The Twilight Zone, y luego, en la taquillera Gremlins, de Steven Spielberg y Joe Dante.

Por último, si fuésemos a buscar la generación de nuestros abuelos, la mención que deberíamos hacer inexcusablemente es a la serie de televisión Alfred Hitchcock presenta…, pues muchos de sus relatos fueron adaptados en numerosos guiones de los capítulos de esta célebre serie.

En fin, hoy no he querido dejar de mencionaros la efeméride de los veintiséis años del fallecimiento de Roald Dahl; en especial, porque, además, 2016 está siendo el centenario del nacimiento de este novelista.

Chascarrillo sobre docencia científica

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Como nuestro trabajo lingüístico serio para la Semana Científica discurre por el derrotero del sitio Lengua Leguminosa, en este blog, vamos a contribuir a dicha semana con un chascarrillo, pretendidamente cierto, según quiénes —aunque no seré yo uno de ellos—.

Dícese que la siguiente pregunta apareció en un examen trimestral de química en la Universidad de Toledo. La respuesta de uno de los estudiantes fue tan profunda que el profesor quiso compartirla con sus colegas, vía Internet, razón por la cual podemos todos disfrutar de ella.

Pregunta: ¿Es el Infierno exotérmico o endotérmico? Es decir, ¿desprende o absorbe calor?

La mayoría de estudiantes escribieron sus comentarios sobre la Ley de Boyle que dicta que un gas se enfría cuando se expande y se calienta cuando se comprime.

Hubo un estudiante, sin embargo, que escribió lo siguiente:

«En primer lugar, necesitamos saber en qué medida la masa del infierno varía con el tiempo. Para ello, hemos de saber a qué ritmo entran las almas en el infierno y a qué ritmo salen. Tengo, sin embargo, entendido que, una vez dentro del infierno, las almas ya no salen de él. Por lo tanto, no se producen salidas. En cuanto a cuántas almas entran, hemos de atender a lo que dicen diferentes religiones, y que no es otra cosa que, si no perteneces a ellas, irás al infierno. Dado que hay más de una religión que así se expresa y dado que la gente no pertenece a más de una, podemos concluir que todas las almas van al infierno. Con las tasas de nacimientos y muertes existentes, podemos deducir que el número de almas en el infierno crece de forma exponencial. Asimismo, hemos de considerar cómo varía el volumen del infierno. Según la Ley de Boyle, para que la temperatura y la presión del infierno se mantengan estables, el volumen infernal debe expandirse en proporción a la entrada de almas.

»Hay, por lo tanto, dos posibilidades:

  1. Si el infierno se expande a una velocidad menor que la de entrada de almas, la temperatura y la presión en el Infierno se incrementarán hasta que este se desintegre.
  2. Si el infierno se expande a una velocidad mayor que la de la entrada de almas, la temperatura y la presión disminuirán hasta que el infierno se congele.

»¿Qué posibilidad es la verdadera? Si aceptamos como cierto lo que me dijo Teresa en mi primer año de carrera (“ha de hacer frío en el infierno antes de que yo me acueste contigo”), y, teniendo en cuenta que me acosté con ella anoche, la posibilidad núm. 2 es la verdadera. Doy, por ello, como cierto que el infierno es exotérmico y que ya está congelado. El corolario de esta teoría es que, dado que el infierno ya está congelado, no acepta más almas y, por tanto, está extinguido. Ello deja al cielo como prueba única de la existencia de un ser divino y amoroso, lo que explica por qué, anoche, Teresa no paraba de gritar: ¡Oh, Dios mío!».

Dicen las malas y las buenas lenguas que el estudiante que dio esta respuesta fue el único que consiguió una nota de excelente.