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Cuatro líneas de nada de Nada

Nada es la narración en forma autobiográfica de la experiencia de Andrea (esa “chica rara“, en palabras de Carmen Martín Gaite), desde que llega, en octubre de 1939, a la extraña casa de su abuela materna en la calle Aribau, para estudiar en la universidad, hasta que, desencantada, abandona la ciudad cuando acaba el curso académico y se traslada a Madrid. En ese ambiente nada tiene que ver con lo que había imaginado. Su abuela vive abandonada a su suerte en medio de otros familiares de influencia mayor. Las relaciones entre estos y Andrea son tormentosas y desatan turbulentas pasiones, insospechadas por Andrea. Se trata de personajes excepcionales, únicos, de bajos instintos. Por ejemplo, su tío Román, que acabará suicidándose, es un hombre maniático y perturbador, interesado por la música y la pintura, que vive alejado de la familia y que se gana la vida gracias al contrabando (Andrea descubrirá que había sido amante de la madre de Ena, una compañera de curso, y también de la propia Ena). Su tía Angustias refugia sus frustraciones en la religiosidad y buscará en un convento el sustituto a sus fracasos, aunque su idiosincrasia no esté inspirada en la idea del cristianismo. Andrea, pues, choca frontalmente con este ambiente, sufre penalidades y descubre el lado miserable de la vida mientras su tía, la vigila para aislarla del infierno de inmoralidad que ella cree que es esta ciudad. Cuando se libre, navegará a la deriva entre su vida universitaria y la residencia con sus familiares.

Nada es una obra que pone de manifiesto la sordidez moral de la burguesía después del trauma de la guerra civil en un ambiente gris de una sociedad en descomposición. Barcelona sirve de marco y en ella la protagonista, en medio del egoísmo y del odio, ve reducirse a nada sus vivencias, pero queda, como una exposición, la fotografía de un período histórico.

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A Andrea le aguarda, en el domicilio de la calle Aribau, una grotesca corte de los milagros integrada por su abuela, su tía Angustias y el explosivo triángulo que forman sus tíos Román y Juan y la mujer de éste, Gloria, cuya vida es “como una novela de verdad”. Lejos de esas cuatro paredes en las que el aire que se respira tiene más ácido que oxígeno, Andrea busca la libertad de la calle y de la Universidad y la problemática complicidad de su amiga Ena —”me hizo sentirme todo lo que no era: rica y feliz”—. Con esta historia de iniciación que deriva en tragedia, Carmen Laforet, de 23 años, ganó en 1944 la primera edición del Premio Nadal. Pese a que en los años siguientes publicó novelas como La isla y los demonios (1952) o La mujer nueva (1955), Laforet ha pasado a la historia como la autora de Nada, una obra que, con La familia de Pascual Duarte, publicada por Camilo josé Cela en 1942, juega en los manuales el tópico y milagroso papel de reanimadora de la narrativa española de la primera posguerra, aquel tiempo en que la mitad de los escritores en ejercicio hasta 1936 estaban en silencio, en el exilio o en la tumba.

“¡Cuántos días sin importancia! Los días sin importancia que habían transcurrido desde mi llegada me pesaban encima, cuando arrastraba los pies al volver de la Universidad. Me pesaban como una cuadrada piedra gris en el cerebro”. De esos días trata esta novela, más existencial que social, en la que la reciente derrota de una ciudad y de una familia es un paisaje mudo cuya realidad directa se oculta, pero de la que, eso sí, se revelan las consecuencias más crudas. Con un estilo espontáneo, Carmen Laforet, consiguió escribir una novela viva, urbana y contemporánea.

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ENLACES INTERESANTES:

Nada, en Edu365.

Nada, en Materiales de Lengua y Literatura.

‘Nada’, de Carmen Laforet (BAT).

Redacta un texto explicativo donde se exponga la información que ofrece este cuadro sinóptico en que se esquematizan los actantes de la novela.

Personajes de 'Nada'

Lee atentamente estos dos fragmentos extraídos de la novela y destaca su significación en la obra:

La abuelita hablaba también, como siempre, de los mismos temas. Eran hechos recientes, de la pasada guerra, y antiguos, de muchos años atrás, cuando sus hijos eran niños.

En mi cabeza, un poco dolorida, se mezclaban las dos voces en una cantinela con fondo de lluvia y me adormecían.

ABUELA.—No había dos hermanos que se quisieran más. (¿Me escuchas, Andrea?)No había dos hermanos como Román y Juanito… Yo he tenido seis hijos. Los otros cuatro estaban siempre cada uno por su lado, las chicas reñían entre ellas, pero estos dos pequeños eran como dos ángeles… Juan era rubio y Román muy moreno, y yo siempre los vestía con trajes iguales. Los domingos iban a misa conmigo y con tu abuelo… En el colegio, si algún chico se peleaba con uno de ellos, ya estaba el otro allí para defenderle. Román era más pícaro…, pero ¡cómo se querían! Todos los hijos deben ser iguales para una madre, pero estos dos fueron sobre todos para mí… como eran los más pequeños… como fueron los más desgraciados… Sobre todo Juan.

GLORIA.—¿Tú sabías que Juan quiso ser militar y, como le suspendieron en el ingreso de la Academia, se marchó a África, al Tercio, y estuvo allí muchos años?



Miré el reloj instintivamente.

— Me oyes como quien oye llover, ya lo veo… ¡Infeliz! ¡Ya te golpeará la vida, ya te triturará, ya te aplastará! Entonces me recordarás… ¡Oh! ¡Hubiera querido matarte cuando pequeña antes de dejarte crecer así! Y no me mires con ese asombro. Ya sé que hasta ahora no has hecho nada malo. Pero lo harás en cuanto yo me vaya… ¡Lo harás! ¡Lo harás! Tú no dominarás tu cuerpo y tu alma. Tú no, tú no… Tú no podrás dominarlos.

Yo veía en el espejo, de refilón, la imagen de mis dieciocho años áridos, encerrados en una figura alargada, y veía la bella y torneada mano de Angustias crispándose en el respaldo de una silla. Una mano blanca, de palma abultada y suave. Una mano sensual, ahora desgarrada, gritando con la crispación de sus dedos más que la voz excitada de mi tía.

Empecé a sentirme conmovida y un poco asustada, pues el desvarío de Angustias amenazaba abrazarme, arrastrarme también.

Terminó temblorosa, llorando. Pocas veces lloraba Angustias sinceramente. Siempre el llanto la afeaba, pero éste, espantoso, que la sacudía ahora, no me causaba repugnancia, sino cierto placer. Algo así como ver descargar una tormenta.