La pregunta de la semana (19)

Acaso no sean demasiados los hablantes que usan la palabra paramnesia, definida en el DLE como ‘alteración de la memoria por la que el sujeto cree recordar situaciones que no han ocurrido o modifica algunas circunstancias de aquellas que se han producido’. Y, quizá por eso, son legión quienes han de vérselas con la difícil pronunciación de la expresión sinónima francesa déjà vu. Difícil pronunciación y difícil escritura, pues si la acentuación es en buena medida el caballo de batalla de la ortografía castellana, ¿a qué dejarse colar una palabra que posee dos tildes, una aguda y otra grave?

Precisamente, en torno a la acentuación se formula la pregunta de esta semana. Sabido es que el inglés, salvo excepcionalmente, no acentúa sus palabras; el francés, en cambio, como acabamos de comprobar, puede incluso hacer confluir en una palabra más de una tilde; y el castellano, por su parte, como el catalán, parece no permitir más de un acento en la misma palabra, sobre todo por el hecho de que la tilde solo recae en la vocal tónica de la palabra, que es única, salvo en el caso de los adverbios formados con el elemento compositivo -mente. Ahora bien, ¿es del todo cierta esta afirmación o hay algún caso en el que una palabra en castellano pueda escribirse con más de una tilde?

La pregunta de la semana (18)

En la consuetud del habla del alumnado, al profesor suele mencionársele mediante el acortamiento profe, término que, cada vez más se usa como sustantivo común en cuanto al género: el profe y la profe. Pero, además de profesora y de profe, ¿sabes cuántas formas de escritura posibles existen de este sustantivo femenino en castellano?

En tiempos de la EGB, y aun antes, era habitual que los escolares nos refiriésemos a nuestras maestras con el término señorita y que, llegados al instituto para cursar BUP y COU, nuestras docentes se convirtiesen en profas. Actualmente, sin embargo, en la Primaria, la maestra se ha impuesto sobre la señorita y, en la Secundaria, la profe lo ha hecho sobre la profa.

En cuanto a las distintas posibilidades de escritura que ofrece este sustantivo femenino, podemos establecer las siguientes:

  • forma plena: profesora
  • forma de acortamiento común en cuanto al género: profe
  • forma de acortamiento con flexión femenina: profa
  • abreviatura: profa.
  • abreviatura de terminación volada: prof.ª

La pregunta de la semana (17)

Variación de una imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Todos sabemos que la entonación propia de las preguntas, en la lengua escrita, se marca mediante signos de interrogación. Ahora bien, todo aquel que ha aprendido la distinción entre preguntas directas e indirectas sabe que estas últimas no se marcan mediante tales signos. Lo que tal vez no sea tan conocido es que no siempre las preguntas directas quedan marcadas en la escritura. ¿Sabrías decir en qué casos una pregunta directa no se encierra entre signos de interrogación?

Tal como recoge la OLE, existen dos casos en que el escritor puede no atenerse a la regla general según la cual las oraciones interrogativas directas se escriben siempre entre signos de interrogación:

a) Pueden omitirse los signos de interrogación en enunciados interrogativos independientes que constituyen el título de una obra, un capítulo o cualquier otra sección de un texto: “Cómo escribir bien en español”; “Qué es lo «moderno» en lexicografía”. Es igualmente posible escribir los signos de interrogación en estos casos: “¿Qué es el estructuralismo?”.

b) A veces se omiten los signos de interrogación en las interrogaciones retóricas, como “Dónde vas a estar mejor que aquí”, en las que no se formula una verdadera pregunta, sino que se expresa indirectamente una aseveración (‘en ningún sitio vas a estar mejor que aquí’). No hay motivos para censurar la ausencia de los signos de interrogación en estas expresiones, aunque en el uso general suelen escribirse.

Dejaremos para otra ocasión comentar la peculiaridad ortográfica que supone tener un signo de apertura interrogativo. Aunque, sensu stricto, el castellano no es el único idioma en que podemos verlo escrito.

La pregunta de la semana (16)

Este sábado, como cada 9 de marzo, se conmemoraba el Día Internacional de la Tortilla de Patata(s), un alimento que, según un reciente estudio del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), es el segundo plato preferido de los españoles, solo por detrás de la paella y por delante del jamón serrano. Tratándose de un plato tan del gusto del consumidor, no resulta extraño que sea pasto de acérrimas discusiones: ¿hecha o poco hecha?, ¿sin cebolla o con cebolla?… Como lingüistas, la cuestión que a nosotros más nos incumbe es la de cómo hemos de llamarla: ¿tortilla de patatas o tortilla de patata?

Las dos opciones son válidas. En plural, se hace referencia a varios ejemplares del tubérculo, dado que es habitual que las tortillas se preparen con una pluralidad tanto de huevos como de patatas. En singular, sin embargo, el sustantivo patata se utiliza como nombre incontable de materia o sustancia.

Dicho esto, cabe no olvidar que, para la mayoría de hispanohablantes (América, Canarias, Andalucía atlántica…), las patatas son papas, de ahí que el DLE remita la definición de aquellas a la entrada de estas. Las búsquedas entrecomilladas en Google de “tortilla de papas” y de “tortilla de papa” ofrecen una estadística pareja, en torno al medio millón de resultados cada una; no así, entre “tortilla de patatas” (5 420 000 resultados en 31 s) y “tortilla de patata” (1 440 000 resultados en 34 s). A partir de estos números, no resulta arriesgado aventurar que este plato es propio de la Península más que de allende, de ahí que también suela denominarse tortilla española (807 000 resultados en 37 s).

Dejaremos para otra ocasión la aclaración de por qué las papas se llaman patatas…, aunque ya podemos adelantar que la culpa de ello la tienen otros tubérculos: los camotes, moniatos o batatas.

La pregunta de la semana (15)

Durante la jornada de puertas abiertas de nuestro centro que tuvo lugar el pasado martes, los compañeros del CFGM de Vídeo, Discjòquei i So emitieron un programa de entrevistas y videorreportajes. La emisión fue todo un éxito; pero ¿sabrías decir si se trató de una emisión en directo, en vivo, en continuo o en streaming?

El término inglés streaming se aplica a la técnica que permite la reproducción de series, canciones, etc., en un navegador sin necesidad de descarga previa, es decir, se refiere a la distribución digital de contenido multimedia de manera que el usuario utiliza el producto a la vez que se descarga.

Lo cierto es que se trata de un xenismo evitable, ya que, si la emisión es de acontecimientos que suceden en ese momento o con un mínimo desfase, es pertinente denominarla emisión en directo o en vivo, tal como tradicionalmente se ha hecho con las retransmisiones televisivas o radiofónicas; y, si la emisión es de material pregrabado, es preferible, según aconseja la RAE, denominarla emisión en continuo, ya que este apelativo hace referencia a la técnica basada en enviar y recibir sin interrupciones el flujo de datos correspondiente.

En conclusión, la emisión del programa de puertas abiertas que realizaron los compañeros del ciclo de Imagen y Sonido se hizo en directo o, lo que es lo mismo, en vivo. Pero, considerando que quedó alojada en el canal de YouTube del instituto, ahora se trata de una emisión en continuo.

La pregunta de la semana (14)

Fotograma de El hombre del Norte, film de Robert Eggers.

Para hablar de la estrecha relación del ser humano con la montura, en castellano existen las voces caballista, caballero y cabalgador, todas derivadas directa o indirectamente de caballo. También existe la voz equitador, proveniente en última instancia del latín equus ‘caballo’ y cuyo femenino tardío equa acabaría por dar yegua en castellano. No obstante, para referirnos a quienes montan a caballo, habitualmente utilizamos las voces jinete y amazona. ¿Sabrías explicar por qué?

Ciertamente, las voces jinete y amazona son más usuales que las que el idioma ha derivado de las raíces latinas caballus y equus. El sustantivo equitador, por ejemplo, es un americanismo sinónimo de caballista que, como este, alude, más que a la persona que cabalga, a la que es aficionada a los caballos y los monta bien. Ambas voces son relativamente recientes, pues se atestiguan a partir de mediados del siglo XIX; no así, cabalgador, término ya usado por Gonzalo de Berceo en el siglo XIII y cuya inclusión en el tomo C del Diccionario de Autoridades (1729) ya contenía la marca de «voz antiquada», marca que, sin embargo, había de perder (sic) en lo sucesivo.

En cualquier caso, fue el sustantivo jinete (escrito ginete, hasta mediados del siglo XIX) el que acabó por imponer su uso mayoritario como referencia a quien se halla subido a caballo. Este sustantivo procede del árabe hispánico zeneti, gentilicio referido a la confederación de tribus bereberes Zeneta, que fue famosa por su dedicación a la cría de caballos y su dominio de la equitación. De ahí, que originariamente la palabra ginete ampliase su significado, y pasase de nombrar a la caballería ligera que acudía en defensa del reino nazarí de Granada a nombrar a cualquier soldado de a caballo pertrechado de armamento ligero, tal como se compruieba en la primera definición que tenemos constancia de esta palabra, la del Vocabulario español-latino, publicado por Nebrija en 1495: ‘levis armatura eques‘. Y el cambio semántico por generalización siguió su curso inexorable, de suerte que, ya en el tomo G-M del Diccionario de Autoridades, se dobla la entrada de ginete para explicar que ‘Se llama también el que sabe montar bien un caballo’. Cinco ediciones más tarde, en 1817, el lexicón académico ya define este sustantivo como ‘El que está montado a caballo’.

El caso de amazona es análogo al de jinete, pues la etimología más verosímil parace ser la que vincula la palabra con el nombre de la tribu irania ha-mazan, que significa ‘los guerreros’. Originariamente, el nombre amazonas hacía referencia a las mujeres guerreras de la mitología griega, hijas de Ares, el dios de la guerra, y de la ninfa Harmonía. Según una ancestral etimología popular, esta voz (‘Αμαζόνες) proviene de anteponer al término μαζός ‘pecho’ el prefijo privativo a-, a partir de lo cual, se difundió la leyenda de que estas guerreras se amputaban o se quemaban el seno derecho para poder manejar mejor sus arcos. En realidad, el pecho no supone apenas un obstáculo para el tiro con arco, menos aún el derecho, en caso de que la arquera sea diestra, como, estadísticamente, son la mayoría. En este sentido, es significativo, además, que sean muy pocas las representaciones artísticas que muestran a las amazonas con un solo pecho.

Sea como fuere, la voz amazonas se documenta ya en 1620 con una ampliación de significado: en el Vocabolario español-italiano, de Lorenzo Franciosini Florentín, por ejemplo, se traduce como «Donne guerriere, e bellicose» y, andado el tiempo, en la primera edición del diccionario de la Academia, se define como «La muger de alto cuerpo y espíritu varonil». Habremos de esperar, sin embargo, hasta 1869 para ver recogida en un diccionario la acepción que ahora nos ocupa: en el Nuevo suplemento al Diccionario Nacional o Gran Diccionario Clásico de la Lengua Española, de Joaquín Domínguez Ramón, se dice que amazona es «La que monta á caballo ó es inclinada á los ejercicios ecuestres». Curiosamente, la edición del diccionario académico de ese mismo año todavía no la recoge, y no será hasta la siguiente, de 1884, cuando lo haga.

En conclusión, si hoy, a quienes cabalgan, les llamamos jinetes y amazonas, es debido a lo que, en lingüística, se conoce como cambio semántico, en concreto, el debido a la generalización, el cual lleva a la palabra a trasladar o ampliar su significado, de un ámbito restringido o especializado, como es el caso de los etnónimos jinete y amazona, a otro de uso genérico.

La pregunta de la semana (13)

Imagen de Alex en Pixabay

Aunque su validez esté en cuestión entre los lingüistas, lo que el principio de economía lingüística viene a decir es que el hablante tiende a expresarse de la manera más breve y menos trabajosa posible. Así, parece lógico que la forma del adjetivo trasalpino sea preferible a transalpino, generada mediante prefijo alomorfo, o que la de los sustantivos prestreno y contrataque lo sean a las variantes que no funden la vocal del prefijo con la de la base: preestreno y contraataque (al menos en el lenguaje oral; por escrito aún está por demostrar, pese a la recomendación académica). No obstante, este criterio no puede aplicarse a palabras como reemitir o biooxidación. ¿Sabrías explicar por qué?

La OLE, efectivamente, advierte que «en aquellos casos en que de forma generalizada y en todos los niveles del habla culta, incluyendo la pronunciación cuidada, se articula una vocal simple, es frecuente y admisible la reducción gráfica» de la vocal doble resultante de la adición de un prefijo. Pese a ello, en el caso de reemitir, dicha reducción gráfica no es posible, ya que la voz resultante confluiría con otra ya existente de distinto significado: no es lo mismo reemitir ‘volver a emitir’ que remitir ‘enviar’ o ‘perder intensidad’. En el caso de biooxidación, la imposibilidad radica en que la reducción vocálica implicaría la confusión entre el prefijo bio– ‘vida’ u ‘organismo vivo’ y el prefijo bi– ‘dos’ o ‘dos veces’.

La pregunta de la semana (12)

Imagen de Joshua Amaro en Pixabay

Si hace dos semanas hablábamos de videojuegos, hoy vamos a hacerlo de videoconsolas. Si acudimos a la entrada consola del DLE académico, nos encontraremos, en su acepción tercera, con una definición sinonímica: una consola es una videoconsola, es decir, un «dispositivo electrónico que, conectado a una pantalla, permite jugar con videojuegos mediante mandos apropiados». Ahora bien, ¿dirías que el sustantivo consola se crea por acortamiento a partir de videoconsola o, por el contrario, es este último el que se crea por composición a partir del elemento compositivo vídeo- y del sustantivo consola?

Para responder con rigor a la cuestión, resulta esclarecedor seguir la pista a la singladura de ambas voces en nuestro idioma.

El sustantivo consola, como tantos otros galicismos, se introduce en castellano durante el siglo XIX y, así, podemos encontrarlo ya en el lexicón de Ramón Joaquín Dominguez o en el de Gaspar y Roig, ambos publicados en 1853. Por su parte, la RAE lo recoge por primera vez en la úndécima edición de su diccionario, publicada en 1869. Por entonces la palabra era monosémica y hacía referencia únicamente a la ‘mesa hecha para estar arrimada a la pared’. La inclusión en el diccionario de vídeo, tanto la del sustantivo como la del elemento compositivo, no sucede hasta 1985 y no será hasta siete años más tarde, en el DRAE de 1992, cuando el sustantivo consola adquiera una segunda acepción: ‘dispositivo que contiene los instrumentos para el control y operación de una máquina’. Es en esta definición donde se halla el germen de la futura voz videoconsola, aparecida por vez primera en la vigésima segunda edición del DLE (2001) con el significado de ‘consola para videojuegos’. Finalmente, hay que esperar hasta 2006, año de la publicación del Diccionario esencial de la lengua española, para encontrar añadida a la entrada consola la tercera acepción de carácter sinonímico a que alude el enunciado de la pregunta de esta semana: videoconsola. Una vez concluida esta diacronía, el orden de las génesis léxicas queda patente: el hablante crea en primer lugar el compuesto videoconsola y, con posterioridad, mediante acortamiento (de manera análoga al que se da por ejemplo en autobús > bus), el sustantivo preexistente consola adquiere un nuevo significado.

La pregunta de la semana (11)

Imagen de Robin Higgins en Pixabay

Si alguien dice «Resumiendo en una palabra: pocos seremos quienes lo consigamos», ¿está siendo inexacto? ¿No debería haber utilizado, por ejemplo, la expresión en pocas palabras?

Podría, en efecto, haber utilizado la expresión en pocas palabras, locución adverbial que, sin embargo, el DLE define remitiéndonos a la locución sinónima en una palabra, ya que ambas (como también en dos palabras o en cuatro palabras) coinciden en el uso ‘para indicar la brevedad o concisión con que se expresa o se dice algo’. En nuestro idioma, existe un conjunto amplio de locuciones y paremias de las que forma parte un cuantificador numeral, cuyo significado a menudo no denota una cantidad precisa, sino que, de manera traslaticia, se aproxima al del sentido indefinido. Así, por un lado, los números bajos de la escala (uno, dos, tres, cuatro)  y, por otro, los números altos (cien, mil, cien mil, un millón) presentan un valor simbólico estereotipado, respectivamente, de ‘poco’ y ‘mucho’. De tal manera, las locuciones a las que aquí se da respuesta (en una/dos/cuatro palabras) se usan con idéntico valor cuantificador indefinido que cuando decimos me importa un bledo, está solo a dos pasos de aquíse presentaron cuatro gatos, y, contrariamente al valor de abundancia con que usamos otras expresiones como darle cien vueltas, ir a mil por hora o dar un millón de gracias.

La pregunta de la semana (10)

Imagen de Andrew Martin en Pixabay

Si os portasteis bien durante el 2023, muy probablemente, SS. MM. los Reyes de Oriente os habrán traído regalos en vez de carbón. Y si, como cabe esperar y desear, no habéis perdido por completo al niño que todos llevamos dentro, es posible que alguno de esos regalos haya sido un juguete. A mí, por ejemplo, me han traído el videojuego Lego Star Wars. Aunque…, ahora que lo pienso, difícilmente lo llamaría juguete. Juego, sin más, sí; pero no juguete. ¿Lo es, realmente? ¿Existe alguna diferencia entre un juego y un juguete?

Agarremos el diccionario (aunque poca literalidad queda ya en eso de agarrarlo, ahora que cuasitodo lo consultamos en línea). A propósito de juguete, en él se dice que se trata de un objeto: o bien aquel con el que los niños juegan y desarrollan determinadas capacidades (un peluche, un coche teledirigido, una muñeca…) o bien aquel otro que sirve para entretenerse (un palo de mascado para el perro…). En cuanto a juego, sustantivo ampliamente polisémico, el lexicón nos ofrece acepciones relacionadas con una actividad, una práctica, un ejercicio… Así las cosas, podemos ejemplificar la diferencia diciendo que la pelota es un juguete con el que practicar distintos juegos: fútbol, balón prisionero… De hecho, hay numerosos juegos, que lo son en tanto que ejercicios recreativos sometidos a reglas, los cuales se practican sin juguete alguno: escondite, pillapilla, gallinita ciega…

También es cierto que, por juego, podemos entender aquel ‘conjunto de elementos necesarios para practicar un juego’. En este sentido, el parchís, el ajedrez y tantísimos juegos de mesa, a pesar de que podamos haberlos incluido en nuestra lista de juguetes para Reyes, son más un juego que un juguete. Resulta lógico, pues, en sí, el tablero solo no sirve de entretenimiento, como tampoco sirve de entretenimiento cada una de las fichas del juego o, si es el caso, el cubilete o el dado.

Llegados a este punto, podemos compreder por qué a los videojuegos no entran fácilmente en el concepto juguete. Por un lado, tal como hemos visto que sucede con el juego del parchís, en sí, de manera aislada, no jugamos con el objeto físico que es la consola; tampoco con la pantalla, el mando o la tarjeta de memoria, por separado; lo hacemos mediante el conjunto de ellos. Y, por otro lado, cuando empezamos una partida, lo que hacemos es un ejercicio recreativo o de competición sometido a reglas y en el cual se gana o se pierde, es decir nos enfrascamos en un juego.