La ventana de mi habitación es la mejor opción para describir un paisaje que veo cada amanecer, cada momento que me gustaría salir de esta cárcel construida por el temor que tenemos ante Covid-19.

Actualmente, parece un lugar desértico en el que nadie se atreve a entrar, una zona con cuatro palmeras mal puestas, un parque para niños, dos piscinas, una mesa de ping-pong y una pista de pádel.

Durante el día se puede definir con una palabra, tranquilidad; pero, por la noche, aparenta otro mundo. Un vecino sale a su balcón con un altavoz y un micrófono, activa las luces multicolor, pone el volumen al máximo de su reproductor de música y empieza una fiesta en la cual todos los vecinos comienzan a cantar.

En conclusión, siento tristeza por ver este lugar deshabitado cuando antes podías observar a mucha gente haciendo diferentes actividades.

Veo el paso del tiempo y nada cambia, una calle desierta con coches de diferentes colores. Ninguna novedad se puede apreciar, todo sigue inmóvil, menos un gatito negro que duerme en una cama para perros en medio de los contenedores de basura. Ahora que dejan salir una hora diaria, se pueden ver a los vecinos de enfrente hacer yoga.

En mi opinión, creo que esta pandemia va mejorando poco a poco, y si la población cumple sus restricciones, podremos pasar todo esto del Covid-19 dentro de poco.