Cuatro canciones tradicionales

Estas cuatro composiciones pertenecen a la lírica tradicional castellana de la Edad Media (nótese el estado evolutivo de la lengua en términos como trayáis ‘traigáis’ (a, v.8 y 9), cata ‘mira’ (b, v.3), agora ‘ahora’ (c, v.1), só ‘soy’ (d, v.6)… Se trata, por tanto, de canciones anónimas que se fueron transmitiendo oralmente y cuya métrica tiende al arte menor y a la rima asonante o parcial, dos características que, por su mayor sencillez, suelen nutrir a los versos de carácter popular. No obstante, el poema c, salvo su estribillo heptasílabo, lo componen tres versos de arte mayor: dos dodecasílabos y un tridecasílabo anisosilábico. El anisosilabismo es también, en mayor o menor grado, otra de las características métricas de este tipo de poesía. Lo presentan las cuatro composiciones que aquí se comentan y, tanto en a como en d, provocan hipermetrías de arte mayor. La suave musicalidad producida por este tipo de metro y de rima suele reforzarse muy a menudo mediante estructuras paralelísticas (como las de los poemas a, b y d) o de estribillo (como la del poema c).

Si, tanto en base a las técnicas de repetición como en base al predominio del arte menor y de la rima asonante, puede afirmarse que las canciones castellanas se asemejan a las jarchas mozárabes y a las cantigas de amigo tradicionales, en cuanto al estilo también se pone de manifiesto su coincidencia: se trata, por lo general, de poemas breves en los que la emotividad se expresa a través de exclamaciones (b, estribillo), interrogaciones (b, v.1), diminutivos («namoradica», «malpenadica»), léxico sencillo, frases cortas…

Por último, más allá de la métrica y del estilo, las canciones tradicionales se definen temáticamente por cuanto abordan el tema amoroso, preferiblemente desde una perspectiva femenina, lo cual puede comprobarse en estas cuatro composiciones. Las dos primeras son albadas (o alboradas), es decir, destacan el amanecer como momento significativo en la relación entre los enamorados. En una, la muchacha se dirige de forma expresa a su amado («amigo») para apremiarlo a acudir a un encuentro amoroso íntimo («no trayáis gran compaña»). En la otra, dado el tipo de composición, cabe suponer implícitamente idéntico yo poético, por lo que ese «amor mío» a quien se dirige el mensaje amoroso se corresponde, nuevamente, con el amado. Sin embargo, contrariamente, ahora se trata no de un encuentro sino de una despedida (como pone de manifiesto ese «vete», frente al «venid» de la canción primera), una despedida perentoria para que la relación entre los amantes pueda seguir siendo secreta: «más no esperes, / no descubra el día / los nuestros placeres».

Las dos últimas canciones coinciden con las albadas en la temática amorosa y en el yo poético femenino, y entre sí, en el interlocutor, a quien se acusa como culpable de la desgracia de amor, y en el sentimiento que expresan: el lamento de la enamorada a la que fuerzan a ser monja, un argumento que, por lo demás, es común a la lírica tradicional.

Intenso, muy intenso ha sido y es siempre el mal de amores. La lírica tradicional, no sólo castellana sino peninsular, deja muy a las claras algo que la historia del arte no ha hecho sino confirmar reiteradamente: el ser humano tiende a manifestar artísticamente más sus penas que sus alegrías. Y, sin duda, una mayoría son cuitas de amor.

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