Bellos paisajes de l’Empordà

Francesc Gimeno

Francesc Gimeno i els paisatgistes del Montgrí MUSEU D´ART DE GIRONA GIRONA Comisaria: Mariona Seguranyes Pujada de la Catedral, 12 www. museuart. com Tf. 972-20-38-34 Hasta el 25 de mayo

ROSSEND CASANOVA

Pincelada ágil, paleta de color intensa e interés por la luz. Estos son algunos de los ingredientes que presentan las pinturas de Francesc Gimeno, uno de los artistas más destacados de la pintura catalana del cambio de siglo y, a su vez, injustamente poco conocido. La obra de Gimeno se encuentra hoy custodiada en varios museos y muy especialmente en colecciones privadas. Por ello, la exposición que presenta el Museu d´Art de Girona es una buena ocasión para descubrirlo y contemplar obras que hasta la fecha no se habían mostrado en público.

La muestra arranca en 1887, con la llegada de Gimeno a Torroella de Montgrí en compañía de los pintores Ramon Call y Modest Urgell. Al descubrir el Empordà, desenvolvió una paleta de gran cromatismo, fruto de captar la luz y el color especial de la zona. Un periodo que se repasa junto con su estancia en Girona y su aislamiento en Begur, en 1916, que darían fruto a sus mejores telas. De esta época es su particular visión de los tejados de Torroella, una mirada casi aérea y muy pronunciada, donde funde la naturaleza humana con la paisajística. Las obras expuestas se analizan en un esmerado catálogo que recoge su producción y la de otros, como Joaquim Mir o Josep Maria Mascort, admiradores de Gimeno, paisajistas como él y que también están presentes por haber retratado Girona y el Montgrí.

Gimeno había nacido en Tortosa el 1858 y se dedicó de joven a la pintura, aprendiendo en Barcelona y Madrid, donde consolidó su lenguaje bajo la protección de Carlos de Haes, destacado paisajista del realismo español. A su regreso, casó con Caterina Massaguer, de Torroella de Montgrí, nupcias que marcarían su vinculación con el Empordà. Pero la fortuna no fue aliada de Gimeno. A las limitaciones económicas sumó las frecuentes críticas a su obra, rehusada en algunas exposiciones por los jurados, críticos e incluso por el público. Esta circunstancia agudizó su marginación con respecto al mundo del arte y la sociedad, pero no le hizo abandonar la pintura de caballete, con la que disfrutaba retratando escenas de su entorno familiar.

Contrariamente, un pequeño círculo de admiradores le animaban, como el crítico Romà Jori, el pintor Ignasi Moll o el galerista Josep Dalmau, que llegó a organizarle la primera exposición individual con buen éxito de público y crítica. Corría 1915, tenía casi sesenta años y su obra empezaba entonces a ser reconocida. Una valoración que aumentó en los años siguientes y que culminó en 1925, cuando la Sala Parés le rindió homenaje. Duró poco: Gimeno falleció en 1927 y la sala barcelonesa se apresuró a recordarlo en una exposición póstuma que, irónicamente, gozó de un éxito de ventas sin precedentes en vida del autor.

Una vida y una obra que se pueden repasar ahora en las dependencias del museo de Girona, que ha coproducido la exposición junto con el Museu de la Mediterrània (Can Quintana) de Torroella de Montgrí, donde se presentó primero con una excelente acogida al ser vista por más de diez mil personas. Con una cifra así, seguro que Gimeno se sentiría feliz.

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