Unas breves palabras de agradecimiento

 

Los ordenadores no pueden ni podrán nunca conseguir nuestra memoria, todo lo más, imitarla. Almacenan más datos, muchísimos más, pero no de la manera que lo hace nuestro cerebro. Puedo olvidarme de lo que hice ayer, pero recuerdo un día que estaba muy cansado y mi madre me cogió en brazos, recuerdo el primer día que fui al colegio, cuando mi abuela intentaba que comiera o el primer beso. Y es que nuestras neuronas saben lo que nuestros corazones sienten. Recuerdan, conectan o ignoran lo que le dicen esos sentimientos. Las máquinas no tienen sentimientos ni emociones, aunque lleguen a simularlos.

Los niños tenéis un sexto sentido para percibir el afecto.

Por eso, gracias a vosotros, guardo tantos recuerdos de mis últimos años como maestro. No quiero extenderme, porque es vuestro día. Quizá recordéis de qué trataban las letras de las canciones que cantaba Manolita (amistad, paz, ecología), quizá recordéis que fuimos capaces de salvar un pequeño limonero descubriendo la agricultura regenerativa que podría salvar el planeta, quizá recordéis un cuento que os dediqué sobre una barquita que desconocía sus limitaciones, quizá recordéis las reflexiones importantes: “máxima libertad, máxima responsabilidad; ser es difícil; fácil, sólo la mierda; yo, yo, yo, y después yo, y mi ombligo es el centro del universo”.

Si algún día os apetece buscar la felicidad, os adelanto que no será sin esfuerzo, no será con un like. Os sugiero tres cosas:

– Dominad a las máquinas, no dejéis que os dominen, pues las han diseñado para secuestrar vuestra atención. En vuestra atención mandáis vosotros.

– No dejéis de leer. Nos recomiendan hacer ejercicio físico y es importante. Pero, como dijo el gran novelista José Saramago, ¿no os resulta curioso que a un deportista nunca le pregunten si practica la lectura?

¿Por qué entrenar las neuronas no se considera socialmente tan necesario como entrenar el cuerpo?

– Haced bien lo que os corresponda.

No podemos hacer más de lo que está a nuestro alcance pero, si hacemos bien aquello que depende de nosotros, ya estamos haciendo el mundo mejor. Parar las guerras no depende de nosotros, pero sí acoger a Tania con toda la empatía, el afecto y la comprensión que le mostrasteis.

Muchos besos. Muchísimas gracias.

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Podcast classe de l’alegria, Escola Sant Sebastià. Els Pallaresos. Daniela i Pol.

16/04 Acció conjunta: Escola Sant Sebastià, Els Pallaresos (Tarragonès) Com creieu que han posat el seu granet de sorra per tal de frenar la gran problemàtica del canvi climàtic? La Daniela i en Pol ens expliquen els projectes que han realitzat al centre per la cura del medi ambient. Si voleu saber-ne els detalls, no us ho podeu perdre!

 

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Merece la alegría

 

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Acuarela

 

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El principito

No és una simple rosa, és la teva rosa. És el temps que li has dedicat el que la fa tan important.

 

Clica en la imagen:

 

Fes clic a la imatge:

Antoine de Saint-Exupéry

 

 

 

 

 

 

 

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Quadern de reflexions importants

Ser es difícil,

fácil, sólo la mierda.

V. HOLAN

Dibujo: Isúe Hernández Valdivia

 

Es requereix temps

per a estimar bé.

J.A.

 

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Les comarques de Catalunya

Les comarques de Catalunya

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Tocando em frente

Ando devagar

porque já tive pressa.

Levo esse sorriso

porque já chorei demais.

Hoje me sinto mais forte,

mais feliz, quem sabe.

Só levo a certeza

de que muito pouco sei,

ou nada sei.

Conhecer as manhas

e as manhãs.

O sabor das massas

e das maçãs.

É preciso amor

pra poder pulsar.

É preciso paz pra poder sorrir.

É preciso a chuva para florir.

Penso que cumprir a vida

seja simplesmente

compreender a marcha

e ir tocando em frente.

Como um velho boiadeiro

levando a boiada,

eu vou tocando os dias.

Pela longa estrada, eu vou.

Estrada eu sou.

Todo mundo ama um dia,

todo mundo chora.

Um dia a gente chega

e no outro vai embora.

Cada um de nos compõe a sua historia.

Cada ser em si

carrega o dom de ser capaz

de ser feliz.

Ando lentamente

porque ya tuve prisa.

Llevo esta sonrisa

porque ya lloré de más.

Hoy me siento más fuerte,

más feliz, quién sabe.

Sólo tengo la certeza

de que muy poco sé,

o nada sé.

Conocer las mañas

y las mañanas.

El sabor de las masas

y las manzanas.

Se precisa amor

para palpitar.

Se precisa paz

para sonreír.

Se precisa lluvia

para florecer.

Pienso que cumplir la vida

será, simplemente,

comprender la marcha

y seguir adelante.

Como un viejo boyero

que conduce los bueyes,

voy pasando los días.

Por la larga senda, yo voy.

Senda soy.

Todo el mundo ama un día,

todo el mundo llora.

Un día la gente llega

y al siguiente se va.

Cada uno de nosotros crea su historia.

Cada ser lleva en sí

el don de ser capaz

de ser feliz.

Almir Sater- Renato Teixeira

Traducción: José Ángel

 

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Disparates con enjundia

Disparates con enjundia

 

A veces en clase surgen disparates muy interesantes. En lugar del “homo antecesor”, el “homo ascensor”. Aquel a quien sólo le importa subir, subir y subir. O en lugar del “homo erectus”, el “homo eructus” que no emite palabras, sino gases, por su boca. O bien “la tierra gira alrededor de Pol” (pongamos aquí cualquier nombre), en lugar de “alrededor del sol”. Cuando somos pequeños, nos creemos el centro de nuestro mundo y, en cierta manera, lo somos. Hacerse mayor es aprender que los demás existen y que nuestra libertad acaba donde empieza la del otro. Con la edad he llegado a otra conclusión:

“Mi libertad nunca acaba,

si la uno a la libertad del otro.”

Me explico: si quiero hablar cuando me apetezca, pronto me daré cuenta de que los demás también necesitan expresarse y, si también lo hacen cuando les apetece, todos hablaremos a la vez, cada vez más fuerte, hasta acabar gritando y, lo que es peor, sin que nadie nos escuche. Si uno mi libertad a la del otro, conseguiré escuchar y ser escuchado, y aprenderé muchísimo más que si sólo digo lo que yo quiero y nadie me atiende. Os suena, ¿verdad?

El “homo eructus” nació en una era en que sólo se valoraba la comodidad. La tecnología había llegado a desarrollarse de manera increíble. Ya no sólo evitaba los trabajos mas pesados, como lavar la ropa, levantar grandes cargas o labrar los campos. Entretenía a los niños, acompañaba a los ancianos y realizaba todo tipo de labores. Las máquinas consiguieron tomar decisiones a partir de programas, aplicaciones y algoritmos. Poco a poco, los individuos pasaron a depender de la tecnología y de las máquinas para casi todo. Dejaron de darle importancia a la cultura. ¿Para qué cultivarse? Pensaron que podrían prescindir de lo que no consideraban productivo o útil para esa vida. En una primera etapa olvidaron los juegos que enseñaban las madres, los cuentos que explicaban los abuelos, las canciones y los bailes de sus pueblos. Más tarde perdieron el placer de pintar, de observar la naturaleza, de analizar los fenómenos que sucedían a su alrededor, de imaginar y de soñar, puesto que, según creían, todo estaba en las pantallas. Los libros no fueron quemados por fanáticos intolerantes, que en todas las épocas existen, sino que desaparecieron de las casas, se cerraron librerías y bibliotecas o se transformaron en salas de pantallas. El “homo eructus”, por su pereza, había permitido que las máquinas lo sustituyeran en el hacer y en el pensar. O eso creía. ¿Para qué aprender a escribir, e incluso a hablar bien? Una palabra bastaba para dar una orden a esos aparatos.

Así fue como de la boca del “homo eructus” apenas salían algo más que ruidos y gases pestilentes.

Otro caso curioso en la involución humana fue el “homo ascensor”.

Como indicamos al comienzo, todos sus valores se reducían a uno: subir. Intentaremos explicarlo. En aquella era reinaba una gran confusión. Por un lado, el planeta estaba mostrando graves síntomas que amenazaban la vida: el calentamiento global, nuevas guerras, pandemias… Por otra parte, el “homo ascensor” había perdido todas las habilidades sociales de sus antepasados. Aquéllos habían sobrevivido frente a grandes y feroces bestias gracias a que sabían actuar en grupo y pensar una estrategia común. Así desarrollaron el lenguaje, las herramientas y, gracias a todo ello, su propio cerebro. A partir del “homo eructus”, poco a poco, la competición se había ido imponiendo a la colaboración. Hasta llegar al “homo ascensor”, cuya única obsesión es subir y subir. Debía pensar que, cuanto más arriba llegase, más se alejaba de la tierra, con sus problemas, y más territorio abarcaba con su mirada. Algunos individuos, por si acaso, adquirieron naves espaciales para llegar a otros lugares donde poder vivir, en lugar de aprender a convivir con los demás y proteger la Tierra… Todo muy inteligente, como veis.

Continuará.

 

José Ángel

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Pontoneta

Pontoneta

A mis alumnos, por todo.

Pontoneta estaba acostumbrada a la tranquilidad de aquellas aguas poco profundas de los canales del Delta del Ebro. Además, el gran río, cuando se encuentra con el mar, ya no está para saltos, volteretas ni carreras.

Todas las barquitas, en algún momento, desean ir un poco más allá, probar sus fuerzas, superar el miedo a las olas o descubrir otras aguas.

 

Pontoneta comenzó a aventurarse, poco a poco, por canales desconocidos para ella. Un día se entretuvo demasiado, se le hizo de noche y no encontraba el camino de vuelta. Se puso muy nerviosa y comenzó a dar vueltas, asustada. Afortunadamente, nunca estamos solos. La luna se dio cuenta de la situación y le dijo:

– Hola, barquita. ¿Qué te pasa?

– ¡Me he perdido! No sé por dónde tengo que volver.

– Tranquila. Yo te indicaré el camino.

– Gracias.

Cuando ya estaban llegando, Pontoneta repitió:

– Gracias.

– De nada. Antes de alejarte otra vez, tendrías que aprender a orientarte.

– ¿Qué es orientarse?

– Saber dónde te encuentras y qué dirección llevas. -Respondió la luna-. De día te ayudarán el sol, las montañas, el río… De noche, las estrellas.

– Muchas gracias.

– Buenas noches.

– Buenas noches.

 

Algún tiempo después, Pontoneta ya se recorría todos los canales con seguridad. Y comenzó a acercarse a la orilla del río. Un atardecer, de pronto, se levantó un viento fuerte que la empujó hacia el centro. La corriente la llevaba hacia el mar.

– ¡Ahora sí que estoy perdida! -pensó-. Está nublado. No tengo a la luna, ni al sol, ni a las estrellas. Mi pértiga no llega al fondo. No puedo impulsarme.

– Una nube que escuchó sus sollozos se acercó a ella y le dijo:

-¿Qué te pasa?

– El viento me empujó hacia el centro del río. Ahora la corriente me lleva mar a dentro. Mi pértiga no llega al fondo. No puedo hacer nada.

– Tranquila. Hablaré con el viento.

El viento cambió de dirección hasta que Pontoneta estuvo a salvo.

– Gracias, gracias.

– De nada. Antes de alejarte otra vez, deberías aprender sobre ti misma.

– ¿Sobre mí misma?

– Sí, sobre ti misma. Por qué tienes ese tamaño, cual es tu manera de impulsarte…

– Muchas gracias.

– De nada. Que descanses.

– Gracias, – repitió Pontoneta -, gracias. Hasta más ver.

José Ángel Hernández

El Catllar, 16-2-2024

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