Gusanos

gusanos

de un fotógrafo anónimo

Sí que es verdad que me dio un poco de asco retirar los gusanitos del fondo de la alacena, pero todo es tan normal que visualicé ese mismo espacio reluciente, impoluto, aromatizado, y me olvidé de ello. Para qué contarlo. Pero no me gustó nada encontrarme uno de ellos en el fondo del bolsillo del pantalón limpio. ¡Joder! La habitación está en la otra punta del piso. Como quien ve crecer una peca y no se la mira así me tomé esa sorpresa. Sí que es verdad que recordé durante varias horas aquel cosquilleo blanduzco en mis dedos. Pensé que era el cuero del llavero y no. Eso sí, ahora abro y cierro el armario de la cocina unas cuantas veces al día: nada. Pero una cosa, dime, ¿no es posible no que alguien metiera un gusano idéntico en un sobre de mi buzón? Y que al abrirlo no hubiera nada, solo el vacío y el pobre asqueroso animal muerto, ¿verdad que no? Tío, tranquilo, tío. Anteayer, ¿por qué cayó uno al suelo de la bañera mientras me duchaba? ¿Acaso alguien pretende asustarme? Es verdad que estoy a punto de contárselo a mi hermano, es quien escucha impasible mis conclusiones sobre el mundo. Quedaremos en un bar del barrio, y hablaremos. No empezaré por lo del armario, haré que la conversación fluya, me quejaré de la limpieza y tal… Eso sí, espero que no me pase lo que me está pasando ahora. Ahora mismo, mientras escribo, ha caído uno muy cerca del teclado y se mueve, se retuerce. Tío, tranquilo, tío. Puedo cerrar la boca, apretar los dientes, mantener la respiración, cerrar los ojos. Es igual y ya van tres: tío, tío… están saliéndome por detrás, vienen de atrás, no sé de dónde. Tí…, t…

Relato con gusano (o con más de uno). Extensión libre.

4 thoughts on “Gusanos”

  1. Recuerdo que la primera vez que llegaron a casa como una suerte de mascota, eran los años 80 y a la mayoría de niños les gustaban. Los llevabámos a casa en una caja de zapatos agujereada para que pudieran respirar: eran los gusanos de seda, les dabámos de comer hojas de morera y también agua; mientras tanto pasaban los días y comprobábamos que se iban haciendo más grandes, deseábamos especialmente ver la metamorfosis de los gusanos en mariposa. Cuando llegó el momento de invernar, recuerdo que se envolvían en un capullo de seda, para pasados unos días disfrutar de tan ansiado experimento, cuando el capullo era desprendido poco a poco para dar lugar a una mariposa. Los gusanos se habían transformado en mariposas, para volver a poner huevos y empezar el proceso de gusanos a mariposas. La seda era lo de menos, la transformación era apasionante.

  2. -¡¿Truco o trato!?- me gritaron los tres niños a la vez. Miro en mi bolsa, pero me doy cuenta de que solo me quedan dos bastoncillos de caramelo. En ese momento, me miran como si el mundo se les cayese encima. Le doy uno a la niña bruja y otro al niño calavera que está a su lado. Y con cara de vergüenza pido disculpas al tercer niño. Pero no puedo verle la cara porque tiene puesta una máscara de hockey ensangrentada. De repente, le escuchamos su “¡¿Truco o trato?!” de nuevo. Nos lo quedamos mirando.
    -Truco- le respondo. Inmediatamente me enseña una caja negra con un agujero.
    -Tienes que adivinar el contenido o una terrible maldición caerá sobre la casa- me dice con tono amenazador. Se acerca y alza un poco la caja. Introduzco mi mano.
    Es delgado, se desliza entre mis dedos, tiene un tacto suave, se mueve mucho y además, me hace cosquillas: es un gusano. “Lo he adivinado demasiado pronto”, pienso.
    -¿Está vivo?- le pregunto fingiendo pavor.
    -No se lo pienso decir- se ríe a través de la máscara.
    -¿Muerde?-– me encanta jugar con él…
    -No- me responde.
    -¿Ah no?- le pregunto en tono irónico.
    De repente cojo el gusano de la caja y me lo llevo a la boca.
    -¡Yo sí que muerdo! ¡Ummm está muyyyyyyy rico!–. De la comisura de mis labios salen dos gusanos.
    ¡AAAAAAAAAAHHHHH!– los tres niños gritan y corren despavoridos.
    Desde lejos me río a carcajadas.

  3. ¿Qué ha sido de aquellos momentos en los que era niña y nos íbamos con los abuelos a pescar? Lo único que me quedan son los recuerdos, pero puedo evocar todo el proceso: nos levantábamos muy temprano, cogíamos el coche y nos dirigíamos al río. Allí todo seguía una rutina donde lo más importante que nos ocupaba al llegar -antes de empezar la susodicha pesca-, lo primero, era ir a recoger gusanos.¡ Sí! ¡Has oído bien! Eran imprescindibles para que el pez picara el anzuelo.
    Recorríamos la vera del río y con una pala pequeña de plástico removíamos la tierra y allí estaban ellos; yo en realidad me encargaba de sujetar la bolsa y mi abuelo los cogía con sus manos. Recuerdo que eran morrones, suaves al tacto y que se retorcían, intentábamos recoger cuántos más mejor.
    Me impresionaba ver cómo mi abuelo cogía gusano por gusano y los iba clavando en el anzuelo… “Pobrecitos, se les acabó la vida…”, pensaba yo. Pero gracias a ellos, tengo que decir que comíamos pescados muy ricos que hacíamos a la barbacoa, mmmm…. ¡Gracias gusanos! Sin vosotros la pesca no hubiera sido posible, o por lo menos, eso decia mi abuelo.

  4. Mi relación con los gusanos ha sido siempre reduccionista. Ya desde pequeño comencé a sentir un profundo disgusto por sus formas y colores, así como el método por el que esas criaturas invertebradas se arrastran por el suelo. Y digo reduccionista porque nunca quise ver más allá de las apariencias o aproximarme científicamente a su viscoso mundo. De ahí que, a la que me preguntan por ellos, los denomine insectos o no sepa definir los motivos que me impulsan a evitarlos cuando los descubro entre las plantas de mi balcón o cuando cruzan con desafiante lentitud los caminos de mis escapadas campestres. Es posible, basándome en rechazos parecidos, que mi fobia provenga de su pegajosa constitución, ya que tampoco llevo bien la visión de babosas, moluscos y un buen número de insectos, en especial caelíferos como el saltamontes.

    Supongo que un profundo ejercicio de reflexión al respecto mejoraría la relación que existe entre nosotros, incluso podría darse el caso de que estableciera cierto contacto con ellos, aproximar la yema de un dedo, o acercar la punta del pie, si bien el pensamiento de que nuestros espacios personales confluyan me genera automáticos escalofríos. De atreverme, entendería el ritmo vital nemátodo o explicar el papel que representan estos seres para el correcto funcionamiento de nuestro planeta; discreto pero, hasta cierto punto, necesario. A día de hoy, me veo incapaz de congraciarme con su causa, ni eludir las connotaciones negativas que la sociedad ha alzado alrededor de ellos, como esa acepción popularizada por las películas de gánsteres en las que un gusano es tanto una persona vil y despreciable como una criatura lánguida y de llamativa insignificancia. Como un James Cagney desprovisto de toda metáfora, abriría fuego sobre ellos a la voz de «¡Morid, gusanos!».

    Como se puede apreciar, el asco se acompaña de un profundo rencor, quizá por eso de que, tras la muerte, nos coman los gusanos. Ofende que ellos, los últimos en los que pensarías cuando evocas la palabra ecosistema, sean los grandes beneficiarios de nuestro paso por el mundo. Los gusanos entran en ese saco de últimos y primeros profetizados en Mateo 20-16. Mal que me pese, la historia de la humanidad es un relato con gusano.

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