En el tanatorio

 

baas

[BAAS Arquitectura, Tanatorio en León]

Mi abuelo fue un bromista. A nadie le gustaban sus bromas. Era un día muy lluvioso, pero acudimos todos al sepelio, ya que era uno de los requisitos para recibir la parte de la herencia. Durante las palabras del cura, desde el móvil de mi primo suena constantemente “El exorcista”. Yo me río y mi madre me da una colleja. Más tarde, mientras todos observábamos cómo bajaban el féretro, y a causa de la lluvia, a los trabajadores se les escapó de las manos la cuerda mojada que sostenían y el ataúd se soltó y el impacto contra el fondo ocasionó un tremendo ruido. Nos asomamos y pudimos ver que el cuerpo del abuelo había quedado fuera, a la altura de la cintura. Tras unos momentos de terror, empezó a sonar la música de “Psicosis”. En ese momento, un estremecedor trueno rompió el silencio y sobresaltados, los presentes huimos en estampida. Al día siguiente supimos que esta había sido la última voluntad del abuelo.

Patricia García, GS

Redacta un pequeño texto en el que describas una vivencia personal en un tanatorio o en un entierro. Si quieres, como en el modelo, puedes inventar un argumento.

12 thoughts on “En el tanatorio”

  1. Acabo de acordarme de La hojarasca, de GGarcía Márquez. He aquí un fragmento:

    Por primera vez he visto un cadáver. Es miércoles, pero siento como si fuera domingo porque no he ido a la escuela y me han puesto este vestido de pana verde que me aprieta en alguna parte. De la mano de mamá, siguiendo a mi abuelo que tantea con el bastón a cada paso para no tropezar con las cosas (no ve bien en la penumbra, y cojea) he pasado frente al espejo de la sala y me he visto de cuerpo entero, vestido de verde y con este blanco lazo almidonado que me aprieta a un lado del cuello. Me he visto en la redonda luna manchada y he pensado: “Ese soy yo, como si hoy fuera domingo”. Hemos venido a la casa donde está el muerto. El calor es sofocante en la pieza cerrada. Se oye el zumbido del sol por las calles, pero nada más.
    El aire es estancado, concreto; se tiene la impresión de que podría torcérsele como una lámina de acero. En la habitación donde han puesto el cadáver huele a baúles, pero no los veo por ninguna parte. Hay una hamaca en el rincón, colgada de la argolla por uno de sus extremos. Hay un olor a desperdicios. Y creo que las cosas arruinadas y casi deshechas que nos rodean tienen el aspecto de las cosas que deben oler a desperdicios aunque realmente tengan otro olor.
    Siempre creí que los muertos debían tener sombrero. Ahora veo que no. Veo que tienen la cabeza acerada y un pañuelo amarrado en la mandíbula. Veo que tienen la boca un poco abierta y que se ven, detrás de los labios morados, los dientes manchados e irregulares. Veo que tienen la lengua mordida a un lado, gruesa y pastosa, un poco más oscura que el color de la cara, que es como el de los dedos cuando se les aprieta con un cáñamo. Veo que tienen los ojos abiertos, mucho más que los de un hombre; ansiosos y desorbitados, y que la piel parece ser de tierra apretada y húmeda. Creí que un muerto parecía una persona quieta y dormida y ahora veo que es todo lo contrario. Veo que parece una persona despierta y rabiosa después de una pelea.

  2. Corrían los años setenta (y largos). Recuerdo aquella lúgubre habitación rodeada de numerosas personas con caras pálidas y ánimo afligido, sentadas en unas sillas de comedor antiguas tapizadas en color granate. Era el velatorio del marido de una amiga de mi madre. Yo apenas rozaba los diez años y era la primera vez que acudía a velar a un muerto y no entendía qué propósito tenía aquella reunión de personas que rodeaban un ataúd, que derramaban lágrimas, y proferían suspiros y lamentos. Recuerdo que asistimos varios niños de mi edad; éramos amigos porque nuestras madres también eran amigas del finado -entonces de cuerpo presente-. Allí estábamos sentados nosotros, los más jóvenes e inexpertos, sin que nadie nos hubiera explicado cuál era nuestro papel en aquella lúgubre habitación y dada nuestra complicidad, alguno de ellos empezó a remedar al difunto, imitando su mueca y su postura; era el líder de la banda, el payaso de turno. Así pasó la situación de tétrica a graciosa, de pequeños a mayores y aquellas maravillosas carcajadas se contagiaron en el resto de los asistentes, bajo la mirada de aprobación de la viuda.

  3. Pasé la noche en un motel de mala muerte. Al despertarme, tenía en una mano una botella de whisky y en la otra en mi móvil. En él, una luz parpadeante me avisaba de que tenía un mensaje de voz.”Cariño, ¿cómo estás? Estoy preocupada [silencio] Respeto tu decisión de ir solo al funeral de tu padre. Llámame cuando vuelvas, te quiero.”
    En los primeros asientos de la iglesia estaban mi madre y mis tíos. El resto de los presentes eran simples cotillas.El ataúd, rodeado de hermosas flores, presidía el altar. Y allí dentro estaba él, mi padre.Mi padre tenía una expresión serena y sobria. Cuando me acerqué me sobrevino un fuerte dolor de cabeza y sentí palpitaciones en el pecho. Tal vez los malos recuerdos, pensé. Un odio brutal recorrió mi cuerpo de inmediato y sin pararme a pensar saqué de mi bolsillo un cuchillo afilado que clavé en su pecho numerosas veces. El párraco y mis tíos intentaron detenerme pero también fueron víctimas de mi ira. Un enorme charco de sangre se formaba a mis pies. En ese espantoso lugar solo veía claramente a una persona: mi madre. Ella tenía la mirada perdida pero mostraba un rostro tranquilo y sereno, yo diría que casi feliz. La cogí de la mano y corrimos hacía la salida. Aproveché para bloquear las puertas del edificio. Nos dirigimos al coche ayudé a mi madre a sentarse en el asiento del copiloto. De la guantera, extraje un viejo osito de peluche -recuerdo su lazo azul- al que ella abrazó. Del maletero, saqué dos bidones de gasolina y esparcí su contenido junto a las puertas y alrededores. Encendí una cerilla, la tiré al suelo y observé cómo una gran llamarada recorría toda la iglesia. Volví al coche donde mi madre seguía sonriendo y le dije, tomándola de la mano: “Madre, todo ha terminado. Empecemos una nueva vida juntos”. No hubo respuesta, ella seguía abrazada al oso de peluche. Puse en marcha el motor, subí la radio a todo volumen, y los gritos desgarradores que provenían de aquel maldito lugar se iban ensordeciendo en la distancia.

  4. La primera vez que tuve percepción de ver o sentir cosas extrañas, fue en el entierro de la madre de una amiga. En la iglesia empezó a faltarme el aire, hasta que vi, junto al féretro, a la madre de mi amiga y un señor que no conocía, les oía hablar entre ellos. Él le preguntaba por la gente que estábamos en la iglesia y que no reconocía. Su madre le contaba quiénes éramos. Días después se lo expliqué a un amigo común y le detallé cómo era el hombre, entonces me enseñó unas fotos y en una de ellas lo reconocí, me dijo que era el padre de nuestra amiga, padre que yo nunca conocí.

  5. Era un caluroso día de verano cuando sonó el móvil. Era mi madre, que con un tono áspero me dio la noticia. Mi tía abuela acababa de fallecer. Todo fue muy rápido, cuando llegué a casa la ambulancia ya se había llevado el cuerpo al tanatorio. Me arreglé un poco y me dirigí hacia allí. En el tanatorio no parecía que nadie hubiera muerto, todos hablaban de temas triviales, incluso había quien tomaba café. Pero cuando entré en la sala, el mundo se partió en dos. Me encontraba –ahora– en una especie de purgatorio ocupado por un cuerpo vacío rodeado de flores. Ese cuerpo ya no pertenecía a mi tía abuela, había pasado a ser el simple recuerdo material de quien se despoja el alma cuando abandona la realidad de los vivos.

  6. El hombre abrió los ojos, vio oscuridad; levantó su brazo y empujó la tapa del féretro. Empujó con los dos brazos, empezó a temblar por todo el cuerpo; golpeó agresivamente la tapa y gritó. Media hora después, dejó de golpear y de gritar. El hombre tuvo una idea: golpeó con sus manos en la tapa y con sus pies en la parte lateral del féretro; como si tocara un bombo, mientras que cantaba en voz alta. Tres horas después, empezó a darse cuenta de que tenía una navaja en su bolsillo, así que el hombre, tuvo otra idea más fácil: pasar la navaja por el contorno de la tapa del ataúd.

  7. Ayer mismo estábamos jugando al fútbol, verlo hoy acostado en un ataúd, como se estuviera durmiendo, despierta un sentimiento muy confuso: la incredulidad. Todo ha sido muy rápido, ha visto segada su vida por un trágico accidente, no ha tenido tiempo de decir palabra alguna, simplemente se ha ido. Hoy somos muchos los amigos que nos reunimos en el cementerio para decirle adiós. Hace mucho calor, las lágrimas se mezclan con el sudor. El olor de las flores deja un sabor amargo en la garganta y resulta casi imposible proferir cualquier palabra, y las que dictaba el cura delante del féretro carecían de sentido. Las miradas lejanas de sus familiares hacían que todo pareciera una pesadilla; pero no, la muerte es tan real como la vida misma.

  8. Un día cualquiera me preparaba para ir a trabajar, como cualquier otro día. Me fui tranquilamente paseando hasta la parada de autobús cuando de repente recibí una llamada de teléfono. Era mi antiguo jefe comunicándome que había muerto la madre de una compañera. Me pidió si podía ir a su casa para hacerle un rato de compañía a su padre, mientras ella arreglaba todos los papeles en la funeraria. Cambié de parada de autobús y me dirigí hacia su casa. Al llegar, me encontré con mi exjefe, que me abría la puerta y me hacía pasar a un pequeño despacho donde se encontraba el marido de la difunta. A los pocos minutos, Jorge se disculpó y se marchó a no sé muy bien dónde. Tras una conversación intrascendente con aquel hombre, –que a mí se me hizo eterna- llegó mi compañera. Me agradeció efusivamente que me hubiera quedado con su padre; después nos pusimos a preparar café. Pasaron unas horas más y volvieron a llamar al timbre. Mi compañera me pidió que fuera yo a abrir y cuando me dirigía hacia la puerta tuve una extraña sensación: tanto padre como hija desaparecieron de mi vista y se encerraron en otra habitación situada al fondo de un estrecho pasillo. Al otro lado de la puerta me encontré unos chicos muy educados, con una camilla en sus manos. Me pidieron permiso para entrar y una vez en el vestíbulo me preguntaron dónde estaba la fallecida. Ilusa de mí, contesté con una media sonrisa, “en el tanatorio”. Ellos se miraron y uno de ellos dijo “nosotros somos los del tanatorio y venimos a llevarnos a la difunta”. Ante mi cara de asombro empezamos a abrir todas las puertas de las habitaciones que encontramos a ambas partes de comedor, hasta que en una de ellas comprobamos que yacía una señora en una cama antigua con un cabezal de madera esculpida.
    Los chicos de la funeraria se acercaron a ella y sin levantar la mirada me pidieron si le podía quitar los pendientes y los anillos, a lo que les contesté que ellos mismos podían hacerlo. Simplemente, me sonrieron. Durante toda la maniobra de cambiar a la señora de la cama a la camilla, los chicos intentaban hablar conmigo con preguntas como “¿era su abuela?”, “¿era su tía?”, mientras yo me limitaba a negar con la cabeza. Al final uno de ellos me dijo que no entendían por qué estaba yo allí a lo que solo pude decir que yo tampoco entendía como al levantarme, una mañana cualquiera de un día cualquiera, había acabado concernida en esa situación.

  9. Despues de muchos años nos dejó. Era dentro de lo que cabe, joven, 66 años, pero un día un coche se saltó un semáforo y se lo llevó por delante. Ahora estamos todos aquí, en el tanatorio, despidíendonos de él, un hombre siempre alegre y que nunca negaba un saludo.
    Cada vez que nos veíamos por la calle, el golpecito en la espalda siempre estaba presente. Ahora aquí yo me despediré de tí como siempre nos saludábamos, con un golpecito en la esplada y deseándonos, que vaya bien el día.
    Después de muchas horas aquí dentro asistimos a la misa de despedida y te damos tu último adiós.
    Todos sus amigos estábamos allí, diciéndote, “hasta siempre”

  10. Hace tres meses y medio falleció Moisés Corral, un residente de la residencia donde trabajo y fue un hecho inesperado. Lo más triste es que estaba solo, no tenía familia cercana.
    Fuimos al tanatorio y cuando llegamos solo había dos personas: Alejandra, que trabajaba en la fundación y lo tenia tutelado y un sobrino, que cuando estaba vivo nunca se hizo cargo de él. Laura y yo nos acercamos donde estaban ellos y lejos de ver al sobrino triste, este se mostraba ilusionado con el dinero que tenía el tío. Él había de ser heredero absoluto, puesto que Moisés no tenía más familia.

  11. En el cementerio

    Ese día fuimos todos los primos al cementerio a llevarles flores a los abuelos; los más mayores querían sacarle provecho al dinero por lo que compramos un ramo de flores grande que luego se dividió en dos partes. Colocamos una parte del ramo para el abuelo y la otra parte para la abuela.Como vimos que aún era temprano, decidimos hacer una pequeña excursión por el cementerio, lo que en verdad era más curiosidad que otra cosa; llegamos a un panteón familiar que tenía la puerta abierta y desde fuera podíamos ver dos ataúdes grandes, uno a cada extremo y en medio, uno pequeño como para bebés; yo tenía tanta curiosidad que me acerqué aún más. Entonces, por detrás, sentí un empujón que hizo que acabara dentro del panteón y sin más, mis primos cerraron la puerta. Yo empiezo a gritar y a gritar mirando lo que había detrás. Al cabo de unos minutos interminables me abrió la puerta el cuidador del cementerio, un hombre mayor. Yo solo pude mirarlo y salí huyendo, ni las gracias le pude dar del miedo que tenía. Desde entonces no voy nunca sola al cementerio, pero tampoco voy con mis primos.

  12. Se puede decir que soy una persona un tanto peculiar. Tengo manías, pensamientos alucinantes… Pero como todos, fantaseo con tocar el cielo y no comer tanto techo. Mi abuelo siempre me decía «Lo que construyes ahora, será tu futuro». Y es cierto, siempre te recuerdan por cosas que has hecho, cosas que hiciste. Cuando mi abuelo murió, yo le recordé por todo el amor que me tenía, por cosas que hizo de pequeño, y lo que hizo por mí, en su vida. Ahora yo no creo que haya ni cielo ni infierno. Creo que los difuntos están en la caja pudriéndose y con miles de gusanos y animales que se comen la carne del cadáver.
    Yo de pequeña, quise construir un castillo de sueños e ilusiones, quería demostrar que podía ser la hija que cualquier padre o madre quiere para él o ella. Una de mis manías, es evitar la muerte. Si, está en todas partes…

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