jul 02 2010
¡Grata sorpresa!

Entramos en pleno periodo vacional con una grata noticia.
Pensábamos que la presentación en el concurso para Jóvenes Escritores de Poesía y Relato Corto de Baeza (Granada) no había tenido éxito. ¡Pero no ha sido así! Ayer recibí un email de Irene Figueras en el que me explicaba que había recibido por correo ordinario en su casa un certificado reconociéndola como FINALISTA en el concurso de relato corto.
Mi felicitación personal, Irene. Aquí va tu texto. Si queréis dejarle algún comentario, hacedlo al final de la entrada.
IRENE FIGUERES: RETROSPECCIÓN
Aún recuerdo aquel día. El día en el que empezó todo, o en el que terminó mi vida.
Tenía trece años y una adolescencia difícil. Huérfano de padre y de madre con paradero desconocido, vivía con mi abuela viuda en una casa que parecía esconder, como un tesoro bajo sus muros, todos los recuerdos de su familia y de su adolescencia; de cuando era feliz de verdad.
18 de octubre de 1974; nunca me hartaré de repetir esta fecha fatídica en mi calendario vital. Es curiosa la manera egoísta que tiene nuestro cerebro de recordar los datos más irrelevantes y absurdos, y se divierte viendo como nos matan los remordimientos y las culpas en intentar inútilmente crear una imagen de un ser querido que, con el paso de los años, se confunde y se desvanece como los cálidos rayos de sol en una fría e inhóspita jornada de invierno.
Ese día estaba en el colegio, como de habitual, observando a través del cristal las sorprendentes nubes acariciando la superficie del cielo con todo su esplendor azul celeste intenso. Mientras tanto, el maestro de lengua española nos ofrecía desde lo alto de la tarima una lección magistral sobre los pronombres personales. Ir a la escuela no había sido nunca fruto de mi devoción, pero me fascinaba la lectura.
No me encontraba demasiado bien. Y ocurrió: primero fue un leve mareo, que se fue intensificando hasta que se me nubló la vista, los oídos me pitaban, las piernas no aguantaban mi cuerpo, las extremidades no respondían a mis impulsos; mi corazón dejó de latir y mis ojos, huérfanos de luz, dejaron de parpadear. Los cinco sentidos se iban desvaneciendo, como si la vida se me escabullera de entre las manos y fluyera, espectralmente, de manera siniestra y ofuscada, como un haz de luz frívola y tenue, alejada de la humanidad. No puedo recordar nada más de lo que ocurrió acto seguido.
De camino al hospital más cercano, caí en un profundo y depresivo sueño. Nunca antes había experimentado una sensación tal, y espero no volver a sentirla. Me encontraba andando por un largo e infinito túnel, sin ningún rastro de luz a través del cual guiarme. Avanzaba a la deriva por un mar opresivo e inquietante. De pronto, de la lejanía, unos murmullos. Unos susurros de personas, inaccesibles, pero existentes. Parecía una discusión, en la que destacaba una voz masculina, potente sin embargo bonita, segura y sin vacilaciones. Mas no había receptor ninguno, o parecía no haberlo; nadie respondía a las súplicas del hombre. Estaba curioso por saber de dónde salían esas quejas, quién era el dueño de ese lamento, de esa música melancólica.
Avancé, sin rumbo, por un espacio ilimitado. Allí, el tiempo no tenía mesura, las horas eran plomo; los horarios, humo. Anduve sin cesar, siguiendo el extraño en un mundo que cada vez era más y más próximo. Me encontraba a gusto entre tanto silencio. Un lugar donde poder reflexionar sin influencias externas, donde poner tus ideas en orden y pensar en la vida y el futuro, viviendo el presente eterno.
Nunca llegué a reunirme con esa voz. Era muy persuasiva, pero letal. Desde el primer instante me enamoré perdidamente de ella. Era un amor imposible, platónico. Ahora lo encuentro absurdo; el primer amor siempre es absurdo. Y desapareció sin más, repentinamente. Me dejó en medio de la nada, solo de nuevo, e intrigado por saber a quién pertenecía esa melodía.
Ahora, cuando lo pienso, logro adivinar la respuesta. Era la voz cálida de mi difunto padre. Una parte de mi inconsciente lo mantenía vivo y lo despertó justo cuando más lo necesitaba. Al morir él, mi mundo empequeñeció. No sabía dónde esconderme para que no me vieran llorar, las horas se me hacían interminables, las paredes de la casa ahogaban mi corazón… hasta que un día, sin aviso previo, esa sensación desapareció. Latente queda su recuerdo, pese a ser un desconocido que se cruzó en mi vida para enseñarme a sobrevivir. Y del mismo modo en el que apareció, se fue, silenciosamente, sin decirme apenas nada, ni un adiós, dejándome un hueco en lo más profundo del alma, un incomprensible vacío.
Seguía en aquel espacio incierto. Tenía miedo de moverme. El más mínimo movimiento paralizaba mis pensamientos y los manipulaba a su antojo. Aunque la oscuridad que me envolvía se había vuelto menos densa, la sensación de infinito y de miedo no desaparecía. Temía seguir adelante y equivocarme otra vez. No quería volver a caer en el mismo error de siempre. ¡Esta vez no!
En ese ambiente tenebroso y con unos pensamientos adversos, decidí aferrarme a la vida y buscar una grieta en ese túnel asfixiante.
Al poco rato de reemprender mi expedición personal, percibí una presencia. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Se me erizó el vello de los brazos, tal cual sucede cuando en invierno al salir de la ducha tu espalda desnuda nota la corriente gélida y tus plantas de los pies, la frialdad de los azulejos. Me di la vuelta, pero no vi a nadie. Al regresar a mi posición inicial, delante de mí se erigía una silueta opaca. Se me cortó la respiración, oía los latidos de mi corazón, notaba el flujo sanguíneo en la yugular, me olvidé de respirar por unos segundos, pero me di cuenta de que no podía verme. Cerré los ojos, me di un tiempo para relajarme mínimamente y desear que se hubiera ido. Pero seguía allí, impasible. La analicé minuciosamente: era una mujer joven, aunque de juventud marchita, como la de una rosa olvidada en un jarrón. No podía verle la cara, pero en el ambiente pesaba su tristeza y su culpa. Por un instante, me recordó a mi madre.
Me acordaba vagamente de ella: su olor y el suave tacto de sus manos de seda acariciándome la mejilla dulcemente, mientras me mecía lentamente en sus cálidos brazos de madre.
Mi abuela, cuando tuve ansias de conocer a mi madre, sólo supo decirme que no era una buena idea ir a su encuentro. Esa mujer nos había hecho mucho daño huyendo en busca de nueva fortuna después de la muerte de mi padre.
Mis sentimientos hacia ella eran contradictorios: rabia y dolor por haber sido tan cobarde, y comprensión por querer dejar de sufrir por aquello a quien tanto amaba. De nuevo, ahora, esos profundos pensamientos atravesaban mi mente de manera hiriente. Más que nunca me sentía estúpido por haberle guardado tanto rencor.
La misteriosa silueta se fue alejando, y con ella el sentimiento de culpa que pesaba en mi interior. Esta vez no me hundí por la pérdida, sino que comprendí que el camino que había tomado era el más adecuado para mí y para ella. La separación era dolorosa, pero necesaria.
Después de eso, la oscuridad se disipó con la luz de un nublado día de invierno, pero aún no vislumbraba ninguna posible salida. Seguí andando a hurtadillas por esa dimensión en la que empezaba a sentirme más y más a gusto, hasta que me encontré inesperadamente con un espejo de cuerpo entero que reflejaba mi propio ser.
Hacía tiempo que no me contemplaba en un espejo. En casa de la abuela sólo había uno, y era muy pequeño. Ella se miraba todas las mañanas para no olvidarse de su propio rostro; en cambio, yo me limitaba a darle una ojeada rápida para ver si todo seguía en su lugar.
Esta vez me inspeccioné lentamente, fijándome en todos los detalles, las curvas, los ángulos de mi anatomía, y me sobrecogí al no reconocer a esa persona que me acompañaba todas las mañanas de mi vida; había cambiado, se había convertido en un adulto de verdad. Ese chico, el del otro lado, me cautivó. Era lo que siempre había deseado ser, la armadura que día a día había ido forjando. Por fin veía los resultados de mis esfuerzos.
Fue luego cuando comprendí el porqué de mi misterioso viaje al mundo paralelo: una experiencia catártica que me ayudaría a limpiar mi consciencia y abrir los cajones más ocultos y dolorosos de mi subconsciente, aquellos que me impedían crecer y madurar como persona.
Mi propia imagen fue quien me tendió la mano para regresar a casa. Respondí instintivamente a su petición, atravesé el espejo conmigo mismo y me conduje por un dulce, blanco y cálido túnel, casi divino, hasta la camilla que me trasladaba al hospital.
A partir de ese día, olvidado en mi memoria, mi filosofía de vida cambió radicalmente: los días son una sucesión de progresos y la vida una oportunidad para aprovecharlos. No se debe dejar ninguna ocasión para ser feliz.
