CERVANTES Y LA LEYENDA DEL QUIJOTE
1. Miguel de Cervantes Saavedra, un perfil biográfico
1.1. De la cuna al cautiverio
Nacido en 1547, en Alcalá de Henares. Cuarto de los siete hijos de un médico cirujano, que mantuvo con dificultades la familia, con la que tuvo que trasladarse a Valladolid, donde Miguel inició su formación académica, que culminó en Madrid, en el colegio de Juan López de Hoyos, de la mano del cual Cervantes publicó sus primeros versos, un erasmista que, sin duda, influyó fuertemente en su pupilo: las críticas que se lanzan a la riqueza y a los que abusan de su poder, junto con la defensa de la libertad individual, que encontramos en el Quijote son algunas de las señales del erasmismo del mismo Cervantes.
Durante el verano de 1569, Cervantes huye a Italia,acusado de herir a un hombre, seguramente en un duelo. En Roma, sirve durante un tiempo al cardenal Acquaviva y, en 1570, se enrola como soldado. En octubre de 1571, en la batalla de Lepanto, Miguel entró en combate a pesar de estar con fiebres y recibió dos heridas, una en el pecho y otra en la mano izquierda, que no impidieron que, una vez curado (la mano quedó algo anquilosada), participase en otras acciones militares y sirviera como soldado de guarnición en varias ciudades italianas.
La estancia en Italia dio a Cervantes la oportunidad de conocer ciudades como Roma, Milán, Florencia y Venecia, que florecían entonces en el cenit de su esplendor renacentista, y que dejaron honda huella en el escritor.
En setiembre de 1575, Cervantes se embarcó con su hermano Rodrigo, también soldado, para viajar de Nápoles a la península Ibérica. Llevaba cartas de recomendación con las que pretendía ser ascendido a oficial del ejército. Cuando bajeles turcos apresaron la galera y se llevaron cautivos a Argel a los dos hermanos, las cartas de recomendación se convirtieron en comprometedoras, ya que los turcos pensaron que estaban ante un rehén de elevada condición y que, por tanto, de él podrían conseguir un elevado rescate. En el caso de Miguel, el rescate se demoró cinco años, tiempo que se le hizo insufrible, de manera que protagonizó audaces intentos de fuga que fueron frustrados. La libertad le llegó en setiembre de 1580, después que unos frailes trinitarios pagaran su rescate. Hay huella de esta experiencia en dos piezas teatrales: El trato de Argel y Los baños de Argel, así como en la historia del cautivo que interpoló en la primera parte del Quijote.
1.2. Dificultades para rehacer su vida
El rescate de los hermanos mermó la menguada hacienda de los Cervantes hasta el endeudamiento. Miguel, falto de recursos, marchó al encuentro de la corte de Felipe II, de la que consiguió algo de dinero; sin embargo, intentó infructuosamente marchar a Amèrica. Por ese tiempo (1582), ya había comenzado a redactar La Galatea y mantenía relaciones con Ana Villafranca, mujer casada con quien reconoció tener una hija, Isabel de Saavedra. A pesar de ello, en 1584, contrajo matrimonio con Catalina de Salazar, una joven de 19 años, hija de una familia principal, aunque no rica.
Entre 1587 y 1600, Cervantes se estableció en Sevilla con el cargo real de comisario de abastos, que le llevó a recorrer gran parte de Andalucía como cobrador de impuestos y requisando cereales y aceite para proveer las galeras de la Armada Invencible. Era un oficio ingrato y lleno de incidentes que le puso en contacto con una variopinta gama de tipos humanos, que irá recordando y retratando en el Quijote y otras obras: venteros y campesinos, pícaros y titiriteros, curas de aldea y delincuentes, etc. Su segundo intento de marchar a América quedó también frustrado. Continuando con su oficio de recaudador de impuestos, fue encarcelado por un corregidor de Écija en 1592, acusado de vender una partida de trigo sin autorización. La apelación fue rápida y se le puso de inmediato en libertad. En 1594, obtuvo la comisión de cobrador de alcabalas (tributo que gravaba las ventas de productos) y otros impuestos atrasados en el Reino de Granada. El banco donde iba depositando el dinero quebró, y, ante la imposibilidad de presentar en efectivo lo cobrado, fue encarcelado de nuevo, esta vez durante tres meses en la cárcel de Sevilla. Corría el año 1597 y de esta segunda experiencia carcelaria nació el Quijote. De la desilusión, del cansancio y la amargura de este hombre acosado por el infortunio surgió la mayor reflexión que haya hecho un hombre sobre su tiempo: el Quijote.La cárcel de Sevilla, además, lo puso en contacto con el hampa local, gente sin ley que describió con extraordinaria maestría en la novela ejemplar Rinconete y Cortadillo y en el episodio de los galeotes del Quijote.
Entre Lepanto y la Armada Invencible, de 1571 a 1588, pasaron diecisiete años, que son los del progresivo desengaño de Cervantes, quien despertó del sueño heroico para darse amargamente de bruces con la realidad.
1.3. Los años de la vejez y la muerte
“Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y esos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies; este digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha […] llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la guerra, Carlo Quinto, de felice memoria“. (Prólogo a Novelas ejemplares)
Así sería el retrato de Miguel de Cervantes en 1603, cuando, casi sesentón, se estableció en Valladolid con su mujer, sus hermanas y su hija Isabel.
La noche del 27 de junio de 1605, fue herido de muerte frente a la casa de Cervantes un caballero. Se detuvo e interrogó a toda la familia, y aunque el auto del proceso demuestra que no tuvo nada que ver con el suceso, sí se puso en duda la moralidad de la casa del escritor.
A partir de 1606, siempre tras la corte, Cervantes fijó su residencia en Madrid, donde comenzó su etapa de fecundidad editora, facilitada por el éxito de la primera parte del Quijote. Hasta entonces solo había publicado algunos poemas circunstanciales, La Galatea (1585) y algunas obras estrenadas entre 1582 y 1587, que no obtuvieron el éxito deseado. En los diez años que van desde 1606 hasta su muerte, Cervantes vio aparecer el resto de su obra; fue en esta etapa de madurez, cuando nuestro autor conoció el éxito y la fama, con sus correspondientes envidias y elogios. Por ejemplo, es notoria la mutua animadversión entre él y Lope de Vega, no disimulada ni por uno ni por otro.
Cuando murió, hacia el 23 de abril de 1616, hacía pocos días que había terminado la dedicatoria de su última obra, Los trabajos de Persiles y Sigismunda.
A la luz de lo comentado el día anterior, podemos concluir que la biografía de Miguel de Cervantes es la propia de un personaje antiheroico– de ahí, el claro paralelismo entre el escritor y su máxima creación, el hidalgo Alonso Quijano-. Resulta también evidente la correspondencia entre su trayectoria vital y la situación del país: su vida transcurre a caballo entre dos periodos histórica e ideológicamente antitéticos.
La locura de don Quijote como asunto narrativo corría el riesgo de convertirse en una payasada, si no se le daba una aspiración superior, y ello Cervantes lo solucionó magníficamente con la creación de Dulcinea del Toboso, la genial figura cervantina que llena todo el Quijote sin asomarse realmente ni a una sola página. “Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, si es fantástica, o no es fantástica” (II, 32), afirma en cierta ocasión don Quijote. Él creó su mito, porque
Aldonza Lorenzo le valía para ello, mito originariamente literario (caballeresco y pastoril), pero de
tal suerte se introdujo en su corazón, alimentado por la fantasía y el ensueño, que real y
verdaderamente se enamoró de su propia criatura. Es ello uno de los síntomas de su locura, pero
también algo tan sentido y tan elevado que adquiere una validez total.
Loco entreverado, solo desatina cuando se refiere a su manía, y es perfectamente cuerdo en las demás circunstancias. La relación entre su paranoia y la realidad va evolucionando en el transcurso de la novela, en tres fases principales:
1. En la Mancha no ocurre absolutamente nada: todo es normal, vulgar, cotidiano, Rutinario; y don Quijote lo sublima al estilo caballeresco: los molinos serán gigantes; los rebaños, ejércitos.
2. En Aragón, donde está el palacio de los duques,
la realidad sigue siendo igual y el ambiente
continúa no apropiado a las aventuras; pero el
ingenio de los que rodean a don Quijote lo
transforma engañosamente en un mundo
caballeresco y fantástico.
3. En Cataluña, las aventuras de veras, tan
buscadas antes, se han ofrecido a don Quijote. Y el
lector advierte con tristeza que mientras don
Quijote estuvo entre los bandoleros su figura se
eclipsó ante la gallardía y la viril eficacia de Roque
Guinart, y que en cuanto se halló metido en una
batalla naval, su voz se calló, su ademán quedó
inmóvil y no cometió ninguna de sus locuras, ahora
que la suerte le brindaba la ocasión auténtica para
demostrar el esfuerzo de su valeroso brazo.
En cuanto aparece la aventura desaparece don
Quijote, por la sencilla razón de que don Quijote es una falsedad; que no es ni caballero, ni fuerte, e
incluso su Dulcinea es una moza que se llama Aldonza Lorenzo. Ante el Mediterráneo, en las arenas
de la playa de Barcelona, don Quijote será vencido por un bachiller manchego también disfrazado
de caballero. Todo ello es triste, muy triste, porque el lector ha cobrado un afecto extraordinario por
este don Quijote, bueno, inteligente, simpático, honrado, pero a quien su chifladura ha convertido
en un arcaísmo viviente, que solo tiene validez ante lo imaginado o lo fingido y que se desmorona
ante la realidad.
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3.3. Composición, tipos y estilo del Quijote
La primera parte del Quijote ofrece una notable diferencia con la segunda. En aquella la
acción principal y fundamental, o sea las aventuras de don Quijote, se ve cortada y suspendida por
otros relatos intercalados en el texto, totalmente desvinculados del protagonista y su historia. En la
segunda parte, en cambio, las intercalaciones desaparecen, y amo y escudero van siempre juntos, y
cuando llega un momento en que deben separarse, Cervantes dedica alternativamente un capítulo al
uno y al otro, con frases de enlace al final de cada uno de ellos.
El Quijote, cuya acción se expone en riguroso orden cronológico, es una singular novela que
se va haciendo ante el lector. Cervantes está siempre a nuestro lado, y nos comunica sus problemas
de novelista, sus dudas sobre la perfección o eficacia de lo que va escribiendo, y gracias a la ficción
de Cide Hamete Benengeli -en principio parodia de un recurso común en los libros de caballerías-,
la narración se compone y se comenta ante nuestros ojos.
Con una audacia originalísima,
Cervantes en persona se asoma a las
páginas de su libro cuando se le agotan
los documentos de los archivos de la
Mancha y, posteriormente, encuentra el
presunto original árabe. Pero no solo
Cervantes aparece en el Quijote, sino
el Quijote mismo: la primera parte de
la novela es un elemento novelesco de
la segunda, e incluso el bachiller
Sansón Carrasco nos da la primera
bibliografía de la novela: “el día de
hoy están mpresos más de doce mil
libros de la tal historia; si no, dígalo
Portugal, Barcelona y Valencia, donde
se han impreso; y aun hay fama que se está imprimiendo en Amberes, y a mí se me trasluce que no
ha de haber nación ni lengua donde no se traduzga” (II, 3). Cervantes irá incluso más lejos cuando
haga que un personaje creado por Avellaneda aparezca como personaje del Quijote verdadero (II,
72), para desmentir al falsario continuador.
Los mismos descuidos de Cervantes, como el del famoso robo del rucio, son elementos de la
novela, pues se discute sobre ellos, se justifican y se achacan al impresor: ¡en el Quijote se habla
hasta del mismo impresor que lo imprimió! Realidad y fantasía, imaginación y certeza, libro,
impresor, lectores y seres imaginarios (incluso uno real) se entremezclan tan acertadamente, que
ello contribuye de un modo muy eficaz a hacer del Quijote un libro singular que alcanza plenamente
el mayor objetivo de todo novelista: convencernos de que lo que estamos leyendo es verdad.
El abigarrado mundo que ofrece la novela presenta una enorme variedad de tipos y
personajes. Los más importantes son, claro está, Dulcinea, don Quijote y Sancho. Este último,
genial creación cervantna, es un ejemplo típico de personaje que se va haciendo y perfilando a lo
largo del relato, no solo porque el escritor lo perfecciona y lo matiza, sino también porque el
contacto con don Quijote hace que experimente una clara evolución.
Cuando Sancho entra en la novela, es un “hombre de bien -si es que este título se puede dar
al que es pobre-, pero de muy poca sal en la mollera” (I, 7). Pero poco a poco este tonto empieza a
hablar y a discurrir, y con las tonterías va entreverando agudezas, y tardará bastante en empedrar
sus discursos con refranes, lo que se convertirá en una de las más características peculiaridades de
su conversación, siempre amena y divertida. Ya no tiene “poca sal en la mollera” cuando es capaz
de inventar su entrevista con Aldonza Lorenzo, en la primera parte; en la segunda, ya ha asimilado
con tanta sagacidad la locura de su amo, que es capaz de urdir la farsa de que las tres aldeanas son
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Dulcinea y dos de sus doncellas y de convencer a don Quijote de ello.
Sigue a don Quijote, a cambio de palizas,
pedradas, manteamientos y mil desdichas, en
parte porque le profesa un auténtico cariño y en
parte engolosinado con la promesa de ser rico y
poderoso. Cuando los duques hagan efectivos sus
sueños y se vea gobernador de la ínsula Barataria,
emergerán en él todo el ingenio popular, las ideas
más elementales de justicia y buen gobierno.
Cervantes se vale de Sancho gobernador para
satirizar, con muy buen humor, a los malos
gobernantes, que por muy sabios y encumbrados
que sean no llegan a la suela del zapato de este
humilde campesino analfabeto puesto a regir y a
mandar.
Cuando en la ínsula Barataria Sancho deje enterradas sus ambiciones, a pesar del fracaso,
está ya tan imbuido del espíritu de aventura de don Quijote, que continuará siguiéndolo fielmente,
ahora sin aspirar a recompensas desmesuradas y con el agravante de tener que azotarse para
desencantar a Dulcinea.
Don Quijote y Sancho son personajes literarios que carecen de tradición precedente.
Nacieron con Cervantes, quien los creó con su imaginación y sin recogerlos de anteriores prototipos
ni inspirarse en modelos literarios ni folklóricos ya conocidos. Por eso nos resistimos a ver en don
Quijote y en Sancho símbolos -el “idealismo” y el “materialismo” tan cacareados-, porque son algo
mucho más importante: dos hombres con ambiciones, problemas, luchas y un gran corazón.
Únicamente Dulcinea podría haber sido infundida por Cervantes de cierta categoría simbólica, ya
que ella, precisamente, en oposición a don Quijote y Sancho, está en la línea de la tradición
medieval de la dama lejana que inspira el amor “de oídas”.
La variedad de asuntos y personajes que se mezclan en la primera parte del libro hace que el
estilo narrativo y dialogado de esta no sea lo uniforme que es en la segunda. Hay en ambas partes
un estilo perfectamente acomodado a la trama principal de la novela; pero, como esta es, en su
propósito inicial, una parodia de los libros de caballerías, una sutil capa de ironía envuelve todo el
asunto, desde el principio hasta el final, de manera que da la impresión de que la obra está escrita en
falsete. Las mismas rúbricas de los capítulos revelan este matiz: “Alta ventura y rica ganancia del
yelmo de Mambrino” (I, 21), “Donde se cuenta lo que en él se verá” (II, 9), “Capítulo setenta: Que
sigue al sesenta y nueve, y trata de cosas no escusadas para la claridad desta historia” (II, 70).
En la ironía de la prosa del Quijote, el aspecto que más fácilmente puede escapar al lector
moderno es el del humorismo producido a base de los arcaísmos. Sería el caso de “non fuyades”,
“fecho”, “la vuestra fermosura”, “fasta”, “cautivo” (por “desdichado”). Lo curioso es que esta
dicción arcaica se pega a otros personajes de la obra, a veces a Sancho, a doña Rodríguez, e incluso
al mismo Cervantes, quien, ironizando como siempre, emplea arcaísmos en algunos momentos de
prosa narrativa. Conviene advertir que, aunque no desaparecen del todo, los arcaísmos menguan
mucho en la segunda parte de la novela.
En la primera parte del Quijote hay pasajes de estilo propio de la novela pastoril, como es
el episodio de Marcela y Grisóstomo; cuando los dos protagonistas se planteen hacerse pastores,
Cervantes apunta un tipo de sátira de la novela pastoril similar al aplicado a los libros de caballerías.
En algunos momentos de la primera parte, aflora el estilo propio de la novela picaresca, tan
en boga en aquel tiempo y que Cervantes rozó en el Rinconete y Cortadillo y en el Coloquio de los
perros. Ello se da principalmente en el capítulo dedicado a la aventura de los galeotes (I, 22).
La historia del Cautivo, también en la primera parte, cae en cierto modo dentro de la boga de
narraciones moriscas.
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Los discursos que pronuncia don Quijote en varias ocasiones son excelentes muestras de
estilo oratorio, aunque siempre hay que ir con sumo cuidado y no interpretar en serio lo que puede
ser ironía cervantina.
Las cartas que se intercalan en el Quijote ofrecen aspectos muy variados: la auténtica
misiva amorosa, en el caso de la de Luscinda a Cardenio (I, 27); la parodia de la epístola amorosa, o
sea la carta que don Quijote escribe a Dulcinea I(, 25), nuevamente parodiada y deformada cuando
Sancho la rehace de memoria (I, 26); las magníficas cartas que intercambian Sancho y Teresa
Panza, de una gracia insuperable; o la libranza pollinesca (I, 25), estupenda burla del estilo
mercantil, que tantos quebraderos de cabeza dio a Cervantes cuando era comisario en Andalucía.
El lenguaje caracteriza perfectamente a los
personajes, en un caso excelente de polifonía
lingüística que consigue dar naturalidad y verdad a los
aproximadamente doscientos personajes que conviven
en el Quijote.
El diálogo es uno de los mayores aciertos
estilísticos de la novela; diálogo a veces lento y
expresado en largos parlamentos, a veces rapídísmo y
cortado con interrupciones, enlazando preguntas y
respuestas con una técnica que parece propia del teatro.
También las descripciones van de un extremo al otro,
desde la pormenorizada, detallista y sugerente de los
pies de Dorotea (I, 28), hasta las tumultuosas y
dinámicas de pendencias y riñas, como la que provoca
Maritornes en la venta (I, 16).
El humorismo cubre todo el Quijote, hasta que
el protagonista recobra el juicio para morir poco
después, descontando las historias intercaladas o
marginales. El habla de muchos de sus tipos ya es
cómica de por sí, tanto la de los que naturalmente son
graciosos (como Sancho), la de los que se expresan mal
(el vizcaíno, por ejemplo), como la de aquellos que
sencillamente dicen tonterías (es el caso de doña
Rodríguez).
La ironía no tan solo se manifiesta en episodios o trances que ya de por sí son divertidos,
sino en breves notas gratuitas, a veces en dos palabras, que hacen recordar al lector que está leyendo
un libro de entretenimiento.
Cuando el escritor acaba su novela, tiene ya sesenta y ocho años, ha sufrido toda suerte de
penalidades, de estrecheces y de humillaciones, de las que no se ha escapado su propio hogar, y
aunque en el Quijote existe un fondo evidente de amargura y de tristeza, la forma es alegre y
risueña, chistosa y divertida, como si con estas manifestaciones humorísticas quisiera ahogar un
dolor profundo.
Extraído y adaptado de Martín de Riquer, introducción a Don Quijote de la Mancha, edit. Planeta
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