Mi cuadro favorito

ABS

David Hockney es uno de los mitos vivos de la pintura pop. Británico de nacimiento, se traslada pronto a California, donde enseguida se siente identificado con la luz, la cultura y el paisaje urbano de la región. “A bigger splash” es posiblemente su obra más conocida, y –aunque la sencillez de la composición pudiese hacer creer lo contrario- más valientes en cuanto a la dificultad de plasmar en una composición de tal tamaño un evento de vida tan corta como un zambullido. El propio Hockney lo explicó así: “Me llevó dos semanas pintar un evento que dura dos segundos”.

“A bigger splash” nos traslada a un tranquilo día soleado en California, con un soberbio manejo de la luz que parece hacer recomendable ver la pintura con unas buenas gafas de sol. Hockney nos sitúa al borde de una piscina, en medio de una serena composición conseguida mediante líneas únicamente horizontales y verticales, a excepción de la diagonal formada por el trampolín. El artista ha captado el momento exacto en el que un personaje, al que ya no podemos ver, se ha lanzado al agua, formando un gran splash que rompe momentáneamente la calma casi sagrada de la escena. Casi podemos escuchar el exuberante sonido del chapuzón mientras la suave y fresca brisa marina corre por nuestra espalda.                                                                                                       Texto: G. Fernández

Tu cuadro favorito y por qué siempre lo ha sido. Extensión libre. 

20 thoughts on “Mi cuadro favorito”

  1. El cuadro que más me gusta es “La persistencia de la memoria“, de Salvador Dalí. Cada persona lo verá de una manera particular, pero para mí no son solamente los relojes que transmiten la idea de estar derretidos, sino que se trata de un símbolo del paso del tiempo. Si nos fijamos bien, uno de los relojes se derrite sobre una roca blanca. Pero en realidad se trata de un ojo cerrado y una nariz, ambos de Dalí. Para mí el cuadro representa el paso del tiempo, una realidad plasmada en el arte.

  2. La persistencia de la memoria“, conocido también como “Los relojes blandos”, es un famoso cuadro pintado por Dalí en 1931. El paisaje es simple, en el fondo, se confunden cielo y mar. En el centro aparece una cara que se pierde en la oscuridad; la figura parece dormir sobre la arena y en un lado de la cara, aparece un reloj.
    A la derecha se puede observar una pequeña montaña y a la izquierda, una mesa de cartón sobre la que se disponen dos relojes blandos, otro reloj pequeño, de bolsillo y un árbol con una sola rama y sin hojas.
    Esta obra llama mucho la atención porque aporta una visión distinta de lo que es el mundo: expresa que el tiempo es fugaz y lo interpreto como que hay que valorar lo que tenemos. Por eso a muchas personas nos gusta esta obra.

  3. El rapto de Psique“. de William-Adolphe Bouguerian, es uno de mis cuadros favoritos. Basado en la mitología griega, trata sobre la historia de Psique y Cupido. Ella es la criatura más hermosa de la tierra y Afrodita, celosa de su belleza, ordena a su hijo Cupido que le lance una flecha que la haga enamorarse del hombre más horrible y ruin que exista. Pero Cupido, al verla, se enamora, lanza la flecha al mar y secuestra a Psique, llevándola a su palacio. Se aman en la oscuridad de la noche y Cupido no permite a Psique que lo vea ni le permite pregunta alguna sobre su aspecto. Pero ella extraña a su familia y pide permiso a Cupidp para ir a visitarla; él le advierte que guarde el secreto, que no revele quién es su amado: Pero Psique confiesa su amor e intenta que sus hermanas puedan verlo. Cupido reacciona a tiempo y huye. “El amor no puede vivir donde no hay confianza”, dice.

  4. Particularmente me gusta el pintor Vincent Van Gogh. Este neerlandés ha pintado varios cuadros que me encantan, como “Noche estrellada sobre el Ródano” y mi favorito “Camino con ciprés bajo el cielo estrellado“, que es un lienzo que representa lo descrito en su título. A la izquierda del ciprés aparecen unas cañas amarillas iluminadas por una estrella muy grande, Venus. A la derecha, un camino con un carro de caballos y dos amantes y, delante de ellos, dos trabajadores. Aparece la luna en cuarto menguante y una cabaña se adivina detrás del carro.
    Este cuadro lo conocí mientras cursaba noveno de Primaria en Argentina. La profesora de Plástica nos leyó la descripción que hizo el mismo Van Gogh en una carta y sugirió que dibujáramos lo que habíamos escuchado. El resultado fueron treinta dibujos, todos diferentes, surgidos de un mismo texto. Y eso me gustó, que las posibilidades que brinde el cuadro son infinitas.

  5. El mundo de la música me interesa mucho; por ese motivo este cuadro es uno de mis preferidos. “Tres músicos” muestra a tres hombres cubiertos con sombreros y acompañados de sus respectivos instrumentos. Uno de ellos está sentado y los otros dos están de pie, a su lado. por la posición de los cuerpos, parece que el músico situado en el centro está tocando el acordeón mientras que sus compañeros sencillamente sostienen los instrumentos. El artista quiere mostrarnos la vida de los músicos, sus largas horas de ensayos, el vínculo que se crea entre hombre e instrumento, sus aspiraciones o la presión que sufren ante un concierto. Esta obra me parece fascinante, tanto por el tratamiento que hace el artista del tema de la música como por su capacidad de transmitir las emociones de los protagonistas.

  6. En los siglos XV y XVI nació en los que ahora denominamos Países Bajos, la pintura flamenca; en un momento en que la mayoría de las obras seguían los dictados barrocos y resultaban monotemáticas, los pintores flamencos reivindican el paisaje y el retrato burgués. Uno de las características de este movimiento es el uso de la perspectiva, que ayuda a plasmar la realidad de las escenas con otra dimensión, casi fotográfica. Una de las muestras más apasionantes que podemos encontrar en la pintura flamenca es el retrato del matrimonio Arnolfini, pintado por Jan van Eyck en 1434. Vemos a una pareja vestida con atuendos de fantásticos colores, vivos y una perspectiva audaz de la habitación donde posan, además de un sinfín de elementos simbólicos (un perro, frutas, el lecho nupcial, una lamparilla de aceite…) relativos a la unión matrimonial que se representa. Es recomendable ir a contemplar la obra a la National Gallery londinense y sumergirse en uno de los lienzos más significativos y bellos de esa pintura.

  7. Mi artista favorito es un español. mallorquín para más señas: Miquel Barceló. Una de las obras que más me fascinan de él es la cúpula que pintó en la sede de las Naciones Unidas, en Ginebra. El artista quiso representar en su obra la metáfora de lo que representan estas naciones unidas. Es una cúpula de 1400 metros cuadrados en la que se aprecian tonalidades de verdes, azules, grises y amarillos y rojos. Simula la grandeza del mar, todos sus movimientos y, además, se ve representada una cueva. Esta cúpula, vista desde los asientos de la sala, parece un planeta o varios planetas distintos a la vez; este mar se transforma dependiendo de la luz, el espacio y el punto de vista del espectador. Hay siete olas que la gruzan de Sur a Norte, de África a Europa y la diversidad de sus colores da lugar a interpretaciones sobre la actualidad. Barceló dice:”Es una cueva que se mueve y un mar que también se está moviendo.” La cueva es metáfora de las reuniónes de los hombres, que hablaban de futuro, el mar es el pasado, el origen, el movimiento, la emigración, el viaje y las promesas de un devenir mejor.

  8. La verdad es que no tengo un cuadro favorito, pero si he de hablar de alguno, entre mis preferidos está “Noche estrellada” de Vicent Van Goch. Me encanta la obra del loco de pelo rojo en general y esta es la pintura que más me gusta.
    No sabría decir exactamente por qué. Siempre he pensado que definir el arte y lo que te hace sentir es algo complicado. Quizás me guste porque lo veo un poco ambiguo. Esta colgado encima de mi cama y cada vez que lo miro siento una especie de misterio, como si despertara a una nueva conciencia.
    Aparte de este cuadro, me encanta el arte en general y además creo que forma parte del ser humano por naturaleza. Todos tenemos algo de artista. Podemos crear y percibir el arte y eso es lo que realmente nos diferencia del resto de criaturas del planeta.

  9. Las Meninas” de Diego Velázquez me cautivaron a los 14 años, en un viaje a Madrid del que recuerdo tres cosas: que me pusieran puntos en el dedo a causa de un accidente doméstico, ir cantanto en el coche “Vaya, vaya, aquí no hay playa…” y esta magnífica obra, La luz del lienzo me hipnotizó; miré varias veces hacia donde supuestamente había una ventana y en todos los intentos creí al pintor. Ahí estaba la ventana y si la seguridad del museo me lo hubiera permitido, yo misma la hubiera podido abrir. Mi visita al Prado terminó ahí: ninguna otra obra fue capaz de llenarme los ojos de vida.
    No he vuelto a ver “Las Meninas” en directo y no quiero hacerlo, el recuerdo que tengo es demasiado valioso para ponerlo en riesgo.

  10. Se dice por ahí que una imagen cuenta más que mil palabras. En estos tiempos que transitamos, plagados de imágenes virales, de fotos, videos, emojis… aún sobreviven en la memoria algunos pantallazos eternos. Me vienen a la cabeza muchas obras de arte que me hicieron abrir los ojos, el corazón y la mente cuando aún era pequeña y no tenía una torre de control para clasificar las emociones. Entre todas esas obras, hubo una que me impresionó especialmente entonces y aún lo sigue haciendo. Es una pìntura de 1850 cuyo título es “Ofelia“, pintada por el británico John Everett Millais. En el cuadro se ve a una chica joven que yace muerta y medio hundida en una charca. La naturaleza que la rodea y contiene es verde, profunda y brillante. Todo a su alrededor está quieto, pero vivo. Ella está varada y pálida, parece contemplar el cielo. Pero no, sus ojos, justamente su mirada está muerta. Con los años y la escuela he sabido contextualizarlo todo: he aprendido quién era Ofelia, a qué movimiento pertenecía el autor y qué pretendía comunicar. Pero el hecho que la mantiene presente, atemporal, lejos de academicismos y catálogos, es y sigue siendo la triste visión de esos bellos ojos muertos.

  11. La voz de los vientos” es el nombre de uno de mis cuadros preferidos. Se trata de una pintura surrealista en la cual el autor, René Magritte representa un pàisaje tranquilo, vivo, equilibrado y al mismo tiempo roto por el peso aparente de tres esferas gigantes, que flotan en el aire. Ambigüedad: las esferas son la representación de nuestro subconsciente, donde residen los sueños, los miedos y deseos, los rencores y manías. Si miramos el paisaje, sin las tres esferas, no nos daríamos cuenta del contraste que existe entre la realidad y nuestra percepción de ella. Según el pintor, las esferas son nuestro subconsciente, que flota de manera ligera y sin rumbo, en una realidad bien definida y clara. Los colores lo expresan muy bien. ¿Cómo dibujaría cada uno de nosotros su subconsciente?

  12. La entrega de llaves a San Pedro” de Perugino. En este cuadro, en primer plano, se puede ver un grupo de personas, posiblemente de categoría noble, y a quienes desconocemos, no sabemos quiénes pueden ser. En el centro del grupo aparece la figura de un hombre con barba, Jesucristo, haciendo entrega de unas llaves a San Pedro, que simbolizan las llaves del cielo. Tras ellos, se ven tres edificaciones; dos son arcos de triunfo, situados en los extremos, y en el centro, una basílica. Cerca de ellas pasean y charlan diferentes personas. Bajo mi punto de vista, es un cuadro magnífico. Las proporciones están perfectamente tomadas, salvo la de los árboles; lo que realmente me enamoró del cuadro cuando lo vi fue su variedad de colores, claros, alegres. Y también, por el portentoso cuidado puesto en los detalles. ¡Da gusto verlo!

  13. Vicent van Gogh nació en 1853 en Zundert, Países Bajos. Fue uno de los pintores famosos del postimpresionismo.
    Los girasoles son una serie de lienzos al óleo muy conocida. Van Gogh los pintó para impresionar a su amigo Gauguin, quien los repartiría por toda la casa mostrando la belleza de la naturaleza; además, el motivo de los girasoles le permitía plasmar su color favorito, el amarillo. “Jarrón con cinco girasoles” es mi cuadro favorito; fue destruido por el fuego en la Segunda Guerra Mundial, el 6 de agosto de 1945. No sabría decir por qué me gusta, pero sé que me hipnotiza el contraste del azul de fondo con el amarillo de los girasoles, me parece realmente hermoso y a la vez triste.

  14. Mi cuadro preferido es “Tarde de domingo en la isla de la Grande Jette” de Georges-Pierre Seurat; es uno de mis favoritos porque está realizado con una manera diferente, con la técnica del puntillismo. La vista se centra en un parque, un tarde de domingo soleada y gran cantidad de gente que observa el acontecer del río. En primer plano, a la derecha, vemos a una pareja que pasea un perro y un mono y mira la corriente, parados. Frente a ellos, tres personas sentadas y un perro que come restos de comida. En el río se ve gente practicando el remo y algunos barcos. Pero en el centro de la imagen, destaca la imagen de una niña vestida de blanco que va de la mano de su madre. Ocupa el centro exacto del cuadro y la blancura la hace destacar del resto. Para mí, el blanco es señal de pureza, inocencia, paz, humildad y amor.

  15. El cuadro “Autorretrato con mono“, fue pintado en 1940 por la mexicana Frida Khalo cuando se divorció de su marido, el también artista Diego Rivera. Ella es una de mis pintoras favoritas, una mujer valiente y segura de sí misma que nunca ocultaba sus defectos sino que los resaltaba. Asi ocurre con su entrecejo y su ligera sombra de vello sobre el labio superior. En esta época Frida conforta su soledad con sus animales: loros, monos y gatos. Aquí la vemos con un mono abrazado a su cuello, que mira atentamente a que lo observa. La fría determinación en la cara de Frida refleja el resentimiento y la ira que siente hacia Rivera. Este cuadro fue adquirido por la cantante norteamericana Madonna, que pagó por él un millón de dólares.

  16. Uno de mis cuadros favoritos es “Saliendo del baño“, de Joaquín Sorolla. Lo descubrí en una exposición del autor en Barcelona. Sorolla es un artista de mediados del siglo XIX y principios del XX que supo retratar la idiosincrasia de su país a través de escenas realistas y con un tratamiento de la luz verdaderamente especial. En un viaje a París entró en contacto con la pintura impresionista, lo que provocó un giro importante en su manera de plasmar lo que veía. “Saliendo del baño” es un cuadro de los muchos que Sorolla pintó al aire libre; son obras vivas donde la luz juega de forma espontánea con brillos y sombras, óleos que presentan una luminosidad entremezclada con increíbles azules. En sus telas, se huele el mar y se oye a los niños jugar entre las olas. Me gusta la manera en que el artista trata los cuerpos, de forma que parece fácil, con tonos pastel.

  17. Mi cuadro favorito se titula Nighthawks y fue pintado por Edward Hooper en 1942; literalmente significa “Halcones de la noche”. El nombre hace alusión a la gente nocturna o que trasnocha, de modo que la traducción que se adaptó al castellano fue “Noctámbulos”. Tuve la suerte de contemplarlo en persona durante una visita que hice a Chicago en el año 2010.

    Recuerdo con claridad ese momento. Instantáneamente me sentí atraído por la escena: se ve a cuatro personas dentro de un bar urbano de estilo americano, tres de sus personajes son clientes y el otro es un camarero. Ya es de madrugada, pero debido a la buena iluminación interior y la gran cristalera que tiene el bar como fachada los detalles se hacen evidentes, igual que los colores y todo lo que ocurre dentro. Ciertamente no está pasando mucho. Ellos permanecen quietos y sus caras muestran languidez, más bien diría que sus caras son de tristeza. Esa quietud nocturna, impregnada de melancolía contrasta muy bien con la iluminación del lugar y la nitidez de los colores. Todo ello se convierte en un poema visual muy intenso, pero minimalista. Y allí estaba yo, completamente seducido por aquella pintura que para mí dejó de serlo. Me proporcionó tal sosiego que por un momento no sabía si me encontraba dentro de una escena real de los años cincuenta o más bien en un dibujo animado japonés moderno. La intensa luz y los colores del lienzo me hicieron despertar y volver a mí.
    Posteriormente a esa experiencia, investigué sobre Edward Hopper y pude comprender mejor la sensación que me embriagó tras ver esta primera pintura. El artista es célebre sobre todo por sus retratos de la soledad en la vida estadounidense contemporánea y por el realismo pesimista que trasmiten casi todas sus obras.

  18. Recuerdo que cuando tenía trece años decidí que mi cuadro preferido sería para siempre “Las Meninas“, de Diego Velázquez. Por aquel entonces ya me apasionó el cuadro, especialmente por sus múltiples interpretaciones. Fue el primer cuadro con el que experimenté las diferentes formas que existen a la hora de apreciar un obra. Me di cuenta de que no solo existe lo que se aprecia a primera vista sino que los artistas pueden ofrecer detalles que pasan inadvertidos al observador profano. Ellos pueden ocultar mensajes a los mismos clientes o a los protagonistas de los lienzos.
    “Las Meninas” retrata un grupo de personajes y un perro en un salón real. Esta es la primera impresión, pero entre esos personajes encontramos al pintor mismo, retratado a la izquierda y cuya mirada se encuentra con la del espectador. También es el punto de vista al cual se dirige la atención de los retratados, mientras que, gracias a un espejo situado detrás del artista, comprobamos quiénes son en realidad el objeto del retrato: Felipe IV y su mujer, Mariana de Austria. En definitiva, una obra que refleja el momento de un retrato visto desde los ojos del retratado. Además, la técnica, la luz y el espacio representados, así como los detalles que se pueden descubrir la convierten en una de las obras más importantes de la historia de la pintura.

  19. Para alguien que ama el arte -como es mi caso- elegir un cuadro dentro del infinito panorama de la historia sería prácticamente imposible. Mis gustos son, en esta disciplina, de lo más ecléctico: me puede enamorar tanto un chillida como un poussin; pero sí que es cierto que hay un nombre que para mí es imprescindible: Jacques Louis David. De él me gusta toda su obra, sin excepciones, y si tuviera que elegir me quedaría con “El juramento de los Horacios“, pintada en 1784. Esta obra presenta, en mi opinión, una composición perfecta, rigurosa, equilibrada, de construcción piramidal y, además, utiliza unos colores impactantes. Me gusta la importancia otorgada al dibujo en la pintura neoclásica y esa sensación de frialdad elegante característica de David; me seduce esa teatralidad que magnifica la escena, así como los valores que el neoclásico proponía. Sin dudarlo un momento, podría afirmar que esta obra sería mi opción pictórica favorita.

  20. Jeune fille mangeant un oiseau (le plaisir)
    René Magritte, 1927.

    Durante mucho tiempo he emparejado esta pintura de Magritte con el Saturno de Goya pero, casualidades del destino, tuve la suerte de verla en vivo y admití mi error rápidamente. El secreto reside en la mirada del personaje: la muchacha parece cometer un acto secreto y lascivo. Lejos de la mirada enloquecida del padre de los dioses.
    Adoro a Magritte, a parte de la obviedad que resulta el poder visual de sus trabajos, me atrae la molestia que se toma en buscar un título perfecto para cada una de sus pinturas. Aunque incluya figuras de la cultura popular o trate temas más o menos fáciles de reconocer, el título siempre aporta una fuerte carga filosófica que convierte el conjunto en algo más. De una manera más personal, otro factor que me enamora del artista belga es su independencia a la hora de vivir como artista. Alejado del núcleo duro del grupo surrealista pero reclamado por todos, de él hablan sus obras y no la pose o la vida bohemia que vende.
    Cuando tuve la Jeune fille frente a mí, apareció una nueva asociación de ideas: la vida y obra de Hans Bellmer. No solo porque me recuerde poderosamente a alguna de sus poupées, también por la figura de su malograda (y torturada) esposa, Única Zürn. Por cierto, leería gustoso una tesina que comparara las terribles relaciones amorosas de los surrealistas con el matrimonio René y Georgette Magritte. Pienso en sus dos autobiografías, las brutales El hombre jazmín y Primavera sombría y veo a la muchacha que saborea el pájaro como una joven señorita Zürn en uno de sus rituales de iniciación sexual que tan bien describe en sus textos.

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