Fuego muerto

Una mirada de desesperación, de profundo miedo e infinito sufrimiento. Una mirada que estremezca al más insensible, congelándole los huesos y quemándole el corazón, una mirada llena del más puro sentimiento. Esa era la mirada que Alice había querido de Fawn, pero ésta, atravesada por la hoja púrpura del estoque de Alice, le proporcionó en cambio una mirada de sorprendente e inesperada serenidad e incluso algo de decepción. Todo esto ponía de los nervios a la asesina, que pensaba ahora que para tan triste recompensa más le valdría no haberla matado. Pero era extraño. En todas las ocasiones en las que las dos se habían encontrado (la mayoría en situación de batalla campal), Fawn había mostrado ese temor en sus ojos de color rojo intenso. Miedo a lo peor, en ese caso, la muerte. Alice la había dejado viva varias veces porque le gustaba esa expresión de terror y quería verla más veces. Pero eso, obviamente, no podía ocurrir para siempre. No podía soportar aquellos ojos llenos de fuego ardiendo intensamente, llenos de esperanza y decisión. Quería acabar con ese fuego, y además ver cómo se extinguía en la más profunda desesperación. Pero cuando Alice fue a clavar su espada, el fuego ya estaba muerto. Fawn casi ni opuso resistencia ante su verdugo, y el rojo de sus ojos era ya sólo un rastro, consciente de su inevitable e inminente muerte. Alice estaba furiosa. Debía averiguar quién o qué había matado ese fuego antes que ella, y destruirlo por privarla de tal glorioso placer. Era así de caprichosa. Así había sido siempre.

Julio Schimbator 1 Bach.

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Una resposta a Fuego muerto

  1. Fatima El Amrani diu:

    Buena redaccion me gusta mucho

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