Microrrelatos

MICRORRELATOS

Seré muy breve, empezaré por el final: “Entre sus muchas virtudes, Chuang Tzu tenía la de ser diestro en el dibujo. El rey le pidió que dibujara un cangrejo. Chuanzg Tzu respondió que necesitaba cinco años y una casa con 12 servidores. Pasaron cinco años y el dibujo aún no estaba empezado. ‘Necesito otros cinco años’, dijo Chuang Tzu. El rey se los concedió. Transcurridos los 10 años, Chuang Tzu tomó el pincel y en un instante, con un solo gesto, dibujó un cangrejo, el cangrejo más perfecto que jamás se hubiera visto”.

Con este brevísimo relato cerró Italo Calvino su conferencia dedicada a la rapidez. El escritor italiano insistía en su charla contando una leyenda breve para explicar que la eficacia está en saltarse los detalles que no sirven para llamar la atención del lector generalmente distraído. Por si fuera poco el paralelismo con nuestro presente —¿no son WhatsApp o Twitter breves?—.

Escribe tu microrrelato.

Pedro Ugarte. Los libros, los cigarrillos, tu hijo y sus juguetes, el rostro de tu esposa.

Estás en casa, y es de noche, y apagas la última luz. Qué extraño: de pronto todo desaparece.

Eduardo Berti. El camello.

El camello había pasado ya la mitad de su cuerpo por el ojo de una aguja cuando dijo una mentira, le crecieron algo más las dos jorobas y quedó allí atrapado para siempre.

Javier Puche. La clepsidra.

Perseguido por tres libélulas gigantes, el cíclope alcanzó el centro del laberinto, donde había una clepsidra. Tan sediento estaba que sumergió irreflexivamente su cabeza en las aguas de aquel reloj milenario. Y bebió sin mesura ni placer. Al apurar la última gota, el tiempo se detuvo para siempre.

Carmela Greciet. Cubo y pala.

Con los soles de finales de marzo mamá se animó a bajar de los altillos las maletas con ropa de verano. Sacó camisetas, gorras, shorts, sandalias…, y aferrado a su cubo y su pala, también sacó a mi hermano pequeño, Jaime, que se nos había olvidado.
Llovió todo abril y todo mayo.

Paz Monserrat Revillo. Herència.

Antes de ponerse el pendiente frotó el metal que rodeaba el zafiro con un bastoncito impregnado en líquido para limpiar plata. Cientos de estratos de tiempo levantaron el vuelo dejando la superficie luminosa y desnuda. Se acercó, curiosa, y la joya le devolvió el rostro adolescente de su abuela probándose el pendiente ante un espejo.

 

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