Res no val la pena?

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Suposo que més d’un cop heu pensat que no val la pena fer res perquè, en realitat, no hi ha res a fer, no s’hi pot fer res. I certament hi ha moltes situacions desencoratjadores en què la sensació d’impotència és molt gran. Tan gran que ens paralitza i ens bloqueja. Decidim, doncs, abstenir-nos de qualsevol actuació. Però no solament això, titllem d’ingenus aquells valents que, amb tot, encara tenen forces per intentar-ho. Molt bé. Abans de continuar parlant del tema, m’agradaria que llegiu aquest relat:

 

Una joven pareja estaba paseando por la playa después de varios días de impresionantes tormentas. El mar se había agitado con frenesí. Las turbulentas olas i la subida de la marea habían llenado la orilla de desafortunadas criaturas marinas. Los desechos de vida marina eran tan abundantes que la pareja apenas tenía sitio para pasear. Medusas, caracolas y estrellas de mar y otros animales cubrían la playa como un manto de muerte.

Al avanzar en su paseo vieron en la costa a un anciano y curtido hombre de ar entrando y saliendo del agua. Se detuvieron a observar su curioso comportamiento. El hombre se agachó y cogió una de las criaturas marinas. La sostuvo suavemente entre sus manos, la depositó en el agua y la devolvió al mar.

La pareja empezó a reir. Cuando se acercaron al hombre le preguntaron: ¿Qué está usted haciendo anciano? ¿No ve lo inútiles que resultan sus esfuerzos? La orilla está cubierta con miles de criaturas muertas o agónicas. Sus esfuerzos no cambiarán nada.

El hombre recogió un pequeño pulpò que parecía estar muerto. Lo sostuvo cuidadosamente en sus manos y se volvió a introducir en el mar, como si ignorara a la pareja. Colocó el pulpo dentro de agua con ternura, quitándole la arena y las algas que lo cubrían y que se enredaban entre sus tentáculos. Lentamente, bajó sus manos y dejó que la pequeña criatura volviera a sentir la caricia del mar. El pulpo extendió sus extremidades al percibir el entorno familiar de su hogar. Con cuidado, el anciano sostuvo al pulpo hasta que éste tuvo fuerzas suficientes para impulsarse por sí solo y marchar. El hombre de mar permaneció de pie mirando; una leve sonrisa se esbozaba en su rostro ante el placer de ver otra criatura a salvo.

Sólo entonces se dio la vuelta y se dirigió hacia la orilla. Levantó la vista, miró a la pareja a los ojos y dijo: ¡Seguro que para éste sí que han cambiado las cosas!

George W. Burns: El empleo de metáforas en psicoterapia, pàg. 150

Què me’n dieu? Ara mateix no vull res. Us deixo en silenci perquè aneu donant voltes al que heu llegit. No vull cap anàlisi del text ni res que s’hi assembli. Res. Us ho acabo de dir: en tinc prou amb el vostre silenci. Reflexiu. I sentit.

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